Snape le pidió bajar a la primera planta, a lo que ella accedió asintiendo; un paso de él y aparecieron en una galería de la superficie, que recorrieron sin hablar. Estaba más fría que varios pisos arriba pues el aire entraba desde varios sitios. Se dirigían al Gran Salón, mientras él le explicaba, ajustándose al trato formal:

—Veo innecesario que cada cual vaya a sus habitaciones para tomar los alimentos, pero no me sentaré en la mesa de los estudiantes. Usted se sentará a mi lado en la de….

Hermione, asombrada debido a que él le pedía ocupar un sitio en la mesa del profesorado, lo miró extrañada por haberse interrumpido, y debió girar un poco debido a que él quedó un paso atrás.

Snape la estudiaba, con mirada grave. Hermione iba a preguntar qué sucedía cuando él dio una ágil zancada hacia ella.

Le posó una mano en la mejilla y otra en la frente, analizándola. Hermione notó que él hacía una especie de revisión médica, pero cuando le tocó el cuello, la castaña entrecerró un poco los ojos, llevada por un ligero escalofrío de placer.

Él le tomó ambas manos, revisándolas en dorso y palma,s con la misma expresión concentrada.

—¿Qué sucede, señor? –preguntó con extrañeza

Snape la sostuvo de las manos con dos dedos en cada una, revisándolas alternadamente. Cuando se acercó al rostro de ella, estudiando sus ojos. Hermione se inquietó por tener tan cerca las facciones de él. Contuvo el reflejo de mirarlo a los labios.

—Señor, ¿qué…? –abrió los ojos de sorpresa, viéndose y casi gritó- ¡Profesor…!

Snape la levantó, pasándole un brazo por la espalda y el otro rodeando sus piernas, echando a andar rápidamente a una banca. Los cabellos de él se agitaban en cada paso.

Tenía cara de no haber tiempo para perder.

—Granger, haga memoria –exigió–, porque no me he separado de usted más de cinco metros, ¿comió algo aparte de lo que le envié esta mañana, algo guardado o que le dieran?

Todavía abochornada y con gesto asombrado, contestó:

—¡No! ¿Qué ocurre?

—Dígame pronto, porque va a entrar en shock –insistió Snape, sin aminorar el paso– ¿De algún modo que yo no sepa se encontró con McGonagall o con otra persona en estas horas? ¿Donde fuera? ¿Sobresalto, mal sueño anoche?

Ella pensó que no durmió bien por estar pensando que estaría con él, pero era diferente.

—Nada. ¿En shock? Me siento bien.

—No hay tiempo –refunfuñó Snape, sentándola–. ¡No se mueva!

Con un pase, él conjuró tres frascos con sustancias, más uno vacío. La maestría se le notó al usar ambas manos para abrirlos, cerrarlos, verter sus líquidos en el frasco vacío con toque exacto, para finalmente en el que rellenó, taparlo, girarlo en el sentido de las manecillas del reloj tres veces y luego de abrirlo, levarlo a Granger.

—Beba de un trago, pronto, ya.

Hermione lo hizo. El líquido sabía mal y al pasárselo sintió con horror que la garganta se le cerraba con un espasmo, pero también la tráquea, impidiéndole respirar. Sujetó un brazo de Snape.

—Eso durará diez segundos. Tranquila. Estoy aquí.

La Gryffindor contó los diez segundos para mantener control de lo que sucedía.

Al terminar el lapso, su garganta y tráquea se abrieron, tomando aire con fruición.

—¿Qué ocurre, profesor? –jadeó.

—Alguien la ha envenenado. ¿Está asustada?

—No… intranquila, sí.

Él asintió y le hizo la cabeza un poco atrás, dándole a respirar los vapores que emanaba el frasco vacío, añadiendo:

—Lo que le dieron no fue hoy, no fue ayer, es improbable que fuera antes de eso. Pero en el colegio sólo están los elfos, Filch, Hagrid y nosotros. Leí a todos antes de autorizar que Dumbledore los dejara en Hogwarts.

Viéndolo de reojo, dándose cuenta que Snape había hecho su trabajo aunque le hubiera manifestado incomodidad, fue curiosa.

—¿De qué me libré?

Él llevó la cabeza de ella a la posición normal y cerró el frasco. Explicó:

—Sin la poción que le di, usted habría caído inconsciente, imposibilitada de respirar. Me di cuenta por signos en su andar y coloración de manos y ojos. La cuidaré, Granger, no me despegaré de usted. Sentirá mareo en un momento y entrará en fiebre, pero eso será porque su organismo elimina el veneno, no porque la ataque, ¿entiende lo que le digo?

—Sí, profesor.

La cargó de nuevo, como si no pesara nada.

—Durante las próximas cuatro horas se encontrará en estado febril, pero saldrá, eso se resuelve –la miró con atención a los ojos, y añadió con voz firme y serena–. Estaré a su lado, cuidándola, ¿me oye? Nadie la tocará.

Hermione asintió, rápida, inquieta, pero haciéndose cargo. Cuadros parecidos los había vivido y riesgos inminentes. Pero nadie podía evitar la tensión, ni la zozobra.

Al desvanecerse un destello, Hermione identificó estar en la enfermería. Él la llevaba a uno de los pabellones cuando la Gryffindor sintió súbito vértigo y dificultad para hilar sus ideas.

—Creo que ha empezado –frunció las cejas.

—Tranquila.

A Hermione la cabeza le pesó al grado que la dejó caer en el tórax de Snape.

—¿… estará… conmigo….? –susurró, con párpados pesados, acalorándose por una repentina fiebre.

—A cada instante.

El caminaba con suavidad. Hermione le colocó una mano en un hombro, sintiéndose suave y gratamente presionada contra el firme cuerpo de Snape. Pese a su firmeza de movimientos, él la llevaba a paso ligero, experimentado por Hermione como un arrullo.

La Gryffindor cayó en picada al delirio, entre vapores febriles. Ya no sintió cuando la acomodó en uno de los lechos, pero lejana, confusamente, a intervalos percibió el paso de las horas… rodeada de un velo, del otro lado se escuchaban voces, en ocasiones intensas, preguntas y respuestas; en varios momentos sintió el fresco alivio del agua en su frente; su conciencia iba y venía.

Sobre las nubes, el Sol continuó trazando su curva por el cielo, bajando del cenit hacia el Oeste, llevándose consigo la luz, extendiendo el manto de la noche sobre el castillo.

Hermione abrió los ojos, en la oscuridad. Repentinamente lúcida, la recibió la luz lechosa de los rectángulos distorsionados de las ventanas, impresas en luz sobre los muros.

Ubicándose, sintió una mano de Snape en la de ella.

—Profesor –trató de sentarse.

—No se levante, Granger –explicó la serena voz en la penumbra, al costado izquierdo de su lecho.

Hermione se apoyó en los grandes almohadones, que le daban soporte desde la espalda hasta la cabeza. Estaba cubierta por sábanas de lino hasta el abdomen, pero se sentía fresca y relajada, un poco somnolienta.

Snape retiró la mano. Sentado cerca de ella, en la mesilla de al lado había frascos de varios tamaños, jofainas, gasas húmedas de agua y algunas plantas. Hermione descubrió con sorpresa un minicaldero con una hornilla pequeña debajo, apagada. Él debió preparar líquido para lavarle el rostro, pues se percibió una muy tenue fragancia a naranjos.

—Su estado duró unos minutos más de las cuatro horas que calculé –aclaró Snape, con su tono académico—, pero se superó.

—Gracias, señor –le sonrió ella, suavemente.

Él le preguntó cómo estaba y al comprobar que ella se sentía bien, le relató brevemente lo sucedido.

Interrogó en la enfermería a los elfos, así como a Hagrid –que seguía apenado por el incidente de la Torre–, y a Filch.

Ninguno tuvo problema, excepto Filch, quien resistió lo más posible, es decir, menos de un segundo con Snape. El velador salió corriendo, aterrorizado. Hagrid lo detuvo en un santiamén, reteniéndolo del cuello de la sucia camisa mientras Snape lo interrogaba.

Hermione no daba crédito cuando se enteró que Filch confesó haberla atacado. Él aseguró haber entrado a la cocina y puesto el veneno en los alimentos.

La elfina cocinera junto con sus colegas protestaron indignados. Alegaron que nadie entró a la cocina y nuncamente habrían permitido que Filch acercara su sucio cuerpo a los alimentos de Miss Granger.

De no ser porque Snape interrogaba, se habría hecho un lío. El profesor cortó por lo sano. No podía leer demasiado ni muy profundamente a Filch, so pena de dejarlo loco, si ya de por sí su mente era un cenagal. Hizo salir a los elfos de Hogwarts junto con Filch para ser interrogados en el Ministerio, excepto a la elfina y a un ayudante. La elfina podía ser la principal sospechosa, pero Snape la había leído, sin hallar nada incriminador.

Se manifestó muy contrariado, pero Granger le dedicó una sonrisa, recostada en la almohada y con una mano descansando a un lado de su rostro.

—No se preocupe, profesor –lo tranquilizó–. Ha pasado ya.

Snape no respondió

Contaba el tiempo en un reloj de arena, para que Hermione pudiera ponerse en pie.

No obstante, a ella le agradó verlo sentado a su lado. Ahora me paga sus malos modos, se sonrió.

—Me conté un chiste local.

—¿Cómo?

—¡Es una expresión muggle! -rió más.

Oír de continuo la lluvia la había acostumbrado al sonido, dejando de percibirlo, pero repentinamente fue de nuevo consciente de su presencia.

Las castaña contempló a Snape, pensando no sólo en lo ocurrido ahora, sino en lo sucedido antes. Lo recordó en el despacho y sus confesiones. En el asiento de roca. Salvándole la vida y dándole toda clase de certezas. Más acostumbrada a ver por otros que por sí misma, consideró que nunca olvidaría lo que él hizo. Los instrumentos en la mesilla revelaban que trabajó con dedicación, pese a que no lo mencionara o dijera que fue obedeciendo a Dumbledore. Hubo un gran extra de tipo personal. Ella se lo notó en la voz.

Pero era más. Hermione recordó esa noche.

A la luz del dibujo claro de los ventanales proyectados en el muro de enfrente, vio a Snape… sin mirarlo: Ante sus ojos y en su cuerpo cruzó el estremecimiento de su cercanía. La de ahora. La de aquella noche donde se dijeron tantas cosas.

Ella revivió su propio estremecimiento. Su pasada sorpresa ante la revelación más inesperada. Y su certeza al darse cuenta de lo que sentía.

Las nubes clarearon unos segundos, abriendo un ojo que, mirando a Hermione, iluminó sus facciones apenas con rasgos de luz de Luna, entre la penumbra.

En ese círculo de luz, Snape contempló las finas facciones de la Gryffindor, saliendo del claroscuro, volviendo a él, dejando el recuerdo… Con sus vivos ojos marrones, cabellos ondulados, boca de terciopelo y voz de viento, Hermione le hizo una confesión con nostálgica mirada -la de quien no encuentra caso en fingir porque si lo hace, toda su vida sería una mentira-, y le dijo vedad que no debía oír ni la lluvia, y por eso, sólo para él, viéndolo los ojos, Hermione le susurró:

Te amo…

Severus Snape sintió la dicha en forma de una puñalada sorpresiva que revoloteó en hojas al viento, en amanecer dorado, en un dolor que lo acongojó de placer, le cerró las salidas y derrumbó los puentes de su soledad.

La tomó de la mano, sorprendido, en un movimiento de salto que Hermione atrapó entre sus dedos.

Las nubes se movieron, incluyendo a Snape en su luz, revelando a ambos entrecruzando los dedos.

Un dique se abrió dentro de él y para no inundar a Hermione, se levantó. Al hacerlo, las nubes se cerraron y nuevamente quedó la noche y la lluvia.

Snape se dio vuelta, alejándose unos pasos, bajo el brillo tenue de otra ventana. por donde corría el agua en diminutas ramas, mostrando más allá, las nubes cerradas.

Hermione, en la almohada, parpadeó lentamente, sin prisa, sin apartar de él su mirada sincera, un poco ensoñadora. Ella no tenía nada por ocultar.

Si se confesó en voz baja fue para no alertar al viento.

—No debe preocuparse, profesor –murmuró, dulcemente—. No le estoy pidiendo nada.

—No me asusta que me lo diga.

Silencio.

—¿No lo sabía, profesor?

La silueta negra de Snape le respondió.

—No sé si lo sabía.

—¿A pesar de todo, no sabe?

La voz grave y ronca hizo un breve eco en la enfermería

—Me he expresado mal… Lo que no quería… era…

—¿Qué, profesor?

Un silencio, ocupado por el rumor del agua tras la ventana.

—Aceptar que… aceptar que siento lo mismo por… ti.

La niebla que flotaba en los terrenos del castillo ocultaba la mayor parte de su arquitectura. Pero no al temporal afuera. No ocultaba esos brillos en revoloteo vivaz al otro lado del vitral: las luciérnagas de lluvia, nacidas del agua y de la luz de la Luna, para aletear en abril.

—¿Siente lo mismo por mí? –insistió Hermione.

—¿Era difícil de entender?

—Yo…

—Y debí decirlo, antes de alejarnos –añadió él-, pero pensé que nada cambiaría. Aunque callarlo no le restó verdad.

La Gryffindor dejó disolver sus palabras en una lenta exhalación. Él era una silueta oscura de cabellos negros y capa, delineado por la alta ventana gris azul sobre él.

—Tal vez sean preguntas, nada más, Granger –dijo, como pensando en voz alta-. Preguntas en general. Sin hablar de usted.

—¿Decir, profesor? –murmuró Hermione- ¿Decir qué?

Snape hacía mucho no pensaba en Lilly. Debido a Granger también el pasado había quedado atrás. Se puso las manos en la cintura, viendo hacia la alta ventana ojival.

—Me pregunto si por estar enamorado, todo se justifica -murmuró Snape- ¿Enamorado de qué? ¿Del sonido de una voz? ¿De la persona tras la belleza? ¿De que con una palabra casual nos mueve? ¿Amar el perfil de quien no siente ser observada?¿De una sonrisa bajo un paraguas? ¿De mis sueños? Si yo pudiera besar a esa figura tanto como lo he hecho en mi imaginación, pienso que yo ya no dudaría. Si yo pudiera conducirla a los sitios que conozco, ella ya no temería.

—¿Qué sitios, profesor?

—Los sitios de mi alma –afirmó Snape, en el murmullo del agua-. Pero eso ya no importa. Yo también lo he olvidado.

Posiblemente Snape podía formularse más preguntas: ¿Tiene culpa un corazón enamorado? ¿Es culpable amar al ausente, al ensueño? ¿Es un error amar lo que no se puede tener? ¿O es la prueba de que el amor tiene sus propios senderos, que le corta las alas? ¿Es prueba de que el amor triunfa, porque es entrega pese a todo, aún pese a la certeza del final? Tal vez se ama porque cuando se ama, el otro es el dueño del propio corazón.

Hermione cerró los ojos, y los abrió con una sonrisa, que la hizo todavía más encantadora a los ojos de Snape, al girar a ella.

—Tengo frío –susurró ella.

Snape le tomó la frente. No era una baja de temperatura anormal. Era el frío de la noche.

—¿Y si me abraza? –dijo, somnolienta.

—Abrazarla…

—No se lo contaré a la directora…

—Sólo eso me faltaría. Por poco me han visto perseguirla.

Sentándose en el lecho, con los pies en el piso, él recibió a Hermione en sus brazos, quien se colocó con el rostro hacia el de Snape. Ella cerró los ojos.

—Cuando paso noches a la intemperie con Harry y Ron –comentó, acomodándose–, sufro un poco el frío. Pero usted es… cálido…

—Nunca me habían dicho eso.

Ella se acomodó mejor. Le preguntó:

—¿Me cuidará cuando duerma?

—Sí, Granger. La cuidaré.

Snape permaneció un rato abrazándola, pensando que el agua cayendo en los campos exteriores y aquel fugaz toque de Luna, daría vida a muchas luciérnagas.

—¡Profesor! –Hermione abrió los ojos, animada.

—¿Sí?

—Ya puedo levantarme, ¿verdad?

—En efecto.

—Dado que pasó el peligro y deben ser como las nueve de la noche -sonrió- ¿Y si hacemos un baile?