CAPÍTULO 18
En tres letras (I)
Valencia, julio de 2014
Verdaderamente, hacía mucho calor en Valencia. Ana se lanzó un hechizo térmico y siguió avanzando por el caminito cubierto de grava que conducía al edificio de oficinas mientras pensaba que en algunos laboratorios de la empresa aún haría más calor y no siempre sería posible refrigerar. Porque las condiciones ambientales podían influir en la elaboración de pociones. Temperaturas, grados de humedad y hasta presión atmosférica, eran elementos que tenían su repercusión en un centro Espagyrita como aquel. Todo, por supuesto, puesto en directa relación con la posición de las estrellas en cada estación en el hemisferio norte. Cualquier advenedizo podría pensar que Ana Vilamaior no tenía la mas remota idea de la organización de la parte técnica de Moltó. O que quizás dicho conocimiento se limitase a lo que su marido le contara de vez en cuando. Nada más lejos de la realidad. Había crecido correteando por aquellos lugares, metiendo la nariz en todos los parterres de los viveros y hurgando en cada bote y cada saca de los almacenes. Por eso, mientras avanzaba por delante de los laboratorios exteriores, iba meditando que Altair en Águila, junto con Vega en Lira y Deneb en el Cisne, formaban el Triángulo del Verano cuyo centro, según iba variando a lo largo del mes, determinaba la preparación de múltiples pociones para males traumáticos. Pero esas eran pociones de cocción nocturna, así que su marido no podía andar liado con ellas a las diez de la mañana...
Por supuesto, él tenía que acabar por aparecer en medio de sus pensamientos. Habría ocurrido en cualquier parte y bajo cualesquiera circunstancias, aunque estar en Moltó, obviamente, era condición más que suficiente para que pensara en él.
En realidad, Ana no iba buscándolo, precisamente. Si se hallaba en Moltó ese día y aquella hora era para tratar con sus hermanos y su sobrina sobre una serie de aspectos relacionados con la política de medios de comunicación de la empresa. Hacía varios años que había dejado de ser empleada de El Mago de las Finanzas, pero su experiencia atesorada iba más allá que para la simple colaboración esporádica como free lance. Y sería un desperdicio no aprovechar sus conocimientos en el negocio familiar.
Todo aquel totum revolutum, que sin embargo tenía su sentido, le bullía en la cabeza, protegida con un sombrero de paja de ala bastante ancha y hechizos de protección solar, mientras caminaba a buen paso. Quizás podría haberse Aparecido directamente en el interior de las oficinas, refrigeradas a buen seguro. Pero ni lo había considerado cuando salió de la que ahora era su casa, en la sierra de Guadarrama. A pesar de las altas temperaturas, esos crujidos de los zapatos al horadar la grava del camino, los olores desprendidos de los viveros y hasta la actividad externa de Moltó eran demasiado familiares, demasiado evocadores de su infancia, una infancia feliz y repleta de experiencias mágicas, como para prescindir de dejarse embaucar por todos ellos. En definitiva, caminando por los terrenos se encontraba cómoda, a pesar del calor.
Fue pura casualidad que observara frente a aquel laboratorio de pociones sencillas, o de primer grado, aquellas garrafillas de colores chillones. En principio, iba a pasar de largo, pero algo hizo clic-clic en su cerebro y se detuvo a observar. En un laboratorio como ese se hacían cosas que no requerían ingredientes tan sofisticados como los que sospechaba que contenían aquellas garrafillas de colores fosforescentes que resultaban hasta extravagantes. Miró el reloj, y puesto que tenía tiempo, desvió sus pasos hacia la puerta del laboratorio para asegurarse mientras le venía a la mente un episodio de su infancia.
-¡Una oruga!- Había gritado una sorprendida Ana de ocho años, señalando entre las matas a la orilla del camino de grava a un bicho bastante gordo de color negro oscuro decorado con unas vistosas rayas naranjas.
-No se te ocurra tocarla.- La voz de un Heliodoro, por entonces bastante joven, resonó a sus espaldas.
-No iba a hacerlo.- Replicó la niña casi ofendida.- ¿Por qué no se puede tocar? - Añadió de corrido, la curiosidad pudiendo de largas a la dignidad presuntamente puesta en solfa.
-¿Ves las rayas?
-Claro. Cualquiera las vería. ¡Son muy chillonas!
-Delatan la presencia de una sustancia muy tóxica. Solo con rozarla te podría causar una seria irritación.
La niña abrió mucho los ojos, asombrada.
- Y eso ¿No es malo?
-Para los pájaros que piensen en comérsela, mucho.
-¿Y para las plantas? ¿No la fumigas con algún encantamiento?
-No es muy voraz. Y por otro lado...- La sustancia que contiene es valiosa para ciertas pociones.
Ana ahogó un grito cuando Heliodoro tomó a la oruga con cuidado y la depositó sobre su palma enfundada en un desgastado guante de piel de dragón.
-... la llaman Extracto de pie de Hermes Trimegistro.- Y solo se puede manejar en laboratorios de grado cuatro en adelante.
-Extracto de pie de Hermes Trimegistro.- Leyó a media voz, sosteniendo en la mano la etiqueta de cartón asida al cuello de la garrafa.- Concentrado de lágrimas de luna.- Siguió leyendo, en voz un poco más alta.-¡Pero..¿qué rayos hace ésto aquí?!
Iba a telefonear al almacén cuando escuchó unas risotadas en el interior del laboratorio. Aquello era totalmente inadecuado en Moltó, de manera que no lo dudó y entró a paso firme. Tardó un instante más de la cuenta en adaptar la vista de la luminosidad del exterior a la penumbra interior. Su lentitud visual era una herencia de su madre de la que no podía sustraerse. Cuando consiguió enfocar con nitidez, observó con espanto a dos jovenzuelos en torno a un caldero de color azul cobalto. Uno de ellos, el más bajo y ancho, portaba un garrafón similar a los que había en el exterior, este conteniendo un líquido de intenso color rosa con grumos esmeralda. Lo mas espeluznante vino a continuación, cuando el muchacho alzó la garrafa, presto a verter el contenido en el caldero color cobalto. Ana ni se lo pensó antes de sacar su varita.
El caldero explotó con un gran crujido golpeando casi todos los fragmentos y la mayoría del contenido en el hechizo de pantalla que Ana había conjurado, aunque la onda expansiva la empujó hacia atrás, con tan mala fortuna que trastabilló con uno de los dos aprendices. Fue entonces cuando una gota del mejunje rosa le cayó en la mano derecha. Sin soltar la varita se la sacudió instintivamente. Parte de la sustancia cayó en su zapato mientras tras de sí escuchaba un grito ahogado. No pudo darse la vuelta porque la mano había comenzado a temblarle mientras la sustancia, cómo el potente corrosivo que era, hacía desaparecer la piel, después la carne roja. Cuando vislumbró el blanco inmaculado del hueso todo empezó a darle vueltas y, antes de perder el sentido, escuchó la voz de su marido.
- En el pie y en la mano, los dos del lado derecho...- Decía Andoni Aguirre mientras los medimagos le ponían una vía en el brazo izquierdo.
-La del pie es de grado dos...- Elisa, que acababa de conjurar un hechizo de diagnosis, hablaba atropelladamente.
-La de la mano, del cuatro.- Remató Amaia conteniendo los nervios.- ¡Rápido! Hay que intervenir o perderá la mano. Elisa, por favor, sal a informar a mi cuñado. Y dale el sobre que está sobre la mesita de la izquierda.
-Ahora voy. ¿Quieres que después vuelva a la sala de curas?
-Si. No se te olvide pasarte los hechizos de desinfección.
Durante un nanosegundo Elisa dedicó una mirada de reproche a su jefa. Podían haber tenido sus más y sus menos, profesionalmente hablando. Pero lo básico era lo básico, y no pondría en riesgo la salud de nadie, faltaría más.
-¡Tenía que decirlo! - Espetó Amaia, que no había levantado la vista de la mano de su hermana, un instante antes de que Elisa abandonara la sala de curas de urgencia. Por réplica, cabeceó arriba y abajo. Su jefa tampoco la estaba mirando, pero a buen seguro que, de la misma manera que intuyó su reproche, habría intuido su asentimiento.
Amaia siempre era muy profesional. Incluso cuando se trataba de la familia. Pero cuando las cosas eran tan graves y se trataba de tu propia hermana, costaba mucho mantener la calma. Mientras los medimagos limpiaban bien la herida desprendiendo tejidos chamuscados, ella sudaba tinta de calamar. Deseó que Elisa ya estuviera de vuelta. Con todo, no era mala profesional. Podría hacerse cargo del pie mientras Aguirre y ella se afanaban con la mano. El sanador guipuzcoano tenía en el paladar la marca de la Cruz de Caravaca, signo que propiciaba que concentrara la magia de sanación mejor que mucha gente. Y esa mano iba a necesitar sus buenas dosis de magia.
En una sala anexa, Eloy Jiménez estaba siendo atendido de quemaduras menores, de grado uno. Había visto todo desde lejos y cuando percibió el hechizo de pantalla no dudó en correr, varita en ristre. Durante un instante observó a la mujer de su jefe, con la expresión demudada, agitando la mano. A continuación sintió pequeños pinchazos por la cara y los brazos. Salpicaduras del condenado mejunje habían ido a parar a sus antebrazos y la pechera de su camiseta negra, que había quedado agujereada. Afortunadamente, él solo había sufrido múltiples quemaduras pequeñas por el torso, los brazos y el cuello, que ya le estaban curando.
Silencioso, el joven reproducía mentalmente lo que había ocurrido. Esa mañana estaba al cargo de otro Aguirre, uno experto en Pociones Sofisticadas, que extrañado porque no les suministraran una serie de garrafas con determinados ingredientes le encargó salir a preguntar qué pasaba. A partir de ese instante, todo transcurrió muy deprisa.
En la sala de espera, José Ignacio Pizarro parecía, talmente, un león enjaulado. No se ponía a recorrer los pocos metros de la longitud del recinto con sus largas zancadas porque estaba pendiente de varias cosas a la vez: del móvil, de su madre - que la tenía a su vera- y su sobrina Amparo, que acababa de hacer acto de presencia.
-No quiero volver a ver a esos dos por los alrededores de Moltó. Nunca.- Espetó alzando un admonitorio índice. En la otra mano portaba un sobre blanco.
-No te preocupes.- Contestó la sobrina, tan seria como él.- Esta negligencia no va a quedar sin consecuencias.
- Solo faltaría. Mi mujer está hecha polvo, ahí dentro. Uno de mis mejores becarios también ha sufrido quemaduras mientras que esos dos zotes se han ido de rositas.
Sí. El Destino a veces dejaba escapar una veta injusta. Aunque por experiencia, Amparo Ferré sabía que al final el Tiempo ponía a cada uno en su sitio. En cualquier caso, no era el momento para hacer semejante tipo de observaciones a su tío, que bastante tenía encima.
-Oye, papá...- Amparo agradeció la intervención de su prima Almudena.- Nosotros nos vamos a la casa de Madrid. O a Roma incluso... No queremos ser un incordio y...
-No.- José Ignacio respondió lacónico mientras abría el sobre.- Mamá se llevaría un disgustazo. - Negó colocándose la alianza de Ana en el meñique de su mano izquierda.- No te preocupes, ya nos estamos organizando. Ceci ha ido a casa. Y mi padre también.- Y dicho aquello, dobló con cuidado el sobre, que debía contener la varita, y se lo guardó.
Amparo observó a su prima. Almudena debía haberse Aparecido en cuanto se enteró de la noticia, a juzgar por su aspecto, porque llevaba unos pantalones cortos, chanclas de piscina, el pelo recogido descuidadamente y las gafas de sol en lo alto de la cabeza. Seguía sumamente flaca tras su doble maternidad, excepción hecha del pecho, que le abultaba bastante bajo la camiseta de tirantes. Y al parecer, se había quedado sin argumentos con los que debatir con su padre. En cualquier momento aparecería Ceci, seguro...
De hecho, Ceci avanzaba con un sonoro taconeo por un pasillo. De tantos nervios, no había entendido bien las instrucciones de su padre. Y para colmo se había despistado un par de veces por los pasillos del hospital antes de dar con la salita de espera en cuestión. Por poco le había dado un vahído cuando la habían puesto en antecedentes telefónicamente.
- Bueno... y ¿qué sabéis de tía Ana?
-La están tratando.- Contestó Catalina bastante seria.
- Podría perder la mano derecha.-Gimió José Ignacio.
Amparo dejó juntos a madre e hijo y se aproximó a su prima. Entre ellos se entenderían mejor. Apenas había iniciado una charla intrascendente con ella un sanador abordó a su tío. Todos prestaron atención, pero las noticias que traía eran del otro herido.
Aún tuvieron que aguardar dos largas horas hasta que Amaia se reunió con ellos. De inmediato hicieron un corrillo de expectantes parientes en torno a ella. Tenía pinta de estar bastante cansada.
-Hemos limpiado bien, para evitar infecciones.- Tía Amaia tenía ojeras y un montón de manchas de sangre por la pechera del pijama verde de quirófano.- Después hemos aplicado pociones regenerativas de tejidos. Ahora mismo tiene antibiótico en vena por un tubo.
-¿Y el hueso?
-Crecehuesos directamente.
-Eso duele como si te arrancaran un huevo en directo.
-Por eso, también le estamos metiendo calmantes a porrillo por la vena.
-Va a estar jodida cuando se despierte.
-Espero que lo menos posible.
Catalina, que en otras circunstancias habría reprendido a su hijo, aunque fuera un hombre hecho y derecho, por lo procaz del lenguaje, le aferró el brazo con afecto.
Ana observaba el caldero con orgullo. Se iba a llevar un merecido diez en pociones de los Campamentos. Ya lo decía la profesora, que tenía mano. Cortaba los ingredientes con precisión milimétrica y controlaba las intensidades de los fuegos casi como una profesional, sin contar con que se concentraba en lo que hacía, mientras sus condiscípulos, en el fulgor de los dieciséis años, se distraían con el vuelo de una mosca. Es que era una Moltó. Se sentía una Moltó entre los calderos. Podría ser la digna sucesora de su abuela. Le bailó la sonrisa en los labios durante un segundo, el tiempo que cierto recuerdo picajoso pidió paso y se coló ahí, en primera fila, dispuesto a fastidiarla.
-Pepe Nacho acaba de empezar en los laboratorios de nivel dos.- Era la imagen de su abuela, exponiendo los logros no sin cierto deje de orgullo. Pepe Nacho era bueno con las pociones. Tres meses en el nivel uno había sido tiempo récord. Y además, si todo iba de la misma manera, podría examinarse de un Primer Grado con los sufitas.
Ana respiró hondo e hizo un esfuerzo ímprobo por concentrarse de nuevo en su caldero. Ella era buena. Podía ser tan buena como José Ignacio.
- Lo que puedes hacer es ir a casa y prepararme una bolsa con todo esto.-Ana sería trasladada en un corto espacio de tiempo a una habitación donde permanecería al menos tres días, según informó Amaia. José Ignacio, tras intercambiar unas frases rápidas con su madre, se dirigió a su hija mediana. Almudena extendió la mano y ojeó el papel. Al parecer, la manía de Ceci de hacer listas para todo le venía de alguien y no era precisamente de mamá. La lista era detallada y además, junto a cada objeto o prenda, indicaba dónde hallarlo en casa.
Plan B. Era una locura pretender trabajar en Moltó. Otras empresas o laboratorios, incluído San Mateo, ni los consideró. Estaba enamorada de él. Completa y profundamente enamorada. Pero él parecía no darse cuenta. Aparecer como una rival en el campo profesional no haría más que avivar las llamas del rencor que parecían consumirle. Al menos, había algunas otras cosas que le gustaban y a las que poder dedicarse con la plena convicción de que las haría bastante bien.
Continuará. He cortado aquí para que no resulte demasiado largo.
