CAPÍTULO 9
REGALO DE REYES
Mónica caminaba entre sus Abus, cogida de ambos con las manos, mirando con los ojos muy abiertos todo lo que acontecía a su alrededor. San Mateo siempre le parecía un sitio grande y un poco amedrentador porque aunque su mamá trabajaba allí curando a los magos y brujas que tenían problemas o enfermedades, a ella solo la llevaban cuando estaba malita. Y la verdad es que no era por las pócimas curativas, los hechizos de diagnóstico y los encantamientos sanadores por lo que el hospital le daba un poco de yuyu, sino porque en el hospital mágico a veces también hacían pupa. Frunció las cejillas al pasar delante de una puerta que creyó reconocer porque allí le sacaron sangre una vez y estaba a punto de tirar del brazo de su Abu Ricardo para decirle que pensaba que iban directos a donde pinchaban a los niños cuando vio de lejos a su tío Beto.
Alberto también la había visto, así que sonrió y extendió mucho los brazos, casi acaparando la anchura del pasillo.
- ¡Tío Beto! – Sintiéndose mas segura, Moni se soltó de sus abus y salió corriendo para abrazarse fuerte fuerte a su tío y padrino. Beto soltó una risita, la rodeó con los brazos y en seguida la elevó en ellos. Moni se aferró a su cuello y le dio un beso fuerte en la mejilla. Beto la agarró bien con una mano y echó a andar a buen paso, con ella en brazos hasta alcanzar a Ricardo y a Julia.
- Buenos días.- Saludó el muchacho extendiendo una mano que Ricardo se aprestó a asir.
- Alberto…- Devolvió el saludo el abu.
- Oye Moni…- Beto se dirigió a la niña, que con los ojos brillantes se sentía en la gloria allí tan alta.- No puedes ir así a conocer a tus hermanitos.
- ¿Por qué no? - Mónica alzó las cejas y lo miró sorprendida.
- Porque te falta algo.
La niña abrió mucho los ojos y a punto estuvo de hacer un puchero. ¡Claro! ¡Si ya lo decía ella! ¡Había que llevar algún regalo para los bebés! Pero no le dio tiempo a decir ni hacer nada porque su tío Beto sacó su varita del bolsillo del pantalón y apuntó a su cabeza. Un instante después la niña lucía una corona de cartulina que ponía "Hermana Mayor".
- Así está perfecto.- Dijo tío Beto sonriente.- No podías ir a conocer a tus hermanitos sin una corona de hermana mayor. Cuando nació tía Cristina, tía Almudena me conjuró una para mí.
Mónica sonrió mas tranquila y se alzó una manita para tocar la corona mientras su tío guardaba su varita y volvía a aferrarla con ambas manos.
- Y ahora… podemos ir a ver a mamá y a los bebés.- Dijo Beto contento y echó a andar en sentido contrario a aquel por el que había venido.
Cuando Moni, en brazos de su tío, hizo entrada en la habitación, toda la gente que había se volvió para mirarlos y enseguida los rodearon exclamando muchas cosas bonitas dirigidas a ella, pero ella solo atendió al "¡Mónica!" de su mamá. La buscó con la vista y aunque estaba en camisón metida en una cama como si estuviera enferma y un poco despeinada, sonreía contenta. La niña le devolvió la sonrisa mientras Belo Alberto extendía los brazos. Moni pasó de su tío a su Belo que la abrazó afectuoso y le dio un beso antes de ponerla en el suelo y tomarla de la manita.
- A ver, que Moni es también muy importante hoy. Acaba de convertirse en hermana mayor.- La niña alzó la vista y dedicó a su Belo una mirada colmada de afecto. Su Belo no era mágico pero eso no importaba nada en absoluto. Sabía montar trenes eléctricos, construir castillos de princesas con cajas de zapatos y hacer espadas con globos. La puso en el suelo y su papá la tomó de la mano y la condujo hasta las dos cunitas. Después la alzó un poquito para que los viera bien. Mónica se puso se puntillas y no pudo evitar un ¡Ohhhhhhh!
Dos bebés muy igualitos vestidos de azul dormían plácidamente en sendas cunitas transparentes.
- Mira Moni.- Le dijo papá al oído.- Este es Santiago. Y este de aquí, es Rodrigo. ¿Serás capaz de distinguirlos?
La niña miró atentamente a los dos bebés y después a su papá.
-Si.- Afirmó muy segura ¿De verdad que eran gemelos? Porque para ella estaba clarísimo quién era Santiago y quién era Rodrigo.- ¿Puedo cogerlos?
Darío iba a decir que estaban dormiditos y que mejor dejarlos así, pero Isabel se le adelantó.
- Claro que si. Pero con la ayuda de papá.
-¡No se me va a caer! – Protestó Mónica.
- Ya se que no se te va a caer.- Replicó su mamá.- Pero a papá le hace mucha ilusión ayudarte. Si no le dejas, se va a poner triste.
Mónica sopesó las palabras de su mamá y finalmente concluyó que tenía razón. Ella no quería para nada poner triste a su papá, así que lo miró expectante, esperando sus instrucciones. Papá a su vez miraba a mamá.
- Dejadle una silla para que se siente y así Darío le puede poner a un bebé en brazos. – Dijo Bela Ceci y tía Mencía se levantó como un resorte del butacón. Tío Beto movió el sillón con la varita y lo colocó junto a la cama de mamá, y solo entonces Moni se soltó de la mano de papá, se acercó corriendo y retrepó al sillón. Mamá le dedicó una sonrisa y una caricia en la mejilla, aunque a Moni no le gustó el cable transparente que colgaba de su mano.
- Son medicinas, Moni. No pasa nada.- Explicó Isabel al ver la cara de desconcierto de su hija.- Anda, papá.- Se dirigió a Darío.- Trae a uno de los bebés para que Mónica lo coja.
-¿Cuál de los dos?
- El que Mónica quiera.
La niña se encogió de hombros. No tenía ninguna preferencia por uno u otro así que no sabía qué contestar. Afortunadamente Bela Ceci volvió a resolver el problema tomando en brazos a Santiago y llevándolo hasta la niña.
-¡Mamá! – Exclamó Mónica asombrada.- ¡Está despierto! ¡Y me está mirando! ¡Hooolaaaa Saaaaaantiiiiiiii!
- Por eso lo he cogido.- Aclaró Ceci divertida.- Porque he visto que se despertaba. Venga Mónica, antes de que tu hermano quiera comer.
Moni miró a Bela Ceci y puso los bracitos talmente como si fueran una cunita. Tía Mencía, que andaba cerca, se los colocó mejor para que pudiera acomodar a su hermanito. Después, con un cuidado infinito, papá se lo puso en los brazos y se quedó muy, muy cerquita. Debía pensar que Mónica no iba a ser capaz de sostenerlo. ¡Qué tontería! Tenia los bien brazos firmes.
-¡A ver, Moni, mírame! – Abu Ricardo había vuelto a sacar la cámara de fotos y la estuvo fotografiando con su hermanito y su corona puesta. A Mónica le dio pena que papá volviera a cogerlo para ponerlo en su cuna, pero Santi se había vuelto a dormir y los adultos decían que ahí estaba mejor.
Moni saltó del sillón, se fue tras de su papá y se quedó embelsada mirando las dos cunitas, ajena por completo a la charla de los adultos.
- A mi no me dejes a estos niños vestidos iguales, Isabel.- Estaba diciendo Ceci.- Correría el riesgo de cambiarles los nombres. ¡Son iguales!
- ¡Qué va, mamá! – Replicaba Isabel con una sonrisa.- Santi tiene la cara mas redondita y Rodrigo tiene un poco mas de pelo. Sin contar el angioma de la mano…
- Todo eso lo notarás tu.- Insistía Ceci.- Yo los veo exactamente iguales. Y no voy a estar pendiente de una marquita que se va con el tiempo, así que ya sabes, a mi cuando me los dejes me los llevas vestidos distintos o yo misma les hechizaré la ropa.
- Todavía falta para que podamos dejártelos.- Intervino Darío con una sonrisa un poco nerviosa. Primero tenemos que salir de aquí…
- Darío no ve el momento de que nos den el alta. – Se rió Isabel.
- Si me apuras, no veo el momento en que termines la cuarentena. ¡Y no penséis mal! – Replicó él provocando unas risas comedidas.
- Ni punto de comparación con la otra vez.- Intervino Ceci.- Tienes otra cara totalmente distinta. Con…- y para que Mónica no detectara nada no terminó la frase y en su lugar dirigió una mirada significativa a su nieta.- estabas medio ida.
- Se me iba la cabeza.- Corroboró Isabel.- Pero es cierto, no tiene punto de comparación. Y eso que esta vez han sido dos.
- Se ha portado como una auténtica jabata.- Añadió Darío poniéndole una mano sobre el hombro.- Y sigue como una rosa. Yo estoy que me caigo.
- Vete a dormir un rato, que Isabel no se va a quedar sola, te lo aseguro.- Intervino Mencía con una risita.
- Pues no te digo que no me gustaría. Pero en cualquier momento llegará mi madre y si no me ve al pie del cañón igual se enfada.- Todos se rieron, aunque Darío verdaderamente estaba cansadísimo después de toda la noche sin dormir y en el fondo envidiaba un poco a sus niños, que podían descansar tan plácidos. Isabel, sin embargo, presa de la excitación del alumbramiento no parecía cansada. Un poco despeinada y todavía algo inmóvil, pero radiante. La tomó de la mano y le dedicó una mirada amorosa. Isabel también sonrió pero después giró la cabeza para indicarle que mirara a Mónica.
La niña seguía mirando fijamente el interior de las dos cunitas, extasiada. Había observado las naricillas, los remolinos de la cabeza, los labios, las manitas, los dedillos, las uñas… Era verdad lo que decía mamá: Santiago tenía la cara un poco mas redondita. Además, Rodrigo fruncía la nariz mientras dormía. Los deditos meñiques de Santiago estaban un poco mas girados hacia dentro que los de Rodrigo, y éste tenía un pliegue en la oreja que Mónica, ni corta ni perezosa, intentó planchar con la mano. No se percató de que el gesto había atraído la atención de los adultos, que la observaron sin decir nada, hasta que Bela se puso a su lado y suavemente le habló.
- Moni, déjale la oreja, anda…
-Peero es que la tiene doblada, Bela. Solo quiero ponérsela bien.
Ceci contuvo la carcajada antes de explicar a la niña que es que la orejilla de su hermano era así y que mira, mejor que la tuviera de esa forma, porque así por lo menos ella lo tendría un poco menos difícil para distinguirlos.
Iba a replicar a su Bela que los bebés eran muy distintos cuando escucharon unos golpecitos suaves y a continuación entraron sus yayos y su tía Amelia.
Yaya Clara venía muy, muy contenta. Le acarició la cabeza mientras contemplaba a los bebés entre exclamaciones, y tía Amelia por su parte le entregó un gran paquete.
- Te han dejado esto los Reyes en casa, Moni.- Le dijo con una sonrisa. La niña tomó el paquete y lo abrió. Contenía el juego mas preciosísimo de peluquería que una niña de cinco años podía imaginar. Mónica prorrumpió en efusivas gracias y repartió besos, pero mientras yaya se acercaba a la cama de mamá para hablar con ella y con papá, dejó la caja en el suelo y volvió a contemplar las cunitas.
- Vaya… ¡qué poco éxito han tenido Sus Majestades! – Comentó Amelia.- ¡Con lo que a mí me habría gustado un juego como ese a su edad!
- Me parece que tiene unos juguetes mas atrayentes ahora mismo.- Le respondió Darío.- Pero en cuanto se de cuenta de que los recién nacidos no sirven gran cosa para jugar, seguro que le presta toda su atención y le encanta.
Mónica medio escuchó a papá. El juego de peluquería era muy chulis y seguro segurísimo que jugaría mucho mucho con él. Pero imposible, imposible del todo que los bebés fueran aburridos. Solo contemplarlos ya era fascinante.
- Pues está encandilada…- Murmuró Amelia.
- De ahí no la despegamos ni con un Accio.- Remató Beto divertido.
Y Mónica pensó que los adultos a veces decían cosas la mar de raras. ¿Por qué iba ella a querer marcharse de junto a las cunas? No se le ocurrió que tendría que comer, y merendar y cenar. No pensó en que por la noche dormiría con familiares que la cuidarían. En ese momento, el universo de Mónica estaba formado por papá, mamá y sus hermanitos bebés. Era el mejor regalo que le habían podido traer los Reyes Magos. Y era un regalo muy, muy mágico.
