En el castillo en penumbra, el silencio llegó en el viento, desde el Salón de Entrada.

—Estaremos una semana solos en Hogwarts, profesor -afirmó Hermione, de cara a él.

Snape no hizo un movimiento.

—Confíe usted que transcurrirá pronto -respondió.

—Y volveremos a la normalidad -afirmó ella, en tono que parecía decir más.

—Eso espero.

Ella asintió, dando un paso al frente y él otro de costado, empezando a andar al mismo tiempo.

Alejándose del Salón de Entrada, salieron al corredor que, hacia la derecha, llevaba a la Gran Escalera, ahora silenciosa y vacía… pero Hermione quiso seguir caminando.

Snape no dijo nada. Había decidido limitarse a caminar junto a la Gryffindor, seguro que en algún momento se pondrían de acuerdo sobre cómo convivir. Y esto era lo que le molestaba del encargo de Dumbledore, este ser un seguidor, este deber adaptarse a los movimientos de la chica; aunque por otra parte, en su fuero interno, no deseaba verla lastimada. La protegería y después vería cómo lo explicaba al Señor Tenebroso.

Caminaron por la galería, atravesando la luz de la Luna, en etéreos brazos que entraban por los ventanales ojivales.

Snape caminaba con la espalda recta, viendo al frente; Hermione caminaba relajada, seria, pero su gesto era casi dulce… Sólo se escuchaban los pasos de la alta sombra de cabello lacio, y de la otra, un poco más baja, de cabello rizado, como si no fueran a detenerse.

Cruzaron un pasillo oscurecido, que cortaba aquel donde iban. A la derecha, en penumbras conducía a la Gran Escalera, ahora silenciosa y vacía… Siguieron, hasta que el pasillo no tuvo ventanales, pero desembocaba en un umbral alto y ancho, del mismo estilo gótico, agudo en su remate.

Hermione salió al gran patio, abierto a las luces de la temprana noche.

Bajo el firmamento de estrellas brillantes y Luna casi tocando una pequeña torre, Hermione caminó sobre la yerba, rodeada del muro que delimitaba la forma cuadrada del patio… Su pared, continua, estaba recorrida por arcos ojivales, como nacimientos del nivel superior, de acristaladas ventanas oscuras.

Snape la observó, deteniéndose bajo del alto umbral, en la sombra.

Hermione, con gesto serio, se detuvo de costado a él, pasos más allá, con los ojos bajos, pensativa… Una estrella fugaz recorrió el cielo, entre los astros que titilaban sobre el gesto de labios cerrados de la Gryffindor… Con la mente muy lejos, o muy cerca… Con la túnica puesta y la bufanda suelta al cuello… En el gran trozo cuadrado de cielo azul oscuro dominaban puntos estrellados entre las delgadas nubes. La Luna, un Ojo por encima de ella y de Snape, ese sábado de marzo estaba clara, excepto por un borde oscuro en su curva izquierda. Estaban a pocos días de la Luna Llena.

En lo alto, las nubes grises que se acercaban desde esa tarde, se extendían, transparentes, sobre Hogwarts… Sobre el castillo silencioso, aquel Cuarto Creciente de Selene era tan luminoso como la misma Hermione, que de acuerdo con la leyenda era de linaje real, pues Snape recordó que Granger llevaba el nombre de la hija de Helena de Troya… Y en verdad esta chica, por mucho que la detestara y que recientemente le produjera inquietud, y que en buena medida fuera un enigma para él, silencioso bajo el arco pensó lo que era claro desde hacía tiempo.

Los astros, sobre los rizos de Hermione platinados por la Luna, eran los diamantes de una corona de plata, corona para una muchacha que no se sabía princesa… Snape se dijo, de nuevo, que sin Weasley, Potter habría perdido a un excelente amigo, pero habría logrado seguir. Sin Granger, Potter estaba perdido. No se trató del añejo rencor cuando el profesor de Pociones pensó que el protagónico de esta infausta guerra no era Harry Potter, sino Hermione Granger… Ella era quien pensaba en los desafíos, descifraba los acertijos, guiaba a los tres, empujaba cuando filtraban ideas o ánimo. Ella era la del pensamiento certero y del liderazgo en los momentos claves. Podría pensarse que ella -así como la veía, mirando bajo, con ese gesto casi amargo en sus labios delgados— era la reina, Weasley la torre y Potter, el peón.

Se encendieron las antorchas del corredor que venía de su derecha, de la Gran Escalera. Rápidas, las teas se encendieron cruzando detrás de Snape y siguieron su camino por las galerías… Aun en su cantidad eran insuficientes para el gran castillo, dejando una permanente penumbra enigmática.

Ahora, con la presencia de la media luz. Snape también pensó en el cambio de la Gryffindor en estos últimos meses: Hacía bastante que dejara de ser una niña, pero en algún momento ocurrió la transformación plena y se volvía más compleja. Hoy anidaban en ella otras sensaciones y pensamientos detrás de los gestos, como la determinación de sus labios, su mirada concentrada, con un rasgo de nostalgia… Severus, condicionado a estar al tanto de ella los próximos días, se preguntó qué pensaría. Su rostro afilado muy recientemente y el cariz maduro de su gesto, aquellos rizos más libres, más sedosos con el paso del tiempo… Era una Hermione que podía acudir al Oráculo de Delfos y entender el acertijo sagrado sobre el destino de todos, en otro cielo igual de azul y de otras constelaciones… Mas Snape se detuvo, no quiso pensar en eso: Recargó un hombro en el arco, la otra mano en su cintura y, apoyando un puño casi en su tórax, vio la Luna, que reinaba sobre el patio a oscuras y apenas daba luz a las ventanas, metros arriba.

—¿Le gusta ver el cielo, profesor? -preguntó la tersa voz de Hermione.

Volvió a mirar a la chica: La luz de antorchas que salía por el corredor a espaldas de él y que ensombrecía al profesor, daba tenuemente en el rostro de la Gryffindor, en sus ojos un poco animados, en el gesto de su boca roja, sin saberse si era inicio de sonrisa, o de tristeza.

Él pensó en no responder o en hacerlo de mal modo. Con eso lograría quitarse de encima a la Gryffindor durante estos días. No obstante, le pareció una perspectiva pesada, que haría de esta forzada convivencia, un Inframundo. De cualquier modo, nadie se enteraría si trataba de ser menos amargo. Un poco. No demasiado. De todos modos no lo podría evitar siempre.

Snape miró de nuevo el cielo. Dominaba la Constelación de Orión y aquel astro más brillante que sus compañeras, característico de los cielos de la Escocia mágica, Alfa Pictoris.

—Hace quince años no miro el cielo, señorita Granger -comentó con voz que sonó potente, pese a estar casi a campo abierto, al repasar las demás estrellas de Orión-. Cuando era estudiante lo hacía. Era de esos ilusos que admiran la Luna.

—¿Por qué dejó de hacerlo? -se oyó la voz suave.

—La vida -comentó él, con aire casual, observando la Luna como a una extraña, como si no se recordara a sí mismo-. Es un camino que todos recorremos. La vida le enseñará a no perder el tiempo, Miss Granger. Ahora yo lo hago, es una excepción.

La pregunta personal de Granger no le fue extraña, como el hecho que ella le hablara... Había pasado mucho tiempo desde la última vez que hablaron fuera de clases. La voz de ella llegó clara, desde la hierba humedecida por la baja de temperatura:

—¿No siente lo mismo de entonces, profesor?

Snape negó con la cabeza.

—He olvidado cómo me sentía. Entiendo que no lo siento más.

Aquel breve momento de confidencia, pasó. Él aprovechó el silencio para preguntar:

—Señorita Granger, ¿cuándo supo que yo la protegería estos días?

—Me lo dijo el señor Shacklebolt hace una semana.

—Ya veo.

Hermione no se atrevió a preguntarle el por qué. Incluso supuso que él se enojaría, pero si así fue, no ocurrió con ella. Snape pensó que a él se lo había pedido Dumbledore esta misma tarde. Que arregló todo y se lo hizo saber al final. Esta era su manera rara de confiar.

¿Y no le molesta? ¿No está desconcertada? ¿No le parece pésima idea, como a mí, estar juntos, tan cerca? Fueron preguntas que lo cruzaron en un arrebato, pero se las guardó.

Hermione se colocó de cara a él, manos a la espalda.

—¿Qué debemos hacer, profesor? ¿Cómo espera que nos comportemos? -quiso saber.

Él se encogió levemente de hombros y entrecerró los ojos.

—No se sienta obligada a hablarme. No le pido ese sacrificio.

—No sería un sacrificio -afirmó ella, caminando en corto, mirándolo.

Snape no pareció conflictuado cuando le respondió:

—Tampoco es necesario que trate de ser amable conmigo.

Ella se encogió de hombros y negó rápida con la cabeza:

—No lo soy. Sólo creo que sería extraño ir aquí y allá, de esa manera. Como habitualmente.

—No veo el por qué -Snape no entendió.

—Sería ser como marionetas -afirmó ella-. Sería ridículo ir mudos a donde fuera. Tampoco tengo interés en encerrarme en la Sala Común de Gryffindor, para evitarlo.

Slughorn. Slughorn sí que había conversado con Granger. Snape sabía que el viejo era sagaz y que su Gran Club no se basaba en la amistad, sino en el interés y acaso la ambición. Aunque no parecía Slytherin, lo era. Él podría haberle contado cómo era Granger en una conversación casual. Así sabría mejor cómo actuar, para hacerse los días un poco inocuos. Dejando lo circunstancial y permitiéndole únicamente ocuparse de la posibilidad de ser atacados. Por esos huecos en su trato, se dio cuenta que con ella no había sido indiferente, sino que dedicaba tiempo a mostrarle antipatía.

—Haga sus actividades normales, Miss Granger. Cuando salga en las mañanas, me encontrará afuera de la Torre de Gryffindor. Estaré cerca de usted todo el día, hasta que se retire a dormir. No evitaré hablar con usted.

Ella asintió y fue quien comenzó a hacer eso que él no sabía, con su pregunta casual, yendo y viniendo en corto:

—Mañana empezará a llover, ¿verdad, señor?

—Esta madrugada. A las cuatro, puntual, comenzará la llovizna.

Como para confirmarlo, sopló una ráfaga breve de viento más fresco.

—Es decir -comentó la castaña, oteando el cielo de candilejas plateadas—, esta es la última noche de Luna.

—Seguramente. El cielo se encapotará durante esta madrugada y en los siguientes días. Las nubes cubrirán el cielo lluvioso. Lloverá más y menos. No sé por qué esta semana es más marcado. Cuando ustedes vuelven de vacaciones, el cielo se abre esporádicamente.

La castaña alzó el rostro, contemplando el firmamento constelado de luces y reinado por el satélite blanco.

—Despedirse de la Luna, entonces.

Andando en círculo, Hermione de cuando en vez le dirigía de soslayo una mirada interrogante, casi inquisitiva. Su voz producía en Snape la sensación, la noción del tiempo pasado sin conocerla profundamente.

—¿Nunca ha ido a una playa, profesor?

—¿Muggle, quiere decir? No, Miss Granger.

Hermione se detuvo de nuevo y admiró otra vez el blanco satélite, rodeado de tranquilas nubes grises.

Snape llevó una mano a un bolsillo del saco, yendo hacia la chica.

—Le daré esto -explicó él.

Hermione se detuvo y abrió una mano, pero mirando a Snape.

Al colocar el objeto en su palma, se tocaron un poco, pero esta vez fue sin querer… Los dedos de él apenas rozaron la palma de ella. Snape sintió la piel fresca, vio la mano clara de dedos extendidos en estrella.

La luz que salía por el arco ojival, bajo el cielo de estrellas titilantes y nubes en manto, dio en los ojos de Hermione, penetrantes, llenos de un repentino cambio de emoción al verlo a los ojos, igual al de la creciente Luna.

Ella susurró, en voz casi inaudible, casi como si no hubiera dicho nada, casi perdida en el susurro del viento húmedo:

—¿Qué hizo con la rosa, profesor? -viéndolo a los ojos.

—No la conservo -respondió él, en el mismo tono-. Murió pronto.

Hermione asintió, viéndose la mano.

Llevaba una pequeña piedra verde transparente, de varias caras.

—Es un Prisma Astral -explicó él-. Llévelo consigo a todas horas. Entre lo que hace, es detectar todo cambio emocional asociado con una amenaza. Si lo que fuere extraño se le acerca, el anuncio llegaría a mí, por medio del que yo llevo. De ese modo estaremos seguros.

—¿Seguros, señor?

—Seguros que también podré cuidarla cuando duerma.

Ella cerró la mano, asintiendo grave.

—Gracias, pero -lo miró-, ¿usted descansará? No quisiera que se mantuviera despierto hasta horas altas de la noche.

A Snape, escuchar continuamente como ahora la voz de Granger, le resultaba extraño. Pero lo fue más su súbita preocupación por él, su repentina calidez. Nunca habían hablado tanto fuera de clase, muchísimo menos en lo personal. Es más, nunca habían caminado juntos un tramo como el que los condujo al patio. Eso le causaba una conmoción extraña, novedosa. El que se dirigiera a él, en la frescura de la noche... Aun tomando en cuenta aquella vez de su contacto, eran desconocidos el uno para el otro en enormes episodios de sus vidas. Lo que hicieron la noche de las rosas fue una suerte de exasperación ante el mundo, una confesión por fatiga, el deseo de imaginar una historia durante segundos con quien, a final de cuentas, era compatible con el otro, pese a sus choques. En verdad, en todo el colegio, ninguno de ellos dos tenía a nadie con quien ser verdaderamente afín. Excepto entre ellos mismos. Eran muy parecidos en capacidad y valentía.

—De ser necesario, el Prisma me avisará, produciéndome dolor agudo -aclaró Snape-. Eso asegurará mi reacción. Apareceré con usted en menos de dos segundos. No ponga esa cara, el tipo de aviso del Prisma suena un poco excesivo, pero es normal. Estos objetos mágicos para urgencias tienen una lógica particular. Funcionan, es lo que me interesa.

Si el Prisma identificara otras emociones, habría brillado por una silenciosa y censurada conmoción en ellos dos. El colegio completamente vacío de otras personas, en vez de hacerlos sentir aislados, les daba una sensación de cercanía. El Prisma, de estar hecho para eso, habría brillado por las emociones contradictorias de no encontrar las razones para aquel pasado instante de creer. Por las palomas que volaron en el cielo soleado, que existió el tiempo de un suspiro. Por el tratar de no recordarlo. De todos modos, siempre fue una insensatez.

Ella asintió:

—Gracias por hacer esto por mí. Me retiraré a descansar, señor.

El asintió y dejaron el patio, andando lado a lado por la galería, siguiendo los recodos hasta llegar a la escalera de las chicas, de la Torre de Gryffindor.

Hermione subió un escalón y giró a él, todavía con el Prisma en la mano.

—Buenas noches, profesor -susurró.

Snape nada dijo a la primera, pero dio vuelta y al alejarse, respondió:

—Buenas noches, Miss Granger.