EL NIGROMANTE (III)

Miércoles, 27 de noviembre de 2013, domicilio de la familia mágica Morales Valverde…

Marimar Valverde frunció el ceño. No estaba nada, pero nada contenta, con la actitud de su hijo mayor. Debería ir a clase, eso es lo que tendría que hacer. Por lo menos, a las clases del hospital.

- Eres un desagradecido.- Soltó sintiéndose bastante impotente.- ¿Para esto nos esforzamos tanto tu padre y yo? ¿Para que tires por la borda tu futuro?

Agapito apartó la mirada, incómodo. Era inútil repetirle a su madre, por enésima vez, lo que había experimentado y cómo se sentía. Parecía como si Marimar fuera incapaz de entenderlo. Y eso que las dotes adivinatorias venían, precisamente, por su lado de la familia.

- ¿No dices nada? ¿Eh? ¡Con lo que se esfuerza tu padre! ¡Y yo!¡Trabajar y trabajar para ti! ¡Y mira cómo nos lo agradeces!

- Pero mamá…

- ¡Calla, calla! ¿Quién te crees que eres para encima venir con excusas?

Agapito tenía aguante. Mucho aguante. Era un chico tremendamente paciente. Como su padre. Pero todo, incluida la paciencia, tiene sus límites, y la suya estaba al borde mismo. Por eso precisamente el siguiente reproche de su madre fue como la gota que desborda el vaso.

- ¡Ingrato!

-¡Mamá! ¡Cómo puedes decir eso tu, que trabajas en una empresa muggle precisamente para no tener premoniciones!

Marimar, que ya iba a arremeter contra el chaval cuando empezó a hablar, se quedó paralizada de la impresión, y aún tardó un instante en medio reaccionar.

-¡Eso no tiene nada que ver!

-¡Si tiene que ver! ¿Te crees que no lo se? ¿Eh? ¿Te crees que la abuela no me contó que en la Schola te llamaban gafe porque no parabas de hacer a los compañeros augurios de lo mas tremebundos? ¡Por eso te buscaste un trabajo muggle! ¡MUGGLE!

Marimar sintió que las mejillas le ardían y que el pelo, ya de natural muy rizado y tendente a campar por sus respetos, se le iba encrespando mas y mas, cada mechón en una dirección. De repente sintió que una oleada de lágrimas le inundaba los ojos y, sin pensarlo ni una ni dos veces, dio media vuelta y emprendió una marcha dramática hacia su dormitorio.

Agapito la vio ir sin sentir, de momento, ni un ápice de culpabilidad. Su madre, bajita y enérgica, había sido siempre una gafe entre los magos. Por eso había entrado a trabajar en el Instituto de Empresa como secretaria. Un trabajo totalmente alejado de su mundo. En ese momento no le daba nada de pena. Ella era, al fin y al cabo, la culpable. Y todavía tenía la desfachatez de echárselo en cara.

Sí que sintió una punzada, en cambio, al pensar de repente en su padre. Eduardo Morales, de quién había sacado el físico aunque era media cabeza mas alto, y afortunadamente el acné juvenil no le había dejado tanta marca en la cara, no era gran cosa ni intelectual ni mágicamente hablando. Formaba parte del personal del Departamento de Mantenimiento de Parques y Jardines Mágicos, un trabajo humilde que desempeñaba a la intemperie ya hiciera frío o calor. A su padre le hubiera gustado ser Sanador, pero no consiguió las notas para obtener patrocinio, y dinero no había en casa para pagarle los estudios en el supuesto de que aún hubiera pasado las pruebas de admisión. El joven mago se sintió un poco triste al pensar en su padre. El sí que se sentiría defraudado. Aunque quizás alguno de sus dos hermanos pudiera darle mas satisfacciones que él, el fracaso de hijo mayor. Era ser bastante optimista, porque ni Matilde, su hermana, ni Felipe, al que llamaban Piolín porque de pequeño era rubio y cabezón, habían mostrado nunca el mas mínimo interés por la Sanación ni nada que se le aproximara.

Le llegaron ahogados los sollozos de su madre, encerrada en el dormitorio marital, cuando el timbre de la puerta irrumpió con estridencia en medio de aquel drama familiar.

A pesar de estar desolada, Marimar emitió una estridente orden.

-¡Agapito! ¡Abre la puerta!- Y mientras se aplicaba un hechizo para reducir la rojez de los ojos con premura, murmuró mucho mas bajo.- Al menos, haz algo útil.

Con las manos en los bolsillos un enfurruñado Agapito se dirigió hacia la puerta preguntándose quién demonios vendría a aquellas horas. Desde luego, como fuera un vendedor a domicilio lo iba a enviar pero bien lejos. Cual no sería su sorpresa cuando la puerta reveló a una muy abrigada Elisa.

- Buenas, Agapito.- Dijo la Sanadora. Llevaba una zamarra de ante forrada de piel por la parte interior, que le llegaba hasta medio muslo revelando sus piernas delgadas como alambres enfundadas en vaqueros y rematadas en botas también de ante. Elisa llevaba los cuellos vueltos hacia arriba y los brazos cruzados sobre el pecho.

- ¿Te importa que pase? – Preguntó la bruja.- Es que estoy helada…

El muchacho aún tardó un segundo en reaccionar, dejando el paso expedito al interior.

- Gracias.- Susurró Elisa dando dos patadas en el felpudo, como si realmente tuviera algo que sacudirse.

-De nada, Sanadora…- Agapito se sintió un torpe anfitrión, porque una vez en la entrada no sabía muy bien qué hacer con la visita. Afortunadamente su madre, con la cara mágicamente adecentada, apareció con expresión un poco sorprendida.

- Ah, Usted es…

- Sanadora Elisa Gómez- Se presentó la bruja retirándose una gruesa manopla de lana y extendiendo la mano derecha. Marimar se apresuró a estrecharla. El tipo de saludo le decía que Elisa, probablemente, tenía mas antigüedad mágica que ella, lo cual por otra parte no era nada de extrañar, porque al fin y al cabo ella era de segunda generación.

- Un placer.- Respondió Marimar.- Supongo que ha venido por…- No terminó la frase limitándose a echar una mirada la mar de elocuente a su hijo.

- Querría hablar con Agapito un momento, si es posible. – Elisa sonrió sin ganas y sin responder a la pregunta de la madre, la cual le dedicó una mirada de hito en hito durante un par de segundos hasta que, tras parpadear nerviosamente, asintió.

- Agapito, hijo… lleva a la señora al salón…

Elisa suspiró desechando aclarar a aquella madre que, en realidad, no estaba casada, y siguió al inseguro muchacho hasta una reducida habitación decorada con un sofá de cuadros y presidida por un televisor.

- Les dejo para que hablen.- Se despidió Marimar.- A ver si usted le convence.

Elisa volvió a sonreír de manera forzada sin contestar ni una palabra y la dejó ir.

Una vez solos, Elisa se sentó en un extremo del sofá y le hizo un gesto a Agapito para que también se acomodara. No sin cierta timidez, el muchacho se situó en el otro extremo, con las piernas antinaturalmente juntas.

- Verás…- Comenzó Elisa con cautela.- Ayer la Sanadora Vilamaior y yo tuvimos una charla. Las dos coincidimos en que tienes unas facultades excepcionales para la diagnosis mágica… y por otro lado, creemos que es algo que te gusta…

- ¿La Sanadora Vilamaior piensa que soy bueno en diagnosis?

El chico parecía genuinamente sorprendido, cosa que en el fondo no extrañó para nada a la bruja. Ella conocía, probablemente mejor que nadie salvo, quizás, el director del Hospital, la pericia y conocimientos de Amaia Vilamaior en materia de hechizos de diagnóstico. De hecho, durante bastante tiempo pensó que podría superarla, pero de eso ya hacía tiempo. Elisa sonrió con un poco mas de ganas.

- La Sanadora Vilamaior es muy sagaz.

- Pero yo he renunciado y…

- No hay nada definitivo… todavía. Y lo sabes.

El chico se tomó un instante para tragar saliva con trabajo.

- Es que no sabe lo que es que los finados de repente te estén contando cosas. No hay manera de atender en clase de anatomía.

- Es solo una asignatura, Agapito. No te vas a pasar toda la carrera acompañado de un cadáver.

- A veces se meten en mis sueños… mire, Sanadora, nunca podría ser un buen sanador con este… este defecto. ¡La gente me tomará por gafe! Los pacientes no querrán que los atienda yo.

- No se por qué. En diagnosis, como apuntaba precisamente esta mañana la Sanadora Vilamaior, trabajamos con vivos.- Elisa había hecho el inciso intencionadamente, arrogando a su superior unas palabras que en realidad eran suyas.

- No… no sabe lo que es…

- Pues en realidad no, no lo se. Nunca he visto mas allá de un montón de trocitos húmedos de hojas en los posos del te…

Agapito dejó escapar una risita un poco histérica.

- Pues en mi familia es lo habitual. Mi abuela fue agorera, la pobre. Solo veía desgracias, así que se dedicó a trabajar como limpiadora en edificios mágicos. Como limpiaba fuera de horario de oficina, raramente se topaba con nadie…

- Vaya…

- Mi madre, por otro lado… la llamaban La Gafe en la Schola… trabaja en el mundo muggle…

- Seguro que alguno de tus antepasados fue un reputado adivino…

-Lo dudo. Soy solo tercera generación por ese lado…

- Entiendo… pero oye, ahora un psique-mago te podría ayudar. En el hospital estarían encantados.

-No se.. mire, esto es muy fuerte, lo que me pasa. Yo vivía tan feliz pensando que me habría librado, hasta el inicio de este curso.

-¿Hasta entonces no habías tenido Visiones?

- No ¿Eso significa algo?

- Ya te he dicho que no tengo ni idea. Pero la Sanadora Vilamaior tiene una sobrina vidente, de la Logia de Videntes…

- Los locos del mandilón. Buah. Dicen que son medio masónicos.

- No lo creo. Solo son… un poco estrafalarios. Hay quién le gusta ir por la vida con su capa y su sombrero picudo… pero te podrían ayudar también.

-¿Usted cree?

- Estoy convencida.- Elisa miró el reloj. En realidad, mas que conocer la hora lo que pretendía era calcular el tiempo que llevaba aguantando sin fumar.- Mira, tengo que irme. Te lo piensas tranquilamente esta noche, lo consultas con la almohada y, si te va bien, pues eso. Mañana te pasas por Psique y preguntas por este sanador…- Y Elisa dejó sobre la mesa una tarjeta que se había sacado de ninguna parte.

- Piénsalo bien, Agapito. Vales mucho, te gusta lo que haces y sería una lástima que te dejaras vencer por… unas cuantas premoniciones.

Agapito contuvo la mueca que hubiera querido hacer y la acompañó hasta la puerta, algo mas calmado. Aunque en cuanto la Sanadora Gómez saliera por la puerta su madre, que seguramente habría estado husmeando, le asaltaría para interrogarle debidamente y escudriñar sus intenciones.

Elisa salió al exterior y caminó unos cuantos pasos hacia un lugar adecuado para Desaparecerse. Cuando ella era una estudiante habría dado mucho por tener la oportunidad de recibir el apoyo de un psique. En su lugar, se había aferrado al tabaco. Y ahora bien sabía el Creador que le estaba costando un mundo y medio dejarlo.


Jueves, 28 de noviembre de 2013, Hospital Mágico de San Mateo, barrio mágico de Madrid…

Agapito entró deprisa en el hospital, con los cuellos de la cazadora bien subidos y un gorro azul calado hasta las cejas. No quería que nadie le reconociera. El mago que estaba a cargo de la Recepción cruzó la mirada con él un momento, pero no dijo nada mientras él apretaba el paso. En lo mas hondo de su ser, lo agradeció.

Avanzó presto por el pasillo, conocedor de a dónde se dirigía, ansioso por llegar a destino, aunque cuando lo hizo sintió como si el mundo se le viniera abajo por un momento. Miró de reojo la salita de espera. Solo había un chico alto, flaco y vestido de negro.

Apenas hubo de esperar para que saliera una medimaga, que ante la indiferencia del otro chaval le hizo pasar con un gesto. Nunca había estado dentro de la consulta de un psique-mago, pero reconoció al punto el cuadro de una Psique adulta que se peinaba tranquilamente, sentada en una piedra junto a lo que parecía un río, agitando de vez en cuando unas enormes alas de mariposa.

-Buenos días, Agapito. Soy el psique Llorach.

Ambos magos estrecharon manos y el chico se sentó frente a la mesa. Durante la siguiente media hora fue asaeteado a preguntas que, según el protocolo del doctor, servían para cumplimentar la parte mas elemental de su expediente.

- La Nigromancia no es habitual, pero tampoco tiene nada de malo…- Comenzó a decir de repente Llorach.- La mala fama es puramente circunstancial y carente del todo de fundamento. Hay un poso cultural, ya sabes, judeo-cristiano… la bruja de Endor, la que adivina para Saul, en realidad es una nigromante. Y precide su muerte. Bueno, también hubo puritanos que en el siglo XVIII defendían que el uso de anestesias y analgésicos durante el parto era ir contra la voluntad de Dios, ya sabes, lo de "parirás con dolor", hasta que la reina Victoria de Inglaterra, que tuvo muchos hijos, se pasó las disquisiciones por las narices.

Agapito lo miró procurando que su cara no reflejara una terrorífica sensación de hallarse ante un loquero que no debía tener nada de cuerdo.

- Lo que quiero que hagas ahora.- Dijo entonces Llorach.- Es que salgas ahí fuera,, al pasillo, con la cabeza bien alta, convencido de que ser nigromante no es malo. Tu ejercicio hasta la próxima sesión, la semana próxima, será ese. Convencerte a ti mismo de que no tiene nada de malo tu habilidad.

- Pero…- Balbuceó Agapito un poco confuso.- oiga, si eso de sentirse el rey del mambo está muy bien y tal, pero no puedo responderle a un fiambre "soy muy guay, cállate" si se pone a soltarme premoniciones macabras…

- ¿No puedes?

Agapito lo miro de hito en hito.

Cinco minutos después salía de la consulta como llegó: caminando apresuradamente, con una extraña sensación de vacío en el estómago y muchas, muchas ganas de que no lo reconociera nadie. Aún así, cuando alcanzó el cruce de pasillos que conducía bien a la salida bien a la zona de formación, todavía se detuvo un instante vacilante. Fue cuando una extraña voz interior le sopló al oído algo así como «ser nigromante es una pasada y soy un cojonudo estudiante de diagnósticos mágicos». No supo cómo, pero el run-run funcionó. Al menos a la hora de ordenar a sus pies moverse en la dirección correcta.


Jueves, 28 de noviembre de 2013, Logia de los Videntes, algún oculto lugar…

Ciertamente el atavío de la Logia era un tanto estrafalario, pensaba María cada vez que se reunía con sus colegas videntes. Pero en fin, los Estatutos y las Normas Protocolarias eran las que eran, y con aquel frío que estaba cayendo en la mitad norte peninsular, las túnicas, los mandilones, las capas y hasta los gorros picudos eran bienvenidos.

Tras el saludo de rigor, totalmente formal y bastante largo, los cuatro presentes reunidos en torno a una mesa cuadrada inclinaron la cabeza respetuosamente. Las cuatro sillas entonces se arrastraron solas mágicamente para que los que iban a ser sus ocupantes se colocaran en la correcta posición, cada uno en el lado correspondiente de la mesa, en función de su rango dentro de la Logia.

Como no podía ser de otro modo, presidía la Excelentísima e Ilustrísima, Grande de España y demás títulos notabilísimos, aunque conocida por todos como Floriana.

- Vayamos al grano, que tengo poco tiempo.- Espetó la susodicha apartando un faldón de la capa que le molestaba para sentarse.- Así que un nigromante ¿No es así, María?

- Eso es lo que me ha dicho la Sanadora que se puso en contacto conmigo.

- Vamos,tu prima Lucía.

-Vale, ha sido Lucía. Por encargo de mi tía, la hermana de mi madre.

- O sea, que en principio podemos descartar que se trate de una broma.

-¿Una broma? ¡Pero Floriana! ¿Se puede saber de qué vas?

- Ya lo han intentado otras veces.- Intervino un hombre de mediana edad, bajito y con la cabeza llena de rizos entrecanos y largos que tenía una asombrosa habilidad con las cartas.

-Y nosotros, que somos adivinos… ¿Nos dejamos engatusar? – Preguntó María alzando una ceja.- Pues si se enteran por ahí, no os cuento dónde va a quedar nuestra credibilidad.

- Tu sabes que no se puede ver todo.- Cortó Floriana antes de que el mago de los rizos replicara airado. María tampoco insistió porque, en el fondo, sabía que Floriana tenía toda la razón.

- El caso es que éste es un nigromante.

- Y ¿Hasta dónde alcanza su poder? – Preguntó el cuarto asistente, otro mago anciano, calvo y encorvado, que desde que María lo conocía tenía un tono rosado extraño en la piel.

- Que yo sepa, de momento la Premonición.

-¿No tiene facultades de Medium? – Preguntó de nuevo con una expresión que a María se le antojó un tanto decepcionada.

- No, que yo sepa.- Replicó observando con curiosidad cómo el mago apretaba los labios.

- En cualquier caso, aquí no tenemos ningún Nigromante.- Terció el de los rizos. – Si tenemos que ayudar a este chico alguien a su vez nos tendrá que ayudar a nosotros.

- Los nigromantes son escasos…- Dijo el mago calvo.

María desvió la mirada hacia Floriana. En realidad, ella era la de menos rango en aquella reunión, aunque no se sentía ni un ápice amedrentada.

- Hay alguien en Chile que tal vez…

- ¿Chile? – Exclamó María.- Eso está al otro lado del mundo y en diagonal.

- Bueno, al menos hablan español.- Dijo el de los rizos. María se vio incapaz de replicar a eso nada de nada.


Madrid, Hospital Mágico de San Mateo, a la misma hora mas o menos...

A Lucía le hizo gracia, mas o menos, encontrarse con la madre y la hija que venían a continuación a su consulta. Ceci, obviamente, no había pasado por casa, porque iba vestida impecable y llevaba un enorme maletín de cuero además del bolso. Babe por su parte tampoco había apeado el uniforme escolar. Tenía las narices congestionadas, carraspeaba y tosía y llevaba además un careto la mar de mustio.

- Ya veo que te has resfriado.- Comentó Lucía mientras ambas pasaban a la consulta. Ceci dejó abrigo y bolso en el respaldo de una silla y abandonó temporalmente el maletín en el suelo antes de empezar a explicar mientras su hija se dejaba caer en otra silla.

- Ha venido del colegio así. Me ha llamado porque decía que tenía fiebre y ella misma se ha venido a recogerme al Ministerio.

- Treinta y siete y medio.- Confirmó Babe con voz ronca.- Y me encuentro fatal, tía.

-¿Qué es lo que te notas?

- Me duele la garganta al tragar, no respiro por la nariz y tengo un oído medio tapado.

Lucía se levantó de su silla, rodeó la mesa y se puso junto a su sobrina. Extendió la mano y la colocó sobre la frente unos instantes.

- Ahora no tienes fiebre.

- Me he tomado paracetamol...

Lucía no dijo nada. Se acercó a un aparador y extrajo un depresor antes de volver junto a su sobrina.

-Ábreme la boca. Bien abierta...- Tras conjurar un lumos estuvo un momento escrutando garganta y oídos.

- Menudo catarro. A la mayoría de las adolescentes les echo la bronca porque van desabrigadas a más no poder, pero contigo no puedo hacerlo...

Ceci observó a su hija mayor y medio sonrió. Babe llevaba un suéter de cuello alto bajo la camisa blanca; un forro polar azul marino y leotardos de lana. Además había salido a la calle embutida en un grueso plumas, con gorro, bufanda y guantes. Digna hija y sucesora de una madre friolera.

- Lo que sí voy a necesitar es que te quites algo de ropa, de otro modo no voy a poder auscultarte los pulmones...

Babe dejó escapar un suspiro y se quitó la camisa. Su tía se las apañó para meter el estetoscopio debajo del suéter mientras ella contenía malamente un estremecimiento.

-¡Está frío!

- No está frío. Eres una exagerada. Bueno, se ha quedado en las vías altas. Mejor.

- ¿Me vas a mandar una pimentónica?

- Ni hablar. Es malísima para las inflamaciones de oídos. Qué va. Tenemos otra mejor...- Lucía procedió a anotar en el ordenador y mientras la receta se imprimía se puso a hablar con su prima.

- ¿Has visto a Mamen recientemente, Ceci?

- La verdad es que no.

-Entonces no sabes la noticia.

-¿Qué noticia?

- Adivínalo.

- Se me da fatal la Adivinación..

- VAle.- Lucía sonrió divertida.- Pues está embarazada.

- ¡No me digas!

- ¿Tía Mamen está embarazada? ¡Atchus!

- Según ella misma, ha sido un despiste.- Lucía se echó a reír. - La verdad es que ya era hora. Demasiado buena vida se ha dado hasta la fecha.

- En eso te doy la razón. ¡Cómo estará mi tía!

- Tu tía, que es mi suegra, está la pobre desconcertada. A estas alturas de la película no se lo esperaba. Le he dejado a la niña esta tarde y no terminaba de creérselo.

-Dale tiempo. En cuanto a Mamen se le note, mi tía que es tu suegra levitará sin hechizo de gusto.

- Puede ser... y hablando de adivinos, ayer estuve con María. La temperatura en Valencia no tiene nada que ver con Madrid.

- Lo dices tu, que vives en Huelva. Imagina los que residimos en la capital.

- Ceci, vivo en Huelva pero he nacido y crecido en Bera. Bueno, ésto ya está. Ve a la botica, dale la pócima en cuanto llegues a casa a tu hija y mañana como nueva. ¿Qué es ese zumbido?

- Es mi móvil. Es de casa... perdona... ¿Si? Mencía... ¡Qué...! Mira, ahora estoy con tu hermana en el hospital, déjate de castañas.

Ceci colgó enfadada mientras su prima y su hija la miraban curiosas.

- ¡Habrase visto!- Exclamó indignada.- Tu hermana, pregunta por tí de pasada y a continuación me dice que si podemos pasar por la frutería de vuelta a casa para comprarle castañas. ¡Tragona impenitente!

Incluso Babe, que se sentía fatal, no pudo evitar soltar una risita ante el hambre incontenible de su hermana.


Jueves, 27 de noviembre, hacia las siete y media de la tarde, hospital de San Mateo...

Amaia estaba recogiendo sus cosas bastante satisfecha. Llorach le había comentado que tenía muy buenas perspectivas con Agapito, que por otra parte había vuelto a clases, al menos en lo referente al Hospital Mágico y Elisa hasta había sido la mar de civilizada y razonable viniendo, de motu propio, a contarle los pormenores de su visita a la casa del muchacho.

Ya estaba a punto de ponerse el abrigo cuando el Avisador Mágico se le salió del bolsillo y se puso a revolotear delante de sus narices. Lo asió con agilidad con la mano derecha y leyó la pantallita. Para su estupor, no se trataba de una urgencia. O al menos, no era una urgencia de sanación.

Dos minutos mas tarde estaba sentada en su despacho frente, nada mas ni nada menos que el Comandante de Aurores. Amaia conocía a López de muchas ocasiones en las que había sido necesaria la participación de sanadores. Pero en esta ocasión no tenía ni la mas remota idea de qué podría querer.

- Sanandora Vialamaior.- Cuando López comenzó a hablar Amaia supo que no se andaría por las ramas sino que iría directo al grano.- Hemos sabido que hay un estudiante Nigromante en el hospital.

Amaia lo miró muy seria, sin tener idea de a dónde quería ir a parar. Como ella no decía nada, el auror prosiguió.

- Verá. Me han dicho que a usted le interesa para Diagnosis. Venía a decirle que a mi en cambio me interesa mucho para nuestro equipo. Un Auror Forense que además sea Nigromante sería un fichaje valioso.

Amaia lo miró asombrada, por un instante incapaz hasta de parpadear.

- Comandante López...- Fue capaz de articular finalmente.- este chico acaba de descubrir sus facultades, y está bastante desconcertado. Ahora no creo que sea el momento de sugerirle nada como... lo que me propone.

- Ya me lo figuro. Solo quería decírselo cuanto antes.

-¿Cuánto antes?

- Si. Cuanto antes.

- Ya veo. Como le decía, no creo que este chico esté en estos momentos en condiciones de orientar su futuro profesional por esos derroteros.- Mientras lo decía no pudo evitar imaginarse al pobre de Agapito de cháchara con el espíritu del cadáver al que iba a hacer la autopsia.

- Sanadora... tiene un talento valioso. Solo quiero que, llegado el momento, le haga saber que tiene excelentes perspectivas en el Cuerpo de Aurores.

Amaia no habría sabido qué mas añadir. Afortunadamente López dio por terminada la reunión y se levantó. Le estrechó la mano y se despidió con brusquedad, como era él mismo, y salió por la puerta tan raudo como había aparecido.

Amaia descolgó el abrigo del perchero mientras repasaba mentalmente la información sobre delitos mágicos que hubiera salido en los medios de comunicación recientemente, y recordó de forma vaga algún caso de asesinato cuyo desenlace no se había hecho público. Ladeó la cabeza y se preguntó, mientras se abotonaba, si sería correcta la suposición de que los Aurores tenían homicidios pendientes de resolver. En cualquier caso, como ya le había dicho a López, no era el momento. ¡Menuda papeleta para Agapito, traumatizado por su especial videncia, si ahora le decía que debía potenciarla al máximo! El futuro aclararía por sí solo el destino del muchacho, concluyó anudándose una bufanda al cuello. Para eso, además, no hacía falta ser ningún tipo de vidente.


FIN DEL MINIFI

Lo que el futuro depare a Agapito el Nigromante, ya es otra historia...

(El Comandante de Aurores, Juan Vicente López, es creación de Cris Snape par a la Magia Hispanii)