CAPÍTULO 20
En tres letras (III)
Jaime Vilamaior se parecía notablemente a la mayor de sus hermanas. De hecho, durante toda su infancia, cualquiera que no los conociera podría fácilmente haberlos tomado por madre e hijo. Y es que no sólo coincidía con ella en los rasgos faciales más evidentes, sino que también compartían una gran capacidad de empatía, que según decía su querida madre, venía heredada de la rama paterna. Eso que ahora les había dado por llamar a los psicólogos muggles inteligencia interpersonal. Amaia la utilizaba a diario con sus pacientes en el hospital y por eso cualquiera que hubiera pasado por su varita la apreciaba muchísimo, mientras que a Jaime, que de pequeño le había servido para hacer amigos por doquier y de jovenzuelo para enamorar a cualquier chica, ahora no le venía nada mal en sus labores de director de márketing de Moltó.
Sin embargo, en ese preciso momento nada podía apetecerle menos que hacer uso de esa facultad suya. Tenía delante a un par de ineptos responsables directos de haber enviado al hospital a un becario competente y a una de sus hermanas. Cada uno, por cierto, confrontando la reunión con una actitud diferente. Porque mientras que el más alto y flaco no terminaba de coger postura en la silla, el de los hombros anchos lo miraba con algo que se parecía mucho a la insolencia. Jaime entornó los ojos y señaló con un largo índice dos sobres sobre el tablero, por lo demás impoluto, de la mesa de su despacho. Dos sobres alargados, nominales, aunque los contenidos eran casi idénticos.
-Usted no tiene competencia para hacer esto.- Objetó el insolente separando mucho las piernas, como si con el gesto subrayara que tenía muchos huevos. Era un López, aunque en ese momento no se acordaba del primer apellido. Tampoco es que le importase en ese momento, así que apoyó la espalda en el respaldo y la silla se inclinó ligeramente hacia atrás.-Exijo hablar con la jefa de personal.- Añadió el andoba.
-Ahora mismo no puede recibirte.- Contestó Jaime lacónicamente mientras el otro le devolvía una mirada perdonavidas de la que ni se molestó en acusar recibo. Era cierto que Amparo había tenido que acudir a una reunión de fabricantes de pociones en Lisboa y que por esa razón le había pasado el muerto, no porque no tuviera lo que había que tener para poner de patas y varitas en la calle a aquel par de dos. Menuda era su sobrina. Pero no estaba por la labor de dar a conocer ni la más mínima muesca de información.
-Pues entonces quiero ver a la directora general.- Insistió.
-Puedes solicitar una entrevista en Recepción, pero sinceramente, no creo que te reciba.
-¡Venga ya! ¿Me va a tratar como si fuera un tío de la calle?
- Es que, ahora mismo, eres un tío de la calle.- Matizó con mucha calma.
-Me niego...- El chico se inclinó hacia delante en una pose que, distando mucho de amenazadora, resultaba patética.- A recoger eso.- Apuntó con la vista al sobre.
- Allá tu. Hay otros medios...- Jaime hizo un leve gesto de indiferencia.
Como el burofax, el acta de un escribano mágico o, mucho más divertido, una Lechuza Con Acuse de Recibo. Un pájaro especialmente entrenado para no dejar en paz al destinatario hasta que no recibiera, personalmente, el mensaje. En la vieja lechucería del ministerio aún quedaban unas cuantas para casos recalcitrantes. Era un servicio caro, pero Jaime estaba dispuesto a pagarlo.
- No por negarte vas a demorar el asunto.- Añadió con cierto hastío.- en cualquier caso, recoged vuestras cosas. A mediodía tenéis que estar fuera de las instalaciones o el personal de Seguridad procederá a expulsaros.
- No puede hacer eso.- Insistió el recalcitrante López. Jaime había conocido a algunos miembros de la familia y en general no le caían bien. Recordaba a un tal Juajo de los campamentos. No era de su curso pero ya entonces había dado qué hablar, y no precisamente por su brillantez o competencia. No sabía a qué se había dedicado después. Otro era el Comandante de Aurores, un tipo bajo, un poco gordo y con un bigote estilo morsa. Entre los López debía haber bastante afición a ser aurores (qué mal gusto) porque recordaba haber oído que había habido otro que también ocupó el puesto. Uno al que su querida madre no tuvo nunca en demasiada estima...
-Ya he dado la orden.- Jaime decidió que aquello ya empezaba a hacerse largo, y aparcando los pensamientos sobre la familia López los apremió a largarse.- Si no tenéis nada distinto que decir, os podéis marchar.
El flaco miró al otro pero éste no se movió. Jaime, en cambio, se puso de pie. Detrás del tablero de su mesa, con su metro noventa y su rostro serio, resultaba hasta intimidante. Estaba tan serio que hasta los cochecidos de carreras de colores de su corbata azul parecían antipáticos. El alto, por fin, tuvo una reacción potable. Echó mano al codo del otro y le dedicó una mirada imperiosa. El tal José Ángel pareció resistirse, pero finalmente claudicó.
-No sabe con quién está hablando...- Se levantó amenazador sin hacer amago de coger su sobre.
- Al contrario.- Respondió Jaime.- Tengo muy claro con qué tipo de persona hablo. Una que no encaja con el perfil de pocionista que aquí buscamos.
El chico empezó a ponerse rojo y Jaime consideró seriamente la posibilidad de tener que sacar su varita. Aunque no hizo falta, porque en ese instante unos golpecitos en la puerta seguidos de la cabeza de
Jaime se volvió a dejar caer en su sillón. Era una lástima que finalmente hubiera cogido el sobre porque habría disfrutado imaginando al muchacho perseguido por un pajarraco apestoso con un sobre atado a una pata, pero no siempre se tiene toda la diversión. A continuación telefonearía a su cuñado para interesarse por cómo habían pasado la noche y cómo se encontraba su hermana Ana. Contactó en primer lugar con Cecilia, que al parecer había llegado hacía un rato, y que hasta le pasó el aparato a su hermana. Ana parecía bastante recuperada, así que tras asegurar que la iría a ver a la hora de comer,colgó mucho más tranquilo. Agitó la varita e hizo aparecer varias carpetillas con documentos en los que tenía que trabajar.
Ceci pulsó el símbolo de colgar y depositó su móvil en la mesilla. Había encontrado a su madre pulcramente ataviada con una bata y un camisón limpios, sentada en el butacón del paciente, con el pie en un escabel y el brazo en cabestrillo. No tenía mal aspecto, aunque no había tenido tiempo apenas de hablar con ella, interrumpida por el teléfono. Justo en ese instante su padre salió del baño. Estaba impecablemente vestido y afeitado, pero el pelo lo tenía húmedo.
-¿Qué tal la noche?- Preguntó Ceci a su madre.
-Pues aquí, dándole la lata a tu padre. Un santo varón, el pobre...- Contestó Ana, de aparente buen humor a pesar de lo aparatoso de los vendajes.
-Exagera.- Negó José Ignacio.- Ha estado dormida casi todo el tiempo. Solo se ha espabilado cuando se le pasaban los efectos de los calmantes.
-Pues yo tengo idea de que he estado quejándome casi todo el tiempo.
-No te has quejado casi nada.
-Tienes ojeras.
- Es que yo no he dormido casi. Me he estado levantando cada poco para comprobar que no se te acababa el suero, que tenías la mano bien puesta...
-Ya...- Ana alzó una ceja, convencida de que no se ajustaba del todo a la realidad, gesto que su marido decidió pasar por alto para a continuación cambiar de tema con su primogénita.
- Cecilia, si ves a tu prima Amparo le recuerdas que cuando vuelva por la empresa no quiero ver ni de lejos a esos dos inútiles.
-Creo que está en ello.
- Aunque tenga que pagar la indemnización por despido de mi propio bolsillo.
- José Ignacio... no te sulfures, anda.- Ana, consciente de que se enfadaba por momentos, decidió intentar rebajar la tensión.
- No me sulfuro, Ana.
- Sí que lo haces. Además, estás metiendo a Ceci en esto, y a la pobre ni le va ni le viene...
- Bueno, tanto como que ni me va ni me viene... la que ha resultado herida es mi madre, no una bruja cualquiera que pasara por allí.
- Ceci hija.- Ana ahogó una risita. Según transcurrían los años Ceci se volvía menos sarcástica, pero era obvio que algo quedaba y de vez en cuando les obsequiaba con una muestra.- Sabes de sobra que me refiero a los asuntos del negocio. ¡Que tu siempre has sido la sensata y racional de la familia!
- Será que me estoy haciendo vieja...
- Oye, José Ignacio... - Mejor cambiar otra vez de tercio.- ¿Por qué no vas a ver a doña Pilar y así te distraes?
-¿Quién es doña Pilar?
-Fue profesora de pociones de tu padre en la schola de Badajoz, cuando llevaba pantalones cortos. Está internada en la segunda planta.
-Caramba. ¿Y qué le ha pasado a esta señora?
- Que es muy mayor y le ha afectado mucho la ola de calor...
José Ignacio refunfuñó un poco. Todavía no se habían pasado los sanadores, y él quería saber cómo estaban las heridas. Aún así, la mirada rogatoria de Ana le pudo, y acabó por dejar a madre e hija un rato a solas.
-¿Y bien? - Ana no perdió el tiempo.- ¿Qué tal por casa? ¿Os habéis apañado bien?
-Sin grandes problemas. La abuela Catalina y el abuelo Carlos han echado una mano. La verdad, el abuelo está desconocido con los niños...
-La necesidad, que obliga a veces a hacer cosas que en otras circunstancias habrían resultado inverosímiles. ¿Tus hermanos están bien?
-Si. Los tres, te preciso.
- Me alegro de saberlo.- Ana sonrió divertida.
- Tienes buen aspecto. Seguro que te sueltan enseguida.
- A ver si es verdad. Me encuentro mucho mejor que ayer, pero no creas que no me duele... Cada vez que lo pienso menos me entra en la cabeza tamaña inconsciencia para manipular todo aquello. ¡Si era de nivel cuatro!
-Eso me recuerda que te tengo que contar que Seguridad mágica estuvo en Moltó.
-No me sorprende nada. Hubo una explosión en una instalación especializada con dos heridos. Aparte de los del seguro, lo mínimo es que el ministerio haga una investigación oficial.
-Me ha llamado Rocío. Creo que van a pedirte permiso para extraer el último hechizo de tu varita...
-¿Rocío? ¿Tu amiga Rocío? ¿Qué hacen los aurores en esto? No hay magia negra por ningún lado ni indicios de los delitos que ellos investigan...
-No, no creo que intervengan. Me llamó por teléfono porque había visto el expediente de Seguridad. Ya sabes que se enteran de todo...
-... cuando quieren. Porque anda, que cuando no quieren...
- Bueno, vale. Ya se que no les tienes aprecio.
- Conste que no lo digo por tu amiga, que es una bruja competente y seria.
-Ya, ya lo se. De todas formas, el comandante actual ha mejorado mucho los procedimientos. En su conjunto, creo que son más competentes que hace años...
Ana se mordió los labios. Tenía muchas ganas de soltar que la única vez, que ella supiera en la torta de siglos, que su familia había necesitado de la intervención profesional y eficiente de los aurores, se habían encontrado con una panda de inútiles que lejos de hacer avanzar la investigación parecía que la retrasaran. Pero tampoco venía a cuento, máxime porque en cualquier momento Amaia podía hacer entrada por la puerta.
-Bueno, no me has terminado de aclarar...
-Rocío ha tenido acceso al expediente de los de seguridad, como favor personal o yo qué se...
-Ah...
-Y a estas horas, supongo que ya les habrán dado el finiquito en Moltó. Amparo me dijo que, aunque ella no podía estar porque tiene una reunión, los papeles los tenía hechos sobre la mesa de tu hermano.
- Tu padre se quedará tranquilo.
-¿Tu no?
- Obviamente, después de lo que ha pasado no pueden seguir ahí. Pero a uno de ellos le vence el contrato en mes y medio. Igual habría sido más sencillo esperar a esa fecha y simplemente no renovar.
-No creo que papá hubiera transigido. ¿Cómo estás tan puesta?
-Pues resulta que desde la semana pasada formo parte del Consejo de Administración.
-¿Qué? ¡No me habías dicho nada!
- Porque no he tenido ocasión, Ceci. Con tanto lío en casa.
-Y ¿Cómo es que te ha dado por ahí?
-Tu tía me dijo que vendría bien que me ocupara de ciertos asuntos relacionados con los medios de comunicación en los ratos libres...
-los ratos libres... No sabía que tenías de eso... y en todo caso, el consejo...
-Bueno.- Ana se encogió de hombros ligeramente.- Poseo un sexto del capital social y no tengo una relación laboral fija con ningún tercero...
-Entonces...- Ceci se quedó pensativa un instante antes de que le brotara en los labios una sonrisa pícara.-... ya es oficial.
-¿Qué es oficial? - Preguntó Ana, un poco perdida.
-Que eres la jefa de papá. Lo veniamos sospechando Almudena y yo, pero ahora hasta hay nombramiento y todo...
-Vaya, Ceci. Si que tienes hoy la punta de la varita afilada. Pues que sepas que, en realidad, nunca he mandado en los asuntos profesionales de papá.
-Pero podrías hacerlo. Y además sabías del tema. A mí me ha costado recordar lo poco que supe del Pie de Hermes Trimegistro...
-Siempre me han gustado las pociones.- Ana volvió a encogerse de hombros.- Y no se me han dado nunca mal. Aunque tu padre es infinitamente mejor que yo, por supuesto.
-Bueno, supongo que en el fondo a papá no le molesta que seas su jefa.
-Espero que no. No a estas alturas.
Las dos se echaron a reír.
- Unos pinchazos en la tripa espantosos...la matro subida en lo alto diciendo que me estaba ayudando...
Ana notaba un sudor frío que le recorría la espina dorsal. Puesto que su hermana no parecía dispuesta a dejar de relatar avatares de su parto, decidió prestar atención a su sobrina recién nacida. María, que dormía plácidamente en la cunita, tenía la cabecilla cubierta de pelo oscuro y los puños bien apretados. Aún así, estaba claro que había sacado las manos finas de dedos largos que ella misma también poseía. Ni Amaia ni Amparo tenían "manos Moltó". Ni tampoco el pequeño Jaime, que oscilaba entre sentirse orgulloso de haberse convertido en tío y la decepción de que se confirmara lo ya avisado: era una niña. Las "manos Moltó", como las de la abuela Amparo, las había heredado ella. Y al parecer, ahora también su sobrinita.
-...Debo tener un costurón. Y me siento pringada de sangre...
Sangre. Oh, por Dios. Le estaban dando vahídos. Amparo y esa manía que le había dado de repente de contar todos los pormenores de su parto y puerperio. Ana cerró los ojos y, sin darse cuenta, se bamboleó un poco.
-Ana se está mareando.
Fue la voz de Graciana lo último que escuchó antes de cerrar los ojos e inspirar con fuerza. Sentía una mano firme sujetándola por el codo. Una mano que la hizo caminar hasta la puerta y la sacó al pasillo con premura, para una vez allí aplicar un suave hechizo de ventilador.
-¿Mejor? - Preguntó José Ignacio. Ella asintió con la cabeza.
-Ha sido culpa de Amparo... me estaba poniendo mala con su charla...
-Supongo que necesita explayarse.
-Yo también, después de lo que le ha costado llegar hasta aquí. Pero en cualquier caso, me estaba poniendo mala. Literalmente.
-Ven a sentarte, anda...
Dentro de la habitación, Amparo mostraba su asombro por la reacción de Ana. Amaia no decía nada y Graciana, la anciana Graciana, que ya estaba ciega y a la que habían sentado en un butacón, los dejó a todos pasmados.
-¿Es que no os dáis cuenta? No puede con la pinta de mujer preñada. Rezuma gravidez por todos los poros. Hasta una ciega como yo se daría cuenta.
Amparo, Amaia y en menor medida Jaime se la quedaron mirando, asombradas. Fue la hermana mayor la primera en reaccionar.
-Pues no sería nada raro, si lleva tres meses casada.
Dicho aquello, marchó al pasillo, a comprobar cómo se encontraba, si necesitaba algo... ¿Lo sabría Ana?
No lo había sabido hasta hacía un momento, cuando en medio de la negrura de la lipotimia se le había encendido una luz en la mente. Y eso que no había podido escuchar a Graciana. Pero ahora, de repente, estaba tan segura como de que el sol lucía en el cielo aquella tarde de agosto. Pendiente de que José Ignacio tuviera las condiciones adecuadas para estudiar su siguiente grado de Sufita, no había caído en la cuenta de que hacía varios días que se habían pasado las fechas. ¡Ay! Y parir era eso tan poco agradable que andaba contando Amparo, con pelos y señales.
-Me estoy volviendo a marear.- Susurró. José Ignacio la envolvió en sus brazos y se encargó de hacer que se sentara en una de las sillas de la salita de espera hasta donde la había llevado. Y así los encontró Amaia, él pendiente de ella y ella medio traspuesta, aunque decidida a que su embarazo no trastocara ni un ápice los planes de estudio del padre de la criatura, ese que le echaba aire suavemente con la varita, totalmente ignorante.
