Snape no encontró sentido en estallar. Tampoco en ser indiferente, ni sarcástico. Aunque sentía la inclinación a reaccionar así, ¿quién sabe?, era culpa de la lluvia, que en la mazmorra llegaba en vueltas de leve ventisca por la escalera.
Para él, fue igual a ser atrapado en el curso de un delito, con tan clara evidencia que protestar era inútil. Quedó del otro lado de la ancha mesa de trabajo, frente a Hermione, y comentó en tono tranquilo, neutro:
—Temo que ya lo ve, Granger.
Ella bajó cabeza y mirada, adelantando un poco la mandíbula... Rodeada de frascos, calderos y libros al jugar la rosa entre sus dedos. Se le vio melancólica, empecinada...
—¿Por qué la guarda, profesor? –lo interrogó de nuevo, con matiz grave, haciendo ese mohín casi de niña, adornada su boca con sus rizos claros, casi reprochándole que él hubiera negado que la conservaba.
Snape notó las ondulaciones claras rodeando el carmesí de los labios de la chica... Y otra vez en su tórax revoloteó aquel ir y venir de sentirse tocado por la belleza, por el talante de Hermione, que lo llevaba a recorrer sus facciones con la mirada y encontrar que cada detalle le era placentero.
Mas no se lo dijo. No le habló de la fuerza en la obstinación de su pregunta, ese interés repentinamente revelado. No le habló de su tocar la rosa con dedos que a Snape le parecieron de nuevo, delicados y hermosos... Ni de sus labios entreabiertos y pestañas bajas, como las de quien rescata una imagen perdida del corazón.
Por eso, Snape no respondió hiriente. Porque desde hacía un tiempo, Granger tenía sobre él un hechizo... En el Patio del Viaducto le comentó que ella tenía el extraño don de hacer parecer tonto lo que dijeran otros, pero eso fue una salida. Las capacidades de la Gryffindor con él eran extraordinarias. Hermione tenía el extraño don de haber llegado a él como sin querer, en la bruma de una sorpresa, en el fluir de la noche, en un derribar muros con el mismo talante con que lo persiguió por el puente. El don haberse quedado, al compás de la lluvia.
Aunque no era sencillo. Aun si no fuera complicado responder por qué él conservaba la rosa, Snape había pensado antes que no existiría razón para contestarla: No veía cómo la respuesta podía modificar nada. No existía manera de salvar la distancia entre ellos. Él no conocía el conjuro para ser algo diferente para esa chica. Granger podía haber anidado en él durante estos meses, pero él no veía cómo ser lo mismo para ella.
—¿Por qué la guardé? –él repitió la interrogante.
Hermione asintió, removiendo el tallo de la flor entre los dedos delgados de su blanca mano, con suavidad, sin agitar demasiado los pétalos, resecos por meses de estar en medio del libro. Tocaba la rosa como si protegiera el recuerdo. Al igual que él hizo, aunque Snape no quisiera confesarlo.
Snape pasó la mirada de los labios rojos, a la mandíbula un poco adelantada de la Gryffindor.
—Eso le pregunté –insistió ella, con el mismo gesto pertinaz, en reclamo suave.
Hacía meses, había quedado atrás el acto lógico de Snape de no permitir que se le hablara de ese modo. En este instante, cualquiera diría que ente ellos existía más... Pero nadie tendría pruebas. Snape se sintió en la soledad al atender las pestañas de Hermione, la carnosidad de su labio inferior, las columnas ensortijadas de sus cabellos en torno de su rostro.
No obstante, pese a sentirlo, a percibirse atraído hacia Hermione por no tener mayor defensa desde aquella noche, Snape no hizo un gesto. Reprimió las formas que pugnaban por cobrar fuerza en sus palabras. No lo confesaría.
¿Cómo podía hacerlo? Miss Granger, trató en su mente. Pensé tirar esa rosa al llegar al despacho, pues vine aquí al salir de esa reunión. Peor todavía, llegar al despacho sería mucho tiempo. Pensé devolverle esa rosa. Pensé dejarla caer más allá. Pero la atrapé cuando me la lanzó, porque lo sabía antes de darme cuenta: Aunque no quise creerlo, intenté decirle que no me arrepentía de lo sucedido... La urgencia que tuve al salir del Gran Salón era la misma urgencia de quedarme por usted... Al irme, también supe que por mucho que me alejara esa noche, esa misma noche una parte de mí quedaba unida, unida a usted. Unida en el imaginar. Unida en el deseo de hacer. Aunque después yo pensara que era imposible.
Y como tampoco era la razón completa, lo que dijo, fue:
—La guardé, Granger. La guardé porque sus espinas se clavaron en mi mano.
Ello puso un gesto significativo, preocupado, volviendo a verlo:
—¿Las espinas de la rosa, o las mías?
—Lo he olvidado.
Ella preguntó, con voz de terciopelo:
—¿Le dolió tanto?
—Eso no importa, Granger.
—Pero... ¿cómo no va a importar? –quiso saber, llevando la mirada por el rostro de Snape, separados por la mesa de trabajo, pero a la vez, cerca uno del otro...
Él mantuvo la distancia, con su voz.
—Si no se piensa, no se siente.
—Es un método –sonrió ella, parpadeando lentamente.
—Tan bueno como cualquiera.
—Supongo que sí –Hermione volvió a atender la rosa que ella le diera.
Snape encontraba imposible no mirar a Hermione... No era necesario hacer aspavientos. Sucedía sin remedio. Una vez frente a ella, esperar que no le provocara emociones era pedir al Sol que no saliera, a la Luna que se detuviera... Aunque siendo honestos, tampoco deseaba pensar... A Snape le dolía pensar, como por un tiempo le dolió respirar... No le diría si deseaba tocarla de nuevo, pero recordó cuánto pensó, cuánto deseó sentirla otra vez como esa noche, aunque fuera una locura. Ese desvarío era una puerta entreabierta por donde brillaba una luz de noche y de estrellas, sujetándolo al recuerdo de la Gryffindor.
—Puede ver que la guardé, Granger, es obvio. No obstante, aunque la vea, no debería suponer nada. Ni aun en el supuesto -que no lo es-, de que hubiera una razón importante. Ni aun así bastaría para que significara algo.
Por la escalera de caracol bajaba la ventisca de lluvia, de soplos de otro tiempo, acaso una utopía.
Hermione fijó en Snape su mirada melancólica, cuando lo puso en duda:
—¿Cómo no sería suficiente, profesor? ¿Cómo no bastaría con sentirlo? ¿Con sentirlo, para que fuera verdad?
Snape rechazó esas preguntas con un movimiento de cabeza
—No solamente lo digo yo, Granger.
Hermione no se movió, excepto los dedos de ambas manos en el tallo de la rosa y su arquear las cejas. Sus cabellos ondulados insistían en enmarcar su boca. Le preguntó sin verlo:
—¿Por eso ya nunca quiso hablar?
— Si usted recuerda...
Estaban hablando en completa confidencia. Sus tonos de voz eran íntimos, absolutamente diferentes de lo que cualquiera les oyera jamás.
—Yo sí lo deseaba –afirmó ella, sacudiendo en corto su cabellera, al negar-. Habría sido...
Snape se apartó un mechón de la frente, con un movimiento de cabeza.
—Habría sido...
De pronto, envuelto en el perfume de ver a Hermione –la bufanda bicolor, la túnica, la rosa en sus dedos, los matices de su la voz–, Snape se preguntó cómo había logrado olvidarla... Cómo aquella locura, clavada en su pecho, no le arrancó también el corazón al desprenderse las raíces que Granger había echado en él... Enraizada en un suspiro. Enraizada en una mirada en el claroscuro.
Acaso Snape sintió revivir ese pasado y tuvo miedo; acaso lo sintió volviendo a despertar con el resplandor de un diamante que alumbraba una rosa, haciéndole abrir pétalos con las gotas de lluvia fresca. que eran los ojos de Granger, los labios de Granger, la risa de Granger, la expresión de su rostro... Sobre todo, por ser ella... Esa combinación perfecta del ensueño y de la realidad. Como sacada del fondo de las ilusiones de Snape... La combinación perfecta, desde el sentarse de Granger con la espalda recta y un libro en su regazo, en una cortina de brizna, hasta su voltear corriendo hacia él y reír, pasando por su dibujar quimeras en un vitral... Por eso es que no bastaba, pensó, porque no bastaba con desearlo mucho, para tener lo anhelado. No bastaba con intentarlo. Nada significaba el casi haberlo logrado.
Y aun así, pese a esas sus más íntimas convicciones, al verla de frente, al reencontrarla, Granger volvía a amanecer dentro de él, en Sol de Medianoche que iluminaba el desierto de sus anhelos... Granger en espejismo de estrellas, de volver a vivir aquellos minutos eternos de revelación.
Hermione estaba ahí, de pie frente a él, y eso lo agitaba... Sus miradas de interrogante de terciopelo y voz suave lo removían, y Snape temía amanecer bajo el cielo de una Luna de nostalgia... Por eso Snape quiso con angustia cubrirse el oído, para no volverla a escuchar, para no volverla a ver, para no volver a soñar, para no volver a sentir, para no volver a saber que no podía tenerla y por ello sufrir en los cálidos resplandores de su Sol... Para no vivir de nuevo el alba de su piel, ni la aurora de su voz.
Desprenderse de ella era doloroso. Añorarla sería insoportable. Snape prefería no tenerla, a perderla.
—Ahora yo le pregunto si no tuve razones, Granger. Si pudo haber algo mejor que lo sucedido, que fue olvidarlo.
Taciturna de congoja, la castaña negó rápidamente con la cabeza, encogiéndose de hombros, viéndolo sin la máscara, y susurró:
—¡Eso no lo sé...!
Él recordó... ¡no, no quiso recordar!
Todo eso ocurrió sin un movimiento en él, sin un gesto, excepto su mirada firme.
—Salgamos, Miss Granger –invitó.
Ella dio un paso atrás, asintiendo con leve sonrisa, reteniendo la rosa contra su pecho, con ambas manos. Como si se le hubiera formado un nudo en la garganta. Y a Snape aún le dolió eso. Le dolió conseguir alejarla.
—Está bien, profesor –susurró ella, amable.
—Necesitamos dejarlo.
—Como diga, señor –asintió la castaña.
Nada de caminar. Snape hizo el pase y aparecieron en uno de los corredores del quinto piso, escuchando el rumor de la lluvia en firme.
La galería tenía muro en un lado; en el otro, arcos en sucesión. En cada arco se empotraba una gran ventana rectangular, con herrería en cruz y pequeñas líneas de madera entrecruzada, dibujando rombos. En cada ventana bajaban diminutos ríos de lluvia. Al pie, cada ventana tenía un asiento de roca lisa, en forma de escalón.
Era la tarde. Hermione dejó paraguas y libro a un lado, sentándose con las piernas muy juntas, con las palmas en el asiento, viendo al suelo.
Snape estuvo un rato de pie, cruzado de brazos y de cara a la alta ventana rectangular. La luz en ella dibujaba sobre los dos, las sombras de sus molduras de líneas entrecruzadas, y las pálidas sombras de la lluvia en ríos, proyectándose también en el suelo de roca. De no haber estado ellos, ese cuadro no lo habría visto nadie.
—¿Quiere sentarse? –preguntó Hermione, todavía viendo bajo.
Snape no respondió, pero se acomodó a un lado de ella, separado.
Adoptó casi la misma posición de Hermione, con las palmas en el asiento, pero estirando las piernas.
Y sin más, pero acercándose poco a poco, Hermione puso una mano entintada por las sombras móviles de los ríos de lluvia, sobre la de Snape.
—Me siento bien estando con usted –afirmó la castaña.
Severus no dio trazas de pensarlo, ni de negarse. Dejó su mano bajo la de ella.
No se miraron. Sin tomarse, se tocaban de espaldas al vitral.
—Es difícil olvidar -opinó Snape.
—Sí -Hermione le dio la razón-. Es difícil olvidar.
Snape apoyó el otro codo en su propia rodilla, y una mejilla en el puño.
Quedaron tocando su piel, sin hablar, en el rumor de la lluvia.
