CAPÍTULO 16

BERATARRAS - III

- Ahora no podrás convencerle de que te acepte de aprendiz.- Kepa, el primo de Fernando, reflexionó en voz alta mientras, sentado a la orilla del Bidasoa, jugueteaba con una pequeña navaja.

- Ni pagándole el oro y el moro.- Apostilló Erramon observando con ojo crítico el sedal.

Los chicos se habían acercado al río al poco del amanecer, debidamente pertrechados con botas altas de goma y aparejos, con la intención de pasar un rato pescando. Aunque más que prestar atención a las cañas, andaban intercambiando confidencias

-Ya encontraré otra manera de aprender los cortes de las carnes.- Fernando se encogió de hombros sin quitar la vista del agua.- De todas formas, trabajar para ese tipo no puede ser agradable.

-Pues no.- Erramon soltó una risotada.- Es un baboso de mierda. Mi madre no envía jamás a mi hermana sola a la carnicería.

Fernando frunció el ceño, y no porque hubiera un pez hurgando el cebo. La sola idea de que aquel individuo tan deleznable pudiera atreverse a posar su mirada libidinosa sobre Amaia le enervaba. Generaba un odio profundo hasta el momento desconocido. A pesar de ser grandón y fuerte y nada cobarde, no era proclive a las broncas. En pocas ocasiones había tenido que pegarse con ningún otro chaval y siempre había sido porque no había tenido más remedio que hacerlo. Pero de repente, la sola mención del carnicero le suscitaba unos instintos belicosos que no sabía que podría albergar.

- De todas formas...-Erramon le dio un par de vueltas al carrete.- ... no creo que se meta con nadie del caserío nuevo. Es de los supersticiosos.

-¡No me digas que cree en esos cuentos de viejas! - Exclamó Kepa.- Pues con lo buenas que están todas las tías de esa casa, a mí me daría igual que se entretuvieran algún rato en hacer conjuros.

Erramon coreó las risas de Kepa mientras Fernando se quedaba pensativo. su amigo, el que había suscitado la bromita, era precisamente quién le había mostrado, de niño, que las brujas existían. Que habitaban el caserío nuevo. Que Amaia era una de ellas. Kepa, evidentemente, no tenía ni idea y pensaba que se trataba de supercherías.

-¡Pernando, tío!- Exclamó de repente Erramon.- ¡Que te está picando un pez!

El instante de indecisión no fue suficiente para que la trucha escapara de la cucharilla. Los chicos prorrumpieron en alegres exclamaciones olvidando por completo al carnicero a la vista del huso plateado que se mecía enérgico en el extremo del sedal intentando infructuosamente soltarse. O al menos, dos de ellos lo olvidaron.

De regreso a casa, con la caña al hombro y un par de peces en la cesta, Fernando anduvo cavilando. Incluso si el carnicero dejaba a un lado sus temores, que a saber cómo los había adquirido, meterse con cualquiera de aquel caserío sería una estupidez. Graciana, la vieja herbolera, seguramente sería capaz de generarle malestares en sus partes masculinas dignos de la más molesta de las enfermedades venéreas. Y la etxe andre, Aisone, podría convertirlo en burro para los restos. Eso sin contar con la madre de Amaia. Sara Amatriaín era capaz de emanar un halo de autoridad que acojonaba al mas pintado. Probablemente era también por su condición mágica. Sonrió de medio lado con cierta malevolencia imaginando toda suerte de desventuras si el tipo importunaba lo más mínimo a cualquier mujer de aquella casa, sin pararse a pensar siquiera que la propia Amaia, seguramente, ya conocía algún que otro conjuro para defenderse de semejantes especímenes. Y es que, en el lote mental que eran las mujeres de aquella casa, ella podía ponerse aparte. El la ponía aparte, lo mirara como lo mirara.

Entró en la casa por la puerta de la panadería, saludó a su tía que, como casi siempre, atendía a la clientela, y pasó a la salita que hacía de trastienda y que comunicaba directamente con la cocina, un lugar distinto del horno donde trabajaba su padre desde antes del amanecer. Dejó la cesta sobre la encimera y besó a su madre.

-¿Se ha dado bien? - Preguntó la madre sin quitar la vista de las vainas de judías que troceaba con energía.

-He pescado dos.- Contestó encogiéndose de hombros.

-Menos da una piedra. Sácalas y déjalas en un plato, junto al fregadero. Cuando termine con ésto, las limpio.

-Puedo hacerlo yo.

-Mejor te encargas de unos cuantos recados.- Negó la madre secándose las manos en un trapo limpio.- Pregunta a tu tía qué hay que hacer de repartos.

Fernando asintió con un movimiento de cabeza, apresurándose a sacar los peces de la cesta. A continuación se llevó todo el equipo al armario trastero donde guardaban esas cosas, se lavó las manos y retornó a la tienda. Esperó en silencio, apartado, a que su tía terminara de atender a una cliente, y en cuanto aquella abandonó el establecimiento se plantó en dos zancadas delante de su tía.

-Espera un segundo, que lo tengo todo apuntado.- La tía Lucía abrió un cajoncito y sacó un papel cuidadosamente anotado.- Y los paquetes están ahí.

-Mejor me llevo la bicicleta.- Comentó Fernando leyendo el papel. Su tía asintió con la cabeza mientras el muchacho se metía el papel en el bolsillo del pantalón.

-¡No te vayas!- Le llamó la atención su tía antes de que comenzara a cargar los paquetes.- Toma.

-¿Y ésto?

Con la palma abierta, Fernando contemplaba varias monedas de cinco duros.

- No pensarás invitarla siempre a madalenas... - Respondió contundente su tía. Fernando sonrió de medio lado, y un poco azorado intentó rechazar el dinero.

-Pero... tengo algo ahorrado.

-Eso es para tus gastos durante el curso.

-... y además... a ella le gustan las madalenas...

-¡Déjate de cuentos! También le gustará que seas un poco rumboso.

Fernando musitó unas palabras de agradecimiento mientras guardaba con cuidado el dinero en el fondo del bolsillo. Mejor iniciaba el reparto cuanto antes, porque se notaba las orejas ardiendo. Era absurdo seguir eludiendo la realidad porque era tan notoria que hasta su tía se había dado cuenta: le gustaba mucho. O quizás, había descubierto que le gustaba.

Porque el proceso, si lo meditaba un poco, había comenzado muchos años atrás, cuando él llevaba pantalones cortos y rodillas llenas de costras y ella un par de trenzas. Alzó la pierna sobre el sillín y comenzó a pedalear con brío pensando en cómo aquella niña espigada había dejado paso a una chica esbelta y alta, de dieciséis años que, lejos de diferir de lo que fue, se afianzaba en todo ello. Ya no llevaba trenzas pero su pelo no había perdido su tono como el sol. A pesar de los rubores adolescentes seguía poseyendo aquella mezcla de decisión y dulzura. Y aunque se arrobara con cualquier tontería seguía regalando aquellas sonrisas suyas. Decidió que su último destino sería precisamente el caserío, aunque para ello hubiera de emplear las últimas fuerzas. Así podría invitarla a pasear por el monte en el que se aposentaba la casa. Un paraje tan repleto de magia como aquella chica que, día y noche, ocupaba sus pensamientos.