Veni, vidi, vici
.
Capítulo II
.
El sonido estridente del timbre atravesó el pequeño apartamento, irritantemente largo y desagradable a esas horas de la mañana (en realidad no era tan temprano, pero no hacía demasiado que Naruto se había levantado). Hubo otro toque largo, penetrante, y Naruto maldijo entre dientes. Sabía quién era el desgraciado intentando quemarle el timbre.
—¿Qué pasa, tío? ¿Cómo lo llevas?
Aunque era pasado mediodía hacía un frío intenso y Kiba se movía en el sitio tratando de entrar en calor. Vengativo, Naruto decidió dejarlo fuera todo el tiempo posible.
—¿Qué demonios haces aquí?
—Tsk, no te alegres tanto, por favor —dijo poniendo los ojos en blanco—. Pasábamos por aquí y hemos decidido venir a ver a saludar.
Naruto frunció el ceño.
—¿Hemos?
Restregándose las manos ante el vaho de su aliento, Kiba hizo un gesto señalando el pasillo a sus espaldas.
—Sakura y yo. Ha ido un momento a comprar unas c-c-c-cosas. ¿P-podemos entrar?
Naruto bufó con burla.
—Te ha obligado a venir, ¿verdad?
La cara de Kiba se derritió hasta convertirse en una mueca.
—Al p-parecer dejar a tu mejor amigo emborrachándose en un bar después de haber roto con su novia para irte a ver un est-t-t-túpido partido es un menos diez en la escala de la amistad —tartamudeó poniendo los ojos en blanco—. Últimas n-n-n-noticias: no tengo sentimientos ni emp-p-patía.
—Espera, ¿me dejaste para ir a ver el partido?
—¿Qué? ¡No! ¡Claro que no!
Una sonrisa lenta y maliciosa se extendió por el rostro de Naruto, y Kiba hizo una mueca.
—Te odio t-t-t-tanto.
A Naruto se le escapó una carcajada que tintineó en el aire frío y Kiba apuntó un dedo en su dirección.
—No tienes derecho a reprocharme nada, bastardo —ladró—. Te dejé en buenas manos.
La sonrisa de Naruto se congeló, pero justo en ese momento llegó Sakura con las mejillas sonrosadas por el frío y Naruto se hizo a un lado para dejarles entrar. Antes de poder saludarla, sin embargo, Sakura le arreó un puñetazo directo al estómago al pasar por su lado.
—¡Sakura-chan! —jadeó sin aliento doblándose por la mitad—. ¿Pero qué…?
—Te lo mereces —respondió ella aprovechando su inmovilidad para encajarle contra el pecho la bolsa que llevaba. Después se dirigió al interior del apartamento, tomando asiento en la mesa de la pequeña cocina-barra-sala de estar. Naruto necesitó varios segundos antes de poder incorporarse del todo y seguirla.
—Yo también me alegro de verte —gruñó.
—¿Cuándo pensabas decírmelo?
Naruto se encogió de hombros, sin contestar.
—¿Cómo… cómo está Hinata? —preguntó en su lugar evitando sus ojos. Kiba había empezado a revolver en su nevera sin ningún tipo de vergüenza. Sakura negó con la cabeza.
—No lo sé. No he hablado con ella. Me he enterado por Kiba.
—Urgh. ¿Tenías que contárselo a todo el mundo, joder?
—Eh —Kiba, con ademán herido, apoyó un codo en la puerta abierta de la nevera tras agarrar un refresco—. Técnicamente a Sasuke no se lo conté.
Naruto gruñó, pero antes de poder replicar se vio obligado a maniobrar para poder atrapar al vuelo la lata que Kiba le lanzaba.
—Bueno, ¿comemos o qué? ¡Me muero de hambre!
Confuso, Naruto siguió la mirada de su amigo hasta acabar observando sus propios brazos, donde aún sujetaba la bolsa que Sakura se había encargado de estampar amablemente contra su pecho. De repente ya no sentía ningún dolor.
—Sakura-chan —susurró girándose hacia ella mientras abrazaba los botes de ramen instantáneo—. Eres la mejor persona que he conocido nunca.
Es la peor persona que he conocido nunca, pensó Naruto con amargura.
—Bueno… —repitió ella, saboreando la tensión que de repente pendía en el aire. Naruto dejó la humeante taza de té sobre la mesa y clavó la mirada sobre el vapor. Kiba ni siquiera había alcanzado a terminarse la suya, balbuceando excusas sobre un examen y qué deprisa pasa el tiempo, ¿verdad?, antes de tropezarse con la silla primero y con la puerta después en su precipitación por huir tras detectar las intenciones de Sakura—. ¿Vas a contármelo o no?
—No.
Sakura ni siquiera parpadeó. Continuó mirándolo en espera de otra respuesta y Naruto terminó por ceder a la presión. Más o menos.
—Mira, no hay nada que contar, ¿de acuerdo? —dijo pasándose una mano por la nuca, cansado.
—Por favor, Naruto —respondió ella chasqueando la lengua. A Naruto no le gustó su tono de voz.
—No hay nada de qué hablar —repitió cuadrando los hombros. Por cómo apretó los labios a Sakura tampoco pareció gustarle su sequedad—. Y, de cualquier forma, esto no es asunto tuyo.
—Naruto…
—Sakura-chan. Por favor —pidió anticipándose a la posible pelea. Había pasado casi un mes pero todavía no se sentía lo suficientemente fuerte para hablar de ello. Debió reflejarse en su rostro durante un segundo, porque en lugar de insistir sobre el asunto, Sakura guardó silencio.
—¿Y vas a contarme por qué no me lo puedes contar? —inquirió con suavidad tras un momento.
El cambio fue tan pronunciado que Naruto, desprevenido, no supo reaccionar.
—¿Es por los Hyuga? —tanteó Sakura con cuidado.
Era una pregunta razonable, y nadie se lo habría reprochado si Naruto se hubiera rendido finalmente a la presión. Huérfano, extranjero y sin estudios universitarios, Naruto era todo lo que una familia como los Hyuga (antigua, orgullosa y tradicional) despreciaba, y no hacía falta ser un genio para imaginar que no había sido exactamente bien recibido cuando Hinata lo presentó como su pareja.
—No —negó—. Esto no tiene nada que ver con ellos.
—¿Entonces…? —Sakura alargó el brazo y le dio un apretón cariñoso en la mano—. Naruto, sabes que puedes contarme lo que sea, ¿verdad?
—Sí —suspiró él—. Sí, lo sé y te lo agradezco pero no hay nada de lo que preocuparse. Yo solo… Todo va bien. Estaré bien.
Se levantó y empezó a recoger el té abandonado de Kiba dando por terminada la conversación, pero una parte de Sakura se negó a renunciar con tanta facilidad.
Sakura era lista y, más importante aún, conocía bien a Naruto. Los había observado durante esos meses de noviazgo: Hinata estaba radiante y Naruto parecía volver a sonreír. Todo iba bien. E incluso si hubiera algo que no marchase bien, Naruto no se quedaría de brazos cruzados sin hacer nada. Qué demonios, lucharía hasta lo imposible por arreglarlo. Si quería a Hinata haría… Ah. Sakura parpadeó. Así que se trataba de eso.
—Hay otra —murmuró, asombrada por la revelación. La espalda de Naruto se tensó, dándole toda la respuesta que necesitaba—. Pero, ¿quién? No hay… Tú nunca… Oh. Oh —dijo cuando la respuesta llegó a un tiempo inesperada y evidente, golpeándola con la fuerza sorpresiva de lo obvio. A Naruto le sonó como el peor de los presagios.
Lentamente se dio la vuelta y cuando Sakura vio su expresión en guardia supo que no se había equivocado.
—Oh, Naruto —repitió, y una tristeza repentina impregnó su voz cuando lo miró—. Sasuke.
De alguna forma lo había hecho sonar como una pregunta y una afirmación a la vez. Naruto, después de tragar el nudo que se le había formado en la garganta, esbozó media sonrisa.
—Sorpresa —dijo amargamente con burla sentándose de nuevo.
—Pero ¿desde cuándo…? Es decir, ¿cómo…? No, olvídalo. Está claro. Tiene sentido. Tiene todo el sentido.
Sobre la mesa las tazas de té yacían frías, totalmente olvidadas. Cuando Sakura volvió a hablar Naruto agradeció que no lo cuestionara, que no le preguntase si estaba seguro, que no lo juzgara.
—¿Lo sabe? —preguntó y Naruto amplió la sonrisa amarga.
—¿Qué, que he cortado con Hinata? ¿Que lo he hecho por él? ¿Que llevo la mitad de mi vida queriéndolo como nunca he querido a nadie a pesar de ser un maldito bastardo? —dijo con una risa que no era la suya—. Diría que se hace una idea, sí.
—Mira —volvió a decir Naruto antes de que Sakura pudiera hablar—, olvídalo, ¿quieres? Yo ya lo he olvidado. Esto… lo que quiera que sea esto… ya está cerrado.
—Naruto —repitió con seriedad—. ¿Lo sabe?
Naruto suspiró, se restregó la cara con las manos y recorrió su pelo antes de contestar.
—Sí. Sí, lo sabe.
—Y ha… ¿Ha dicho…? ¿Ha dicho algo? —preguntó Sakura intentando enunciarlo con delicadeza.
Naruto volvió a pasarse las manos por la cara y terminó con la cabeza echada hacia atrás sobre el respaldo de la silla contemplando el techo. Desde su posición Sakura solo veía su mandíbula fuerte y la nuez que tembló ligeramente con sus siguientes palabras.
—Ya está cerrado.
Sakura carraspeó y volvió a hablar con suavidad.
—Dale… Dale solo un par de días para asimilarlo. Estoy segura de que…
—Ha tenido más de un año para asimilarlo —cortó Naruto—. Pero ya no importa. Es lo m…
Solo oyó el ruido de las patas de la silla al arrastrarse sobre el suelo antes de sentir la amenazante presencia de Sakura inclinándose sobre la mesa, sobre él.
—¿Un año? ¿Lo sabes desde hace todo un año? ¿Y aun así vas y empiezas a salir con Hinata? ¿Cómo has podido hacerle eso a Hina? ¡Y a Sasuke-kun!
Naruto apretó los dientes.
—Fue tu querido Sasuke-kun quien me dijo que lo hiciera —siseó, encarándola. Tuvo que contener la furia, una furia que lo quemaba y en la que no quería pensar. Una furia que lo llevaba a gritar "¿Y a mí? ¿Qué me ha hecho esto a mí? ¿Cómo has podido hacerme esto, Sasuke?" porque no era Sasuke quien se encontraba delante de él, sino Sakura, y aunque hubiera sido Sasuke Naruto no se habría atrevido a terminar de romperse el corazón.
Con un gran esfuerzo se calmó y se obligó a mirarla de nuevo a la cara.
—Nunca he querido hacer daño a Hinata, Sakura-chan. La quiero, jamás habría estado con ella de no ser así. Intenté… Intenté que funcionara —dijo, cerrando los ojos y dejando caer los puños sobre la mesa sin fuerza—. Lo intenté con todo mi corazón. Pero yo no… No puedo…
Escuchó las pisadas sobre el suelo, y ya se preparaba con el cuerpo en tensión para recibir otro golpe cuando se vio envuelto por los brazos de Sakura y su conocida fragancia floral.
—Idiota —susurró ella con voz cálida apoyando la mejilla en la parte posterior de su cabeza—. ¿Por eso habéis estado tan distanciados todos estos meses?
Naruto asintió.
—No puedo… —comenzó, pero se cortó mordiéndose la lengua. El corazón le latió dolorosamente una vez, dos.
—No hay nada de malo en quererle —dijo ella. Naruto reprimió el calor que le subía cuando Sakura aceptó con facilidad los mismos sentimientos que Sasuke ni siquiera había querido reconocer.
—No puedo… No puedo perderle —confesó, diciendo por primera vez en voz alta su mayor temor.
Sasuke se lo había dejado claro desde el principio, cuando Naruto se lo había dicho por primera vez (seguro y honesto, en un susurro suave, rendido "Estoy… estoy enamorado de ti" y a cambio él le había dicho que lo olvidara y que buscara a otra persona como, por ejemplo, Hinata.
—¿Es que no me has oído? —había preguntado Naruto con voz rasposa e incrédula—. Estoy hablando de ti. Estoy hablando de nosotros. Estoy hablando de…
—Yo no —había dicho Sasuke, cerrando los ojos por un momento—. Yo no.)
Sakura dejó que apoyara la frente sobre su hombro y lo abrazó. De sopetón un puño se estrelló con fuerza sobre su cabeza. Naruto, que no lo veía venir, se separó de su abrazo y la enfrentó sintiéndose más dolido por la repentina traición que por el golpe.
—Sakura-chan qué coño…
—¿Te rendiste acaso cuando me negué día tras día a salir contigo durante dos largos años?
—¿…Qué?
—¿Te rendiste?
—No entiendo a qué viene e…
—¡Contesta!
—¡No! —respondió Naruto, dando un salto sobre la silla ante el rugido.
—¿Te rendiste cuando te dijeron que con tus calificaciones nunca podrías ir a nuestro mismo instituto?
—No, pero…
—¿Te rendiste cuando Neji dijo que jamás te aceptaría? ¿Te rendiste cuando todos pensaban que jamás lograrías llegar al campeonato regional? ¿Te rendiste cuando dijeron que alguien como tú jamás lo ganaría? ¿Cuando dijeron que con esa fractura nunca volverías a competir? ¿Te rendiste cuando Jiraiya-sama dijo que no te tomaría como pupilo? ¿Te rendiste?
—…No —reconoció Naruto apartando la mirada. Sabía a dónde se dirigía, pero no quería oírlo.
—Entonces —dijo Sakura suavizando la voz—, ¿cómo vas a rendirte con Sasuke-kun?
Naruto se quedó en silencio durante unos instantes, largos minutos de mareas internas de dudas, culpa y miedo.
Naruto sabía lo que Sakura pretendía lograr. Él nunca se había considerado un cobarde y entendía que a Sakura le costase comprenderlo pero si pudiera ponerse en su lugar durante tan solo un segundo…
Naruto no era idiota. Tampoco un suicida.
Mierda.
Había estado tan seguro.
De alguna forma, todavía lo estaba.
Pero, verás. Lo que pasaba con Sasuke es que, con él, era o todo o nada. Y Naruto no estaba dispuesto a poner en peligro la única cosa que jamás arriesgaría.
—Sabes que no está cerrado. Nada entre vosotros estará nunca cerrado —Sakura habló con suavidad interrumpiendo sus pensamientos—. Solo… piensa en ello.
Naruto respiró una bocanada de aire, profunda, y después la dejó ir.
—Gracias, Sakura-chan —dijo con voz ronca.
Se puso de pie, y de pronto Sakura tuvo que alzar la vista para poder mirarlo a la cara. La abrazó, y Sakura encajó la cabeza bajo su barbilla.
—¿Qué haría sin ti? —preguntó.
—Nada bueno —sonrió ella.
—Gracias —se burló él, separándose—. Sobre todo por arrastrar hasta aquí a Kiba.
Ella puso los ojos en blanco.
—Sabes que no lo he obligado a venir, ¿verdad?
—Lo sospechaba.
—Me hizo prometer que no te diría nada. Hombres —dijo con total exasperación. Después hizo una pausa apenas perceptible—. ¿Hablarás con él?
Podía estar refiriéndose a Kiba. O puede que no.
Naruto no respondió.
Cuando se despidieron, ya en la calle, Sakura se quedó quieta viendo cómo se marchaba perdiéndose entre la gente.
De pronto era tan fácil verlo en la forma en la que siempre se habían relacionado, acercándose y separándose y dándole todo al otro, tanto lo que quería como lo que no, que se preguntaba cómo había podido no percibirlo antes.
Era amor, simple e intenso amor. No había otra forma de describirlo. Sakura rememoraba cada sonrisa, cada pelea, cada mirada de la que había sido testigo a lo largo de los años y, sí. No pudo evitar un repentino ramalazo de lástima al pensar en Hinata, pero eso no afectó en nada a la súbita y serena certeza de que Naruto nunca sería completamente feliz con ella. Eran compatibles, sí, se amoldaban el uno al otro. Ella le aceptaba sin reservas y a su lado Naruto tenía un lugar cálido y confortable que querer y cuidar, pero Naruto no necesitaba eso. Naruto necesitaba un compañero, alguien que lo retara a enfrentarse a sí mismo y a superarse una y otra vez. Alguien con quien pudiera medir sus fuerzas, alguien que lo obligara a seguir adelante, alguien que consiguiera sacar todo de él, tanto lo bueno como lo malo. Algo que Sakura solo había visto hacer a Sasuke.
Era tan, tan simple.
Quieto en mitad de la calle, Naruto cambió el peso de un pie a otro con cierto nerviosismo.
La vio salir acompañada de una amiga, con el pequeño bolso colgado del brazo y los libros abrazados contra el pecho protegiéndolos de la suave llovizna. El abrigo beige ondeaba por el viento a la altura de las rodillas, y debajo la falda oscura de suave vuelo se movía también. Llevaba ese jersey de apagado color morado que él había dicho una vez que le gustaba y que desde entonces para ella se había convertido en su favorito, y al recordarlo Naruto sintió un golpe de melancolía teñida de culpabilidad.
—Hinata —llamó.
Hinata alzó la vista sorprendida en dirección a la voz y por un momento se quedó totalmente paralizada, en mitad de la calle y del frío del invierno. Casi en seguida se recuperó y despidiéndose de su compañera se acercó a él.
—Naruto-kun… —murmuró, luchando por no apartar la mirada.
Dolía verle. Dolía ver su pelo rubio despeinado por el viento, la leve tensión de sus hombros, su mirada de un azul oscurecido por el tiempo gris y la forma en que la miraba, como si lo sintiera. Inconscientemente apretó los libros entre sus brazos.
—¿Qué tal los exámenes? —preguntó Naruto al cabo de unos segundos de incómodo silencio señalando con la cabeza hacia la biblioteca de la que Hinata acababa de salir.
—Bien —respondió, y tuvo que sujetarse el pelo cuando una ráfaga más fuerte lo hizo bailar a su alrededor—. Es… Estudiando duro. ¿Qué tal… Qué tal estás tú?
Naruto se encogió de hombros sin llegar a responder.
—Escucha, Hina… —Hinata se obligó a clavar la vista en él y a no retroceder. Podía hacer esto. Podía—. Quería disculparme. Nunca pretendí…
—No es necesario —dijo, interrumpiéndole.
—Hinat…
—No —repitió, con una decisión que pocas veces mostraba—. Por favor.
No iba a ceder en esto. No estaba lista para escuchar las razones ni las disculpas de Naruto. No iban a ayudarla, no con la ruptura tan reciente, y lo último que necesitaba era que Naruto sintiera compasión por ella.
Pudo ver en la mirada contraria que lo comprendía, y que no iba a insistir, y en ese momento, al ver reafirmadas en su gesto todas las razones por las que se había enamorado de él fue más doloroso que nunca el amarle.
—También quería darte las gracias.
Aquello la tomó desprevenida.
—¿Por… Por qué? —preguntó confusa.
—Gracias por estar dispuesta a darlo todo por mí. Requiere mucho valor.
—Naruto-kun…
—Gracias por estos meses. Y gracias por esto. Peleaste, pensaste… pensaste que valía la pena luchar por ello. Gracias.
Hinata parpadeó, peleando contra las lágrimas y contra el dolor que sentía en el pecho.
—Espero que tengas suerte, Naruto-kun —dijo de corazón poniendo una mano en su mejilla. Naruto le dedicó una sonrisa pequeña y cubrió su mano con la suya.
—Siempre voy a estar aquí para ti, Hina. Siempre. Te quiero.
Ella cerró los ojos, y si se le escaparon unas pocas lágrimas no le importó.
—Lo sé —sonrió—. Yo también te quiero, Naruto-kun.
Verlo alejarse fue probablemente lo más dulce y lo más amargo que había sentido nunca, todavía con el calor de los labios en su mejilla y la seguridad de que no se volvería a repetir.
Naruto había dudado durante un interminable segundo antes de llamar a la puerta. Sentía ridícula la sensación como de espasmos que tenía en el estómago, esos nervios traicioneros acompañados de un leve temor y, pese a todo, la inquebrantable determinación de seguir adelante. Había cogido aire, centrándose. Después había llamado. Plantado ante su puerta, con los latidos retumbando en su interior, había escuchado las pisadas amortiguadas que indiciaban que Sasuke estaba a punto de abrir y había afianzado los pies sobre el suelo. Se había sentido bien. Correcto.
Se trataba de Sasuke. De Sasuke, entre todas las personas. Naruto no iba a conformarse con una amistad tirante y con barreras cuando lo que sentía por él podía iluminar el jodido Tokio. Y no le importaba si tardaba un año, o diez o cien en hacérselo entender al bastardo.
Era lo correcto, sí. Él se había sentía bien. Como si hubiera vuelto a ser él después de mucho tiempo de no reconocerse a sí mismo. Se había sentido correcto.
Después Sasuke había abierto la puerta, con el pelo mojado y una sencilla camiseta de manga larga que había hecho a Naruto estremecer.
—Tenemos que hablar —había dicho, y por un milisegundo todo había parecido ir bien. Después una voz había surgido detrás de Sasuke y Naruto había visto a Suigetsu con tan solo unos pantalones secándose el pelo con una toalla, y el alma se le había caído de golpe a los pies cuando incluso a esa distancia había distinguido las marcas moradas en su pecho.
—Vaya, mira quién ha venido —había saludado Suigetsu con sonrisa afilada y astuta—. Una suerte que no llegara quince minutos antes, ¿eh? O esto podría haber sido una situación muy incómoda.
—Suigetsu…
—Sí, sí, entendido. Aguafiestas…
Naruto había apretado la mandíbula con tanta fuerza que le habían chirriado los dientes. Intentando relajarse se había aclarado la garganta.
—Mira…
La voz se Suigetsu le había interrumpido de nuevo desde algún lugar dentro del apartamento.
—¿Qué mierda hiciste con mi camiseta, Sasuke?
Sasuke había cerrado los ojos, despacio y sereno; su rostro no había traicionada ninguna emoción. Se había visto alto y peligroso ahí de pie y Naruto…
Naruto quería golpear a alguien. A Suigetsu, probablemente. A Sasuke, con toda seguridad.
—Naruto…
—¿Sabes qué? Mejor lo dejamos para otro momento.
Y se había marchado, sin una palabra ni mirar atrás.
La puerta se abrió sin ruido y un resplandor cálido le bañó la cara. Hana le miró con las cejas ligeramente arqueadas por lo inesperado de la visita.
—Naruto-kun —saludó—, pasa.
—Gracias.
Naruto se sentó en el genkan y se quitó el calzado cogiendo unas pantuflas.
—Siento presentarme sin avisar —dijo inclinando la cabeza con cierto bochorno.
—No pasa nada —repuso ella con ese tono de los hermanos mayores que indica que han hecho cosas peores y que pocas quedan ya que los puedan sorprender—. Kiba está en su habitación.
Naruto atravesó la sala, giró hacia el pasillo y, al llegar al final, se volvió hacia la derecha, donde estaba la habitación de Kiba. Tenía la puerta cerrada y cuando Naruto abrió hubo un revoloteo de hojas sobre la cama.
—¡Estoy estudiando!
Naruto se quedó plantado en el umbral. Desde la cama, Kiba asomó la cabeza por encima del libro que había cogido tan precipitadamente (y que estaba del revés) y con un suspiro de alivio volvió a tirarlo al suelo y sacó la PSP que había escondido a toda prisa bajo la almohada.
—Joder, creí que eras mi madre, casi me matas del susto. Cierra la puerta.
En otras circunstancias Naruto se habría reído de su reacción durante horas, pero lo último que le apetecía en esos momentos era reír. Siguiendo las órdenes de Kiba cerró la puerta, rascó a Akamaru por detrás de las orejas cuando se acercó a saludar y se sentó en la cama con un suspiro. Casi al instante se dejó caer hacia atrás y se quedó ahí con los brazos extendidos, como un muerto. Su abrigo, todavía brillante por las gotas de lluvia debía estar mojando la cama pero no consiguió que le importara. Kiba le dio un golpecito con el pie en el costado.
—Eh.
—Mh.
—¿Nieva?
—No.
—Mierda.
Naruto continuó mirando el techo concentrándose en el sonido de las teclas y la musiquita de la consola. Kiba volvió a darle con el pie.
—¿Quieres beber algo?
—…Nah.
—Podrías traerme algo a mí.
—O podrías ir tú.
—…Nah.
Continuaron en silencio varios minutos más. Naruto oyó la melodía que señalaba que Kiba había perdido la partida y cómo apagaba la consola y la dejaba sobre la mesilla de noche. Un rato después, Kiba le golpeó de nuevo con suavidad.
—Eh.
—Mh.
—Aún tengo la playstation de Shino.
—Genial.
En un abrir y cerrar de ojos ambos se deslizaron hasta el suelo, conectaron los cables y eligieron en mudo acuerdo un juego de lucha de uno contra uno. Naruto se deshizo del abrigo y se arremangó las mangas del grueso jersey. Kiba lo observó de reojo, atento como un perro.
—Voy a aplastarte igual —dijo con una sonrisa canina.
Naruto elevó la comisura de la boca.
—Ya lo veremos.
Cinco minutos de partida después, el móvil de Naruto comenzó a vibrar en el bolsillo de su abrigo, repiqueteando sobre el suelo de madera.
—Es el tuyo —avisó Kiba, que agarraba el mando con fuerza y tenía el cable en tensión—. Hijo de… cómo puedes… tío, te están llamando.
—Lo sé.
—No vas a… ¡Hijo de puta!
—Kiiiba —oyeron canturrear a Hana desde el pasillo.
El teléfono volvió a vibrar quince minutos después. Kiba maldijo.
—¡Naruto! ¡Me desconcentra!
Naruto, sin apartar la mirada de la pantalla, bufó con burla, agarró el abrigo y lo tiró sobre la cama.
—No culpes a otros por tu falta de habilidad.
—Ahora verás —dijo Kiba, realizando varios combos. El luchador de Naruto, una rubia ligera de ropa, salió despedido hacia atrás en una nube roja de sangre. El de Kiba (un mastodonte con sobredosis de esteroides) alzó triunfante los brazos musculosos bajo una lluvia de vítores—. ¡Ja! ¿Decías?
—Esto acaba de empezar, cachorro. Vamos, nena, demuéstrale lo que sabes hacer.
—¿Cómo coño me has llamado? Te vas a ent- ¡arggh! ¡Eso es trampa!
Cuando llegó la tercera llamada, y aunque el zumbido era apenas un murmullo amortiguado por el edredón y los gruñidos de ambos, los nervios de Kiba comenzaron a crisparse de verdad.
—Naruto…
—Ignóralo.
Kiba no lo hizo. Pausó la partida y estirándose hacia atrás alcanzó el aparato y miró la pantalla.
—Es Sasuke —dijo, lanzándoselo a Naruto.
Naruto lo cogió y sin mirarlo siquiera lo apagó y dejó en el suelo.
—Vamos.
Kiba dudó, estudiando la cara de Naruto. Después volvió al juego.
—Te voy a machacar —aseguró.
Naruto sonrió con agresividad.
—Ya quisieras.
Una hora después el recuento estaba en 7 victorias para Naruto, 4 para Kiba, y 2 empates por KO simultáneo.
—Te odio —le recordó Kiba, ya en la puerta de la calle.
—Si me lo pides bien te enseño a jugar.
—Por favor —se escuchó decir a Hana—. Lo necesita.
Kiba hizo como si no hubiese escuchado a su hermana, y su intento por mantener intacto su orgullo herido hizo a Naruto reír.
—¡Vuelve pronto, quizá vuelva a dejarte ganar! —se despidió Kiba con un último grito cuando Naruto ya se alejaba calle abajo. Alcanzó a ver cómo levantaba la mano antes de doblar una esquina. Él se metió en casa y cerró la puerta—. Idiota —insultó por lo con cariño.
—Y sin embargo el idiota te ha dado una paliza.
—Argh, ¡Hana!
A Naruto el buen humor le duró durante todo el trayecto a casa, hasta el momento en que subió las escaleras y vio, iluminada, la figura que aguardaba apoyada contra su puerta.
Sasuke, pensó, y el vértigo le inundó el estómago cuando Sasuke giró la cabeza y lo encaró con esos ojos tan negros como la noche que los rodeaba.
Ahora no, suplicó con cansancio a quien fuera que pudiera oírle. Supo que sus plegarias no iban a ser escuchadas en cuanto Sasuke enderezó la espalda y se giró del todo hacia él.
—Creo que deberíamos hablar.
