Capítulo 2. Primer día de clases

-Herbología, Defensa Contra las Artes Oscuras, Historia de la Magia, Almuerzo, Pociones, Encantamientos. Herbología, Defensa Contra las Artes Oscuras, Historia de la Magia, Almuerzo, Pociones, Encantamientos. Herbología, Def...

-Rose, me estás poniendo nervioso.

-Sí, por favor, ¿te importaría callarte un poquito?

Rose continuó memorizando su horario en voz más baja, pero igualmente irritante. Con un suspiro exasperado, Jack se acercó resueltamente a un grupo de alumnos más mayores.

-Perdonad, tenemos clase de Herbología. ¿Cómo se va a los invernaderos?

Minutos después, los alumnos de primer año de las Casas Gryffindor y Ravenclaw se encontraban bajo un techo plasticoso y agobiante, apiñándose cada vez más para huir de una planta con púas color púrpura que los rodeaba, estrechando el círculo en torno a ellos poco a poco.

-¿Algún hechizo? -preguntó una chica rubia a la izquierda de Albus, quien al detectar su mirada sonrió nerviosamente.

Scorpius lanzaba chispas con su varita, lo cual parecía llamar la atención de la planta, que se apiñó junto a él.

-Oh, pero, ¿qué hacéis? -sonó una voz detrás de la clase.

Albus giró la cabeza rápidamente al reconocer la voz de Neville Longbottom, que se acercaba a grandes zancadas sacando su varita. Con un movimiento de ésta, lanzó algo plateado que se alejó hasta un rincón del invernadero, siendo seguido al instante por la curiosa planta, que se enrolló en esa esquina.

-Bien, ahí tenéis la primera lección de Herbología: nunca entréis en el Invernadero hasta que yo haya llegado, ¿de acuerdo?

Hubo murmullos convencidos de asentimiento, mientras los chicos retomaban sus puestos alrededor de una gran mesa que ocupaba el centro del Invernadero.

Neville los miró con una sonrisa radiante:

-¡Bienvenidos a clase de Herbología! Soy el profesor Longbottom, y estaré encantado de recibir a cualquiera de vosotros en mi despacho, junto al retrato de William Rode, en el segundo piso. Bien, bien, antes de comenzar con la lección de hoy, ¿alguien sabría decirme qué es y qué propiedades tiene eso a lo que os acabáis de "enfrentar"?

La mano de Rose salió despedida hacia arriba tan apresuradamente que dio un manotazo a Albus, pero Jack no tardó en imitar su gesto con más tranquilidad.

-¡Bien, bien, veo que habéis repasado antes de venir! Señorita Weasley, no dejaba de esperar su impecable actitud, se nota en casa de quién ha sido criada... sin embargo, déjenme ver...-se elevó sobre las puntas de sus pies para comprobar a quién pertenecía la otra mano levantada- ¡oh, sí, querido! Dígame, ¿cuál es su nombre?

Rose bajó la mano lentamente, frunciendo el ceño y mirando de reojo a Jack. Albus apostaría algo a que ya no le parecía tan maravilloso como el día anterior.

-Jack Redfield, de Gryffindor. Si no me equivoco, se trata de una Tuberculum Magicomeatus, las cuales, a pesar de todo, no son demasiado agresivas. Se alimentan de magia, por lo que crecen salvajemente en los jardines de magos, mientras que en las raras ocasiones en que se encuentran en jardines muggles, son totalmente inofensivas. Sin embargo, uno de estos ejemplares en manos de un mago que no la sepa controlar puede ser mortalmente peligrosa.

-¡Sí, sí, muy bien, señor Redfield! ¿Gryffindor, ha dicho? Será usted recompensado con 10 puntos... sin embargo, no me ha dicho sus utilidades, ¿alguien puede completar la información del señor Redfield?

Esta segunda vez en la que Rose disparó su brazo hacia el techo, Albus ni siquiera la vio moverse. Mirando a Jack entre dolida y triunfante, casi no esperó a que el profesor Longbottom dijera su nombre:

-Se le considera una de las más valiosas desde que se conocieron sus propiedades, hace no demasiado tiempo, ya que mediante un elaborado procedimiento, el veneno de sus púas es el único elemento mágico conocido que permite la reparación de varitas mágicas, señor. ¿Correcto?

Habló tan rápido que tuvo que respirar profundamente al terminar.

-¿Aún lo dudabas, querida?-respondió el profesor Longbottom, con una dulce sonrisa- Sí, sí, 5 puntos más para Gryffindor. Es totalmente cierto, y quiero dejar patente la importancia de dicho descubrimiento. Aún no han tenido su primera clase de Encantamientos, pero les diré que la varita es un elemento esencial para la magia, y por supuesto, para cada mago. Como ya sabrán todos, es la varita quien escoge al mago. También les habrán dicho, y si no es así me enorgullezco de ser el primero en hacerlo, que sin embargo un mago no es su varita, si no que ésta es meramente el canalizador de la magia que cada uno posee en su interior. No obstante, es obvio el vínculo que se establece entre mago y varita, y es realmente difícil encontrar un vínculo semejante con una nueva varita en el caso de que la primera se rompiera. Por lo tanto, poseer la forma de reparar varitas mágicas es verdaderamente revelador para la historia de la magia. Bien, ahora prosigamos con la lección que tenía preparada para ustedes.

Lo cierto fue que la lección que correspondía a la primera hora y media en los invernaderos fue lo suficientemente aburrida para satisfacer las predicciones de James.

Sin embargo, horas después se encontraban exhaustos y, sobre todo, con un hambre voraz.

-Recuérdame que mañana coja una porción de bizcocho de chocolate del desayuno para comérmelo antes de Transformaciones -pidió Jack a Albus, mientras dejaba caer su mochila junto a su asiento en el Gran Comedor-. No creo que a la profesora McGonagall le haga gracia oír mis tripas entre hechizo y hechizo...

Cuando Albus se servía muslos de pollo con puré por tercera vez consecutiva, una chica de Quinto curso a la que había visto alguna vez con su prima Dominique en casa del tío Charlie se acercó a ellos:

-Hola, chicos. Me llamo Madeleine, y soy prefecta de Gryffindor -los miró sonriendo con la clara intención de parecer encantadora-. Vosotros sois...

-Albus, Jake, Holden -respondió rápidamente Rose, casi con impaciencia-, y yo soy Rose.

La chica sonrió de nuevo:

-¡Encantada! Bien, solo quería deciros que si necesitáis cualquier cosa no dudéis en acudir a mí para pedir ayuda. Soy el eslabón entre los profesores y vosotros, ¿de acuerdo? Bien, y siendo así, la profesora McGonagall me ha pedido que os avise de que las clases de vuelo comienzan mañana. En el tablón informativo que se encuentra en la Casa de Gryffindor irán anunciándose más novedades, asique no dejéis de comprobarlo.

Albus bajó la vista hacia su plato. Se le había cortado el apetito.

Tras un brevísimo espacio de tiempo en el que a los chicos apenas les dio tiempo a pasar por su dormitorio de la torre de Gryffindor, cambiar los libros de las asignaturas de la mañana por los de la tarde, y salir pitando, Albus se encontró a sí mismo corriendo por los entumecidos pasillos de las mazmorras en dirección a su clase de Pociones.

Sujetando a Holden en la puerta para que no se estampara contra el suelo en un derrape mal controlado, entraron apresuradamente al aula y se dejaron caer en los tres primeros calderos libres que encontraron, al final de la clase.

-Uf, vale, esto sí parece un colegio de brujería, ¡por fin! -dijo Jack entre resuellos, aflojándose el nudo de la corbata -. Es un poco espeluznante, me apuesto una cerveza a que la profesora tiene las uñas verdes y una verruga en la nariz...

Albus se sonrió, pero Holden estalló en su ya característica risita alborotada. La verdad era que a Albus no le disgustaban las mazmorras, aunque podía entender que hubiera quien no encontrara esa tranquilidad que le transmitían a él el borboteo de los calderos al fuego y los distintos olores mezclados con la sensación de humedad.

-Buenos días a todos -les sorprendió una voz femenina a sus espaldas-, y lamento tener que decepcionarle señor Redfield, pero me temo que mi aspecto no concuerda al cien por cien con su descripción.

Albus encogió los hombros hasta que su cuello desapareció intentando hacerse invisible, mientras entrecerraba los ojos. Sin embargo, al ver que todos sus compañeros desviaban su mirada hacia el lugar de donde provenía la melosa voz, y éstas se quedaban fijas en este punto, con los ojos abiertos como platos, no le quedó más remedio que imitarlos y observar a la profesora.

Lo primero que pensó es que, definitivamente, ésta no tenía pinta de la vieja bruja de los cuentos muggles.