—¿Lo olvidaste? –insistió Hermione, con el brilloso antifaz azul cubriéndola, iluminado de lentejuelas y de su expresión anhelante, posó las manos en la espalda de Snape.
La música continuaba, más baja. Snape notó cómo con ese ligero toque ella lograba anclarlo a su lado. Y no quiso soltarla. Las facciones de Hermione entraban directamente en sus deseos, sus mano satisfacían exactamente sus deseos de ser tocado.
Eso no le impidió decir, en confidencia:
—¿Tú que piensas? –preguntó, grave-¿Qué era lo mejor?
—¿Olvidarme tú, era lo mejor? –susurró Hermione- ¿Me olvidaste, fue mi culpa?
Snape le apartó del rostro, un mechón ondulado.
—Fueron las circunstancias –respondió-, como dijiste esa vez.
—¡No quise herirte...! –afirmó, preocupada, apretándolo un poco.
Él sonrió, de lado.
—De haberlo deseado, no lo habrías logrado mejor.
—¡Eso es terrible...! -lo vio de los labios a los ojos.
—El tiempo deja todo atrás.
Hermione alzaba la mirada a él.
—¿Puedes entender por qué lo hice? –preguntó.
—Puedo, podría –él asintió, lento-. El tiempo me ha ayudado a pensar.
—¡Lo siento...! –afirmó ella, con mirada triste.
La música se detuvo, oyéndose el oleaje encantado. La Luna dominaba el fondo del Salón.
—Yo también lo siento -se soltó, lentamente-. Siento no haber sido lo que deseabas.
Hermione negó con la cabeza.
—No fue eso –aseguró.
En el lago de encantamiento, sobre el camino plateado por la Luna, sopló un viento que alzó un velo sobre los recuerdos.
Snape se vio yendo a su despacho, con la rosa en la mano, sin lograr pensar en nadie que no fuera Granger... Su contacto, sus palabras, su manera de decirlas, habían causado un tornado en él, un ciclón de extraño silencio... Se vio sentado a su mesa, guardando la flor en un libro... reacio a romper el momento que latía en él. ¿Qué importa si la conservo?, se dijo con cierta amargura. Nadie iba a saberlo.
Snape no conocía el significado de lo que experimentaba. Acostumbrado a la soledad y al desamor, no se percató que sus sentimientos eran los del amor a primera vista... No una impresión dorada de la infancia, sino la real de la madurez... Pues aunque Granger no era una desconocida, jamás la había visto más que como a una alumna que sólo merecía el mote de Insufrible. Pero sintió haberla visto por vez primera... resaltada del mar anónimo de alumnos, de los detestados Gryffindor. Y descubrió que sus sensaciones hacia ella, de descubrimiento, se debieron en buena parte a una corriente de pensamientos subterráneos hacia ella, y que por eso, su contacto lo invadió cobrando significado.
¿Qué le decía Granger? Snape no deseaba creerlo, pero lo pensaba sin enfurecerse, sin despreciar: El gesto sobrio de la Gryffindor al observarlo, al salir del aula, al término de clases; sus miradas pensativas; su observarlo un instante al cruzarse en los corredores...
La Gryffindor, con el fondo de Hogwarts, se grabó poco a poco en su mente. Y Snape tenía claro un hecho: ella no le coqueteaba, lo suyo no era un capricho.
Granger... le preguntaba... Porque más que proponerle le planteaba una interrogante:
¿Irás tú por la promesa que nos hicimos, o iré yo?
Snape se descubrió pensando en Hermione; peor todavía: se descubrió intentando no pensar en ella.
Ahora en el Gran Salón, pese a haberse soltado seguían hablándose de cerca:
—Severus, yo... -suspiró Hermione, preocupada- No lo he olvidado...
—Al contrario, yo no lo recuerdo –murmuró Snape.
Ella lo estudió con melancólica incredulidad. Y al no encontrar palabras, se despojó del antifaz, liberó las ondas de su cabello y reveló la verdad de su forma de tratarse hasta entonces:
—¿Ya no lo recuerdas? –susurró Hermione, con gesto doliente- ¿Ya no recuerdas que fuimos el uno del otro?
El viento de magia rebasó la pista de baile, y los pétalos flotando trajeron a Snape su evadir la tentación por semanas... hasta aquel septiembre cuando, oyendo el bullicio del distante Gran Salón, en un pasillo sorpresivamente se encontró con Granger, que bajaba por una escalera.
Se detuvieron, a unos pasos de distancia.
Estaban solos. El resto del colegio celebraba bulliciosamente.
¿Cómo se cruzaron en esa galería?, se preguntó Snape. ¿Granger no se emocionaba por la celebración y demoraba en llegar? ¿Él intentaba verla lo mínimo y por eso vagaba? ¿O era que se perseguían con disimulo, al azar buscándose desde hacía tiempo por aulas y recintos, preguntándose si el otro también intentaba encontrarse?
La silueta de Hermione se recortaba, de pie, contra el gris de la noche fresca y las cimas del Bosque Prohibido, visibles por una ventana... En la silueta de Granger y su mirarlo de forma directa, Snape entendió que no tenía sentido actuar como si no pasara nada, que no tenía caso evadir... Con su expresión ella le dijo haber esperado lo mismo que él, un pensamiento inconfesado: Que el tiempo fuera propicio, que ambos llegaran al punto donde la diferencia ya no fuera significativa... El velo de la noche les permitió verse. Y cuando el viento sopló fue como decirse: Ven, no tendremos otra oportunidad. Tal vez para ambos caiga la noche.
Vestidos de sombra, tal vez de tanto distanciarse terminaron cerca. De tanto alejarse salieron al mismo mundo. O posiblemente habían tenido tiempo de pensarse, de entenderse: Que ella no era intolerable, que él no era un monstruo. Que eran los más semejantes en la forma de ser, en todo Hogwarts. Lejanos, por conocer el idioma para hablarse, pero usar el de los demás.
Quizá sus reticencias anteriores fueron la manera de resistirse a lo que parecía inadecuado... Se rechazaban por sentirse atraídos y considerarlo inadmisible. De tanto andar el camino de la distancia se acercaron, y se salieron al paso en ese corredor, en el laberinto de sus vidas
Los brillos de la Sala Común llegaban a donde Hermione y Snape, en alegre murmullo de festejo... Pero Granger no lo sentía igual que los otros. Pero Snape no lo sintió nunca igual que ellos. Aunque compartieran la convivencia, las competiciones entre casas en el fondo eran ruidos y palabras huecas para ambos; un dónde estar, sin hallarse; un sitio lleno de gente donde sentir la propia soledad.
En cambio esta noche; en cambio en la oscuridad de la galería, el pasado condujo al instante cuando se dijeron con la mirada, y lo decidieron.
Fueron cuatro pasos del uno al otro, arrancándose al silencio y a la frustración, con los que decidieron sus vidas. Cuatro pasos tomando el camino del amor y su penar.
Y se reveló que haberse estrechado las manos a ocultas aquella otra noche, siempre fue una promesa: Quizá después fue la promesa de encontrarse por completo, algún día, no lejano, para hablarse en un lenguaje que los demás no oían, por estar escrito en las letras del soñar con alguien, aunque fuera el complicado anhelo de querer decir a alguien que se le ama, y no sabérselo decir.
La ventana, su claro de Luna, los recortó al abrazarse con deseo... No existía otra dirección a donde ir excepto el uno al otro.
Snape la rodeó con los brazos, sintiendo su cuerpo firme, el perfume que manaba de ella... La presión de los brazos de Hermione estrechó la nuca de él...
Él acarició la cintura, los costados, la espalda de la castaña, haciendo sisear la túnica, hasta hundirse en sus rizos y acariciarlos como deseaba, con tal cuidado que ella cerró los ojos... Acercándose, Hermione recibió en sus labios, la caricia de los labios de Snape...
Luna de septiembre. El calor de sus labios ansiosos se unió en candente humedad... Con los ojos cerrados sus bocas se fundieron en caricia lenta, amorosa, de cumplir la cita, en un beso de necesidad... Hermione lo apretaba a ella... Snape respiró su perfume y se perdió en los rizos de la Gryffindor. Los astros no brillaron tanto para Snape como el tener los besos de Hermione.
El estrecho abrazo y el encuentro de sus labios, moviéndose apretados entre sí, no era solamente un deseo. Ninguno de ambos se habría conducido por eso. Era por haber encontrado a su otra mitad y apenas tener tiempo para hacérselo saber.
Fue un abrazo desesperado en reclamos de haber tardado tanto.
En las alas del nocturno, besándose, él bajó sus caricias a las caderas de Hermione, y las posó en sus piernas, por encima de la falda... Él pregunto con la mirada, casi sombrío. Ella asintió. Snape comprendió que su vida quedaba ligada a la voz de Hermione Granger:
—... enséñame... -le susurró la castaña, amorosa, agitada- Enséñame...
Snape la cargó, Hermione rodeándolo con brazos y piernas.
La llevó, escalones arriba, en una vuelta de la escalera con asiento largo, despojándose uno al otro de pocas prendas, de las que estorbaban...
Ambos soltaron un grito cuando en el claroscuro de Hogwarts, se recorrieron íntima, completamente, de principio a fin, una firmeza urgente envuelta por una intimidad de terciopelo... Snape, envuelto en el aro de las piernas de Hermione, acariciándolas, cargando a la castaña, la elevaba y bajaba, primero lento, después más rápido, hasta estrecharse con intensidad, jadeando en sus oídos.
La Luna brillaba; Hermione le enterró las uñas en la espalda; Snape la sacudía, apasionado. Sus labios se encontraban en besos sedientos, frenéticos, repartidos en sus facciones.
Los abrazos; sus bocas mordiéndose en la sombra; la sombra invadida de gemidos y suspiros; el contacto de sus lenguas.
Los movimientos, los vaivenes, el tocar la piel desnuda y su alma toda, los condujo a un frenesí.
Lo abrazos y las caricias se hicieron más apremiantes, exigentes, y en el centro de sus cuerpos se formó un torbellino, que creció.
Sintiéndose llegar, se vieron a los ojos un momento antes, al llevarse el uno al otro hacia la cima, en desvarío, con un placer que era casi angustia, y la penumbra se llenó susurros conforme se aproximaban:
—... Severus, te amo, te amo...
—... yo también te amo, Hermione... te lo juro...
Repentinamente Hermione se arqueó, Snape la sostuvo y haciendo atrás la cabeza, ambos estallaron con fuerza, al mismo tiempo, larga, prolongadamente, aferrándose sin cesar de moverse.
En la Torre del Reloj dieron las nueve: Nueve campanadas una tras otra acompañaron cada jadeo, cada movimiento de terminación. Nueve horas, siete deseos y una noche de cumplir una promesa; otras tantas de pedir a algún dios del crepúsculo por este soñar despierto, uno en brazos del otro, completamente unidos.
El golpear de la lluvia tras los cristales fragmentó el recuerdo. Snape evitó volver a sentir más y salió del Gran Salón, dejando sus enredaderas.
Se alejó unos pasos, la encaró de nuevo. La luz entrando por el vitral proyectó la sombra de Snape hacia Hermione, que se detuvo frente a él. Snape no pensaba dejarla sola. Necesitaba distanciarse un poco, porque su cercanía le hacía revivir.
A lo largo de los arcos acristalados, cruzaban haces de luz blanquecina de la cambiante noche, y ríos de lluvia fuertes corrían encontrándose y separándose rápidamente, al otro lado de los vitrales.
El viento sopló con mayor intensidad... En la poca vida que quedaba a las mariposas doradas y rojas, éstas salieron del recinto en multitud, cruzando entre ellos, perdiéndose en la penumbra.
Hermione se cubrió la frente, un poco los ojos.
—Fue maravilloso, Severus, no me arrepiento... Nunca me he arrepentido... Fue que yo... tuve miedo –admitió–. Tuve miedo que nos llevara a la locura. En los días siguientes, cuando iba a verte al salir de la última clase o te buscaba en la noche, sentí que perdería la cabeza. Contigo es un torbellino. No dejaba de pensarte. Y no me afectó tu historia con Lilian Evans cuando me la contaste, consideré que ella nunca te supo entender, que no te quiso de verdad. Yo en cambio sería capaz de abandonar todo por ti. ¡Tal vez de haber sido verdad que eres lo que se dice, un mortífago, y me hubieras pedido cambiar a la Oscuridad, habría ido contigo! Por eso era peligroso, para ti y para mí. Creo que yo pude afectarte en lo que estoy segura haces en verdad. Y yo necesitaba que nada me distrajera de la misión con Harry y Ron, porque viene la parte más difícil... En cuanto a los sentimientos... Ron, ¡con él no es amor, pero...! Representaba una seguridad. Él era la paz de no tener arrebatos, ni pasiones, Ron nunca se agita, es... apacible. Nunca se enoja, ni se inflama. Es diferente a ti. Me da una sensación, de... solidez.
Un relámpago latigueó el cielo, revelando un segundo a Snape.
—Te ocurrió como a todos, Hermione. Mi forma de ser los hiere. No puedo reprochárselos.
Ella negó con la cabeza, cuando sonó el trueno y su luz mostró los pensamientos de la castaña:
¿Podrías entenderlo?, le dijo con su gesto. ¿Entender que no podíamos estar? ¿Entender que pese a todo, te amo? ¿Entender que estás en mis sueños, aunque no lo creas? ¿Saber que te añoro, también cuando no piensas en mí? ¿Puedes saber que te imagino? ¿Puedes saberlo, amor mío, presente, ausente, inolvidable?
—Yo he dejado de sufrir –afirmó Snape, girando hacia el Vestíbulo de Entrada.
Hermione lo tomó de una mano, haciéndose un poco adelante al retenerlo, pero él se soltó, al tiempo que las lucernas de lluvia también abandonaban en profusión el Gran Salón.
—¡No me mientas! –Hermione sollozó sin lágrimas, de solo dolor, entre el vuelo brilloso de las luciérnagas- ¡No me mientas diciendo que no sientes, o que no recuerdas!
Las lucernas se dispersaron por la galería, en confeti de plata.
—¡No importa! –afirmó él, enfático, sin alzar la voz- ¡No importa lo que yo recuerde!
—¡Claro que importa! ¡No me hables desdeñando tu sentir! –se puso las manos en las clavículas- ¡A mí me importa!
—¡No! –susurró, enfático- ¡No importa, porque no voy a desear lo que no puedo tener!
—¿Y quién dice que no puedes tenerlo?
Él se hizo atrás, respirando agitado:
—¿Quién? ¡Weasley! Pues, ¿qué buscas con decirme esto? ¿No te debes a tu novio?
Hermione giró atrás un momento, como disponiéndose a decir algo que no deseaba.
—Ron y yo no somos nada –suspiró, abatida.
—¿Cómo?
—Terminé... -asintió, viendo al suelo -. Terminé con Ron.
—¿Por qué lo hiciste?
Ella miró arriba, con una mano en la frente. Los vitrales latían con relámpagos sin trueno.
—Porque... me quedarla sola contigo, en el colegio... y yo... quería intentarlo, decirte... preguntarte... Preguntarte sin tener una opción a donde volver, sin el truco de tener una seguridad oculta. Arriesgarme a saber de ti si deseabas continuar... Pero no sabía cómo decírtelo.
—¿Y para qué me dices que terminaste con Wealey? –rio Snape, con cierta sorna- ¿Para hacerte la noble?
Ella negó enfática, de un movimiento de cabeza.
—¡No! ¡Te hablé de él porque me preguntaste! –afirmó–. Yo pensé en arriesgarme... Cuando llegaste por mí cerca de la entrada se lo acababa de decir, tal vez pensaste que nos despedíamos, pero lo dejé para arriesgarme a recuperarnos. Tú y yo. ¡Severus...! –se cubrió la cara– ¡En verdad te amo! ¡No sabes cómo te he extrañado, no sabes la falta que me has hecho!
La voz de Snape se volvió un poco más ronca, mostrando que le dolía. Los destellos insonoros del vitral lo escondían en la sombra de sus cabellos.
—¿Por qué debería creerte?
Ella se inclinó un poco, con un gesto amplio de los brazos
—¡Porque lo que hicimos es de lo que no se olvida!
Entonces Snape se violentó.
—¡Tú lo olvidaste!
—Severus, no... ¡Cómo puedo decírtelo!
Un destello y nuevo trueno, en latigazo. Snape cerró el puño posándolo en su tórax.
—¡No me lo digas de ningún modo, no te creeré! ¡No volveré a creer, no volveré a decirte que te amo y que quiero vivir contigo para que precisamente por eso vuelvas a salir corriendo!
Un trueno restalló. Snape dio la espalda a la castaña e inclinó la cabeza, de ira y desaliento. Quiso colocarse bajo la lluvia para que le lavara el dolor. Ojalá que el aguacero se llevara su vida, pensó. Nunca nada le había dolido tanto, ni Lilly Evans, pues pensar que con ella conoció el dolor había sido pura ingenuidad. El que Hermione se hubiera alejado le dolía tanto que le daban ganas de morirse. Y estaba furioso consigo mismo, pues no se perdonaba haberle pedido que no se fuera, no se perdonaba haberle insistido que se quedara.
Luego de la negativa de Hermione, Snape había dado vuelta con sonrisa de desdén. Bajó al despacho y al entrar azotó la puerta. Pero en vez de sentir la ira esperada, la ira salvadora, una tristeza candente subió desde su tórax...
Severus Snape no había visto el cielo en quince años. No había vuelto a llorar en diecisiete.
Y dejó salir sus lágrimas, ardientes, al ritmo de un roto corazón enamorado.
Esta noche de tormenta Snape dio la espalda a la castaña y respiró, frotándose la frente.
—Yo... Discúlpame... –pidió-. No debí hablarte así. Es... -sacudió la cabeza- me dolió, eso es todo. Tus razones no son algo que yo no pueda comprender.
—¡Yo te amo! –ella caminó a él– ¡Estoy diciéndote lo contrario de seguir separados!
—Yo también te amo –susurró él-. Te amaré... Eso... eso te lo juro... Estás en mí y no puedo sacarte... Pero es cierto: nos separa demasiado. Ahora he entendido tus razones y estoy de acuerdo contigo.
El latir de las nubes, sin más sonido que el de la lluvia, los iluminó cuando Hermione se le acercó.
Snape giró a ella, ambos heridos con los fuegos fatuos del resplandor de los cristales.
Se abrazaron. Pese a todo se necesitaban. Pese a todo se extrañaban. Snape la tomó por el mentón. Ella fue a él. El encuentro de sus labios fue posesivo, en el alivio infinito de volver sentir la boca anhelada, el de volver a tener los besos exactos. Y se acariciaron en esa sed que nada lo apaga. La lluvia, por cierto, no.
Se abrazaban cada vez con mayor deseo, cuando Snape se hizo atrás, iracundo, y chocando con el muro a su espalda se dejó resbalar al suelo, con la cabeza inclinada. El cabello le ocultó el rostro.
—¡Esto no significa nada! –afirmó, jadeando.
Incitada, Hermione también jadeando, quedó un segundo de pie, pero después sentó en el piso, de costado a él, con la falda de seda extendida en torno, e inclinó la cabeza, de perfil a la ventana donde bajaba el agua.
—Severus... -exhaló.
Él hizo un movimiento tajante con una mano.
—No me llame así, Granger. Basta de tonterías.
Ella suspiró, agobiada.
Asintió con la cabeza baja, viendo hacia afuera, por el cristal mojado.
—Está bien. Profesor. Yo se lo aclaro –se pasó una mano por la frente, apartándose los cabellos-. Yo no podré vivir así. No, así no... No debió salvarme hoy, señor. Si ésta es su respuesta yo me dejaré morir. Y sepa que después de mí usted morirá. No es soberbia. Morirá de no hallarme en ningún sitio donde usted vaya. No crea que sólo yo pagaré mis errores, usted pagará los suyos –alzó las cejas de despecho, viendo por la ventana, escuchando el chubasco-. Y su mayor error no es el orgullo. Su mayor error es el mismo que el mío: dejar ir a quien se ama. Hay venganzas que matan al vengador.
Snape apoyaba un codo en una pierna flexionada, y se veía la otra mano en la pierna extendida en las baldosas.
—Nadie muere de amor, ni de desamor, Miss Granger.
—No –aceptó ella -limpiándose dos lágrimas, dos luciérnagas de lluvia-. Muere de silencio. De eso moriremos los dos, se lo aseguro.
