A la mañana siguiente, luego de asearse, Hermione abrió del todo la cortina al lado de su cama, revelando un cielo cubierto por nubes gris claro.
Terminó de secarse el cabello, pensando que como dijo Snape, esa madrugada había comenzado a caer el agua.
Su reloj marcaba las 4:00 a.m. cuando en la oscuridad del dormitorio, Hermione recostada, con el Prisma bajo la almohada, oyó en la ventana el suave golpeteo de las primeras, finas gotas.
De costado, tomando la almohada, se concentró en el sonido ligero tras el cristal, y pensó en la circunstancia de estar a solas con Snape en el enorme castillo…
Era complicado, porque en buena medida habría preferido quedarse con la profesora McGonagall o con Sprout, o si no era personal del colegio, con Nymphadora Tonks. Incluso el señor Shacklebolt habría sido más cómodo, porque era como un austero padre de la era Victoriana. ¿Por qué no con varias aurores? Pero con Snape…
Escuchando el rumor de la llovizna, ocultó un momento la cara en la almohada y después se colocó bocarriba, luego nuevamente de lado, y finalmente de cara a la cortina, que dejara entreabierta para ver el arribo de la lluvia… Atendieno a las gotas mojando el cristal, volvió al tema y pensó que el criterio del profesor Dumbledore era correcto, a final de cuentas: Excepto el mismo director, probablemente ni Minerva vencería a Snape en un duelo a muerte. Para vencerlo deberían necesitarse por lo menos cinco de los profesores, atacándolo al mismo tiempo. Diez aurores o más.
El posible peligro que ella corría, razón de estar en el castillo, no la intimidaba. Los conocía peores, y cada día era un riesgo, pero también había aprendido a vivir con eso. Ella era una síntesis de Gryffindor y Ravenclaw: Al encontrarse frente a amenazas reales, no se arredraba y su mente analítica funcionaba con especial claridad.
No era exactamente así en presencia de Snape. Convivir con él era una situación diferente. Era el único profesor que la intimidaba. Era el único…
Como él, no quiso pensar. Se cubrió más con el edredón, apartando toda idea. Sus ojos marrones quedaron en las pequeñas sombras fugaces de las gotas, resbalando al otro lado del cristal, y en la luz menguante de la Luna.
Snape. Qué intranquilizante era para ella. Con esos pensamientos, le costó un poco conciliar el sueño.
Cuando esta mañana se aseó y volvió a vestirse con el uniforme, más túnica y bufanda, le añadió guantes y tomó un pequeño paraguas, más el libro que leía ayer.
Al salir a la Sala Común de Gryffindor se preguntó por primera vez cómo haría con la alimentación -no se había preocupado por eso-, pero halló un servicio en la mesa. Una nota al lado informaba que lo preparó una elfina y Snape lo conjuró a la Sala. La chica experimentó alivio, pero se preguntó: ¿Dónde almorazaría él? Posiblemente en su habitación. Consideró que él no tendría problema de hacerlo en la cocina. No era un hombre delicado.
Poco más tarde, dispuesta a bajar, al tomar sus cosas se apresuró repentinamente, experimentando emoción, de la que no fue consciente sino hasta que se detuvo frente a un espejo y vio su propia leve sonrisa.
La expresión cambió a una de triste desconcierto al detenerse, todavía mirándose. ¿Qué le pasaba?, se preguntó.
La respuesta le fue obvia. Se había puesto… alegre…
Se había puesto alegre pensando que vería a Snape.
Su expresión cambió a la de anoche: Otra vez pensativa y de nuevo viendo abajo, a un lado.
Colocó una palma sobre la otra, mirándose los dedos de la mano de arriba. Sus labios se entreabrieron en lo que se diría triste frustración.
Negó con las manos, alejando todo pensamiento, y dejó la Sala, tomando paraguas y libro.
Cuando bajaba de la Torre encontró a Snape aguardando al pie de la escalera, de costado, llevando un puño en la cintura y en la otra mano, la negra varita de corazón de dragón.
—Buenos días, profesor -lo saludó ella, bajando sin prisa, los últimos escalones.
—Buenos días, Miss Granger -respondió él, sin dirigirle una mirada.
Adaptado a la idea de seguir a Granger y en el acuerdo de no evitarse para hablar, la acompañó por el castillo, hasta que pasos más allá quiso confirmar:
—¿Trae consigo el prisma?
—Sí, profesor- asintió ella.
Aparte de esa pregunta y de llevar la varita, Snape no daría la impresión de estar en guardia. Hermione pensó que llevando la varita él era como un espadachín de la época Tudor, relajado, pero atento alrededor, que entraría en talante sólo de necesitarse.
Caminaron teniendo aulas cerradas a la izquierda, por pasajes menos tibios que de costumbre. Los techos se sucedían de nervaduras de roca, iluminadas por la luz a su derecha, que cruzaba los vitrales de una serie de altas ventanas rematadas en pico.
Hermione se detuvo frente a una de ellas. Snape se colocó a un costado de la castaña. El rocío del otro lado perlaba el cristal.
—Es un abril de neblina -opinó ella.
Snape asintió, lentamente.
—A esta hora contemplaría la lluvia desde mi casa -consideró Hermione-. En Londres llueve más pausadamente en esta época del año. El cielo es menos impresionante.
—Comprendo.
—Y estaría pensando en distraerme, en reencontrar la calidez de la vieja rutina familiar, con mis amados padres, desconocedores de la verdad de todos estos problemas -añadió ella, como para sí, pero volvió-. Usted, ¿piensa mucho en la guerra, profesor?
—Sólo en lo que… me concierne.
El perfil de ambos, a la luz de la mañana lluviosa a través del cristal mojado, tenía de fondo la piedra marrón vivo del corredor y sus columnas agudas.
—¿Nunca teme, profesor? -ella frunció el ceño de curiosidad, acaso de dolor— ¿Nunca se inquieta, nunca duda del final?
Snape alzó una ceja.
—Todos temen, Granger. La ausencia de temor viene de no comprender el peligro. Las dudas y el temor son parte de una crisis. Los valientes se mantienen en medio del peligro, a pesar del temor.
Ella lo pensó.
—Yo temo, especialmente por Harry y Ron -con el último nombre bajó un poco la voz-, más por ellos que por mí. No puedo negar que ese sentimiento me sorprende en ocasiones. Lógicamente debería importarme yo en primer lugar, pero en los hechos, estoy al cuidado de ellos.
Snape asintió. Entrecerró los ojos, cavilando, y afirmó:
—Eso suele suceder a los valientes, Granger. No se embrolle por eso. Necesita entender más su generosidad, eso es todo.
El elogio hizo mella en Hermione, que bajó un poco la cabeza, miró el cristal y pasó un dedo sobre él, dibujando en la superficie empañada… no supo qué. El dibujo de las emociones encontradas. Un boceto de las nubes de lluvia en su interior. El dibujo de querer decir, sin saber cómo. El intento de aprender a escribir un lenguaje sólo conocido por ella, para comunicarlo. Su voz se hizo más baja:
—Y ¿no teme por usted, profesor? Yo… pienso que de todos, usted es el más solitario. Creo que eso puede ser una fuerza para alguien como usted, sentir que no necesita preocuparse por otros. Pero, ¿y si es herido, si se encuentra en un atolladero? ¿Quién verá por usted?
Fue el comentario más firme de él en ese rato:
—Estoy de acuerdo con lo que me sucederá.
Ella giró la cabeza a él, repentinamente... Aquello sonó sin vuelta de hoja, una sorprendente revelación no en el detalle, sino en el talante. Podía significar lo que fuera, pero el tono sugería mucho. Como había dicho ella a Harry ayer, e insinuado en otras oportunidades, no creía que Snape fuera un malvado. Aunque en otros sentidos lo fuera a la perfección.
Snape la miró a su vez: Los ojos sorprendidos de la chica posados en él, sus labios entreabiertos, aquel dedo todavía en el cristal.
La luminosidad de la mañana, a través de las ventanas, daba especial viveza a la piel sonrosada de Hermione, resaltada por las vueltas de la bufanda, con sus franjas vino, oro como el de sus rizos.
La mirada de Snape cambió por un segundo. Un lento parpadeo, un casi imperceptible fruncir el ceño: La asombrada mirada de Granger recogió, en su marrón un poco claro, algo de los brillos de abril.
Él no hizo movimiento, pero pasó de los ojos a los labios de Hermione, y de vuelta a sus ojos.
Ella, como en súbito nerviosismo, volvió la cara al garabato que trazaba en la ventana y su voz sonó tratando de disimular:
—La lluvia escocesa es infatigable, como un diluvio, ¿verdad?
Snape volvió a ver por la ventana.
—Estamos a setecientos kilómetros de Londres -comentó él-, el clima cambia un poco en largas distancias. Es lo que sé. Nunca he estado en el Reino Unido.
Volvieron a caminar. Ella tenía un pequeño plan. Cuando le dijeron que podía existir una amenaza contra ella, luego de analizar sus posibilidades y formas de resolver el hecho y sus eventualidades, Hermione había pensado que su estadía en Hogwarts podía ser una oportunidad en otro nivel: El de conocer un poco más el colegio, en el sentido de ir a sitios donde estuvo poco a lo largo de su generación de estudiantes, quizá algunos que desconocía del metamorfoseante castillo.
Snape y ella caminaron por galerías y pisos. Como yendo por un museo, escuchándose la caída de la lluvia afuera, la Gryffindor se detuvo frente a hileras de retratos, viendo con detenimiento la vida que cobraban las imágenes de magos y brujas, naturalezas muertas y paisajes, aristócratas y otros personajes que pasaron por los siglos de vida de Hogwarts. En el tercer piso, acompañada de Snape admiró los trofeos relucientes en la oscuridad; pero también quiso pasar por la galería de armaduras y ventanales intercalados, por donde fluían ríos de agua taciturna.
Fue una caminata larga. Hermione y Snape en el silencio de la fortaleza vuelta escuela, acompañados por el rumor del constante rocío; apenas roto por comentarios de ella y de él.
Llegaron al Departamento de Transformaciones, donde la luz era más fuerte. La serie de columnas lisas que sostenían falsos arcos dibujaban aquella U donde, metros más arriba, tragaluces con herrería en forma de rombo obsequiaban el tenue brillo del cielo nublado, imprimiendo al escritorio, los pupitres, un aire secreto extendido por el recinto.
Con el paraguas colgando de una muñeca, le preguntó, arrancando un eco al amplio Departamento.
—¿Podemos salir, profesor?
Él lo pensó.
—Mientras sea a uno de los patios, creo que no hay problema.
Otra caminata y salieron al Patio del Viaducto, abierto a la pequeña ventisca. El frío era más intenso y los hizo exhalar vapor al respirar. El rocío entraba insistente por el umbral de la torre.
—No tiene con qué cubrirse, profesor -se recriminó por notarlo hasta abrir el paraguas en el umbral; pensó en compartirlo.
—No se preocupe por eso -respondió él, saliendo al patio primero, para vigilar.
Ella se protegió con el paraguas al salir a las mojadas baldosas. La llovizna caía sesgada, muy leve, en rocío copioso. Corrían repentinas ráfagas frías.
A los pocos pasos se percató que Snape no se mojaba: Como si llevara un aura donde la lluvia desaparecía; debía usar un hechizo muy práctico.
Hermione se detuvo en el centro de la cruz del piso, apenas haciendo el paraguas un poco hacia atrás, entrecerrado los ojos por la brizna que caía.
—Es un día impresionante, profesor.
Snape también contempló alrededor.
El ancho firmamento se cubría con una sola gigantesca nube gris, clara por la luz amortiguada a su través. A lo lejos, las montañas más elevadas tenían lenguas de neblina en sus cimas. La bruma también subía, desde la profundidad, por las orillas del puente, pero sin esconderlo. Viendo atrás, las construcciones de Hogwarts donde no había nadie y la elevada torre adquirían un tono oscuro, empapadas por la llovizna.
La brisa tocó la mano enguantada que sostenía el paraguas, así como el rostro serio de Hermione, sus mejillas y labios, humedeciéndolos al girar a Snape y comentarle, a causa del paisaje.
—De pronto me alegra estar en Hogwarts durante vacaciones, señor.
Snape le devolvió el vistazo y asintió, mirando alrededor:
—No todo ha sido malo, entonces, Miss Granger.
Ella echó a andar, girando a él la cabeza un segundo, para pedirle que fuera con ella.
Snape lo hizo y entraron a la larga arcada techada, surcada por los arcos nervados característicos de la arquitectura del castillo gótico. Poco más allá, Hermione se sentó, cubriéndose boca y labios con la bufanda, abriendo el libro sobre su regazo, y comenzando a leer.
Lluvia de abril. Hermione sentada estudiando su libro, y Snape protegiéndola, puño en la cintura y varita en la otra mano, andando, en el pasadizo de roca gris, olorosa a humedad, en la mañana lánguida.
Transcurrió un rato hasta que Hermione, sin levantar la vista del libro, comentó:
—Es muy agradable aquí. ¿No le parece, señor?
—Si estuviera con otra persona…
Snape se calló. Eso se le escapó, lo dijo sin pensar. Ya sabía que no siempre lograría ser inocuo. Optó por no decir más y ver a lo lejos.
Hermione no dejó de leer y preguntó, con tono informal:
—¿Por qué, profesor? ¿Le desagrada estar conmigo?
Leve ventisca avivó la mañana, desde la neblina que ocultaba al Bosque Prohibido.
—No haga caso, Granger. No puedo evitar esas reacciones. Estoy muy hecho a ser desagradable.
Ella no despegaba la mirada del libro, pero una sonrisa aleteó en sus labios bajo la bufanda bicolor.
—Así nació.
Snape captó la ironía. La miró, asintiendo, alzando las cejas.
—Vaya… Gracias, Miss Granger.
—De nada -respondió ella con esa pequeña sonrisa, leyendo. Sus ojos también sonreían.
Al cabo de un rato, él quiso saber:
—¿Por qué deja abierto ese objeto protector? Nadie se cubre con él, a no ser el suelo.
Ella volteó al paraguas, bajándose la bufanda de la boca.
—Oh… es para que no se le hagan orificios, señor, si se le cierra mojado, se arruina.
—Extraño invento.
—Uh, sí… los muggles son ingenios…
Ella no supo cómo fue.
En un segundo, Snape se interpuso entre ella y algo invisible, colocándola con una mano a la espalda de él, protegiéndola con su cuerpo y extendiendo el otro brazo a través de los arcos. De su varita salió un chisporroteo hacia lo alto de la torre; el crujido del largo rayo del encantamiento cruzó la llovizna.
Boquiabierta tras el profesor, Hermione veía a todos lados tratando de entender, con la sien apoyada en la firme espalda de Snape, y de la túnica sacó su varita.
