Capítulo 15
BERATARRAS-II
La visita a doña Isidora se le antojó un tanto pesada a la niña, quizás porque la señora vivía en un caserón encalado por fuera y repleto de pañitos de ganchillo por dentro, embargado por el olor rancio del tiempo que se estanca para remolonear y demorarse. La mujer no tenía una conversación amena, y además no la seguía bien. Por primera vez Amaia se percató de que sin ejercitarlo, el idioma se perdía. Y eso que en su primera infancia, cuando había vivido en el caserío, prácticamente había sido su lengua. Respiró hondo cuando por fin salieron de nuevo a la calle, hinchando los pulmones con aquel aire húmedo perfumado del aroma de la tierra mojada. Echaron a andar en dirección a la panadería con buen paso. Ni rastro de sus primas. Avanzaron deprisa porque hacía fresco hasta llegarse al establecimiento, que las recibió con un golpe cálido de aroma a dulce. Amaia echó un vistazo a su alrededor y al reconocer el ambiente tan familiar se le esbozó una sonrisa, de las primeras de la mañana. La panadería de los Larumbe tenía algo poderoso y arcano, sería acaso el poder unificador del fuego de los hornos, el símbolo del corazón del hogar. No tenían mucho dinero, pero eran una familia unida y feliz. Eso se palpaba en el ambiente. Lo proclamaba a gritos la magia del entorno, que latía ancestral y potente entre aquellos cestos atestados de panes.
La cortinilla de tiras se agitó de repente dejando paso a un mozo alto, y Amaia se quedó boquiabierta por un instante.
Hacía prácticamente un año que no se veían, y en el ínterin su amigo de la infancia casi se había convertido en un hombre. Amaia sintió una extraña desazón al percatarse de que su rostro se había hecho más anguloso y una sombra oscura le cubría las mejillas y la zona del bigote. Estaba alto, y aunque por un lado se le veía flaco, también era evidente que los hombros se le habían ensanchado mucho. Empezaba a inquietarse ante aquella impresión de encontrarse frente a un desconocido cuando sus ojos se encontraron y por fín sintió que pisaba terreno seguro y conocido. Le reconoció en aquellos ojos color del chocolate espeso que servía la Floriana en los días mas crudos de invierno, que se hacían chiquititos cuando sonreía, inclinando levemente la cabeza, siempre al lado izquierdo. Porque por lo demás, Fernando estaba irreconocible. Se ancló a aquella mirada ávida por no perder aquel reducto de la infancia sin percatarse de que él sonreía más y más. El, en cambio, la habría reconocido al punto aunque hubieran pasado cien años. Le bastó media zancada para ponerse a su lado, y susurrar con una voz grave recién estrenada un cálido "¡Qué alegría que ya estés aquí…!" Amaia se sintió turbada y no supo qué contestar, así que Fernando siguió hablando.
-El invierno ha sido largo, pero por fin ya es verano.- Comentó como si nada dejándola pensando por un instante si aquella frase tan banal a priori no tendría sus significados ocultos.
-Estoy en Bilbao.-Explicó Fernando. – Don Ciprián me consiguió una beca en la escuela de hostelería.
-¿Hostelería?
-Ajá.
Fernando se cargó al hombro un hato enorme de leña. Evidentemente venía del patio trasero donde debía haber estado cortándola.
-Es para el restaurante. Yo le hago la leña y me saco unas pesetas.- Explicó con la misma naturalidad que había tenido siempre. A ella todavía le pareció un poco raro: había cambiado su apariencia pero sin embargo estaba ahí, el mismo Fernando, sobrio pero atento. ¿Le habría ocurrido lo mismo a ella?
- ¿Me acompañas? - Amaia, sumida en la duda sobre cómo la vería él a ella, no se dio cuenta del matiz ligeramente turbado en la nueva voz de su amigo de infancia. Asintió con la cabeza casi sin pensarlo, y se encontró de nuevo en la calle prácticamente sin darse cuenta, caminando junto a él como tantas y tantas veces había recorrido aquellas calles empedradas.
-¿Sabes? - Empezó a hablar Fernando.- Ya casi creía que no ibas a venir... Supongo que es mas divertido pasar el verano en la costa.
- A veces...-Amaia no sabía muy bien qué decir. Cuando le pidió a su madre que se la llevara de Valencia no lo estaba pasando nada bien, pero Vera, hasta la fecha, tampoco estaba respondiendo exactamente a sus expectativas.
-Y aquí llueve durante días. Aunque arriba, en el caserío, suele lucir el sol. Y hablando de sol...¿sabes? A partir de ahora los días...
-Ha dicho mi madre que no quiere alones, sino dinero.- Amaia y Fernando se detuvieron en seco. Habían llegado caminando hasta la carnicería, y en el exterior el pequeño Pascualín miraba fijamente al carnicero agarrando muy fuerte un cesto repleto de verduras.
-Mi pollo es de primera calidad.- Insistió el carnicero poniendo una sonrisa medio torcida.- Os alimentará bien la sopa.
-No.
-Mira, chaval. No me hagas perder mas tiempo. Trae acá esas verduras y coge los alones.
-¡Que no!
-Oye Pascual, no me hagas enfadar y coge los alones de una vez...
-Ya le ha dicho el niño que su madre quiere que le paguen en dinero.- Terció de repente Amaia. El hombre se dio media vuelta y le dedicó una mirada que casi la hizo arrepentirse de haber cedido al impulso de intervenir.
-Y tu… ¿De qué casa eres, si se puede saber?- Preguntó el hombre con un tono que a Amaia le resultó desagradable. Irguiendo la espalda y poniéndose muy seria, espetó la respuesta casi con orgullo.
-Soy del caserío Amatriaín.
Durante un breve suspiro el tiempo pareció detenerse mientras la sonrisa condescendiente quedaba congelada en el rostro, por lo demás desagradable, del carnicero. Solo reaccionó cuando escuchó el golpe seco del hato de leña al ser depositado por Fernando.
-¿Es amiga tuya?
-Si.
-Ya… - El hombre dedicó al niño una mirada despectiva antes de darse media vuelta, y al pasar junto a Fernando, de regreso al interior de su tienda, susurró en un tono apenas audible "pues ándate con ojo con esa gente".
Amaia apretó los dientes maldiciendo no poder siquiera sacar la varita y dio un respingo al sentir la manaza de Fernando sobre su hombro.
-No le hagas caso. – Dijo él con el ceño fruncido.- El sí que es mala gente.
Ella tardó un segundo en reaccionar, y cuando lo hizo fue para bajar la vista hacia el niño. Pascualín sostenía el cesto con la verdura y parecía compungido. Casi a punto de llorar. Era evidente que su madre, una viuda joven con varios niños al cargo, le había enviado a vender productos de la huerta al carnicero. Debía haberle recomendado encarecidamente que no aceptara un trueque, y el niño había seguido sus indicaciones al pie de la letra. Tanto que ahora se encontraba con la verdura y sin nada más que llevar a su madre. Ni siquiera alones de pollo.
-Haremos una cosa….- Intervino Fernando observando el rostro cariacontecido del niño.- Yo te compro la verdura.- Y dicho aquello sacó del bolsillo algo de dinero. Pascualín parpadeó antes de sonreír ampliamente. Tras darle las gracias varias veces, salió corriendo con la mano bien apretada en torno a las monedas. Los dos lo vieron marchar calle arriba, casi a punto de perder una alpargata al doblar la esquina.
- ¿Qué vas a hacer con eso? - Amaia bajó la vista hacia los manojos de acelgas y borrajas.
- Puede que Koldo, el del restaurante, quiera quedárselas.
-¿Y si no?
-Si no, las guisará mi tía. Para la cena.
-Ya. ¿Lo haces a menudo?
-Hacer ¿Qué?
- Comprar la cena. Así, de repente.
-Ah, no.- El chico se echó a reir.- Normalmente ni siquiera llevo dinero.- A ella no se le escapó que el tono del chico perdía intensidad según lo decía. Seguramente, se avergonzaba un poco.
-Yo tampoco suelo llevar dinero.- Dijo encogiéndose de hombros. De inmediato pensó que era un comentario insulso, pero para su sorpresa Fernando, lejos de parecer decepcionado o aburrido, sonreía ampliamente.
- Un tipo muy desagradable ese carnicero.- Dijo echando a andar.
- Ese tipo...es un libidinoso.- matizó Fernando un poco azorado.- ¿Sabes… lo que es un libidinoso?
- Un… - Amaia también pareció buscar las palabras.- … libertino. O más bien un hombre que… que mira a las mujeres como… objetos para dar satisfacción a… eso.
Los dos estaban colorados, pero les tranquilizaba saber que se estaban entendiendo.
- Tiene muy mala fama.- Masculló él recolocándose la leña en el hombro.
-Parece que no le caemos muy bien los de mi casa.
-Es una mala bestia.- Fernando negó con la cabeza mientras apretaba el paso. Se le pasó por la cabeza que el carnicero sería de los que consideraban a la familia de Amaia como una panda de maléficos, pero no dijo nada. No tenía idea de cómo le sentaría semejante conocimiento. Fernando conocía de hacía años su secreto más preciado, que la había visto volar en su escoba cuando tan sólo contaba seis años, y no la había considerado maléfica en absoluto. Todo lo contrario. Para él, ella era un ángel rubio. Un rato antes la bisabuela Aisone le había advertido de que todos, en Vera, sabían de su naturaleza. ¿Lo sabría también Fernando? No, no era posible... él era un niño... bueno, no un niño, tampoco un hombre, pero casi.
-… hasta podríais hacer empanada.- Dijo apartando de su mente aquellas dudas que le habían brotado de repente.
-¿Qué?
-Si tuvieras pollo. O bonito. Con la verdura.
-¿Empanada?
- Mi abuela paterna la hace… bueno, es que ella es gallega. Masa de pan. Y le mete verdura. Claro que suele usar espinacas. A mi hermana Amparo no le gusta porque dice que las espinacas le dan grima.
Fernando soltó una carcajada luminosa. Un mundo de posibilidades culinarias acababa de abrírsele a los ojos. Y por supuesto, se lo había abierto su ángel.
-Lo siento.
-¿Por qué?
Se sentía orgulloso de ella. Orgulloso de que hubiera plantado cara a la mala bestia del carnicero para defender al Pascualín. Y orgulloso de que le hubiera proporcionado ideas.
Bajó el sendero alegre como unas castañuelas, sin apear la sonrisa de los labios. No había esperado encontrar a otra Amaia. La mujer en ciernes era la consecuencia lógica de la niña que había sido, tanto en su aspecto como en su forma de ser. Quiso ponerse a cantar a voz en grito, henchido de felicidad. Porque de repente acababa de poner nombre a lo que había ido creciéndole por dentro durante años. Era como si hubiera estado cuidando un arbolito que por primera vez echa unas flores. Fernando se descubrió enamorado y supo que no querría a otra. Durante el resto del camino hasta el restaurante, y después de vuelta a la panadería, ni se enteró de que llovía ni el cielo plomizo hizo mella en su buen humor. Aunque esperaría a que luciera un sol radiante para decirle lo mucho que la amaba.Y no sería en medio del pueblo, por supuesto que no, tal vez en el prado, cerca de la casa de su familia, que era un lugar con un encanto mágico. Ahora sabía por qué la había estado esperando.
