CAPÍTULO 19

En tres letras (II)

Madrid, julio de 2015

Almudena entendía perfectamente que no procedía en absoluto discutir con su padre, así que tomó la lista, le besó la mejilla y se Desapareció. Se quedó estupefacta cuando encontró, en la mesa del office, a sus niños mayores y a sus hermanitos entretenidos con unos vistosos mandalas móviles que decoraban con pinturas mágicas de purpurina. Mas sorprendente aún, que al frente del cotarro infantil se hallara su abuelo paterno. Carlitos, que estaba sentado en su trona, le dedicó un gorgeo lleno de babas mientras los mayorcitos, que sí se enteraban de lo que estaba pasando, la miraban con cierta ansiedad. Fue Anna la que se anticipó a todos.

-¿Cómo está la Nonna?

-Le están curando las pupas.- Contestó intentando ocultar por completo la gravedad del asunto.

-¿Y papá?- Alicia metió baza mirándola fijamente. Por un instante, a Almudena le recordó mucho a su abuelo Santiago.

-Cuidándola.

La respuesta pareció satisfacer a la niña, que cabeceó afirmativamente antes de volver a prestar toda su atención a su dibujo. Bendita Alicia, que en la clarividencia de sus pocos años le bastaba esa información para constatar que a pesar del desgraciado suceso, las cosas estaban donde debían estar. Dio media vuelta para subir al piso superior, en busca de los encargos, aunque aún dedicó un instante a hablar con su abuelo.

-¿Cómo has hecho para tenerlos tan entretenidos?

-Mandalas encantados. Los usan en la India para estimular la creatividad de los niños mágicos.

-Son muy bonitos. ¿Seguro que no tienen ningún efecto hipnótico?

-Te aseguro que no.- Negó con una risita.- Aunque reconozco que para nosotros, embrutecidos brujos occidentales, a veces lo pudiera parecer.

El abuelo Carlos nunca había sido niñero. De hecho, les empezaba a hacer caso a partir de los ocho o nueve años, cuando ya podían mantener un rato de charla. Almudena estuvo en un tris de comentar que no recordaba haber hecho esos dibujos cuando era pequeña, aunque finalmente optó por no decir nada. Su abuelo aprovechó para tomarla del brazo y separarla un poco de los oídos infantiles.

-¿Cómo está tu madre?

-Tía Amaia dice que tiene que pasar varios días en el hospital porque las heridas podrían infectarse, y que una vez se regeneren tejidos y cicatrice todo, habrá que valorar cómo ha quedado la movilidad de la mano.

-¿La habían llevado ya a una habitación?

Iba a contestar negativamente, pero el Plof la interrumpió. Ceci acababa de Aparecerse en medio del salón, así que ambos se dirigieron a ella para averiguar si traía noticias frescas.

- Le he dicho a Nieves que no vuelvo al Ministerio...- Empezó a decir, antes de que pudieran preguntar nada, para a continuación ponerse a hurgar frenéticamente en el bolso.

-¿Estás buscando a Pufo?- Preguntó el abuelo, para sorpresa de ambas nietas.

-El móvil.- Negó Ceci.- Pero ya que lo dices, igual anda por algún recodo...

- ¿Alguna novedad de mamá? - Inquirió Almudena.

-Han dejado pasar a papá a Reanimación. Dentro de un rato se la llevan a una habitación. Papá ha dicho que...¡ah, aquí está!

-Eso no es tu móvil.- Observó el abuelo alzando una ceja.

-¡No! ¡Es mi puffskein!

-No se ha despertado con el jaleo...

-Se hace el dormido. Lo conozco bien. Se está enterando de todo, el muy tunante... toma...- Tendió el bicho a Almudena para reemprender la búsqueda.- ¿Dónde...?

- ¿Qué decías que ha dicho papá?

- Que nos quedemos Alberto y yo aquí para ayudar con la minitropa por la noche. La abuela Catalina ha dicho que también se viene... perdona, abuelo, te veo de niñero.

- Titular. Ya me he dado cuenta.

-... esto va a parecer un poblado...

-.. si... ¿Dónde está el abuelo Santiago? ¡Dónde me lo habrá metido!

- En una reunión con un cliente. Ineludible. ¿Por qué crees que estoy de niñero?

- ¿Te ha guardado tu marido el móvil en el bolso?

-¡No! ¡Pufo! Le molesta la proximidad del cacharro. No se si será que percibe alguna vibración, o calor... o simplemente le tiene manía... así que se apaña para empujarlo con las garritas hasta el recodo más remoto del bolso...

-Ceci... ¿Ese bolso está encantado? Lo digo porque te veo meter el brazo hasta el codo...

-¡Claro! ¿Cómo iba si no a llevar todo lo que me endilgan el padre y los cuatro hijos? Bueno, y el puffskein, que se endilga solo... ¡ah, aquí está! Disculpa... voy a llamar a Alberto...

Almudena dejó a su hermana en la planta baja, hablando nerviosamente con su marido, y emprendió marcha escaleras arriba. Tenía mucho que hacer y dentro de nada sus bebés reclamarían comer.


Sintió cómo José Ignacio se le pegaba por detrás, le pasaba el brazo por la cintura y depositaba un besito suave detrás de su oreja. Adormilada como estaba aún fue capaz de medio sonreír. Debía ser tardísimo. Seguro que la hora de comer había pasado hacía rato. Pero no sentía hambre. La fiesta había durado hasta bien entrada la madrugada y aún así, cuando por fin se quedaron solos, todavía quedaban fuerzas para más. Bien está lo que bien acaba, solía decir su abuela gallega. José Ignacio se había vuelto a dormir. Lo sabía por su respiración pausada y profunda. Ana paladeó la sensación de estar flotando en una nube embargada por una deliciosa plenitud... bien está lo que bien acaba... los tiras y aflojas y las desavenencias habían acabado de la mejor manera posible. Ahora comenzaba otra cosa. Ana se sentía dichosa y consciente de que lo mejor estaba por venir también se volvió a dormir...


José Ignacio, con cuidado exquisito, se había llevado a los labios la mano sana de su mujer. Ella, una mujer llena de energía y decisión, tenía en esos momentos un aspecto la mar de desvalido, con el pie y la mano asomando entre las sábanas, profusamente vendados y puestos en alto. Al menos, lo de Eloy había sido mucho más leve. El chico ya se había marchado a su casa, aunque también estaría de baja varios días, mientras se curaban del todo las quemaduras. En cuanto a los dos inconscientes que...

- Mañana estará mucho más recuperada.- Amaia le puso la mano en el hombro con afecto y José Ignacio dejó de pensar ipso facto en los empleados negligentes.

- Si no hay contratiempos.- Susurró con tono lúgubre.

- Espero que no los haya.

- Y luego... a ver cómo se las apaña.

- No te preocupes por eso. Ahora lo importante es que se le curen las heridas.

- Tu sabes tan bien como yo que es diestra.

- Si, lo se. Pero primero hay que regenerar los tejidos. Después, ya se verá. Tenemos una fisio que hace milagros. Te deja muerta en el proceso, pero hace milagros.- Amaia bromeó intentando rebajar la tensión que rodeaba a su primo y cuñado.

-¿La que te recuperó el hombro?

- Esa misma. Veo que te acuerdas.

- Tus protestas difícilmente se olvidan. No es frecuente verte hecha una furia griega, gracias al Creador...

-Oh.- Al hablar de lo de su hombro, Amaia había recordado a la causante de todo.-... no te he dicho. Tu antigua profesora de pociones está internada.

-¿Doña Pilar? ¿Qué le pasa? ¿Está enferma?

- Está mayor y el calor le va fatal. Ya no tiene las mismas facultades mágicas...

-¿Es grave?

-Se recuperará... aunque lógicamente ya no es una cría. Su magia sufre vaivenes. Es algo que les ocurre a bastantes ancianos...

- Debería ir a verla. ¿Mañana seguirá aquí? Porque hoy no me voy a separar de Ana...

-Si. Mañana seguro que sigue por aquí. Doscientos ocho. En la planta segunda. Seguro que se alegra de verte.

- Y yo de verla a ella. Aunque preferiría que no fuera en estas circunstancias. Ni por ella ni por Ana.

- Ya lo supongo, hombre.

-Ya se que no os cae bien. Muchos de sus antiguos alumnos tampoco la tienen en buen recuerdo porque era una profe exigente. ¡Y muy diestra con los calderos!


Si. Diestra. Del todo. Ana empezaba a espabilarse y lo que oía lo mezclaba con sus propios pensamientos caóticos y sus fluctuantes sensaciones. En ese preciso instante era muy consciente de que sentía palpitaciones en la mano. Así no podría coger su varita, que ella también era diestra... De repente, se olvidó de la extremidad superior. Ahora sentía punzadas en el pie. Como si le estuvieran clavando alfileres con saña...

... Nacho iba por delante de ellas, con la mochila a la espalda y muy erguido. A sus trece años estaba alto y flaco, aunque todavía no mostraba signos de desgarbo ni tenía pelos por ningún lado visible. Obviamente, no estaba interesado en las conversaciones de sus primas. Ana, once años igualmente espigados y otro tanto de infancia en las postrimerías, intentaba no fijar la vista en aquellas ágiles zancadas ni en el abundante pelo que ya empezaba a pedir un corte cuando al doblar el recodo se toparon con una chica que empujaba una silla de ruedas en la que iba sentada una niña, probablemente de la edad de Ana, con las piernas inutilizadas y cubiertas de escamas. Nacho las superó sin prestar mucha atención, cosa que no le ocurrió a Amaia.

-El síndrome de la sirena...- Murmuró su hermana mayor muy, muy bajito. Ya tenía muy claro que quería ser sanadora.- Es una enfermedad rara para la que no hay cura...

Ana se sintió impactada porque tampoco había visto nunca caso semejante, e iba a preguntar cómo se cogía semejante enfermedad mágica cuando una rueda quedó atrapada en un desnivel de la calle.

-¡Vaya! ¡Nos hemos atascado! - Exclamó la que empujaba.

Las hermanas Vilamaior no tuvieron tiempo de reaccionar mientras veían a Nacho dar media vuelta y sacar la varita.

-¿Os ayudo? - Preguntó el chico con su voz todavía bastante aguda, la mano derecha alzada.

- Gracias, pero no hace falta.- Con pericia, la chica maniobró y todos notaron un leve encantamiento levitatorio que devolvía la silla a un curso firme. Nacho se encogió de hombros y volvió a guardar su varita con la misma presteza con la que la había sacado, y todos reanudaron sus caminos. Ana, sin embargo, se percató de las miradas que la niña echaba a su primo. Ella también le admiraba en esos momentos. Había tenido mucha sensibilidad. Si Nacho se había sentido impresionado por el aspecto de la niña, no lo había mostrado. Se había ofrecido a ayudar, pero como si tener piernas inútiles y escamosas fuera la cosa más normal del mundo, equiparable a llevar gafas o ser hincha de los Flamencos.

Otra vez las dichosas palpitaciones. ¡Qué desagradables! Bien podría Amaia aplicarle un hechizo o algo que la aliviara un poco... José Ignacio también era diestro. Diestro del todo. Como ella. ¿Por qué le dolía tanto la mano? ¡Ah! Ana recordó durante un instante lo que había pasado en Moltó. ¡Mejor que le hubiera ocurrido a ella que no a él, que todos los días batía y removía calderos y agitaba la varita, todo con la mano diestra... Si él no podía hacer hervir los calderos ¿Qué sería de toda esa gente que a diario confiaba en los remedios espagyritas de primera calidad de Moltó?...


-¡Anita! Ya te estás espabilando.

Le hubiera gustado decirle a Amaia que no. No estaba para nada espabilada. Se le caían los párpados si trataba de mantenerlos arriba más allá de medio nanosegundo. También le hubiera encantado decirle que hiciera algo con su mano y su pie de una buena vez, porque dolía como la estuvieran entrenando para faquir.

-Voy a decir que te lleven a una habitación. Estarás más cómoda.

¿Más cómoda? Más cómoda lo estaría si le dieran algo para el dolor. Aunque fuera un Aturdidor...

-¿Cómo te sientes, cielo...?

Esa era la voz de José Ignacio. Provenía del lado contrario de la cama. Probablemente, ni una potente Cruciatus hubiera conseguido que girara la cabeza, tan débil como se sentía. Pero la voz de su marido era reconfortante. No quería que se callara, así que intentó contestar. Le salió un ruidillo parecido a un gruñido.

-Ehrrggg

- Tranquila. Ya te han curado y solo falta que obre la magia.

-Ehrrggg

-¿Eloy? Solo tiene quemaduras leves, por el pecho, el cuello y los antebrazos. Le han curado y se ha ido a casa. Todo está bajo control. Los de casa, también. Mis padres han venido y Ceci también. No te tienes que preocupar de nada.

Genial. Se había quejado y su marido había entendido que se preocupaba por su becario. Ojalá pudiera mantener los ojos abiertos. Al menos, de esa manera podría mirarlo...

-¡Vamos que nos vamos!- Un celador de buen humor apareció dispuesto a efectuar el traslado. José Ingacio le soltó la mano y se levantó. Ana notó cómo desbloqueaban las ruedas de la cama y que aquello comenzaba a moverse...


Almudena por fin se había dormido. La poción antipirética estaba haciendo efecto en su benjamina, aquejada de aquellas anginas tan virulentas. Ceci, afortunadamente, era bastante autónoma y obediente. No había tenido que decirle más que una vez que se lavara los dientes y se fuera a su cama. En situaciones como aquella, las noches se hacían un poco duras. Nunca se había quejado cuando José Ignacio tenía que trabajar en vacaciones. Ni cuando la dejaba sola al frente de la familia por las noches. Porque, además de quererlo con todo su ser, comprendía mejor que casi nadie las sutiles exigencias de su trabajo. Acarició con cuidado la mejilla de la niña y, de repente, le vino a la mente un recuerdo. Un instante en la cocina, ella troceando y él abandonando sus menesteres para pegarse a su espalda, ponerle las manos en torno a la cintura y susurrarle al oído "cortas mejor que yo". El recuerdo fue reconfortante. Esos pequeños detalles podían compensarle con creces de las ausencias laborales. Incluso cuando las niñas estaban enfermas y las noches parecían mas negras y largas.


- Bueno, pues ya estamos en la habitación. No os quejaréis, es casi una suite. Eso es enchufe.

-Shhhhhhh. Se ha dormido.

-¡Uy, perdón! Son los analgésicos en vena. Atontan lo suyo, y acababan de ponerle otra botella. La verdad es que las vías son un gran invento muggle. Meter las medicinas directamente en la sangre aumenta muchísimo su eficiencia.

- A lo mejor debería estudiar cómo convertir una poción en una sustancia susceptible de ser inyectada así.

- Pues mira, sería un gran avance.

-Pero ahora no tengo ganas de pensar en eso.

-Ya me lo imagino. De todas formas, Ana siempre ha tenido buena encarnadura mágica. Seguro que se recupera enseguida.

-El Creador te oiga y...

Se escucharon en ese preciso instante unos golpecitos en la puerta y a continuación asomó la cabeza de Santiago, que de inmediato se coló entero en la habitación.

-¿Cómo está mi niña? - Preguntó asiendo la mano buena de Ana y frotando suavemente.

- Dormida, mientras le hacen efecto las medicinas y las pociones. Como tiene que estar.- Contestó Amaia con calma. Santiago sonrió sin quitar la vista de su hija menor y envolvió aún más la mano entre las suyas.


-¡Mamá! ¡Mamá, me duele el dedo! Me duele mucho.

A Sara no se le escapó que su hija menor hacía esfuerzos ímprobos por no echarse a llorar. Pobre cría. Trece años y había tenido que participar en un ritual que, sinceramente, hubiera deseado no tener jamás que conjurar. Pero los amuletos que las protegían requerían una esencia de sangre y no había habido más remedio que hacerle un corte con su propia daga de plata en el dedo anular de la mano izquierda, el que estaba directamente vinculado al corazón. El corte tardaba en cicatrizar y dolía. Pobre Ana. También le dolía el alma, porque aunque muy joven, comprendía lo que le había pasado a su hermana mayor.

Sara sonrió con pocas ganas antes de tomar la mano de la niña entre las suyas. Ana dejó escapar un sollozo antes de comenzar a sentir cierto bálsamo en su dedo. Las manos de su madre envolviendo la suya herida... las manos de su madre, que portaban oro alquímico...


...Las manos de su padre envolviendo la suya. El suave y balsámico ritmo de su propia magia penetrando por todo su cuerpo, sanándolo. Si Ana hubiera tenido fuerzas, habría sonreído. Las manos de su padre, llenas de amor paternal, de ternura... oro de al-kymiya... Podía abandonarse al sopor tranquila y plácida, dejar que el sueño envolviera la magia operando.