EL NIGROMANTE (II)
Hospital Mágico de San Mateo, 26 de noviembre de 2013, por la mañana…
Tras un sueño reparador, una buena ducha y un mejor desayuno preparado por su marido, el incidente de Agapito Morales había quedado bastante postergado en la lista mental de Preocupaciones y Asuntos Varios de la sanadora Amaia Vilamaior, al menos a primera hora de la mañana. De hecho, ni se acordó al volver a sentarse frente a su escritorio en su despacho-consulta, mucho mas pendiente de las tareas sanitarias que tenía programadas para ese día que del abandono del estudiante. Diez minutos después salía, varita en ristre, hacia una de las salas de diagnóstico mágico, preparada para aplicar el pertinente hechizo sobre uno de los jugadores de quidditch que el día anterior se había lesionado y al que había atendido Lucía.
Casi ni vio a su hija, acompañada de su cuñada Mamen Pizarro, hasta que prácticamente no las tuvo encima. Aún así, mientras las saludaba aún tuvo reflejos para pensar que la cara de Mamen no era, precisamente, la alegría de la huerta.
- Caramba…- Dijo con cautela.- Tu por aquí, Mamen. Espero que todo vaya bien.
Mamen hizo una mueca a la par que Lucía ponía una sonrisa enorme.
- Tiene buenas noticias, en realidad.- Intervino la hija, en vistas de que su cuñada ni apeaba la expresión cariacontecida ni terminaba por soltar lo que fuera que le preocupaba. Amaia, no obstante, entendió al punto.
- ¡Vaya! ¡Muchas felicidades! ¡Cúantos Pizarro para el año próximo! – Lo último lo dijo mirando de reojo disimulado a Lucía. Sabía de buena tinta que ella y su yerno ya tenían en mente darle un hermanito o hermanita a Esperanza, así que la observó discretamente por si se le escapaba algún gesto mínimamente revelador. Pero Lucía permaneció como si nada. «Lástima no tener dotes adivinatorias», pensó de repente. Y fue entonces cuando, como si se le hubiera despertado alguna neurona adormecida, se acordó. «¡Agapito Morales!». Pero de nuevo los aconteceres varios se llevaron el recuerdo del muchacho como si fuera una hoja flotando en el curso de un caudaloso río.
- A ver…- Estaba explicando una cariacontecida Mamen.-… esto ha sido un fallo garrafal. Yo no quería tener un hijo… - Hizo una pausa incómoda.- … de momento.
- ¿Cuántos años llevas casada, Mamen? – Preguntó entonces Lucía pasando ampliamente de la cara de circunstancias de la hermana de su marido.- Lo menos una década.- Añadió tan campante. Mamen frunció el ceño y le dedicó una mirada que podría equipararse a la de una Medusa a la que accidentalmente le han cortado un par de cabezas de serpiente de la cabellera.
- ¿Qué tiene eso que ver? ¡Edmundo y yo estábamos muy a gusto!
- Los niños son bendiciones, ya verás.- Lucía insistía en chinchar a su cuñada, y Amaia, que por otra parte era tía segunda de la muchacha aunque nunca había tenido tanto trato con ella como su hermana Ana, parpadeó un par de veces, y miró el reloj de forma evidente.
- Me alegro mucho, Mamen.- Dijo sin disimular el tonillo de compromiso.- Me vais a perdonar, que tengo prisa. Me esperan en Diagnósticos…
Mamen la despidió casi con alivio y Amaia partió rauda a su tarea sin pararse mucho a pensar en la sobrina carnal de José Ignacio, que se había casado con un brujo veinte años mayor que ella, forrado de pasta y con un hijo que ya era adulto. Mamen estaba mal acostumbrada a la buena vida.
Hacia las once de la mañana la Sanadora Vilamaior había atendido un sinfín de pacientes varios y tenía hambre y sed, así que tras comprobar que su Avisador Mágico permanecía silente e inactivo, se encaminó con pasos presurosos hacia el bar del hospital. Se había aposentado en la barra, sentada en un taburete alto, y el camarero ya le estaba poniendo una coca-cola y un pincho de tortilla de patatas cuando se aproximó hasta ella Elisa. Venía con la bata abierta y la varita asomando de un bolsillo.
- Amaia. ¿Te importa que me siente? – Dijo la otra sanadora señalando con la mirada el taburete vacío que parecía esperar inquilina. Amaia negó resignada. Al fin y al cabo, era una persona bien educada.
- Gracias.- Replicó Elisa mientras se sentaba haciendo simultáneamente un gesto con la mano al camarero, que se acercó presto.
- Un café con leche y un bizcocho.- Pidió la sanadora. El profesional se dio media vuelta para colocar la cazoleta del café en su sitio correspondiente mientras un cuchillo encantado cortaba un generoso pedazo del dulce, y Elisa se giró para encarar de frente a su jefa y, en numerosas ocasiones, antagonista.
- ¿Has sabido algo de Agapito? - Preguntó sin miramientos.
-No.- Negó la aludida.- Nada desde ayer. ¿Qué te hace pensar que podía haber sabido algo?
- Bueno. El te eligió para… digamos, ponerte en antecedentes.
-¿Qué me eligió? Oye, no se de dónde te sacas eso.- Respondió Amaia un poco a la defensiva.- Yo mas bien diría que me pilló por banda.
- Bueno…, puede ser. El caso es que tu fuiste la persona a la que acudió, por lo que fuera.
- Sinceramente Elisa.- Amaia empezaba a envararse un tanto.- No se a dónde quieres llegar.
- No te enfades.- Cortó la otra.- Lo que quiero es que el chico vuelva. O al menos se lo piense otra vez.
Amaia la miró un instante, un tanto desconcertada.
- ¿Por qué quieres que vuelva?
-¿Tu no lo quieres? Ayer no me lo pareció.
- No es eso, Elisa.- Amaia aferró el vaso y dio un sorbo largo, y no solo porque tuviera la garganta seca.- Lo que pasa es que… bueno, ayer el Dire parecía estar convencido de que podía dar carpetazo a su expediente sin mas ni mas, mientras que desde mi punto de vista, no se cumplen los requisitos administrativos. Al menos, todavía no. Pero no creo que sea mi labor ir detrás de él.
- Yo lo que creo es que el chico igual necesita un empujoncito. Vaya, que después de la espantada tan espectacular de ayer, igual le da vergüenza decir que ha recapacitado. O igual necesita que se le anime un poquito…
- Sigo sin ver por qué tendría que ser yo la que hiciera todo eso.
Elisa no hizo ningún gesto que pudiera delatar siquiera mínimamente lo que estuviera pensando. Simplemente siguió con la cantinela, en el mismo tono monocorde y machacón, tan impropio de ella, que solía ser entusiasta y decidida.
- Es bueno, Amaia. Bueno en nuestra disciplina. Sería una lástima que por un pronto así abandonara. Y entre nosotras, los destinatarios de los hechizos de diagnóstico no son precisamente los fiambres. Estaría seguro en Diagnosis Mágica.
- En nuestra profesión tenemos que estar listos para cualquier cosa, aunque tengamos una especialidad. – Replicó Amaia un tanto seca.
- No necesariamente. No todo el mundo tiene disponibilidad para las urgencias.
Amaia abrió la boca para replicar, pero finalmente no dijo nada limitándose a mirar fijamente a su compañera.
- Si no te parece oportuno hacerlo tu…- Elisa volvió a la carga.- entonces si no te importa me gustaría intentarlo yo.
Amaia la miró un instante antes de claudicar.
- Como tu lo veas…
-Gracias. Aunque tengo otra cosita mas que pedirte. Otro pequeño favor.
- ¿Favor? ¿Qué clase de favor?
- Sería bueno tener en la manga una carta. Algo así como una persona, una adivina, a la que pueda remitirlo en caso de que lo convenza. Es evidente que el chico necesitará un poco de guía con todo esto de los cadáveres y tal.
- Yo creo que mas bien lo que necesita es un psiquemago.
- Eso también, pero ya he hablado con ellos. Al fin y al cabo es fácil, están también en el hospital. Mi familia no es tan antiquísima como la tuya. No tenemos adivinos ni conocemos ninguno.
- Está la Floriana…
- A la que obviamente el muchacho no se ha dirigido. Floriana es buena persona, pero es demasiado conocida. Entiendo que a algunos, sobre todo si son jóvenes, les intimide.
- ¿Floriana? ¿Intimidante?
- ¿Por qué no? Conoce a todo el mundo y sabe todo de todos.
- Si tu lo dices…
- Lo afirmo y lo reafirmo. El caso es que necesitaría alguna referencia. Vaya, necesito que me des alguna referencia.
- ¿Qué te hace suponer que la tenga? No es que conozca a mucha gente con dotes adivinatorias para darte referencias… espera, él dijo que…
- … que en su familia no era infrecuente.
- Pues eso mismo… ah, ya veo. Si tampoco acudió a su familia…
- Eres una mujer inteligente.
- No me hagas la pelota.
- No te hago la pelota. Ahora dime si hablarás con tu sobrina.
- ¿Qué sobri…? … na. Nada, no he dicho nada, ya se qué sobrina es. Pero escucha, mi sobrina es una amateur.
- Amateur o no, es de esa Asociación del mandilón. La Logia de los Pitonisos o algo…
- Videntes.
- Eso, Videntes. No me negarás que podían haber elegido un nombre y una parafernalia que no fuera tan masónica.
- Pues mira, ahí te doy la razón.
- Entonces, si te parece bien…
Mucho mas tarde Amaia recapitularía despacio, recordando palabra por palabra, frase por frase, todos los detalles y pormenores de aquella conversación tan singular mantenida con su colega. Era la primera vez que Elisa y ella llegaban a una especie de… de… ¿acuerdo?
Valencia, por la tarde...
María Ferré miró a su prima Lucía con escepticismo. Amaia, reticente en el fondo a hacer la gestión personalmente, se había escudado en su abundante trabajo para terminar por encasquetar el asunto a su hija. Al fin y al cabo, las dos primas igual hasta se entendían mejor.
-¿Un Nigromante? – María quiso cerciorarse de que había comprendido bien.- Pues que sepas de antemano que en realidad son bien raros.
- Qué quieres que te diga. A mi, directamente, ser buen adivino con cualquier Mancia ya me parece poco frecuente.
- ¿Estás insinuando que me tomas por un bicho raro, prima? – Preguntó María alzando una ceja. Lucía no entró al trapo, que aunque fuera la mayor de las primas Vilamaior la conocía bien. En lugar de contestar de inmediato, soltó una buena carcajada.
- Reconocerás que ninguna de las demás tenemos tu habilidad para echar el Tarot. Ni para menear el péndulo ni otras cosas de esas. ¿Te acuerdas cuando usaste un péndulo para localizar un Hombre del Saco? ¡Qué miedo pasamos!
- Me acuerdo. Lo tenía escondido porque si se enteraba mi madre, me la habría cargado pero bien. Pero la abuela Sara lo sabía.
- No se le escapaba nada. Igual también era adivina.
- No lo era. Yo se lo pregunté una vez. Lo que pasa es que era muy lista. Y aunque estuviéramos tantos alrededor dando lata, nos observaba mucho. La verdad es que de vez en cuando me pongo a acordarme…
- … y la echas de menos.
- Mucho… mira, si tenemos un Nigromante igual puedo hablar con ella.
- Creí que los nigromantes eran adivinos.
- En principio. La Nigromancia es misteriosa. Una vez un muerto te permite atisbar cosas, de ahí a que directamente te hable puede haber un paso.
- Jo… pues no se qué decirte. Pero me da un poco de cosa.
- No me extraña. Muchos nigromantes son también médiums. Pero bueno, por lo que me cuentas ese chico solo es adivino.
- Un adivino macabro, en efecto.
- Pues bueno. No tengo ningún inconveniente en hablar con él, si eso quiere. No tenemos a ningún Nigromante en la Asociación, pero sí que hay gente con contactos internacionales. Seguramente podrían contactar con alguien.
- Oye María, ya que estamos hablando de esto… ¿Por qué crees que le resulta tan insoportable?
-¿Tu me preguntas eso? Vamos, Lucía, que habrás estudiado sobre cadáveres. Ponte en su lugar. Creo que en las facultades de Medicina trabajáis con cuerpos que parecen de goma y que, sobre todo, huelen fatal. He oído que hay estudiantes que tienen pesadillas, y no son nigromantes ni nada que se le aproxime.
- Bueno, visto así…
- Deduzco que a ti no te impresionaron mucho los muertos.
- Lo peor que yo llevaba.- Reflexionó Lucía en voz alta.- era el olor. Ese olor como a formol rancio. Pero afortunadamente pronto encontré cierto hechizo. Así que antes de entrar en el aula de prácticas, con mucho cuidado y disimulo…
- Haciendo magia en una facultad muggle. ¡Qué vergüenza!
- ¿Tu no adivinaste nunca las preguntas de un examen?
- Solo en Matemáticas Financieras, que no se me daban bien.
- Ya… ¿Seguro que solo?
- Segurísimo. Además, la profesora era la única que, por alguna razón, tenía la mente lo suficientemente abierta como para que las cartas "contactaran". La pobre bebía los vientos por un señor casado que enseñaba Historia Económica de España. Ella no le decía ni mu, y él por otro lado no se enteraba de nada. Era patético cada vez que salía el Enamorado cabeza abajo. Y solía ocurrir entre pregunta y pregunta. Un rollo. Casi habría perdido menos tiempo estudiando… En fin, dile a esa sanadora que puede usarme como referencia. Por cierto ¿Por qué no lleva el asunto tu madre?
- Si te soy sincera, creo que se ha saturado. A veces le pasa y entonces mejor dejar la cosa. Y tiene otras cuestiones en mente. Parece ser que Fer y Chiara van a pasar unos días con ellos y ya la conoces. Todo tiene que estar perfecto para su niño y su nuera.
- OK. Ya hablamos, entonces.
- Hablamos.
Continuará...
