Era el ocaso.

—Otra gran idea –opinó Snape, reacio.

—Considéralo, Severus –invitó Dumbledore–. ¿Quién mejor que tú?

En la Torre de Astronomía, de frente al ancho paisaje con el lago y las ondulaciones de las montañas, Snape aguardó la frase completa del director… Pero éste no dijo más. Dumbledore esperaba que Snape hiciera el trabajo intermedio del: "por esto y lo otro..." Deseaba que Snape se convenciera a sí mismo.

¿Quién mejor que yo, Albus? Nadie, Albus, por supuesto sólo yo.

Típico. Esta vez, Snape se resistió.

—¿Quién mejor que yo para niñera? –rumió–. Todos. Cualquiera. Sirius. La familia Weasley. Shacklebolt. Tonks. Minerva. Usted.

—Severus, Severus… —Dumbledore lo llamó a la sensatez, haciendo movimientos apaciguadores con las palmas–. Sabes bien que la mejor protección de nuestra apreciada alumna no es su casa en Londres, ni cualquier sitio del mundo mágico, excepto nuestro colegio. Y tú eres la mejor opción en estos muros.

La forma de hablar de Dumbledore chocaba a Snape muchas veces. Lo malo era que sonaba convincente, pese a las peticiones molestas. Posiblemente, eso era la muestra de que era un buen manipulador.

—No es un gran esfuerzo, Severus –el anciano lo miró sobre los anteojos, con paternal recriminación–. Hasta el 7 de abril es un breve lapso. Además, Hogwarts estará muy tranquilo.

Severus se cruzó de brazos y asintió. Sin ceder. Estaba de acuerdo con eso último. En torno de la Torre, el barullo era impresionante, aunque no por mucho tiempo: Alumnos pululando gozosos por empezar hoy la gran jornada. Él odiaba este tomar el último día de clases como el primero de vacaciones. Supuestos estudiantes entrando en aulas, pensando en el tren, en sus familias y en el descanso. Conversaciones tan emocionadas como si presenciaran la final extraterrestre de quidditch. Ahora mismo se escuchaban conversaciones y movimientos en barullo que ascendían en cantos de tritones borrachos. ¡Él no tenía modo de poner disciplina, porque había dado su última clase, hacía una hora!

Qué mal. Perder la disciplina era grave. Invitaba a los peores vicios. Hacía parecer la dicha del estudio como una obligación exasperante Lo bueno era que todavía podía salir y descontar puntos por relajamiento excesivo y conducta asquerosa.

Sintió deseos de largarse para no escuchar el caos. Cerrar la puerta de casa con un azotón. Pero el bello cuadro lo trajo de vuelta al problema:

—Y quedarme con ella, en un colegio donde no habrá un alma –remató, de pésimo humor.

—Minerva todavía permanecerá un día o dos.

Y se irá. Y no quedará más alma. ¿Por qué me elige usted para estos encargos? Es la segunda vez en el año que me pide una actividad fuera de mi perfil. Todavía no olvido los grandiosos diplomas.

El director entrelazó las manos, sacudiéndolas, pidiendo comprensión.

—Severus… ¿en quién más puedo confiar, si no en ti?

Sí, claro. Ahógueme de amor. Snape fue al borde de la Torre, quedando de costado al director.

Al frente, los rayos del sol de la tarde atravesaban las nubes, encendiendo los largos cirros... Y junto a su calidez se insinuaba un cambio: La luz también cruzaba nubes grisáceas, perezosas, desde el horizonte. Eran las que a partir de mañana, puntuales, estarían día y noche extendidas por el cielo. Con ello empezaría la larga temporada de lluvias en Escocia. En medio de la temperatura templada que los rodeaba, se filtraban breves corrientes de aire un poco húmedo.

Y abajo, en las explanadas y patios, como en las escaleras, el ruido del mar de alumnos que se disponía a irse: Olas de pasos, risas, entusiasmados intercambios de expectativas, pues esta noche era la salida al tren, e ida a las casas para pasar Semana Mayor.

—Confiar en mí –repitió Snape– ¿Se da cuenta que por eso mismo, por estar yo en el colegio para cuidar a Granger, se me puede ordenar atacarla?

Planes mortífagos descubiertos por la Orden del Fénix contra la mejor aliada de Potter, exigían velar por la seguridad de la Gryffindor. Al parecer, el Señor Tenebroso la consideraba más peligrosa que El Niño que Vivió. Severus encontraba lógica la idea básica, si era vista desde el lado del Mal. Sin la Insufrible, el anteojudo hijo de Lilly estaría perdido.

—Dudo que te ordene atacarla–negó Dumbledore-, porque este plan, él te lo ha ocultado.

—Me lo puede ordenar cuando sepa que estoy aquí.

—Estoy seguro que sabrás arreglarlo. Severus.

No sé qué detesto más, de cuando en cuando, pensó Snape, molesto, si ese tono desvalido que Dumbledore adopta para obligarme y que parezca que acepto libremente, o pasar días al pendiente de Granger. ¡Es un abuso…!

No vio, porque ella estaba dentro del castillo, que Hermione leía un libro abierto sobre su el regazo; estrictamente uniformada y sentada en el asiento de roca de un corredor. Con fastidio ella alzó la mirada del texto, reprobatoria ante las carreras de sus compañeros sumergidos en ir y venir de sonrisas y corbatas desanudadas. ¡Qué barbaridad!, decía el gesto de la castaña. ¡Como si los uniformes quemaran…! ¡Dan la impresión de estar huyendo de Azkabán!

Arriba, el profesor de Pociones se resistía.

—Albus –añadió–, puedo decir que no, sin problema. Esto no se encuentra ni en mi contrato, ni es parte de mis otros compromisos. Usted dirá que sí, pero…

—Es un favor personal que te pido –le colocó una mano en un hombro.

Ahí está. La canallada de la moción honesta. Snape se preguntaba si no Dumbledore lo manipulaba. Para otros eso podía ser tan claro como el prístino sol del mediodía. A Snape le costaba aceptarlo por su afecto y agradecimiento hacia el gran mago. Y de ser sólo un viejo manipulador era tan hábil, que resultaba difícil distinguir el convencimiento, de la coerción. Y sobre leerle la mente, olvídese. Era como darse de cabezazos contra Hagrid.

—Hagrid –dijo Snape, al recordarlo– ¿Se quedará en Hogwarts?

—En su cabaña. Sólo pondrá pie en el castillo si lo necesitas… Filch lo mismo, andará por aquí, vigilando, a tu disposición –aseguró Dumbledore, cauteloso, sin comentar que advirtió a aquellos dos ser discretos, so pena de recibir los fuegos del Atanor. Posiblemente, se dijo Dumbledore, el mayor peligro de Granger era Severus mismo.

La chica la pasaría mal, pero el profesor Slytherin era el mejor guardián que ella podía tener.

—¿Cuál es tu última palabra, Severus? –preguntó Dumbledore, dulce y desvalidamente.

—Supongo que diré "no" y a continuación iré por Granger, ¿verdad? ¿Ella ya lo sabe? Dígaselo usted, no le daré yo la noticia, olvídese de eso.

—Ya le han explicado la situación.

En el corredor de abajo, Hermione se levantó, libro en mano, con un dedo entre las hojas para no perder dónde iba, y caminó entre los alumnos que subían por sus equipajes y los que ya salían de las habitaciones, listos con maletas. Mañana empezaban los días libres. Algunas parejas hablaban de pie, entre sí.

La castaña, adusta, fue caminando entre los alumnos y sus cabezas a diferentes estaturas; vio pasar a Neville bastante contento y a regocijados Hufflepuff, que conversaban alegres sobre lo que harían; algunos intercambiaban direcciones.

Hermione no tenía a quién ver, ni direcciones por anotar. El castillo la esperaba para pasar poco más de una semana envuelta en el silencio. Un serio y bien portado Shacklebolt le había explicado la situación.

—Lo resolveremos, Miss Granger –afirmó, manos a la espalda–, confíe en nosotros, en unos días el tema estará resuelto. No se mueva de Hogwarts y acate las indicaciones del profesor Snape.

Recordando la conversación y la noticia de su guardián, se encontró con la profesora McGonagall, de pie como isla entre alumnos ajetreados, cuidando que nada saliera mal. Señaló cerca de ella:

—¡Abróchate el abrigo, Colin!

Hermione se detuvo al lado de la profesora y su actitud de faro en control. La castaña trató de resignarse por anticipado aunque esperó un cambio en su situación. Saludó a la profesora y añadió:

—Entonces, ¿puedo ir a despedirlos?

Minerva movió la cabeza, negativamente, aunque con sonrisa comprensiva:

—Lo lamento, señorita Granger. Consideramos mejor que permanezca en el colegio.

A Hermione no le espantaba la amenaza. Lamentaba no tener el pequeño ritual de la despedida en la estación de tren.

—Lo sé, pero, ¿ni dejarlos en el andén? No es lejos, profesora McGonagall…

—Estaremos a su cuidado en el colegio –Minerva le sonrió amablemente, se tomó ambas manos a la altura del abdomen y se marchó repasando con la mirada el estado de los alumnos, señalando a uno pequeño que se hacía un lío con la maleta.

Harry, preocupado, llegó con Hermione cargando una mochila de tela a la espalda, con imágenes estampadas de muggles jugadores de rugby. El chico se acomodó los anteojos. Se había dejado el uniforme por solidaridad con su amiga, para no mostrarse yendo a un sitio a donde a ella le estaba prohibido ir. A casa.

—¿Herms? –le sonrió, para aligerar el momento– ¿Estarás bien?

—Sí, Harry –ella le devolvió la sonrisa, aunque menos animosa–, no te preocupes.

Él sostuvo la mochila de una correa, asintiendo, un poco más serio.

—Me sabe mal todo esto, Herms. Hablé con McGonagall y con el profesor Dumbledore para acompañarte. No me pesa, ya me he quedado en vacaciones. Su respuesta fue "es mejor no tener toda la carne en el asador". No me gustó la comparación, aunque…

Ella asintió. Más atrás, Vector y dos prefectos cuidaban a alumnos que iban hacia la salida.

—Como te digo –insistió la castaña–, no debes preocuparte, Harry, ellos tienen razón.

Pansy cruzó a su lado, arreglándoselas para rozarla con la mochila. Draco iba atrás y dirigió a los Gryffindor una sonrisa malévola y despectiva.

—¿Qué pasa Granger, ya no tienes tu maleta agujereada?

Harry le dio un furioso empujón en el hombro.

—¡No te metas con ella! –lo señaló.

Malfoy siguió camino, con sonrisa cruel en medio de otros Slytherin, vestidos para el viaje. Harry le dirigió una última mirada iracunda y retomó la conversación, bajando la voz pese al ruido de los demás.

—¿Ellos, tener razón? –la cuestionó, frunciendo el ceño— ¿Con él, "cuidándote"?

La castaña asintió para aligerar la repentina tensión, pero lo cuestionó a su vez, en tono civilizado:

—Te he dicho, pero no quieres oír. Por lo menos en estos días, Snape no hará nada. Nada estando en el colegio. De ser así, lo habría hecho desde que éramos niños.

Harry la miró con desconcierto e incomodidad, ajustándose las correas en los hombros.

—No entiendo cómo Dumbledore tuvo esa idea. ¡Yo no me despegaré del todo, debemos tener contacto permanente…!

—Lo sé… En fin, dejémoslo así por ahora, no te preocupes, Harry, estaremos en contacto.

—Tonks se dará vueltas por el colegio. Dumbledore ha dicho a Hagrid que no incomode al Murciélago con su presencia, Hagrid aceptó, pero de dientes para afuera, estará atento.

La ola de alumnos mostraba algunos huecos, señal que la mayoría estaba afuera.

Harry tomó las correas de su mochila con ambas manos, mostrando disgusto por despedirse.

—¿Te vas a comunicar a la mínima sospecha? –él la buscó la mirada.

—Claro que sí –le sonrió ella.

Hermione lo abrazó rápido, triste y molesta porque no le gustaban las despedidas de esta manera. Le gustaban las despedidas de sonrisas y promesas. Ahora se sentía coartada. Y también echaría de menos a sus padres.

—Está bien, Harry. Vete ya.

Harry le devolvió el abrazo y se alejó sin darle la espalda, uniéndose al grupo hacia la salida de Hogwarts. El chico le hizo el gesto con la mano, "llámame", dio vuelta y se alejó.

Ella todavía asentía cuando la llamó otra voz.

—Hermione.

La castaña miró a un lado. Él se acercaba, metiéndose una manzana en la boca.

Hermione lo vio dar el enorme mordisco a la fruta, con una de las mejillas redondas por el bocado anterior.

—¿Qué pasa, Ron?

El pelirrojo habló con la boca llena, aunque a mitad de la frase se pasó el bocado. Su nuez de Adán subió y bajó notoriamente.

—Venía pensando que te echaré de menos –afirmó-, pero la verdad es que no nos íbamos a ver en estas vacaciones, así que no hay mucha diferencia, ¿verdad? Aun así quiero decirte que te extrañaré, te cuides, Harry ya te dijo también mis preocupaciones… -nueva mordida.

Ella repentinamente le tomó los dedos de la otra mano.

—Yo también quiero decirte…

Snape se aproximaba desde el fondo del corredor, más atrás que los alumnos rezagados, seguidos por los prefectos, que no podían irse hasta que el último hubiera salido. Ya habían echado llave y encantamientos a las áreas de cada Casa, excepto Gryffindor, para que Granger la usara libremente.

Snape sabía que encontraría a Granger en esta parte del colegio, pues se despediría de sus amigos. Después ella y yo haremos las presentaciones de sociedad., pensaba, muy incómodo.

Caminando ágil, se dijo que el problema no era todo por verse obligado a la tarea sin gracia de cuidar de la Gryffindor.

La otra parte era lo ocultado a Dumbledore.

Yendo a paso cortante, recordaba aquel secreto. Uno que crecía conforme Hogwarts se silenciaba, y que volvía conforme los alumnos se iban.

La vez que Granger y él se tocaron las manos.

Snape se había preguntado a lo largo de los meses, cómo ocurrió. Al final se quedaba con la pura escena, pues a su pesar, se explicaba por sí misma. Por más vueltas que le diera, sólo hallaba una razón.

Sus manos cercanas en un escondrijo fugaz, despertaron en él la brumosa certeza, de la que se dio cuenta mientras lo hacía, que estando oculto podía revelar algo todavía más oculto. Algo que él mismo no se confesaba. Que no se lo confesó, aunque lo hizo.

Mucho tiempo se preguntó por qué Granger no se apartó. Pero más que saber, lo importante fueron los hechos. El impulso de una parte oculta de su mente. Él tomó las manos de Granger porque tuvo un diálogo interno, que no oyó de todo, sino solo la conclusión de que como no volvería a tener la oportunidad, no debía dejarlo pasar. Se sintió en uno de esos hechos extraños que se presentan una vez. Y aunque después se desconoció, cuando ella le atrapó los dedos con ese movimiento calmo, un poco urgente, él se descubrió experimentando una naciente emoción, al sentir la piel de Granger, al verla de perfil, sonriendo casual, pero pensando en él.

Él jamás había buscado hablar de eso. Y hoy, Snape no deseaba tratar nada. No quería, porque recordaba las palabras de Granger y el otro problema era…

¡Vaya, ahí estaba ella! Snape torció la boca. Granger estaba de espaldas, frente a la remolacha con fauces. Merlín, los noviecitos se despiden, un cubo para derramar mis lágrimas. Los rebasaba el último grupo de estudiantes, tras el que Snape, venía. Los dos Gryffindor se tomaban de los dedos, hablando. Los vacacionistas a su alrededor, los dejaban atrás.

Severus no se detuvo. Esos dos tenían tiempo en tanto los alcanzaba. Si los interrumpía, mala suerte para ellos. Él no estaría esperando el final de sentidas frases de amor eterno.

¡Incómoda labor, incómoda y exasperante!

El último grupo pasó, apagando las voces de Hermione y Ron, cuando se soltaron las manos.

Ron asintió y se alejó. Hermione lo siguió con la mirada. Ella tenía las manos cruzadas por enfrente. El pelirrojo no miró atrás una sola vez, entre los últimos en dejar el castillo.

Cuando salieron, no se escuchó ya ningún sonido, excepto los que se alejaban.

Y en ese momento, cuando ya no hubo nadie más, una corriente de viento húmedo de lluvia entró, desde la gran entrada del colegio, y removió los cabellos castaños de Hermione.

—Henos aquí –anunció una grave voz, a su espalda.

Hermione, que llevaba el libro por enfrente, volteó.

Los últimos ecos de quienes salían, se apagaron. Ya no había nadie, ni profesores, ni prefectos.

La inmóvil silueta oscura de Snape, en la sombra del corredor, comentó con voz grave:

—Todo indica que han comenzado sus vacaciones, Miss Granger.

Dio impresión de querer estar lejos de ella. De verla, y no querer decirle.

Hermione giró del todo, con las manos en su libro, viéndolo de frente. Las nubes grises, alrededor de la Luna, cumplían su cita de ocultar las estrellas; la castaña respondió, suave, aunque el silencio en derredor realzó su tranquila voz, formal y comprensiva:

—Sí, señor. Parece que así es.