Hermione entró a su habitación, corriendo; sonriente abrió el armario y sacó un porta trajes en su gancho.

Lo colgó del perchero y al bajar el cierre apareció un vestido de seda, que guardaba para alguna celebración especial.

Admiró un vestido de seda azul, de escote cerrado y hombros cubiertos, que le entallaba bien. De una pequeña bolsa de cuero en el gancho sacó los accesorios. Ante su brillo de pequeñas perlas se sintió de fiesta. Había logrado convencer a Snape de tener un festejo y con eso aligerar el momento. La promesa de él, de conducirse sin sarcasmos ni agresividades en estas vacaciones, hizo al profesor tratar de destensarse al oír la idea de Hermione, asentir sin mostrar enorme entusiasmo y hacerle jurar que nunca se lo contaría a nadie, so pena de convertirla en lechuza.

Ella aceptó las condiciones con buen humor.

Hermione extendió la falda a los lados; su mirar bajo, oculto por las pestañas, se adornó con una sonrisilla satisfecha… En la concesión de Snape, la castaña también sabía que aceptó por verla sonreír… Lo traslució en sus ojos.

¿Y lo demás?

Con repentina duda de estar haciendo lo correcto fue a la ventana. Al descorrerla, el vidrio empañado mostró el agua deslizándose leve y las pequeñas luces borrosas de las luciérnagas de lluvia, en revoloteo. ¡Era tanto! ¡Tanto con lo que debía luchar al estar cerca de Snape! Sólo supo que sintiéndose abrazada por él, se animó y le dijo sin pensar una forma de alegrarse, aunque fuera una hora o media hora.

En la tina, tuvo cerca el prisma y agradeció el agua caliente. Era agradable poder usarla sin el mar de gente habitual. Se sentía bien en el Hogwarts solitario.

Una vez vestida y con el cabello seco, frente al espejo, se arregló con esmero, peinándose, coloreándose la boca de rosa, leve rimmel y se puso el collar ajustado al cuello, aretes de broche y un anillo, todo de pequeñas perlas. De pie, dejándolo al último o era un problema caminar en el cuarto, se calzó los zapatos que hacían juego, de tacón mediano.

Viéndose al espejo se acomodó los rizos con ambas manos y volvió su expresión de desolación... Se abrazó a sí misma. Recordaba. Se recordaba abrazada por Snape. Había pasado de querer alejarlo de su mente a pensar en él.

Pensaba.

¿Significamos algo entre nosotros?

Apartó esos pensamientos, nuevamente. Tomó otro accesorio del vestido y se lo colocó: un curvo antifaz azul, con incrustaciones de lentejuelas blancas en el borde y grecas en su interior, un antifaz veneciano, que se sujetaba con magia, y salió de la habitación.

El eco de sus tacones era fuerte en los pasillos desolados. Llegó al Gran Salón, donde quedaron de verse, y al bajar halló el recinto a media luz.

Se maravilló, deteniéndose en las escaleras.

El Gran Salón se veía al aire libre. La pista de baile con una mesa al lado y otra larga de servicios, las columnas sin sostener nada y enfrente… una Luna Llena en el cielo azul oscuro, diseminado de estrellas. Rumbo al horizonte, sobre un lago, bogaban barcazas, de remos y anchas velas serenas. Las nubes resplandecían, a lo lejos.

Por el Salón se levantaban estatuas y distantes edificios antiguos. El lugar se adornaba con enredaderas, flores doradas y rojas, entre las que flotaban luciérnagas.

Asombrada, alzó una palma; una luciérnaga la revoloteó, casi posándose en ella.

Con la luciérnaga en la palma volvió a admirar el lugar: lago, barcazas y flores... Era mejor que cualquier otro arreglo hecho en una fiesta de Hogwarts… Snape había creado una noche mágica para ella. Y entonces lo vio, como si hubiera aparecido repentinamente.

Snape estaba al pie de las gradas, frente a ella.

Hermione bajó la mano, la luciérnaga se alejó. En el rostro de la Gryffindor se delineó la inquietud y un aire parecido al desamparo.

Snape estaba ahí, y ella le había dicho que lo amaba.

Rodeada por las breves lucernas, Hermione lo observó con gesto parecido a la melancolía, casi todo de ensueño. El resto fue recordar, y estremecerse.

Snape, espalda recta, llevaba su estilo de ropa habitual, pero enteramente nueva y le ajustaba. El negro era más intenso, resaltando su rostro, dándole un aire más digno, perfectamente peinado; sus zapatos reflejaban las luces; destacaba la corbata de seda negra sobre el vivo blanco de camisa y mangas, adornadas con mancuernillas de verdes serpientes de cristal de roca.

Tal vez no era que no supieran lo que sentían. Era que no se lo habían dicho.

Asombrada, Hermione se dio cuenta que la realidad era muy en serio. ¿A qué había jugado? ¿Qué sucedería?

Cuando él se le acercó, música de violines sonó en el recinto, llenando su noche de espejismo.

Snape dejó vagar la mirada por las facciones de Hermione.

Se ve… hermosa, Granger -dijo, con voz grave-. Impresionantemente hermosa. Sus adornos… usted los hace brillar.

Ella bajó la mirada, por nerviosismo a punto de colocarse los rizos detrás de una oreja, pero se contuvo.

Gracias, profesor -aun sonriendo.

Snape debió haberla admirado de pies a cabeza cuando ella entró, pero caballeroso, delante de ella no lo hizo. Hermione volvió a verlo a los ojos, con una sonrisa.

Usted… también se ve muy bien, profesor…

Le agradezco, Miss Granger.

De nuevo con inquietud, ella recorrió el salón con la mirada.

El lugar le quedó bello.

Él se giró un poco, comprobando.

Celebro que le guste. No sabía si mi idea sería de su agrado. Pensé que este paisaje tranquilo ayudaría en su recuperación.

—¿Eligió Venecia o un sitio semejante?

Snape la interrogó con la mirada. Ella se dio cuenta que él se había puesto una fragancia masculina tenue.

El antifaz -lo tocó en los bordes-. Es del Carnaval de Venecia, el Salón se le parece.

—Oh… -él asintió una vez-. No fue conscientemente. Pensé que un sitio como éste iba…. con usted. Pensamos algo semejante, según creo.

—Así parece.

Snape extendió una mano hacia ella:

¿Me concede esta pieza?

Los violines tocaron un poco más fuerte, sugiriendo la extensión de las olas del mar. Hermione en su vestido de seda, con el antifaz, sonrió a Snape. Con una mano tomando el vestido y la otra en la mano de él, bajó los últimos escalones, ambos atentos a verse a los ojos.

Las nubes corrieron, majestuosas, por el ancho firmamento de astros de magia… Lado a lado, rodeados de luciérnagas, caminaron al centro de la pista, que se iluminó tenuemente con un haz de luz azul que venía de la Luna, ellos tomándose de la mano, rodeados del jardín secreto, de las estrellas plateadas y los barcos en el lago cercano.

En el centro de la pista, volteó uno al otro. Snape se inclinó brevemente ante Hermione, ella hizo un breve doblar las rodillas y él, tomándola por la cintura y sujetando su mano, con la otra de la castaña en su hombro, esperó un segundo; la melodía cambió a otra de cuerdas y piano.

Snape arrancó, yendo a un lado y después dando un giro, siguiendo ágilmente la música.

Hermione se sorprendió. Snape la llevaba con soltura. Era buen bailarín, mejor de lo que viera en él alguna vez. Entendió que a él no le gustaba bailar. Pero con ella, sí.

Las luciérnagas revolotearon en la música de los violines, giraron en torno de los dos en esferas de luz, sobre el fondo de flores y los barcos a la distancia. Ellos no se apartaban la mirada.

Danzaron rodeados de las lucernas de lluvia, iluminados por la Luna mágica… Y de las flores se desprendieron mariposas doradas, rojas, sobrevolando a la pareja.

La castaña, admirando las mariposas siguiéndolas a los lados y arriba, se dio cuenta que tenían los colores de Gryffindor. Admirada, vio a Snape por ese detalle.

¡Snape había hecho esto por ella! Girando con él, abrazados, Hermione hizo un poco la cabeza un poco atrás y rio suavemente, sus rizos en el viento, liberada del temor y de las incertidumbres de estos años, en brazos de Snape, libre entre las flores, las mariposas y el mar… La hija de Helena de Troya, en el castillo de fantasía, sabía valsar desde los catorce años, sin hallar a su príncipe… Pero ahora estaba con él, sujetándola con delicadeza, dando giros en la danza de piano y violines… Era éste un príncipe a mitad de la ilusión y de la realidad, para ella un príncipe de cabellos negros y mirada intensa, un príncipe no azul, sino acaso verde plata, quien la llevaba cadenciosamente, un príncipe no de sangre pura, sino roja, como la sangre que vibra en los corazones de verdad.

La música aceleró y Hermione y Snape hicieron revolotear más aquellas mariposas en las luces del salón azul, donde brillaba el camino de plata en el lago. Hermione de seda en la danza que soñó tener, abrazada por Severus Snape.

En un segundo, el encantamiento hizo parecer que danzaban sobre las aguas… Admirada, Hermione se vio con Snape dando giros cortos sobre el lago, volviéndose ambos una silueta oscura dentro del círculo blanco de la Luna Llena… Volvieron a la pista con otro giro y tomando a Snape de una mano, sostenida de la cintura por él, con la otra ella se tomó la falda y la extendió un poco.

Alrededor de ellos por el Gran Salón crecieron rosas blancas, rojas y azules, elevándose desde los macizos de enredaderas, girando como la pareja, estremeciéndose y abriendo sus pétalos.

Snape, adusto, enérgico, pero flexible, contemplaba a Hermione con aguda mirada, y en sus giros, que emborronaban el salón, ella creyó que el brillo de los astros en los cabellos de él creaban el espejismo de que llevaba una corona…. Una corona forjada de hierro y de diamantes… Pero lo cierto era que Snape estaba atento a los ojos de Hermione, adornados por el antifaz azul que centellaba en sus gotas de lentejuela, ojos asombrados y felices, animados, y él pensó que nunca había visto a una chica tan hermosa, tan llena de capacidades, tan llena de encantamientos, porque ciertamente él era el único en el vasto castillo de todos los días, que podía reconocer a Hermione Granger en su profundidad... Admiró sus rizos, que revoloteaban entre las mariposas. La mirada llena de fulgores de la castaña no se despegaba de los ojos oscuros de Snape, y ambos entendieron que sólo con el otro podían ser de esta manera.

Los violines se soltaron en notas largas y Snape lo supo. Lo supo al cabo de su largo camino de tardes grisáceas y montañas oscuras, pues su propio corazón le gritó lo que comprendió desde aquella noche… Era claro, tan total e irrebatible que la certeza se convirtió en una marea que llenó su tórax a tambor batiente, imparable como la música, estremeciéndolo de claridad y de verdad, porque era así, se dijera lo que se dijera. Se supo perdido, encantadoramente perdido como siempre lo fue. Lo fue desde aquella noche de sus manos bajo las rosas, donde no solo se tocaron, sino que se hicieron una promesa sin saberlo. Y pasara lo que pasara, eso no cambiaría. La verdad que se dijo fue un estallido de címbalos yendo de la sonrisa de ella a sus ojos vivaces: ¡El amor de mi vida… Hermione Granger… es el amor de mi vida…!

Hermione Granger le sonrió, en el susurro brillante de las hojas de oro de las enredaderas. Y al sonreír, en el correr de las luciérnagas de lluvia, sus cejas se fruncieron con esa dicha que roza el llanto, anuncio de lágrimas de ternura que no brotan, pero que resuenan en campanas. Y en ese reverberar ella se dijo, admirando los ojos negros de Snape, sus rasgos firmes: ¡Lo amo! ¡En verdad lo amo….! ¡Merlín, lo amo!

Ninguno entendió cómo pudieron estar separados; cómo pudieron no pensar uno en el otro; cómo pudieron no echar a correr hacia el otro cuando la distancia entre ellos se hizo más grande; cuando al silencio siguió la noche; cuando el mar embravecido entre las colinas anunció que se estaban perdiendo. ¿Por qué no fueron a rescatarse? ¿Era por saber que lo suyo no podía terminar, de ninguna manera?

Snape estrechó a Hermione con un brazo, apretándola contra él, y posó la otra mano en la espalda de ella, que lo rodeó con ambos. Siguieron girando, danzando, más lento, los pétalos continuaron su vuelo.

El baile se volvió más tranquilo, apenas pasos a los lados, apretándose estrechamente.

—Te amo, Hermione Granger -le susurró Snape, al oído, entre las luciérnagas- ¿Entiendes lo que te digo? Te amo. Aunque no podamos estar juntos, eso no me quitará nunca que eres un ensueño que veo con los ojos abiertos -aspiró el perfume de sus rizos.

Los violines continuaron, ellos se detuvieron, observándose.

Y entonces vino la pregunta, la pregunta clave, la que ella debía hacer… La pregunta que explicaba su acercarse y separarse, lo que no se habían dicho.

Ella elevó su mirada nostálgica, enamorada, como la de él… Subió las manos por los anchos brazos de Snape y siguió la línea firme de sus hombros, llevando las palmas a su nuca y al final a su rostro, intrigada, amorosa, adolorida, con ese silencio que gritara en días pasados. Atenta a él, preguntó a Snape en apacible susurro, en último intento, en petición de verdad:

—Severus, ¿en verdad, olvidamos nuestros besos?