Hermione asomó por la espalda de Snape, buscando la amenaza, pero el profesor relajó los brazos. sobresaltando a la castaña cuando él gritó hacia la torre:
—¡Estúpido…!
De una de las muchas ventanas, destacada porque de su borde inferior brotaba perezoso humo blanco, asomó un par de manos desarmadas, como marco de una gran cabellera que asentía, conciliadora.
Hermione recargó la cabeza entre los omóplatos del profesor, suspirando de alivio. Inclinó un poco la cabeza y la volvió a apoyar en la espalda de Snape, parpadeando lento, como si súbitamente quisiera sentir la firme espalda de su guardián.
Mas no lo permitió a sí misma. La chica se sentó a un lado de él, sonriendo cansina, pues había reconocido al de la torre, como el profesor, que gritó usando un Sonorus para que lo oyeran allá arriba:
—¡Hagrid! ¿Qué te ocurre, troll malnutrido, te das cuenta que pude matarte?
Un segundo vistazo de ella le mostró a Hagrid asintiendo y uniendo las palmas, como en rezo muggle, recibiendo la riña de Snape. Éste agitaba un puño a través del arco, y con el vozarrón del Sonorus deseó al semigigante dos o tres muertes horrísonas, cuatro enfermedades letales contagiadas por el lobalug babeante y la maldición del opaleye de las antípodas.
Sentada a su lado, Hermione sonreía al oír a Snape. Pobre Hagrid, pensó. Por mucho que el peligro se haga costumbre, un susto es un susto o no tendrías mecanismo de reacción; aunque uno que termina de esta forma no dejaba de tener un lado amable para ella. Pidió a Snape:
—Profesor, dele un respiro… Es claro que Hagrid trataba de colaborar en mi protección…
Snape, asombrado, la miró, luego a Hagrid, luego a ella y luego a Hagrid, en ese orden, todavía muy molesto.
Al final, volvió a lanzar el Sonorus y explicó al semigigante que de volverlo a ver, lo colgaría de la Torre del Reloj para que diera los campanazos con la cabeza.
Un poco desahogado, el profesor se sentó junto a Hermione, viendo al frente.
—¿Le preocupó que fuera un ataque real? -quiso saber Hermione, volteando hacia él.
—Me preocupó que pude herir de gravedad a ese tonto.
La Gryffindor entrecerró los ojos, estudiándolo con nuevo interés. Así que pese a su ira, él se preocupó mucho por Hagrid.
Hermione le posó una palma en una muñeca.
—No se preocupe, profesor -invitó, comprensiva-, por fortuna no ocurrió nada.
Él ya no estaba violento, sino que con la calma de antes, se levantó, girando la muñeca levemente, apartando la mano de Hermione.
Dio unos pasos allá, quedando de espaldas a ella, que se levantó preguntando, serena:
—¿Lo ofendí, profesor?
Los arcos con líneas entrecruzadas se repetían al costado de Snape, trasluciendo el cielo brumoso.
—No veo necesario el que me toque -aclaró él.
El desánimo del gesto de Hermione hizo sentir su pregunta como confidente:
—¿Por qué, señor? ¿Me teme?
Snape se apartó los mechones de la frente con una mano.
—Cómo se atreve a decirme eso… -sonrió, despectivo.
—Entonces no veo por qué comportarse como si mi mano le quemara.
—No es una conducta profesor-alumna.
Ella asintió, con irónico aire sumiso:
—Oh… ya veo… claro…
Snape mostró estar buscando un pretexto para atacarla, ¿sería para borrar la sensación del toque de Hermione en su muñeca?
—Además, lo que acaba de suceder es su culpa, Granger.
Ella se señaló.
—¿Yo, profesor? -abrió los brazos, ofendida- ¿Yo qué culpa tengo que usted sea iracundo?
—¡No me califique!
El tono de voz se elevó una nota:
—¡Yo, profesor? -ella se incomodó- ¡Yo no lo califico, usted se califica solo, con su actitud!
—¡Modere su tono, Granger, o me largaré y tendrá un problema!
A varios pasos uno del otro, se vieron enfrascados en una discusión como guerra de baja intensidad, pero muy expresiva.
Ninguno de ambos podía abandonar el castillo. Snape se puso a despotricar y al tiempo de su retahíla, Hermione se señaló de nuevo, hablando a su vez, viendo al techo como si declamara y con la otra mano extendida. Ninguno entendía lo que decía el otro oyéndose como un murmullo caótico:
—… es mi culpa, es mi culpa, profesor… ya sabe, los Gryffindor somos culpables de haber nacido... tooodos así como a usted le encanta hacérnoslo saber… yo no sé por qué los alumnos de Hogwarts no son sólo Slytherin, quién sabe por qué no es la única Casa si son el ombligo del planeta, está bien, felicitaciones, felicitaciones, se lo digo sinceramente, profesor, no hay problema, quédense solos en la galaxia, total, los peores asesinos vienen de Slytherin, viviendo ustedes solos en el mundo se van a exterminar entre sí y después los demás saldremos de nuestras madrigueras para seguir equivocándonos, pero muy felices, créame…
Callaron al mismo tiempo, Snape se dio lentos golpecillos en un muslo, con la varita.
—Esta será una semana difícil… -dictaminó.
Hermione lo estudió y cambió a una tranquila sonrisa:
—¿Y si me perdona?
Snape inclinó la cabeza a un lado, frunciendo el ceño:
—¿De qué me está hablando, Miss Granger?
Ella se encogió de hombros, con mirada indolente.
—¿No es lo que quiere, señor? ¿Qué me culpe porque Hagrid asomó por la torre?
Snape lo consideró dos segundos, un Moloch de tiempo para su rapidez de reacción, y rumió, desabrido:
—Tiene usted el extraño don de hacer parecer como tontería, toda idea que no sea suya.
La ironía agradó a Hermione y le dio una sensación de poder, que la hizo proclive a un calmo sentido del humor. Además, la pasada tensión de Snape no fue sólo por Hagrid. Cubrirla con su cuerpo, mostró lo que estaba dispuesto a hacer por ella.
—¿Sí, profesor? -la castaña, sonriendo, lo miró a los ojos- ¿Me perdona?
Snape se vio dudoso en su reacción. Al final dio vuelta y arrancó hacia la salida del patio.
—¡Vamos, profesor! -rio Hermione, sin quitarle la vista de encima, recogiendo el paraguas y su libro- ¡Seguro que puede hacer el intento!
Hermione caminó junto a él, cubierta por el paraguas, rápido por las baldosas donde se juntaba el agua por la llovizna que saltaba aquí y allá. La bufanda de ella aleteó, así como la túnica de su uniforme.
—Vamos, profesor Snape -sonrió Hermione, juguetona, observando el perfil de él- ¿No piensa perdonarme?
Él no respondió, andando rápido.
—Si le preocupó lo de la torre, ¿por qué aceptó salir? -preguntó ella- ¿No teme que nos ataquen desde el cielo?
—El castillo tiene un escudo aéreo protector.
—¿Señor? -se intrigó ella, viendo arriba por un segundo- ¿Cuándo lo colocó?
—Fue la profesora McGonagall, anoche -respondió hosco, espalda muy recta-. Ahora déjeme en paz.
Snape cruzó el umbral de la Entrada del Viaducto, yendo a paso veloz hacia las escaleras, enmarcadas por el par de altas columnas. Hermione lo seguía, con un pasito veloz. Se dijo que él estaba más preocupado por ella que por sí, pero no se le notaba. ¡Qué bien disimulaba! ¿Qué más ocultaría? Experimentó repentina curiosidad y quiso ver hasta dónde resistía él. Al día de hoy, sus enojos le importaban un pimiento.
El opaco exterior colado por los vitrales sobre la escalera, por donde Snape subía, contrastaba con las luces blancas del vestíbulo, rodeándolos de un aire recóndito. El paraguas de ella dejaba un río intermitente junto a las huellas mojadas de Snape, en las gradas que conducían al Corredor Tapizado.
Snape subió los escalones de dos en dos, seguido de Hermione. Prefirió evitarse ver su sonrisa que invitaba a dejarse convencer, y se apresuró, alcanzando el pasillo y doblando a la derecha. Poco más adelante volteó y vio a Hermione saliendo por el umbral, trotando, con aquella sonrisa traviesa.
—¡Vamos, profesor! ¿Me perdona? ¡Haga el intento!
Snape apresuró. Llevándole varios metros de distancia escuchaba el sonido de los pasos de Hermione, un flap-flap por sus zapatos de bajo tacón, amortiguados por el tapiz del suelo. Tratando de no oírlos más cerca, él aceleró, pasando entre la enorme hilera de retratos y frente a su propio armario, dejando atrás marcos de madera, imágenes en movimiento, rápido, sobre los intrincados dibujos del tapiz.
El rocío pertinaz lo recibió de nuevo, cuando salió por el umbral redondeado, al puente de piedra, a cielo abierto.
Andando unos pasos hacia atrás, un contrariado Snape descubrió que Granger lo seguía, protegiéndose con el paraguas y con aquella sonrisa contagiosa. Era la primera vez que la veía sonreír en bastante tiempo, de hecho en este mismo lugar, donde tiempo atrás ella hablara confidencial con Potter y Weasley. Era la sonrisa… El profesor volvió a darle la espalda, sin relajar.
Alrededor del elevado puente, las altas construcciones secundarias adosadas a las torres, éstas de ventanas con biombos de madera cerrados y de escaleras clausuradas, mostraron su roca empapada. Hermione con el paraguas abierto, iba insistente tras Snape, para quien el chasquido de los pasos de la Gryffindor en los charcos de agua no sonaban a pedirle que esperara, sino a saber que ella lo alcanzaría tarde o temprano.
Él salió al otro corredor, pero al cabo de unos pasos se halló en un cruce en equis. En buena hora al castillo se le había ocurrido mutar. En el centro de la equis encaró casi todos los caminos, ceñudo, girando de uno a otro, izquierda, enfrente, atrás -no, atrás venía Granger- y eligió el de la derecha, a zancadas secas, varita en mano, pensando que por ahí hallaría la escalera que buscaba.
Las pisadas de la Gryffindor en el corredor solitario, rápidas y suaves, hicieron sentir a Snape que le faltaban fuerzas para ir más veloz. Se le estaba olvidando la razón de haber discutido con ella. Pero no se detuvo.
No trataba de abandonarla, sino de tenerla a distancia, y así subieron y bajaron escaleras, Hermione atrás de Snape, con esa sonrisa segura de sí, ambos dando vuelta en desviaciones, intersecciones y frente a aulas selladas o salones no utilizados en ochenta años.
¡Un momento!, se dijo Snape. ¿Por qué debería alejarse él? Repentinamente dio vuelta, a pasos rápidos y moviendo los brazos como corredor de maratón, un director de orquesta dispuesto a poner un escarmiento a una violinista indisciplinada. Granger iba a aparecer en el umbral de la izquierda.
En efecto, así fue. Hermione salió, primero viendo en sentido contrario, con paraguas y libro en la misma mano, y al girar casi se dio de frente con Snape. Sobresaltada, la chica se cubrió la boca con ambas palmas al tiempo que saltó y gritó un:
—¡Ah!
Snape fue tras ella. Granger caminó rápido y enseguida trotó.
Apresurándose, pero haciendo más aspavientos al caminar que siendo efectivo, él contempló el agitarse de los cabellos de la chica y el revolotear de su túnica.
Perseguida por Snape, Hermione miró atrás y le regaló una suave risa, cálida y divertida.
Aunque su gesto siguió impávido, Snape volvió a sentir aquello que no quería. Avanzó unos pasos, percibiendo que la alcanzaría y entonces no sabría cómo comportarse. O sí. Y pensando que la había asustado lo suficiente y eso le daría diez segundos de serenidad, cortante tomó una escalinata en caracol que bajaba, cuando a los dos peldaños regresó, pues se topó con McGonagall, que subía, alzando con ambas manos apenas el borde de su falda sobre los tobillos, para no enredarla con los tacones.
Snape se detuvo secamente en el umbral. ¡Sólo faltaba que lo descubrieran persiguiendo a Granger!
Colocó ambas manos en las paredes, ocultándolas, más allá del marco del umbral.
Minerva alzó los ojos y vio a Severus bloqueando el paso, deteniéndose.
—¡Profesor Snape! -alzó la cara, asombrada-, ¿qué hace aquí?
—Colocando encantamientos protectores -mintió, con voz nasal.
Suspicaz, McGonagall vio las manos de Snape ocultas más allá del umbral.
—¿Qué tiene ahí, profesor?
Visto por la espalda, Snape tenía una manga sujeta por una risueña y un poco jadeante Hermione, apoyada de espaldas en esa pared. Definitivamente pretendía ponerlo en tensión. Él no podría estallar. Se había comprometido a ser tratable.
—Como le digo, profesora McGonagall -insistió Snape-, aplico encantamientos.
—Pero si yo lo vi a usted desde mi habitación esta madrugada, aplicándolos alrededor de Hogwarts… Y aprovecho para felicitarlo en su dedicación a la señorita Granger -avanzó dos peldaños- Ahora, si me permite…
—Imposible pasar -se acomodó de nuevo, con escasa convicción-, está copado, en verdad lo siento.
—Esto no puede ser…. -protestó ella, deteniéndose con suave indignación- Profesor Snape, cómo es posible…
—Órdenes del profesor Dumbledore -carraspeó-. Lo siento.
—¿Quiere decir que debo dar la vuelta?
—Lamentablemente. Yo mismo bajaré por aquí.
—Y pretendía pasar por unos objetos y posteriormente despedirme de la señorita Granger y de usted. Como no se me ha requerido, decidí dejar Hogwarts en diez minutos. ¿Dónde está ella?
—Ella…. estudia en una de las aulas. Le daré sus saludos, profesora McGonagall. Y le agradezco muchísimo.
Indignada, recogiéndose imperceptiblemente la larga falda, Minerva emprendió el regreso.
—Esto es inaudito… Hablaré con Albus…
Al dejar de oír los pasos de Minerva en las vueltas del caracol, Snape volteó hacia Hermione, haciendo movimiento de zafarse de su mano, pero ella lo soltó antes, limpiamente. Él se alejó. Siguiéndolo, la castaña pasó frente al umbral de la escalera, viendo un segundo por si volvía McGonagall, y después volvió a Snape, quien le avisó.
—Necesito recoger un objeto mágico de mi despacho. No iremos a pie.
—¿Y la restricción de usar magia en el colegio? -lo alcanzó.
—La derogo temporalmente ahora mismo.
Al siguiente segundo, aparecieron en el despacho de Snape, quien se dedicó a buscar en unos cajones.
—Posiblemente necesitemos la Linterna Mágica que tengo guardada -comentó Snape, dejando a Hermione cerca del reducido librero.
Ella había estado una vez ahí de contrabando, y en alguna otra ocasión. Diríase invitada por Snape al traerla, ella experimentó gran curiosidad por ver alguno de sus libros especializados. Le pidió permiso de revisar los tomos -se había divertido hace rato con él o por él, pero no deseaba abusar-, y Snape le dijo que podía, buscando el objeto al fondo, en unas gavetas.
En vez de tomar uno de los libros más cercanos, Hermione usó la varita para bajar el Teoría de la Cuadratura Circular de Sustancias.
Colocándolo en la mesa de trabajo, ocupada de calderos vacíos (no limpios, porque los calderos mágicos no se lavan, la capa que se les forma incrementa su poder), lo abrió no tanto al azar, sino llevada por un separador entre las páginas. Ella pensó que era un método más cómodo que el de ella, consistente en poner un dedo entre las páginas en las pausas cortas, o de memorizar el número en las prolongadas.
A Snape le llamó la atención el repentino, notorio silencio de Granger. Se disponía a tomar la Linterna cuando la pregunta de la Gryffindor, y más, su matiz de voz, le produjo una secreta alarma:
—Profesor… ¿le puedo hacer una pregunta?
—Como si algo la detuviera, señorita Granger-se enderezó alzando el objeto.
—Me dijo que la profesora Minerva aplicó los encantamientos alrededor del colegio.
Él refunfuñó.
—En efecto.
—Sin embargo, la oí decir que fue usted.
—¿Cuál es la pregunta, Granger?
—¿Por qué no me dijo que fue usted, señor?
Él asomó:
—¿Qué quiere decir, Gran…? -se interrumpió al verla
Hermione sostenía en una mano, una rosa.
La había sacado del libro.
Severus no supuso que ella elegiría uno de los de arriba, ni que tomara justamente ese libro.
Era inconfundible. Por detalle de la profesora Sprout, a cada rosa se le había colocado un anillo de papiro, para mayor belleza.
La rosa que tenía la Gryffindor mostraba en su anillo:
Noche del Fuego Vivo. Primer Lugar en Mérito. Hermione Granger.
Era una rosa del ramo entregado a ella en la ceremonia de hacía meses, junto con el diploma. Entregado por él.
Snape apretó los labios y soltó un suspiro de contrariedad. Suspiro de estar en la peor situación para él: haber sido atrapado.
Alzando la seca rosa a la altura de sus hombros, la expresión de Hermione era seria, un poco doliente. Un mucho sin máscara:
—Usted… la conserva… La conserva, profesor, no se deshizo de ella. La conserva.
