CAPÍTULO 17
AQUEL LUNES, 20 DE JULIO DE 2015
Para Cris Snape, en el día de su onomástica
6 a.m. Bera.
Amaia abrió los ojos y no tuvo que mirar el despertador para saber que eran las seis de la mañana. Llevaba toda la semana despertándose a esa hora, a saber por qué razón. Quizás se debiera al calor, porque aún residiendo en un efluvio telúrico que gozaba de cierto microclima benigno, la ola que azotaba la península se hacía sentir, y hacia las seis de la mañana, ya lo había constatado, el hechizo térmico había decaído bastante.
Se incorporó con cuidado y, antes de levantarse, dedicó unos instantes a observar a Fernando, que dormía plácido sobre las sábanas vestido tan solo con el pantalón corto de un pijama de verano. El efecto benéfico de la magia a su alrededor durante tantos años era patente, sustrayendo el ritmo normal del tiempo en el físico de su esposo. Quizás la suegra de su sobrina Ceci, doctora en Físicas, tuviera su parte de razón, al afirmar que la magia posiblemente tendría una explicación en el ámbito cuántico.
En cualquier caso, estaba bastante segura de que no se volvería a dormir. Así que abandonó la cama con cuidado y encaminó sus pasos a la ducha. Era lunes y aunque en principio los lunes no trabajaba para estar junto a Fernando en el día de cierre del restaurante, ese en particular tenía que personarse en el hospital por dos asuntos. Uno era de índole personal, el otro laboral pero de naturaleza extraordinaria.
Dejó que el agua fresca le cayera en los hombros durante sus buenos cinco minutos dejando la mente en blanco y, mucho más cómoda, se secó rápidamente con unos golpes de toalla y se dispuso a vestirse.
Se preveía mucho calor en Madrid, así que optó por una camiseta y una falda de fino algodón y se calzó unas sandalias, y una vez vestida bajó a la cocina. Al menos, podría prepararse el café tranquilamente y comerse un par de las madalenas que seguían haciendo, de la misma manera artesanal, en la panadería ahora del hermano de Fernando. No pudo evitar inspirar profundamente al abrir la caja de lata donde las guardaban. Desde niña, aquel aroma a vainilla mezclada con huevo y con azúcar la había encandilado, y esa mañana, sin duda, tendría un efecto vigorizante. Agitó la varita e hizo aparecer una mecedora junto a la ventana de la cocina por la que entraba una suave brisilla, y allí se instaló a desayunar con calma, contemplando cómo los primeros rayos del sol de la mañana arrancaban destellos del prado, y sintiendo el pulso de la magia de la tierra, de los animales, de las plantas y de ella misma.
- Son casi las ocho.
Amaia abrió los ojos de golpe y contempló a Fernando. Estaba descalzo y se estaba rascando la barbilla.
-Debo haberme quedado traspuesta.- Contestó mirando el reloj.
-¿Quieres que te prepare otro café? - Preguntó él dirigiéndose hacia la cafetera.- Lo de la muela de Amparo no era hasta las nueve...
-Creo que me vendrá bien, sí. La verdad es que con este calor no duermo como debiera.
-Quizás deberíamos poner un ventilador. Uno de esos de techo, que también hacen de lámpara.
-Me da un poco de miedo. A los de la botica de la calle Leguía se les desprendió.
-No estaría bien sujeto.
-Creo que una cosa que da vueltas puede contribuir a aflojar tornillos. Menudo susto si en plena noche se nos cae una cosa de esas encima.
Fernando le habría dicho que exageraba, pero en su lugar le acercó otra taza de café recién hecho que olía estupendamente y, mientras se la dejaba en el regazo, le besó en la mejilla.
-Igual se me está contagiando un poco la exageración de Amparo...- Susurró ella devolviéndole una caricia.- No entiendo por qué genera tanta ansiedad, si ya se lo han hecho otras veces.
-Es posible.- Fernando se encogió de hombros.- Ya nos gustaría a los pobres mortales que nos brotaran los dientes así. Y encima, de la misma calidad que los originales.
-Bueno, se supone que es porque son originales también.
-Como los tiburones, reponiendo dientes.
-O los T-Rex. Igual soy una especie en extinción.
-No lo creo. Hay muchos niños por tu lado. Y todos con capacidad de que les regeneren los dientes... ya son menos cuarto, guapísima.
- Tendré que ponerme en marcha.
Con cierto deje de resignación, Amaia se levantó de la mecedora y emprendió la marcha hacia la puerta de la cocina.
-No me dejes eso ahí.- La detuvo Fernando.- No sabría qué hacer con ella. O igual me sentaba y me quedaba traspuesto, como tú, toda la mañana. Y tengo cosas que hacer mientras estás fuera.
Con una sonrisa, Amaia volvió a blandir varita y desvaneció el mueble.
8:50. Madrid. Barrio mágico
Nada más aparecerse frente a la entrada del hospital, Amaia constató que en efecto, a pesar de la hora, hacía bastante calor en Madrid. Apretó el paso para cruzar la calle y refugiarse en el interior acondicionado del centro hospitalario donde, no se sorprendió, le salió al paso su hermana nada mas posar pie en el hall de la entrada. Dos pasos por detrás, con cara de circunstancias, estaba su cuñado.
-Buenos días, Miquel.- Saludó Amaia con dos besos.- Vaya cara que me traes.
-He dormido fatal.- Se excusó.
-¿Por la muela? ¡Pero si no es gran cosa!
-Por el calor.- Aclaró el mago.- Supongo que vosotros dormís más frescos, pero lo que es en Valencia...
-Prefiero no imaginarlo.
-Dejaos de pláticas, que es la hora.- Interrumpió Amparo, visiblemente nerviosa. Como ya la conocían bien, ninguno de los dos osó hacer comentarios sobre su exacerbada aprensión mientras caminaban hacia la consulta asignada para administrar la poción y supervisar el correcto crecimiento de la nueva muela. Los dos recordaban bien los nervios de dos navidades atrás, cuando la pobre sufrió un cólico nefrítico. En esa ocasión hubo que trasladarla hasta un hospital muggle para que procedieran a fragmentar la piedra con ultrasonidos, y cualquiera que no fuera de la familia próxima y por tanto conocedor de su hipocondría, se habría quedado pasmado.
-Vamos con un poco de retraso.- Informó la auxiliar cuando llegaron hasta la consulta.- La paciente que está dentro es una señora bastante mayor y ha habido que proceder con más cautela de la prevista.- Explicó en atención a la sanadora, a la que conocía de sobra. Porque la cara que había puesto Amparo a lo único que invitaba era a pasar de ella.
- Espero que no se demore mucho.- Susurró Amaia a Amparo cuando la bruja auxiliar ya había desaparecido tras la puerta.- A las diez en punto tengo una reunión.
-¿Y me vas a dejar sola? - Espetó su hermana con cierto reproche.
-¿Y yo? - Exclamó Miquel a continuación.- Cualquiera diría que estoy aquí de florero.
-Ella es la profesional.- Se excusó malamente Amparo.- Si me pasase algo...
-¿Qué te puede pasar con una poción para recrecer un diente?- Interrumpió Amaia, con genuino interés por descubrir qué habría podido elucubrar su nerviosa hermana.
-¡No se! A la señora que está dentro...
-No tenemos idea de a qué ha venido.- Interrumpió Amaia.- Podría haber sido una caries y se han encontrado con un problema de encías. O antes de hacerle brotar dientes le tienen que hacer brotar hueso en la mandíbula. Eso lleva más tiempo.
- Deja de contar cosas que le pueden pasar a una en una boca que, al margen del problema en concreto, parece sana.- Amparo cerró los ojos con fuerza mientras negaba con la cabeza. Amaia y su cuñado intercambiaron una mirada significativa y, tácitamente, decidieron dejar de hablar del tema. Miquel optó por agarrar una revista de historia mágica bastante maltrecha del revistero que había en una esquina de la salita y Amaia, por su parte, intentó distraer a su hermana con preguntas intrascendentes.
- Son las diez menos cuarto.- Exclamó de repente Miquel. Amparo le dedicó una mirada llena de frustración mientras Amaia comprobaba que, en efecto, el tiempo había corrido.
-Pues en cinco minutos me voy a tener que ir...- Se excusó. Por una parte, sentía dejar solos a su hermana y su cuñado. Porque aunque no tenía nada de particular hacer crecer una muela nueva, algo atemperaba la impotencia de convencer de ello a su hermana estar al menos acompañándola y proporcionándole cierta tranquilidad a base de mantener una expresión serena, de esas que transmiten que todo va bien. Pero por otra parte sintió cierto cosquilleo estimulante. El caso que la ocupaba no era meramente clínico. En él se conjugaban aspectos deontológicos, y hasta éticos, de cierto calado. Su posición había estado clara desde el minuto uno, pero aún así, la había puesto en cuestión mientras se documentaba sobre el asunto, con un extremado rigor, para desembocar en el punto de partida. Claro que, la última palabra, no la tendría ella.
- Me voy.- Fue lo siguiente que dijo.- No está bien hacerse esperar.
Amparo suspiró, pero no dijo nada. Un poso de raciocinio siempre quedaba en ella, a pesar del estrés de la aprensión. Y comprendía que su hermana tenía asuntos más importantes que una muela que atender.
- Que te vaya bien.- La despidió con resignación.
-Gracias. A ti seguro que te va bien.
-Eso espero...
10:00. Servicio de Pediatría
Cuando Amaia llegó a la sala en la que se iba a desarrollar la reunión constató que ya estaban allí Ulloa y Vanessa, la directora del albergue de acogida para menores mágicos y tutora de la niña. Solamente faltaba la persona de Asuntos Sociales. Tras el intercambio de saludos, tomó asiento junto a Ulloa y preguntó a Vanessa por la niña.
- Está muy bien.- Contestó la bruja.- La he dejado al cargo de Pepón. Le gusta ayudarle a quitar malas hierbas de los parterres... la que está un poquito nerviosa soy yo.
-¿Quieres un vaso de agua? ¿O una tila? - Preguntó Ulloa.
-Pues quizás sí me vendría bien...
Vanessa no tuvo tiempo de terminar la frase, ni mucho menos lo tuvo Ulloa de sacar la varita, porque se abrió la puerta y entró la cuarta persona convocada. Los que ya estaban se levantaron por cortesía y él, pues se trataba de un brujo, les hizo un gesto para que se sentaran mientras depositaba un maletín sobre la mesa.
-Buenos días.- Saludó el recién llegado con energía.- Iba a venir mi compañera, Marga Vazquez, que es la que se ha hecho cargo del caso de esta niña, pero está embarazada y tenía pruebas prenatales.
-No se preocupe.- Balbuceó Vanessa conteniendo los nervios a duras penas.- El caso es que podamos tomar una decisión...
-Eso depende, en buena medida, de lo que nos tengan que decir los sanadores.- Observó el asistente social sacando del maletín una carpetilla. Debía contener el expediente de la niña. Un expediente bastante breve, pensó Amaia, a juzgar por lo poco que abultaba. Sobre todo en comparación con el que, un instante después, ella hizo aparecer sobre la mesa.
- Vaya...- Exclamó el asistente alzando las cejas.- Había previsto que nos llevaría una hora, a lo sumo...
-No se preocupe.- Sonrió Amaia.- Casi todo es documentación de soporte.
- Por un momento me había asustado, sanadora.- Bromeó el brujo.- Entonces, si les parece bien, comenzamos...
Todos estuvieron de acuerdo y dirigieron las miradas hacia Amaia. En vistas de que Ulloa también le prestaba toda su atención, dedujo que esperaba que fuera ella la que iniciara la reunión.
- En primer lugar...- Comenzó a hablar abriendo su carpeta.- ... tenemos que tener en cuenta que prácticamente no hay estudios clínicos publicados sobre magia en personas con síndrome de Down. El sanador Ulloa y yo hemos repasado abundante literatura con poco éxito. Pensamos que se debe fundamentalmente a que las personas con la trisomía 21 que nacen en familias mágicas suelen carecer por completo de magia al nacer, y si la tienen desaparece a los pocos meses. Hay en cambio muchos estudios sobre magia perinatal, precisamente porque en los fetos con esta característica los niveles de magia son más altos que en los niños mágicos con dotación genética normal.
-¿Estamos ante un caso único? - Preguntó Vanessa notando como el corazón se le aceleraba.
-No se si único. Los puede haber pero que no hayan sido estudiados.- Terció Ulloa.
-Cierto.- Corroboró Amaia.- Pero a nuestros efectos, es único.- Dicho aquello extrajo una hoja con un vistoso gráfico impreso a color.- Esto... es la gráfica de la oscilación de la magia de Carol durante 24 horas. Para medirla le colocamos en la muñeca una pulsera con un detector encantado y después pasamos las lecturas a un ordenador.
- Te ha quedado muy bien...- Susurró Ulloa mientras la hoja circulaba entre Vanessa y el asistente social.
-Me ayudó un poco mi hijo con el programa informático.- Respondió ella en otro susurro.
-¿Qué es esta curva azul?- Preguntó Vanessa interrumpiendo la charla de los sanadores.
-Eso es la curva promedio de magia a lo largo de un día de una bruja de cinco años y medio, según tablas de Moeller-McCallum. La curva roja es la de Carol. Como podéis ver, la tendencia general no difiere mucho, aunque presenta más picos de oscilación.
-Y está por debajo.- Añadió el asistente.
-Los niveles globales de magia... esta cifra que aparece aquí.- Amaia señaló uno de los diversos datos numéricos que mostraba la hoja.- Son un poco bajos. El sombreado representa el intervalo en el que normalmente se manifiesta la magia a esa edad. Carol está ligeramente por debajo del mínimo.
-¿Eso qué quiere decir?- Preguntó Vanessa.
-Podríamos decir que la magia es un talento y que hay quién trae más de serie y quién trae menos...- Explicó el asistente social.
-En cualquier caso, la niña es una bruja.- Sentenció Amaia.
- Eso ya lo sospechábamos.- Suspiró Vanessa.- Y nos lleva a la cuestión más preocupante: ¿Qué podemos hacer?
-¿Hacer con ella lo que con cualquier niño mágico?- Propuso Ulloa.
- ¿Descartanto el bloqueo?- Preguntó Vanessa titubeante.
-Yo no soy partidaria.- Terció Amaia.- El bloqueo como tal no existe. El ejemplo de mago privado de la magia por antonomasia es el que está en Atalanta. Y para ello lo que se hace es confiscar las varitas.
- Hay quién hace magia sin varita...- Observó el asistente social.
-Yo mismamente. Pertenezco a la Tradición Vascona. Pero eso requiere mucho entrenamiento, y según pasa el tiempo, mayor nivel de concentración. Conozco numerosas belagiles que hace años que no sueltan la varita.
-¿Y el desmemorizador?
-Dado que ya le han aplicado uno, y potente, someterla a otro podría ocasionar daños imprevisibles en su cerebro. Por otro lado, olvidar que una es una bruja no significa que deje de serlo.
-Entonces, recomienda no hacer nada. Es posible que con el paso del tiempo la magia le desaparezca.- Intervino de repente el asistente social.- Como ocurre normalmente con estos niños, aunque con ella ocurra más tarde.
- En realidad, no.- Concluyó Amaia.
-¿No?
-No. Yo sugiero una varita especial de Silvano y clases desde ya en la schola de Toledo. Estimulación mágica, podríamos llamarlo. Carol tiene facultades, lo suyo sería que le proporcionáramos los medios para que las desarrolle al máximo. Como cualquiera de nuestros niños.
-Pero... va a empezar el cole muggle...
-Precisamente. Atención Temprana de la Comunidad de Madrid la ha evaluado. No es una discapacitada profunda, afortunadamente para ella. Si los muggles van a intentar que desarrolle sus capacidades muggles al máximo ¿Por qué no hacer nosotros lo mismo?
Los tres se quedaron callados, sin saber qué replicar. En realidad, tanto Ulloa como Vanessa habían considerado esa posibilidad, pero sin atreverse mucho a esperanzarse. El asistente social, en cambio, parecía impenetrable.
-¿Qué conseguiríamos con ello? - Preguntó el mago de repente.- Hacernos cargo de la estimulación mágica de la niña no sería barato...
-Sinceramente, no lo se.- Contestó Amaia con mucha templanza.- Al margen de que no hay antecedentes conocidos, tampoco puedo saber si en seis meses se apagará la magia de Carol, pero francamente, si no lo ha hecho ya dudo mucho que eso suceda. Y en cualquier caso, lo que sí se es que el talento mágico que no se forma debidamente en los mejores casos no lleva a nada y en los peores, al desastre.
-¿Y enseñar a usar la magia a una discapacitada intelectual no puede, perdone que lo exprese así, conducir a ese desastre que dice?
-Creo que la niña comprende perfectamente que es una bruja y lo que la magia, a grandes rasgos, puede hacer. Se trataría de educarla para que haga un uso responsable de ella.
- Pero estos niños, cuando cumplen los dieciocho años, son declarados incapaces.
-Civilmente. Pero no todos de la misma forma. Los jueces lo determinan. Por ejemplo, algunos tienen capacidad para votar. Algunos se casan...
- Estamos hablando de derechos civiles cuando de lo que se trata, es de magia.
- He ahí el quid de la cuestión.- Amaia había sopesado cuidadosamente ese momento y estaba preparada.- Estamos hablando de alguien que ha nacido bruja y por tanto tiene todo el derecho a ser capacitada para el uso de la magia.
-Podría ser difícil.
-¿Educar a un hijo no lo es?
Amaia provocó un instante de silencio y reflexión en el que cada protagonista se sumió en sus reflexiones. Sabía que necesitaban ese tiempo para asentar todo lo que les había estado contando. La decisión última no era suya. Era de Vanessa. Si optaba por su propuesta, estaba que el asistente social diera el visto bueno para que el Ministerio subvencionara el proceso. Podría decir que no. Si hubiese sido ella la que hubiera estado en los zapatos de la tutora, lo habría tenido claro. En el fondo siempre lo tuvo claro, pero si hubo alguna duda, la despejó la mirada sincera de la niña...
Una semana antes...
-Me llamo Amaia, y soy sanadora.- La niña la miró fijamente, sin pestañear, con aquellos ojos oscuros tan característicamente rasgados, y al cabo de un segundo dio un pasito atrás.
-No te voy a hacer nada.- Intentó tranquilizarla.-Mira... solo te voy a poner esta pulsera. ¿Te gustan las pulseras?
La niña asintió lentamente con la cabeza y echó la manita al aparato. Afortunadamente, le habían aplicado unos hechizos de glamour para que pareciera una pulsera infantil de colorines. Amaia la dejó tocar el medidor y después, con suavidad, preguntó.
-¿Quieres que te la ponga?
La niña volvió a mirarla fijamente y de nuevo asintió.
No la escuchó decir una palabra hasta el día siguiente, cuando se lo retiró. No sin antes prometerle que se la devolvería enseguida, en cuanto extrajera la información. La niña, tartamudeante, le contó algunas pinceladas de lo que había estado haciendo durante el día anterior.
11 horas
- Si la tutora está de acuerdo...
Amaia volvió a atender a la reunión. Vanessa y Ulloa parecían aliviados, mientras que el asistente, que seguía impenetrable, hurgaba en su cartera en pos de algún documento. Ella ya no tenia nada más que hacer, aparte de entregar las copias firmadas del informe. A continuación, se despidió y los dejó en la salita, arreglando los detalles. No llegó a escuchar a Vanessa, comentando en un aparte a Ulloa, lo decidida que la había visto. Ni la contestación de éste: "Es una Amatriaín".
Avanzaba a buen paso cuando Elisa, una compañera del departamento de diagnosis por encantamientos, le salió al paso.
-¡Amaia! ¡Qué suerte que te veo! Me gustaría que le echaras un vistazo a los resultados de los hechizos de la señora de la 103.
Amaia se detuvo en seco y la miró fijamente.
-He venido a una reunión, Elisa.
-Ya lo se, pero creo que te gustará verlo. Es muy curioso.
-¿Algo grave?
-No, pero...
-Pues me vas a disculpar, pero si puede esperar, que espere hasta mañana.
-¿Esperar hasta mañana? Es la primera vez que te lo escucho...
-Para todo hay una primera vez.
Avanzó a buen paso mordiéndose la lengua para no soltarle a Elisa que por culpa de aquella señora y su trompetilla estuvo con los tendones del hombro destrozados una temporada. Si doña Pilar no tenía nada urgente, bien podía esperarse hasta mañana. Total, seguro que no se había comprado un sonotone.
Aquel lunes, 20 de julio, lo recordaría. Un día que hacía un calor tremendo en toda la península, en el que le hicieron recrecer una muela a su hermana Amparo y en el que Fernando apareció con tan solo un pantalón corto de pijama en la cocina. Un lunes con madalenas y café recién hecho, una comida agradable en el porche del caserío y una visita vespertina a la casa de su padre. Todo aquello lo recordaría, asociado a un nombre: Carol.
Los apellidos citados corresponden al de un médico alemán que solicitó la nacionalidad australiana y en principio se la denegaron por tener un hijo Down y los costes que eso podría suponer al sistema de salud, y al observador australiano de la aplicación de los derechos de los discapacitados. Finalmente, el caso se resolvió a favor del doctor.
