—Debes descansar –opinó Snape, todavía abrazándola–. El baile fue magnífico y tú, maravillosamente bella. Gracias.
Ella asintió, con leve sonrisa.
—Y creo que dormiré al pie de tu cama –añadió él, perfectamente formal—. Pasado lo de hoy, no quiero dejarte sola.
Su capa había quedado en el suelo, pero Snape no soltó a la Gryffindor. Se puso en pie de un movimiento, en silencio de anticipación por añadir algo, pero no lo dijo.
—¿Sucede algo? –preguntó ella.
—Nada.
Algo era que Snape no podía dejar de admirarla, vestida con el atuendo de fiesta y adornada de su expresión dulce... el collar, los aretes, el dibujo de su boca, su cabello ensortijado, la seriedad animada de sus ojos. Hermione para él: de seda, de terciopelo, ocasionalmente de hierro.
Con un brazo por la espalda de la Gryffindor y el otro por detrás de sus piernas, la apretó un poco contra sí... Hermione percibió la leve presión. Como si él gozara sintiéndola, y quisiera abrazarla con deseo, con conocimiento, un poco disimuladamente.
El leve apretón la hizo recordar el abrazo de sus cuerpos, las noches secretas juntos... La locura saboreada... No obstante, conociéndolo, sabía que él decía acompañarla para protegerla.
—Necesitaremos bajar–aclaró él–, debo aplicar un encantamiento de protección al Salón.
Hizo el pase y aparecieron en la Gran Escalera, de cara al Vestíbulo.
—¿Piensas cargarme hasta la Torre de Gryffindor? –rio ella, divertida, cuando él enfiló al pasillo.
—¿Por que n...?
Un retumbo en eco, cimbrando baldosas y muros en diapasón.
Snape soltó, poco a poco, el brazo bajo las piernas de Hermione, permitiéndole quedar de pie, sin sobresaltos.
Un sonido rítmico desde la oscuridad del fondo.
Trak-clakety-clak.
Trak-clakety-clak.
Lo que fuera, se acercaba. Al llegar a la mediana luz filtrada por el vitral de arriba, se insinuó un frente de cuatro en fondo: Los soldados de roca del Vestíbulo.
—Es Piertotum, Piertotum Locomotor –reconoció Snape el encantamiento que usaría McGonagall dentro de un tiempo.
Llevó a la chica de regreso a la escalera, entre los ecos de las pisadas de los combatientes, que brotaron de la sombra del hall. Era una columna nutrida, implacable.
Snape los encaró, colocando a Hermione a su espalda, haciéndola subir unos peldaños.
¡Trak-clakety-clak! Los soldados avanzaban rítmicamente, mecánicos con las manos armadas al frente, las movían de un lado a otro, así como las cabezas, izquierda y derecha, izquierda y derecha. ¡Trak-clakety-clak!
Snape, con pies en escalones diferentes, encarándolos, analizó la situación. Los cabellos le enmarcaron la frente. Hermione estaba atrás, sacando su varita.
Usados así, los combatientes eran más útiles que en posición defensiva estática, donde estaban llamados a resistir hasta el último y sucumbir.
En armadura de roca y yelmo, se lanzaron al frente a la carrera, apuntando a Snape y Hermione con las alabardas, retumbado por el castillo. ¡Trak-clakety-clak! El de pociones, torciendo la boca, los dejó acercarse un poco, escuchando las fuertes pisadas en lo ancho del Vestíbulo. Para preocuparlo se iba a necesitar un poco más que eso.
Cuando los soldados de roca estaban por llegar al pie de la Gran Escalera, Snape les lanzó un rayo con la varita, virando el encantamiento en la primera mitad., de modo que los combatientes en armadura de piedra dieron media vuelta súbita y descargaron hachas y alabardas sobre la mitad que venía detrás, trozando a los primeros y haciéndolos caer. El choque restalló en trozos de piedra volátiles y en segundos se volvió una batalla campal.
Hermione actuó a su vez, lanzado el rayo con la varita hacia gradas arriba de la Gran Escalera, para destruir una lluvia de escobas que caía sobre ellos.
Astillas y fragmentos de madera y metal se esparcieron alrededor. Oyéndose el estruendo del enfrentamiento, Snape avisó:
—No puedo hacer el hechizo de Aparición.
Hermione a su vez comprobó que ella tampoco. Lo decidió de inmediato:
—¡Empújalos, quítalos del camino!
Severus hizo con la varita un elegante pase veloz que culminó con un ligero gesto de golpe. El efecto fue impresionante, porque aventó a unos soldados contra otros, apiñando amigos contra enemigos, en un bloque de toneladas que se estrelló contra uno de los muros, cuarteándolo al pulverizar a cada soldado.
Snape tomó a Hermione de la mano y corrieron por el Vestíbulo hacia la salida, en medio de la caída de trozos de roca.
En el umbral agudo todavía se las arregló para voltear y apuntar a otras escobas que caían hacia ellos. que no vio pero intuyó que llegarían. Protegiendo a Hermione con el cuerpo, mientras ella cuidaba la entrada con la varita, Snape logró incendiar las escobas y hacerlas dar media vuelta, estrellándolas contra las que se acercaban.
El gran portón de Hogwarts se abrió, dejándolos salir corriendo.
Era una borrasca, uno de esos días escoceses donde cae el cielo. La precipitación era un golpeteo constante y denso que los empapó en segundos.
Miraron arriba. La cúpula de protección continuaba brillando en manto blanquecino, removiéndose al modo de aceite en agua.
—Quien sea, probablemente quiso obligarnos a salir –consideró Snape, alzando la voz para hacerse oír-. Algo nos atacará, será mejor regresar.
La cúpula no mostraba fisuras. Defendía de los encantamientos de ataque, pero así como pasaba el aire, pasaba el agua, lo que hizo pensar a Hermione.
—¿Pueden modificar el clima? –lo interrogó ella.
—No lo creo.
—Porque si consiguen desviar un rayo al suelo nos matará.
Dispuestos a regresar, espalda contra espalda e inclinados hacia delante, lanzaron encantamientos alrededor.
Sirvió, porque obligaron a salir a un ser que los habría emboscado de querer alejarse del portón de entrada.
Un troll, pesado y masivo, salió enorme de entre las sombras. Con sus cinco metros o más de estatura, fue hacia ellos haciendo vibrar el suelo al caminar.
—Eso estaba dentro del castillo –aseguró Snape, mojado de pies a cabeza-, eso no entró, ni pasó, alguien tuvo que traerlo, antes, alguien que sabe en qué parte de Hogwarts estamos. ¿Dónde está Hagrid? ¿Estará vivo?
Los trolls se mueven rápido para el peso que tienen. Los ves a veinte metros y en un tris los tienes encima. El que los atacaba además corrió hacia ellos. De la varita de Snape se formó un halo que se expandió, pero dirigió el rayo al suelo.
Debió hacer un gran esfuerzo de poder, pero esto lo manejaba desde antes.
Del suelo brotaron gruesas raíces de árbol, retorciendose en el aguacero, restallando al levantar el suelo en gránulos desmenuzándose.
Al retorcerse, las raíces emitieron un crujido, dando vueltas sobre sí en forma de una soga de madera, en garras que prensaron las piernas del troll, deteniéndolo bruscamente.
Es el Sauce Boxeador, pensó Hermione en la borasca, son las raíces del Sauce Boxeador, Snape lo ha hecho obedecerlo, ¿cómo fue? Debe ser Artes Oscuras, madre mía, Merlín nos protegiera si en verdad Snape fuera aliado del Señor Tenebroso. Él sólo podría matar a medio Hogwarts.
Pese a los esfuerzos del potente monstruo y sus alaridos de rabia, el troll no pudo evitar que las raíces lo atenazaran de brazos y cuello, arrastrándolo y haciéndolo ir bajo tierra, para el Sauce sofocarlo antes de sacarlo del castillo y triturarlo.
Sorpresivamente, un destello venido de entre las sombras, traicionero, golpeó a Snape en el tórax, lanzándolo al suelo.
—¡Severus! –le gritó Hermione.
Corrió a él y arrodillándose, se percató que tenía mojado el saco oscuro. Rápida comprobación: sangre.
—¡Vete, Hermione! –ordenó él, recobrando el aire.
—¡Me quedaré contigo! –la lluvia le escurría por la barbilla.
—¡Es lo que quiere! –rugió Snape- ¡Quien nos ataque, si me matara te dejaría en posibilidad de irte, así me inmoviliza y te retiene, su meta no es matarte, es llevarte, quiero que huyas, déjame! ¡Ya!
—¡No me dirás dónde me tengo que morir, eres el colmo! –le gritó a su vez, sacando la varita y lanzando el rayo hacia el punto de donde atacaron a Snape.'
Hermione barrió con haces aquella zona, de donde salieron otros en respuesta. El tercer rayo de la castaña acertó en algún punto importante, porque hacia el fondo saltó un ramalazo de luz y con eso tuvieron un respiro.
Snape no podía levantarse.
—Está mal aspectado... –aseguró él, pero viendo al frente- Siento... es una herida rara... Déjame aquí... márchate... Hogwarts ya no es seguro...
Snape pesaba mucho para ella. Lo arrastró de las solapas, empapada.
—¡Te digo que te vayas, Hermione! –insistió él.
¿Severus, muerto? ¿Ella, abandonándolo? La herida se veía tremenda.
—¡No! –afirmó Hermione, sollozando y tirando de él sobre la hierba- ¡Eres mi profesor, mi enemigo ante todos, pero yo te amo! ¡Te amo desde que tenía 15 años...! –lloraba, en el chubasco- ¡Te amaba antes de saberlo...! ¡Yo no lo elegí, pero sí elijo no dejarte! ¡Prefiero morir contigo!
Sombras vaporosas se formaron arriba, del otro lado de la cúpula, en el cielo borrascoso.
La castaña se estremeció. Conocía el horror, la sensación de desesperanza y pesadilla. Sobre la cúpula se acercaban dementores.
No le daba tiempo de llegar al umbral. Lo que estuviera al fondo volvería a atacarlos.
Pero Snape, movido por las palabras de Hermione sobre morir con él, puso una rodilla en tierra. Su cabello mojado era una cortina negra. Se obligó a moverse. A ella nada le sucedería mientras él respirara. Sangrando, se levantó y apuntando al cielo, hizo que Hermione estuviera pegada a él, y cantó una letanía en una lengua siseante.
Hermione se sorprendió. ¿Qué habla, es pársel? ¿Cómo? Él no lo habla, nadie lo habla, excepto Voldemort, Marvolo, Harry. ¿O esto...?
Snape lanzaba una maldición de las oscuras artes que hace años no practicaba y había jurado no hacerlo más, pero por Hermione rompía sus juramentos más sagrados. Por la Gryffindor se condenaría a Azkabán. Haría todo y lo que fuera por la castaña, le costara lo que le costara, pagara lo que pagara al más puro amor Slytherin.
Del extremo de la varita brotó no luz, sino un vapor negro, girando rápidamente en volutas y láminas plásticas alzándose.
Hermione no pudo ver más, excepto que resaltadas contra el manto brilloso de la cúpula defensiva, aquel vapor creciente se aglutinó y cobró forma de mujeres horrendas, en harapos, con cabellos de serpiente, que se lanzaron hacia arriba, al encuentro de los dementores. La Gryffindor apoyó la espalda contra la de Snape, cuidando la zona hacia el castillo, estremecida por los chillidos y aullidos.
Snape volvió a poner una rodilla en la tierra. Hermione lo sostuvo y probó a hacer el hechizo de Aparición, lo que logró con un destello.
Él no tuvo conciencia del paso del tiempo. Lo siguiente que supo fue estar en un silencio bienhechor, de frente a un vitral que arrojaba sobre ellos la luz calma de la noche, de lluvia amainada.
Se encontraba en un cama, seco, en una sala amplia en penumbra, iluminado por un fuego creado por Hermione.
—¿Dónde estamos?
—No te levantes –le susurró la castaña, de nuevo en unforme-. Es la Sala de Menesteres.
Él se apoyó en la almohada, suspirando.
—¿Cuánto tiempo llevo así?
—Unas dos horas -ella estaba sentada al lado de él.
—Gran ayuda he sido -bufó.
—Claro que lo has sido. Gracias a ti sigo viva. Si es una cuestión más de tu orgullo, olvida.
—El orgullo no me ha servido de nada –rumió-. El orgullo es una completa estupidez. Pude morir con gran orgullo. Casi te digo ahora que hagamos las paces.
—Casi –sonrió ella, asintiendo, acariciándole la mano.
Snape apoyó una mejilla en la almohada, admirando a Hermione de esa forma grave e intensa que a ella la sacudía. Él parecía tan en paz, a la vez conmocionado. Bastaba con leer sus ojos para saber que la amaba. Ella le apretó la mano.
No obstante callados, hablaban bañados por la luz de la noche, etérea y acompalada por el fuego hecho por ella en un frasco.
Con su gesto, Snape le decía: He pasado melancolía hecha de tu ausencia, de imaginarte y no verte, de recordarte, sin saber si volvería a escucharte. Y cuando te veo de nuevo es como si te hubiera visto ayer, siento que vuelvo a vivir, como si nunca te hubieras ido. Todo vuelve a tener sentido.
Hermione le decía: Me es difícil imaginarte sin mí, Severus. Me es difícil imaginarte lejos de mí en el rumor de la lluvia, en el silencio de cualquier día. ¿Saber que no te veré? ¿Cómo sería eso posible? No lo concibo. No, eso no puede ser. Nuestro amor guía lo que debe ser.
Dedos entrelazados. Noche de Luna oculta por el celaje de nubes, por la cascada del cielo. Hermione y Snape en la franja luminosa donde golpeaban las ráfagas de agua. Sin hablar, se dijeron repetidamente que se amaban, estechándose los dedos.
Como a veces los amantes se hablan, cuando necesitan saberse de otro modo: sin una palabra, en el silencio cargado de sentimientos, entre estremecimeintos de corazón a corazón, en diálogos mudos, por encima del qué dirán, o de las circunstancias, de los riesgos, de las incertidumbres o por sobre el estorbo del azar. Como se hablan los que se aman, cuidándose el uno al otro, atravesando la distancia, el bullicio de otros, tal vezs uperando el propio miedo, hasta el final de las dudas.
¿Estaban separados, o nunca se habían dejado? Snape apretó la mano de Hermione, y en el claroscuro sus ojos marones fueron toda la verdad que él necesitaba. Somos tú y yo, amor mío, llenos de voz en el silencio.
