CAPÍTULO XIV
BERATARRAS-I
Albufera de Valencia, agosto de 1960…
-Aquí hace mucho calor ¿No me puedo volver a Vera?
Sara dedicó un instante a observar a su primogénita. Amaia, catorce años, la miraba con el ceño fruncido y expresión de disgusto. La clásica pose de una cría en plena edad del pavo.
-Tendría que hablar primero con la abuela Aisone.- Contestó imprimiendo de manera intencionada un tono pausado que tensaba aún mas la precaria paciencia de la adolescente.- Tiene que estar dispuesta a tenerte allí. Y ahora mismo hay mucho jaleo...
-¡No veo por qué no iba a hacerlo! – Protestó la chiquilla.- Yo soy tan bisnieta como las otras.- Amaia se quejaba de sus primas segundas, nietas de las hermanas de su abuelo Martín, que se instalaban tan ricamente durante agosto en el baserri de los Amatriaín mientas que ellas pasaban casi todo el mes con la otra rama de la familia materna.
-Tú estás allí casi todo el año, mientras que ellas viven en Tolosa.- Sara intentó templar gaitas un poco.
- Pues que las Aparezcan o las lleven en escoba mas a menudo. Tolosa no está lejos.
-Amaia….- Sara se puso seria.- Tu bisabuela es la dueña de la casa y tiene la última palabra. Y como sigas protestando no habrá lugar a que la pronuncie porque no se lo pediré.
La niña puso cara de disgusto y apretó los labios antes de murmurar de mala gana un tenue "está bien", darse media vuelta y largarse.
Sara suspiró. Era normal que su dulce angelito anduviera peleona, con las hormonas revolucionadas y un cuerpo nuevo al que adaptarse. Amaia se sentía un bicho raro a todas horas, sobre todo si se comparaba con Amparo, que todavía no se había sumergido en semejante tortuoso y turbulento proceso. De hecho, la queja debía tener bastante que ver con el asunto: su hermana andaba todo el día en la playa, entrando y saliendo del agua, mientras ella permanecía en el dique seco por imperativo de la naturaleza. Tal vez un año de éstos idearan un hechizo que detuviera el flujo, pensó Sara. Le haría la vida mas llevadera a las adolescentes.
- ¿Qué le pasa a Amaia? – Santiago acababa de hacer entrada en la sala con Ana de la mano.- Lleva una cara de perros.
- Habemus Pavo.- Contestó Sara con un suspiro.- Uno grande y pesado.
-¡Vaya por Dios! Con todo lo que falta para Navidad…- Sara ahogó una risita pero se contuvo de hacer comentarios sobre el chiste.
- Quiere irse a Vera.- Añadió mirando a su benjamina, que ajena a las cuitas ocasionadas entre sus padres por la mayor de sus hermanas, se distraía observando embelesada su varita, con la que debía haber pasado tiempo practicando algún encantamiento en compañía de su padre.
- ¿A Vera? – Santiago alzó las cejas.- ¿No prefiere estar junto al mar?
- Hoy en particular, no.- Y ante la expresión interrogante de Santiago aclaró:- Cosas de mujeres. Mañana puede que lo lamente.
- Entiendo… ¿La vas a llevar, entonces?
- Preguntaré a mi abuela. Y si dice que si, la llevaré. Supongo que necesita un poco de distancia paterna y allí la tiene, al menos en apariencia, porque estará debidamente supervisada.
-Eso sería una solución al gusto de todos.
-¡Qué va, Santiago, qué va! Tiene catorce años. Nada es al gusto de nadie a esa edad. O al menos, por mucho tiempo.
- Es verdad. ¿Dónde está aquella niña dulce que teníamos?
-¿La de la sonrisa encantadora?
- Esa misma.
- Supongo que debajo del mal humor...
-¡Papá! – Amparo los interrumpió entrando en tromba en la sala. - ¡Se me ha encasquillado la escoba! ¡No va!
- Vooooy.- Con resignación el padre marchó parsimonioso tras la segunda, preguntándose qué clase de desaguisado habría hecho con su escoba. Sara, que se había quedado con Ana, pensó que quizás a la vuelta del verano no tendrían una, sino dos malhumoradas damiselas hechiceras. Pero no debía lamentarse, que era ley de vida.
Vera, al día siguiente…
Amaia había terminado de colocar sus cosas en el armario del dormitorio que le había asignado su bisabuela y ahora no sabía qué hacer. Había llegado a Vera temprano para descubrir que sus primas segundas, que eran poco mayores que ella, habían salido de buena mañana al pueblo y no pensaban regresar hasta mediodía. Aquello era un contratiempo en esos planes que se había montado mentalmente, de charletas inacabables de jóvenes brujas sin madres cerca con el oído pegado para meter la cuchara sin haber sido llamadas al aquelarre, y sin hermanas menores con la inmensa cara, como un piano de cola, de pasar aún un verano mas sin el engorro de la regla. Pero sus primas no estaban por parte alguna y no tenía nada qué hacer. Salvo quizás acariciar al gato negro que rondaba por los alféizares. Suponiendo que el gato no fuera Graciana…
-¿Ya estás instalada? – Le preguntó Aisone en aquel vascuence roncalés que a veces costaba entender.- Puedes ayudarme a clasificar estas hojas secas…
Fantástico, pensó Amaia al punto, lo mejor del mundo era pasar un tiempo precioso de su joven vida clasificando trocitos de hojitas para colocar en las bolsitas de tela del herbolario encantado que Aisone tenía junto a la cocina. Puso los ojos en blanco y se sentó con desgana, resignada a la tarea. Aisone sonrió para sus adentros. A aquellas alturas de la vida era perfectamente capaz de reconocer las emociones ajenas, y en buena medida las comprendía. Amaia estaba hecha un lío porque tenía que estar hecha un lío, y así llevaba unos cuantos meses. Otros tantos le quedaban pero cuando menos se lo esperaran, ella y los demás, todo se reajustaría por mor de la naturaleza, y la cría espabilada, simpática y sobre todo dulce renacería cual fénix convertida en una hermosa jovencita. Porque su bisnieta era guapa. Incluso transitando por aquella época tan sísmica. Con sus facciones finas, su talle espigado, su pelo rubio, sus ojos de un azul intenso y su sonrisa, aquella que ahora escamoteaba.
-Cuando termines, puedo bajarte al pueblo. Tengo algunas cosas que comprar, y tal vez encontremos a tus primas. Creo que iban a ver a las Zabalza…
-¿Las Zabalza? ¡Pero si son muggles!
-¿Y qué? ¿No has pasado tu mucho tiempo con los niños muggles del pueblo?
Amaia sintió que cierto rubor le subía por las mejillas. No había querido formular en voz alta una conclusión a la que había llegado recientemente: era mejor, mucho mejor ser mágico. Y estar entre magos. Y hacer cosas de magos. Pensándolo detenidamente, salvo las clases en el colegio muggle de Pamplona se había pasado el curso entre magos y brujas: en su schola, en el caserío, en el barrio mágico de Madrid... Había estado haciendo magia a todas horas, y de alguna manera era la idea que se traía a Vera: hacer magia con sus primas. Pero al parecer, ellas estaban mas interesadas en otras cosas. Y por un momento le asaltó la duda sobre si ellas, un par de años mayores, la seguirían viendo como una cría, en lugar de la jovencita que estaba hecha. Porque francamente, se veía muy mayor: alta, esbelta, con su larga melena rubia suelta (las trenzas aquellas, manía de su madre porque cómo iba a recordar que de pequeña se las pedía a todas horas, llevaban desterradas mucho tiempo). Y los campamentos. Bendito invento: un mes enterito sin la matraca constante de su madre por aquí y por allá. Y eso que su madre, al menos, era joven, no tenía pinta de matrona pasada de kilos y en general no era una rancia. Pero seguía siendo una madre y como tal entrometida: que si a dónde vas, que si con quién, que si a tal hora en casa, que si cuidado con la escoba, que si... que si... que si...
- Venga ¿Qué haces, que no tienes nada de abrigo a mano? Anda, ve y coge una chaqueta, que en el pueblo hace viento.
Amaia miró desconcertada durante un segundo a su bisabuela. Abstraída en sus cuitas varias, no se había fijado en que la bruja de mas edad había recogido todos los bártulos de cortar y embotar diversas partes de plantas, y que de un golpe de varita los había enviado directos a la salita contigua a la cocina, donde el material por antonomasia de la herbolera permanecía al abrigo de la humedad, debidamente ordenado, clasificado y etiquetado. Cuando era mas pequeña se maravillaba del orden y la disposición de aquel cubículo sin ventanas que, sin embargo, al abrir la puerta se iluminaba talmente como si estuviera orientado a un mediodía permanentemente soleado.
-¡Amaia! - La voz firme de la bisabuela la hizo reaccionar de una buena vez y corrió escaleras arriba por una chaqueta de punto de lana de color azul oscuro que al fin y al cabo, como decía su madre, iba con todo.
- Te Desapareceré hasta la entrada del pueblo.- Le dijo Aisone tomándola del brazo.- Tengo algunas cosas que hacer en el pueblo. He de comprar loneta para reparar la bolsa que usa tu bisabuelo para portar sus útiles de sanador.
Amaia, por un instante, pensó en la bolsa mentada. La había visto desde que tenía recuerdos, Un objeto tan habitual que se había vuelto cotidiano. Y se le vino a la mente la imagen de su bisabuelo portando la bolsa, en bandolera, caminando un poco inclinado hacia el lado por el que colgaba, con su pelo ya completamente cano y siempre revuelto y las sempiternas gafas redondas.
-Se llevaría un disgusto si se la tiramos.- Murmuró Aisone tomando delicadamente a la niña por el codo.- Le tiene mucha querencia. Así que se la voy limpiando y parcheando.
Amaia no dijo nada y se dejó llevar al exterior. Hasta entonces no había sido consciente del alcance real que, por lo general, tenían las palabras de su bisabuela. Pero quizás porque se estaba haciendo mayor y su perspicacia se afilaba, tuvo la sensación de que decían de ella misma mucho más que de su marido. Porque a Aisone siempre le había costado mucho empatizar con las personas, pero con los años, puesto que era una mujer inteligente, había terminado por reconocer las emociones. La chica sintió un extraño escalofrío al percatarse de que, en realidad, la bolsa en si le importaba tres cominos, todo lo contrario que su propietario.
-¿Preparada? – Preguntó la bisabuela mirándola fijamente y ella, sin pensarlo dos veces, asintió con la cabeza.
-Muy bien.- Asintió la matriarca.- Entonces… vamos.- Y le tendió el brazo para que la chica se asiera al mismo, otorgándole de esta manera unos preciados segundos para prepararse para la Aparción.
Con un Crac que podría confundirse perfectamente con cualquier ruido del campo, las dos brujas se corporeizaron en las afueras, junto a una cerca de vacas. El suelo estaba húmedo y embarrado, y el sol todavía plomizo. Corría una brisa fría que obligó a la joven a ponerse el jersey que con tanta renuencia había portado y, por un instante, casi echó de menos el sol luminoso de Valencia. Casi, porque tras echarle un vistazo rápido para constatar que no había sufrido ningún percance en el desarrollo de la magia, Aisone volvió a tomarla del codo, esta vez con mas energía, y echó a andar con paso firme.
Las losetas estaban húmedas y un tanto resbaladizas, y había charcos por todas partes. Aún así, la anciana hechicera no parecía sentirse afectada por la inclemencia.
-Las tormentas en el valle de Roncal sí que son tremendas.- Murmuró sonriendo de lado.- El valle se encapota con las nubes bajas y no se ve a dos palmos de distancia. Y los truenos retumban con mas ímpetu. Aquí, el paisaje es mas suave. Amable diría yo.
Amaia pensó que su abuela pasaba por un ataque de cursilería mientras intentaba seguirle el ágil paso. Para no quedarse descolgada, había agachado la cabeza y concentrado esfuerzos en mantener la velocidad. Por eso cuando la mayor se detuvo en el recodo de la calle y Amaia por fin pudo respirar hondo y girar al cielo sus ojos claros, comprobó que todo lo que decía era verdad.
Apretaron el paso y se adentraron en el pueblo, saludando aquí y allá con asentimientos de cabeza, aunque la gente por lo general no se detenía a hablar con ellas.
- Saben lo que soy.- Volvió a explicar Aisone.- Y los que no lo saben, algo intuyen.
- Pero no echamos males de ojo ni nada.- Protestó la niña.- Graciana ayuda a mucha gente...
- También vienen a mi cuando necesitan algunos remedios.
- También, bisabuela. No quería quitarte méritos. Es solo que lo primero que he pensado...
- ... es en la partera. Si lo se, mi niña, lo se. Pero las supersticiones están ahí. O tal vez no sean tanto supersticiones y sí ecos del pasado. Todo mago o bruja pasa por la tentación de usar su poder para manipular o dominar a los muggles. Y aquí se cuentan muchas historias viejas...
-¿De veras? Pues yo no lo he notado nunca. Eso que dices de dominar a los muggles. ¿Para qué?
- Quizás para sentirse superiores... no se.
- ¿Tu has sentido eso, bisabuela?
- En alguna ocasión, he deseado despistar la memoria de alguno que me resultaba particularmente pesado. Recuerdo un boticario que no hacía mas que criticar nuestros ungüentos porque según él no tenían base científica y demás... con ese tuve ganas de lanzarle un hechizo.
Amaia dejó escapar una risita, divertida al imaginar a su bisabuela, tan seria, alzando la varita contra aquel boticario, que por alguna razón se imaginaba bajito y rechoncho, calvo y con la cabeza bastante redonda.
- Ríete, pero se sincera ¿Alguna vez en el colegio muggle no has deseado encantar a una profesora? ¿O a una compañera que no te cayera del todo simpática?
- A veces me dan ganas de encantar a mis hermanas.- Replicó la niña. Y un brillo travieso pero carente de malicia asomó a sus ojos azules.
- Las hermanas no cuentan, Amaia. Podrían hechizarte ellas a ti. Pero un muggle no puede defenderse de la magia.
- Entonces...- Amaia se puso seria de repente.- ¿Realmente no es un don, bisabuela?
- Es un don. Pero hay que saber usarlo. Anda, vamos, que quiero llevar esta pasta de almendras a doña Isidora. Aplicársela en la frente dice que le alivia la jaqueca...
-¿Eso es verdad? - Amaia, que había olvidado casi por completo la preocupación por la naturaleza bondadosa o perniciosa de su poder, volvió su curiosidad hacia el remedio.
- En realidad es el masaje con el que se la aplica lo que la alivia. La crema como tal tiene efecto hidratante. Y huele bien. Seguramente mi hermana Celia encontrará alguna explicación holística.
- ¿Qué es holística, bisabuela?
Aisone se disponía a dar a su bisnieta pertinentes explicaciones cuando una mujer se les aproximó a buen paso. Se trataba de Lucía Larumbe, la hermana del panadero, una mujer cuya edad Amaia no sabría precisar, pero que debía andar mas próxima a la cincuentena que a la cuarentena, pues había quedado viuda al principio de la guerra civil.
-¡Caramba! - Exclamó la panadera dedicando una franca sonrisa a la niña.- ¡Cómo has crecido, Amaia! Si ya eres toda una mujer...
La chica se ruborizó un poco mientras la mujer le retiraba, con delicadeza, un mechón de la cara que el viento acababa de revolver.
- Te pareces mucho a tu madre... aunque los ojos son claramente los de tu padre. Pero eso te lo habrán dicho muchas veces. ¿Cuántos años tienes ya?
- Catorce.- Balbuceó la niña.
- Quince en diciembre.- Precisó su bisabuela.- Nació el veintiuno.
- La noche del solsticio. Lo recuerdo bien. - Añadió la panadera en voz baja, aunque no había nadie por los alrededores que pudiera oirlas. - Pasad por la panadería antes de volver al caserío.- Continuó retornando a un tono normal.- Hay madalenas.
Amaia sonrió otra vez ruborizada. Su afición al dulce casero debía haber trascendido, y eso a edad adolescente era cuanto menos sonrojante.
- Pasaremos luego. He de comprar pan. Tengo a mucha gente en casa y nunca está de mas.
- Hasta luego, pues.- Se despidió la panadera.
Y Amaia tuvo la sensación de que se había perdido algo de la conversación.
