CAPÍTULO XIII

LAS PULSIONES DE LA MAGIA

Sierra de Madrid, invierno de 2018...

Un breve vistazo fue suficiente para que Isabel se diera cuenta de que Darío no estaba leyendo, precisamente, un relato de entretenimiento. No podía ver el título puesto que estaba usando un e-book, pero la cara de concentración y el ceño medio fruncido eran bastante elocuentes. Aprovechando que ese fin de semana estaba libre en el hospital, habían decidido pasarlo en la casa de sus abuelos, en las montañas madrileñas, aunque en su caso, como siempre, no podía dedicarse por completo al asueto. Había estado estudiando un rato después de cenar en una habitación del piso superior, y ahora se disponía a meterse en la cama, donde hacía ya un rato que estaba Darío instalado leyendo. Lo observó por un instante antes de proceder a quitarse la ropa. Su flamante marido tenía la espalda ligeramente erguida sobre un par de esponjosos almohadones y seguía enfrascado en la lectura. Babe sonrió y se aproximó hasta sentarse en el borde de la cama.

- ¿Se puede saber qué lees, que te tiene tan abstraído? - Preguntó suavemente. Darío levantó la vita del dispositivo para mirarla a los ojos un instante antes de contestar.

- Es un ensayo sobre la magia.

- Un ensayo sobre la magia...- Repitió Isabel suavemente.- ¡Qué lectura mas relajante! Por casualidad no será de alguno de mis familiares ¿verdad? - Añadió con cierta ironía.

- Pues la verdad es que no.

- ¿De quién es? - Babe estaba intrigada. Realmente había esperado que fuera alguno de los numerosos escritos de su bisabuela y en ese momento no se le podía ocurrir otro autor.

- Un tal Miguel Alonso.

- No me suena.

- Es un ensayo recientemente publicado. La verdad es que lo encontré en el catálogo digital de Biblos hace dos días.

- Ah. Y ¿Es interesante? Porque te veo muy concentrado.

- Bueno... me hace pensar...

- ¿En qué?

- Pues verás...- Darío dejó escapar un tenue suspiro.- Entre otras cosas dice que el verdadero brujo no es el que conoce un montón de hechizos y es capaz de conjurarlos correctamente. O sabe preparar una colección de pociones perfectamente... dice que el verdadero brujo es consciente cuando invoca su magia de que está en una... a ver cómo lo llama... ah, si, "encrucijada del mundo", donde es capaz de alterar el trabajo de la naturaleza y de... "desenmarañanar los lazos que unen el orden de las cosas".

- Un poco enrevesaro para para decirlo.

- Pues yo creo que tiene razón.

- No he dicho que no la tenga. Solo que busca una manera muy rocambolesca y elaborada. Se nota que es un filósofo mágico. Mi bisabuela decía que tenían una clara tendencia a intentar explicar lo sencillo de manera que resultara casi incomprensible- Añadió con una risita.- Por supuesto que modificamos el ritmo del mundo cuando invocamos magia. Y lo de la encrucijada se lo ha debido inspirar ella a este señor. Recuerdo que de niña me explicó que las reuniones de brujos en los cruces de caminos tenían, además del aspecto práctico de ver de lejos si se aproximaba alguien, un elemento simbólico ancestral. Se que lo había escrito en algún sitio. Este tal Alonso ha debido leerla. A ver si nos acordamos y cuando lo termines miramos la bibliografía.

- Isabel...- Darío dejó reposar el e-book sobre el embozo y le dedicó una mirada no exenta de melancolía.- Pues es que estaba pensando que precisamente esa es la diferencia entre... tu magia y la mía.- Hizo una pausa antes de terminar la frase porque en última instancia rectificó "entre tu y yo", que era lo que le venía a la mente.

-No veo por qué.- Replicó ella levantándose para quitarse el sueter.- Todos nos encontramos en esa encrucijada figurada cuando alzamos la varita para tomar la decisión de invocar magia o no hacerlo.- Dijo dejando la prenda bien doblada encima de una silla.

- Pues yo no lo percibo. Cuando invoco magia es... me siento mucho mas mecánico. Como el brujo que describe al principio, que se conoce un montón de hechizos y punto. Tu tienes mas margen de creatividad en tu trabajo... y además, además tienes muchísima mas antiguedad mágica.

Isabel, que se estaba quitando los pantalones, alzó la cabeza para dedicarle una comprensiva mirada. He ahí el quid de todo aquello, y no era la primera vez. De vez en cuando, Darío se sentía inexperto, casi como un recién llegado al mundo mágico. Cierto que su familia, y por tanto su sangre mágica, eran recientes, pero eso no tenía por qué suponer una dificultad. ¡Si no lo era para su padre que era muggle! Se lo había explicado unas cuantas veces, pero él seguía erre que erre empeñado en sentirse, a veces, un advenedizo. No había ayudado en absoluto que, por mucho que lo habían intentado, no había sido capaz de sentir la pulsión de la magia, ni la suya ni la de ella.

- Darío...- Volvió a la carga por enésima vez sentándose de nuevo en el borde de la cama, olvidando ponerse el pijama y con el arsenal de argumentos preparado.- Mi bisabuela también decía que un brujo o una bruja es una criatura excepcional, porque precisamente ha recibido el don del Creador de poder situarse en la mayor de las encrucijadas, que es la que está entre la vida y la muerte. Y tu has estado en ese lugar. Por dos veces, además. - Remató mirándolo fijamente a los ojos.- No eres un brujo mediocre, de los del montón, que no tienen plena consciencia del don. Y de la responsabilidad. Porque como decía mi bisabuela, semejante don implica también la obligación de discernir muy bien entre la luz y la oscuridad. Porque es otra de las encrucijadas en las que a menudo nos encontramos.

-Son pensamientos profundos...

-Mi bisabuela también sabía ser redicha.- Sonrió Babe.

-Pero las dos veces que estuve en ese... cruce de caminos...- Siguió reflexionando Darío totalmente ajeno al intento de su mujer de atemperar su ánimo.- no fue por mi voluntad. De una no me acuerdo, y en cuanto a la otra, fue tu bisabuela la que me guió. Como si fuera un niño pequeño.

-Darío...- Babe negó con la cabeza.- Estás empeñado en restarte méritos.- Añadió acariciándole la mejilla.- En fin... veo que los argumentos verbales no te convencen...

Su joven marido, por respuesta, frunció un poco las cejas en un gesto que a ella le hizo sonreir de puro infantil. Babe inclinó su rostro hacia el de él y lo miró con amor.

- Bueno, voy a probar a ver si te convenzo de otra manera. Con un beso, por ejemplo.- Y posó sus labios sobre los de él. Darío se dejó envolver por la calidez del gesto mientras ella tomaba la iniciativa de colarse bajo las sábanas y colocarse sobre él. De vez en cuando a su marido le afloraban aquellas pequeñas inseguridades mágicas, una tontería desde su punto de vista, porque Darío era un buen mago. Y sobre todo, lo quería con locura.

Enseguida se olvidaron de las disquisiciones teóricas sobre la filosofía de la magia para concentrarse del todo en sentirse mutuamente, en las caricias y los besos intercambiados hasta que, con los ojos cerrados y las mejillas juntas, se fundieron en una común explosión de placer. Después, abrazados, se quedaron dormidos, agotados.

Ya de madrugada Darío abrió los ojos y se dejó llevar por la evocación del amor. Se sentía muy dichoso al tenerla junto a él, al haber podido finalmente alcanzar aquello que, cuando ella tenía poco mas de trece años, y atisbó y se le antojó como una quimera. Y podría haber permanecido horas contemplándola dormir tan plácida, entre sus propios brazos, sintiéndose el ser mas feliz del planeta a la par que protector. Con mucha suavidad acarició lentamente un hombro desnudo y fue entonces cuando por primera vez lo percibió. La magia de Isabel tenía un pulso rítmico, lento, tranquilizador pero a la vez firme. Como ella misma. Asombrado y completamente despierto se concentró en sentir aquella pulsión tan novedosa, y al cabo de un rato se maravilló al comprobar que también podía escuchar el suyo propio. Su magia latía en pulsos mas cortos y mas espaciados que los de ella, pero se acomodaba perfectamente formando entre ambos una especie de música acompasada, sublime. Comprendió de golpe que la tía Almudena, que había estudiado música, siempre utilizara símiles musicales para hablar de todo aquello y por primera vez no se sintió tan mágicamente inexperto frente a la magia ancestral de la familia de su mujer.

- Darío...- Isabel susurró con los ojos cerrados.

- ¿Te he despertado? - Preguntó él suavemente.

- No... lo estás notando ¿Verdad?

-Si.- Reconoció estrechándola un poco mas, con cuidado, temeroso de perder la percepción.

- Yo también lo noto.

- Es... muy bonito.

- Lo es...

- Creí que nunca podría...

- A veces eres un poco exagerado. Yo no pensé tal cosa... y de todas formas... ¿Darío?

- ¿Si?

- No tengo ni idea sobre si mi padre es capaz de percibirlo. Pero sinceramente, creo que eso no importa porque es el padre mas maravilloso del mundo y para mi madre es el amor de su vida.

Darío entendió perfectamente que Isabel, como casi siempre, tenía toda la razón. La estrechó aún mas y depositó un beso intenso en aquel hombro desnudo donde por primera vez había sentido el latir de la magia. Ella sonrió con los ojos cerrados al sentir la caricia, y aún demoró el placer de degustarla durante un instante antes de abrirlos, alzar la cabeza y mirarlo con ternura.

- Te quiero, Darío.- Dijo completamente espabilada.- Me da igual cuántas pociones sepas recitar de carrerilla. – Y dicho aquello le besó en los labios.

El nuevo día los encontró de nuevo dormidos, abrazados y amantes, envueltos en el ritmo acompasado de la magia. Y como siempre, profundamente enamorados.