EL NIGROMANTE (I)
Hospital Mágico de San Mateo, Madrid, 26 de octubre de 2013…
- Sanadora...tengo... tendría que hablar con usted...
Amaia miró un instante al estudiante antes de contestar. Era evidente que estaba bastante nervioso porque no paraba de mirar a todos lados menos a la cara y se frotaba las manos compulsivamente. Y eso sin contar con que venía de calle en lugar de estar ya ataviado para las clases.
-Te puedo dedicar cinco minutos, después tengo clases.- Replicó intrigada tras una somera ojeada al reloj. El chico asintió con la cabeza y entonces ella giró sobre su talones, sacó la varita y volvió a abrir su despacho. Le hizo un gesto para que pasara y se sentara, y cuando lo tuvo frente a frente, el chico comenzó a hablar balbuceando.
- No...no puedo...
- No puedes... ¿qué? - Preguntó suavemente intentando darle ánimos para hablar.
-Seguir, sanadora. No... no puedo seguir estudiando Sanación.
Amaia se quedó quieta y pensativa un instante. Tenía delante a uno de los estudiantes mas prometedores del curso. ¿Qué podría afectarle tanto como para querer dejarlo, así, de repente?
- Verá... - Empezó a explicar el chico.- ... la señora de la 201... se ha muerto.- Era evidente que le estaba costando un mundo sincerarse, y tenía los ojos tan rojos que a Amaia no le cupo duda de que, de un momento a otro, se echaría a llorar.
- Si.- Replicó Amaia despacio.- Era muy mayor y no ha superado la noche. Pero Agapito... no es la primera vez que se nos va un paciente...
- No... ya...
- ¿Entonces...?
- Es que... verá... ayer por la tarde... estaba en clase de Anatomía en la facultad de Medicina... y... lo supe.
- ¿Quieres decir que tuviste una premonición con la paciente de la 201? - Preguntó ella con calma, procurando que su tono fuera suave e invitara a la confidencia.
- Eso es.
- A veces, nos pasan cosas de esas..., se debe a nuestra condición...- Intentó restar importancia a lo que le había ocurrido al muchacho. Este, lejos de tranquilizarse, parecía cada vez mas nervioso.
- A mi me pasa mucho últimamente.- Y hecha aquella confesión, el chico se echó a llorar.
Amaia se apresuró a conjurar un vaso de agua y una caja de pañuelos de papel, y mientras el muchacho se sonaba fuerte la nariz intento ordenar las ideas.
- Seguramente se trata de una fase.- Explicó despacio.- Un pico premonitorio. Le puede ocurrir a cualquier mago...
-No...no... no es eso...- Entre hipidos, el chico negó con mucha vehemencia.- Verá... en mi familia hay adivinos... se lo que me pasa... lo reconozco... ¡soy un nigromante!
Amaia parpadeó sorprendida. Y ya iba a decir algo tranquilizador cuando el muchacho volvió a hablar, esta vez casi a voz en grito.
- ¡Estaba en clase de Anatomía! ¡Con un cadáver! ¡Y me viene pasando desde que comenzó el curso! No... no puedo seguir... no puedo...- Y dicho aquello se levantó como una exhalación de la silla, se plantó en dos zancadas en la puerta, la abrió y salió.
Amaia se levantó de golpe y lo siguió. Lo llamó desde la puerta del despacho, pero él siguió caminando a buen paso. De espaldas, levantó una mano en un claro signo de que no había nada que hacer y se perdió por el recodo del pasillo.
La sanadora Vilamaior respiró hondo y decidió dejarlo ir, al menos de momento. Él estaba demasiado excitado y ella tenía que reflexionar con calma sobre el asunto. Y además, en esos momentos tenía que dar una clase sobre hechizos de diagnóstico a alumnos del último curso. Exhaló con fuerza y dio media vuelta, camino del aula de prácticas. Mientras caminaba no dejaba de pensar en Agapito Morales, estudiante de sanación. Presunto Nigromante.
Hospital Mágico de San Mateo, barrio mágico de Madrid, 25 de noviembre de 2013, dos y media de la tarde…
Amaia bajaba las escaleras a buen ritmo portando en la mano derecha un cartapacio con una serie de evaluaciones académicas y la varita. Miró el reloj y apretó el ritmo de las zancadas. Las dos y media. Hora de comer, como también le recordaba el estómago. Había quedado con Lucía para salir a La Abadía a picar algo, solución gastronómica que no formaba parte de sus preferencias porque, para qué negarlo, estaba muy mal acostumbrada a comer muy bien, pero que aceptaba sin rechistar si formaba parte de pasar un rato con su, de un tiempo a esta parte, más que ocupada hija.
A ver qué opinaba Lucía, que sin duda estaría enterada. Porque en toda la mañana la renuncia de un estudiante debido a algo relacionado con la Necromancia había estado en boca de todo el mundo. Y es que Agapito no había dedicado ni un segundo a reconsiderar su decisión, y al parecer de su despacho se fue directo a Secretaría a presentar por escrito su renuncia.
Afortunadamente, Amaia había sido capaz de detener la tramitación administrativa, al menos temporalmente. Una renuncia no se admitía así como así, con el primer trimestre avanzado y pagado por adelantado. ¡Si lo sabría ella bien!
Mientras bajaba a la calle abotonándose el abrigo y liándose la gruesa bufanda de lana al cuello, reprimió de mala manera el recuerdo de su renuncia, muchos años atrás. Cierto que era agua pasada y que ya no venía al caso, pero en cualquier caso ver al chico en aquel estado de nervios le produjo una extraña sensación de deja vú.
Amaia no pudo evitar fruncir un poco los labios pensando en todo aquello. «En tiempo de desolación, nunca hacer mudanza». La frase del de Loyola le vino a la mente rauda y relegó al segundo plano sus propias vivencias para concentrarse en Agapito. De acuerdo que un episodio de premonición podía ser un tanto desconcertante. Pero ¿Era realmente para tanto? Quién mas y quién menos había pasado por alguno en alguna ocasión. Sin ir mas lejos, esa misma mañana su hermana Ana, que había acudido a una revisión rutinaria de su embarazo, le había estado comentando que algo parecido le pasó años atrás.
«Estaba lavándome los dientes y lo sentí. Supe en ese instante que aquel mes me quedaría embarazada. Y mira, así fue como vino al mundo Almudena», había contando Ana mientras se bebía un enorme zumo de naranja. Pero claro, una cosa era una premonición puntual y otra lo que había apuntado el chico. Amaia negó con la cabeza mientras avanzaba rauda a su despacho para dejar sobre la mesa el cartapacio, apear bata y plantarse el abrigo. Necesitaba comer, desahogarse con su hija y después hablar de otra cosa durante un rato."
La Abadía 51, Un cuarto de hora mas tarde…
-¡Llegas tarde, mamá! ¿Has tenido lío a última hora?
- He tenido que dejar unos papeles en mi despacho antes de salir, lo siento.- Amaia se desabotonó el abrigo con presteza mientras dedicaba una mirada afectuosa a su hija. Encontró a Lucía mona, vestida con un pantalón sastre gris marengo y una blusa de punto azul eléctrico; se notaba que hacía poco que se había saneado el pelo, porque lo tenía mas corto y lucía muy brillante. Le había costado bastante tras traer al mundo a Esperanza, pero había conseguido volver a su peso de antes del embarazo.
Colocó cuidadosamente el abrigo y la bufanda en el respaldo y se acomodó frente a su hija.
-¿Qué tal día llevas tu? – Preguntó algo mas tranquila, como si la sola presencia de su hija le resultara como un bálsamo sedante.
- Oh, yo he tenido unas cuantas transformaciones la mar de curiosas, una poción que salió francamente mal y por poco no intoxica a su hacedor por inhalar vapores tóxicos y un par de lesiones de quidditch. Todo bastante anodino, sinceramente. – Lucía aproximó la cabeza a su madre y cambió de idioma automáticamente.- La comidilla ha sido lo de Morales… Dicen que fue a soltártelo a ti en primer lugar.
-¡Oh! No te figuras cómo estaba, el pobre.- Replicó Amaia en un tono de voz muy, muy bajo, aunque por si acaso le siguió la comba y también lo hizo en euskera.- Estaba muy afectado…
- ¿De veras que es un Nigromante?
- Hija… ¿Cómo quieres que lo sepa? Yo no le he visto con restos, y la verdad, ni falta que me hace…
- Se dice que le viene pasando en la facultad de Medicina. Como estudian con cadáveres… las malas lenguas…- Lucía hizo una pausa forzada para dejar escapar una risita.- dicen que tuvo la visión cuando miraba los testículos del sujeto.
-¡Lucía! – Amonestó la madre.- ¡No seas soez!
-¡Pero si no soy soez! Venga, mamá. Todas las "leyendas urbanas" y bromitas varias de médicos y sanadores te las tienes que saber. Incluso mejor que yo.
- Me conozco muchas, ciertamente, pero eso no quita para que no me parezca bien que…
- ¿Han elegido ya?
Amaia y Lucía se quedaron calladas un instante antes de que la madre negara con una mueca de disculpa. El camarero se alejó dejándolas solas, y aunque Lucía iba a insistir en el cotilleo, la mirada de su madre no admitía réplica. Se concentró en la carta y cinco minutos después ya habían ordenado la comanda.
- Mira…- Intervino la madre antes de que la hija volviera a la carga.- No se qué le ha ocurrido exactamente a Morales. Punto. ¿No podemos hablar de otra cosa?
Lucía la miró un instante y decidió no insistir. Su madre era afable y cariñosa, pero si se enrocaba era mejor dejarlo estar. Tampoco era ajena a la historia personal de su madre, así que prefirió cambiar de tema y para ello eligió algo que a buen seguro le cambiaría el ánimo.
- ¿Sabes que ayer un pescador le enseñó a tu nieta una langosta y le decía que era un cangrejo? Y ella no se dejó engañar.
Amaia se olvidó por completo del "asunto Morales" y de su enfado anterior. Ladeó la cabeza, medio sonrió y preguntó con interés.
-¿Qué fue lo que hizo?
- Dijo. Le dijo al pescador "ezo no es un canguiejo. Ezo es una langostia, que me las ha enseñado mi yayo."
-¿Langostia?
- Eso es. Nos moríamos de la risa.
- Papá se sentirá halagado.
- Seguro.
No era lo mismo la tortilla de setas y ajetes y el lenguado a la plancha que aquellas pochas que tenía Amaia en su nevera, pero al menos se relajó en compañía de su hija. Los lunes era día de cierre, pero Fernando andaba atareado, de viaje en San Sebastián, filmando un programa de cocina con Arguiñano, así que de todas formas no iban a tener disponible al cabeza de familia.
Hospital de San Mateo, por la tarde…
- A este chico le ha pasado algo, y antes de tomar una decisión administrativa creo que deberíamos hacer alguna indagación…
- Ha montado un numerito esta mañana tiene que tener alguna consecuencia.
Quién así hablaba era el director del Hospital, un mago que a lo largo de los años había tenido ocasión de conocer muy bien a la bruja que tenía enfrente. Vilamaior tenía una gran valía personal, una trayectoria realmente impecable como sanadora, bastante tozudez y un expediente pasado que, a todas luces, la volvía especialmente sensible para según qué temas. Por eso quizás también había convocado a Elisa. Precisamente porque eran un tanto antagonistas. Le dejó caer una disimulada mirada interrogadora, pero para su sorpresa Elisa le devolvió una expresión inexcrutable.
- La matrícula está pagada.- Dijo de pronto Elisa.- Ahora puede decir que lo deja, pero realmente si dentro de un par de meses se presenta a los exámenes, estará en su derecho.
-¿Su derecho? – Exclamó el director.- La asistencia a las lecciones es obligatoria. ¿Por qué iban a admitirle a un examen si no ha portado por las clases y las prácticas?
- Bueno…- Terció Amaia sobreponiéndose a la sorpresa de tener a Elisa de su parte.- Es un porcentaje de asistencia. Hasta la fecha el chico ha cumplido sin falta. Si recapacita…
- … eso es lo que digo yo.- Insistió Elisa.- Puede que se le pase en unos días y todo quede… en una especie de arrebato.
-¡Un arrebato! ¡Esto es un hospital! No podemos permitirnos "arrebatos" de los sanadores.
- Todavía no lo es.- Le recordó Amaia.
- Cierto…- Corroboró Elisa.- Es un estudiante, joven e impetuoso. Le ha dado un pronto. Puede que lo supere.
El director las miró alternativamente, primero a una, luego a otra.
- Parece que estáis de acuerdo…- Dijo un tanto perplejo.
- No se trata de acuerdos…- Espetó Elisa con voz cansina.- Es pura lógica. Morales tiene muchas virtudes. Yo he sido su tutora durante el curso pasado.
- ¿Algo que añadir, Amaia?
-¿Eh? – La aludida dudó un segundo.- No… nada, nada.
Bera, por la noche…
- Cómo cambian las cosas.- Iba diciendo Fernando mientras supervisaba la verdura en tempura que andaba preparando de cena. – Míranos ahora, convertidos en estrellas mediáticas.- Cuando yo comencé entre fogones era una profesión casi para muertos de hambre, y desde luego no tenía ningún caché.
- No me lo recuerdes, anda…- Ella se aproximó a su costado y dejó reposar la barbilla en su hombro.
- Si no lo digo por ti, mujer. Es una constatación general. ¿Quién me iba a decir a mí que me volvería conocido?... pero a ti te pasa algo, andas demasiado mimosa para la hora que es. – Y Fernando miró ostentosamente el reloj.
- ¿Qué?
- Que no te he dado de cenar todavía, reina de esta casa. A estas horas y tras un día completo en ese hospital tu siempre estás canina.
- Oye, cualquiera que te oiga me tomaría como una especie de glotona insaciable…
- Insaciable no, pero casi.
- ¡Eh! ¡Y además no has apeado lo de glotona!
Fernando dejó escapar una risita y le dio un beso en la frente antes de ponerse a extraer verdura de la sartén.
- Y cuéntame…- Cambió de tercio mientras depositaba la verdura en un colador para escurrir.- … ¿Qué es eso de que por una vez habéis estado de acuerdo Elisa y tu?
-Oh, eso. Pues es un poco largo de contar. Resulta que un estudiante de segundo nos ha dado una espantada porque dice que es Nigromante y que, claro, los cadáveres le provocan premoniciones.
Fernando alzó las cejas un instante y continuó con su labor. A pesar de los muchísimos años a su lado; a pesar de todo lo que había visto, oído y experimentado; a pesar de tener dos hijos mágicos y de vivir en un entorno tan altamente mágico como era su caserío. se tomó unos segundos para digerir el asunto, instantes que Amaia pasó mirándolo expectante.
-¿Un nigromante no es un mago oscuro? – Preguntó finalmente mientras sacaba una fuente de un armarito de la cocina.
-No necesariamente.- Empezó a explicar Amaia.- En realidad, es un adivino que emplea cadáveres… y bueno, a veces también son médiums.- Añadió pensando si habría sido suficientemente didáctica.- Pero Agapito no ha dicho nada de contactar con espíritus de difuntos.
-¿Agapito? ¿En serio?
- ¡Fernando! ¡No te burles, hombre!- Protestó al darse cuenta de que Fernando, en realidad, llevaba un rato tomándole el pelo. Ya tiene el pobre bastante con su yu-yu personal.
- No me burlo, Amaia. Pero se llama Agapito. Agapito el Nigromante. No suena muy macabro, que digamos.- Replicó él con una carcajada.
-¡No es macabro el pobre chico!- Terció Amaia empezando a tener dificultades para contener la risa.- Ni siquiera va de negro, como el muchacho que trabaja con José Ignacio.
- Para mí, ese es un gótico tuneado de pijo. Entonces, el tal Agapito… ¿No lleva ningún anillo con una calavera?
-¡Fernando!
- Vale, vale. La cena está lista. Con el estómago lleno seguro que ves el asunto de otra manera.
- ¡Me quieres sobornar con comida!
- Sobornar, no. Influir en tu opinión.
- Manipulador!
-¿Lo ves? ¡Si ya lo decía yo! Que de una profesión humilde entre fogones hemos pasado a constituir un poder mundial. ¡Por el estómago!
Ella le hubiera sacudido un golpecito en el codo con el rollo de papel de cocina, pero él se le anticipó colocándole en las manos la fuente llena de verdura. Olía tan bien que Amaia no tuvo mas remedio que callar.
Continuará...
