Snape pidió a Hermione que se recostara junto a él y la castaña, abrazada al Slytherin, poco a poco quedó dormida. Él le pasó una mano por los hombros, y corrieron las horas, tocados por la luz ocasional que caía desde la ventana, en tenues grises sobre su abrazo.
Las horas nocturnas transcurrieron apacibles en la Sala de Menesteres. Snape, con los dedos, jugaba levemente con los sedosos cabellos de Hermione, escuchándola respirar tranquila.Él repasaba sus sensaciones al tenerla así, en su abrazo confiado: estaba complacido, reconfortado, también maravillado. De cuando en cuando, la admiraba: el gesto sereno, las facciones delicadas, reveladas por la Luna. Y le fascinaba no sólo sentirse, sino decirse que ella dormía, abrazada a él.
Severus pasó las horas despierto, sintiendo el grácil dibujo de las ondas de Hermione… A ratos girando hacia la Gryffindor para aspirar el perfume de sus cabellos ensortijados, o para perderse en las pestañas de la chica y en su expresión pacífica… Escuchar su respiración, su suave ritmo, la mejilla descansando en el tórax de él.
La noche fluyó, una hora tras otra. Las nubes se desplazaban, soltando el murmullo del agua.
Snape depositó un beso en una mejilla de Hermione, y susurró:
—Te amo…
Ella murmuró alguna frase, que se perdió en el sueño.
Más tarde, la chica despertó y somnolienta, musitó al oído de Snape.
—… ¿Cómo te sientes? ¿Necesitas algo?
Él le dio un beso, encantado con la sensación tersa de los labios de la castaña, más delicados por el dormir, y le respondió:
—Tengo lo que necesito.
Ella volvió a cerrar los ojos, acomodándose en el abrazo. Estaban tan gratificados que no se movieron, y abrazados poco a poco la noche quedó atrás. Pero no quedaron atrás los sentimientos de Severus. Con el contacto del cuerpo de Hermione, se sentía envuelto, atado dulcemente a aquella chica que de un tiempo a la fecha –si recordaba el raro dicho muggle-, era su adorado tormento... Hermione lo había hecho sentir feliz, después sufrir terriblemente, luego ella le salvó la vida y aunque él había intentado distanciarse, ahora la abrazaba… Se preguntaba cómo había podido vivir sin ella... o es que sin ella, antes no había vivido.
Snape en duermevela vio pasar las sombras por la Sala, hasta que cerca del amanecer se dio a repasar lo sucedido, los ataques , y analizar lo que no tenía clara explicación. Tomando uno u otro detalle, fue armándose una hipótesis.
Muy temprano, antes del amanecer, Hermione abrió los ojos y le dio un beso en la mejilla.
La Sala de Menesteres había cobrado aquella forma por la necesidad planteada por Hermione, quien se levantó y para evitar que Snape la viera desarreglada, fue rápido al cuarto de baño a asearse. Cuando más tarde Snape salió, secándose el cabello, ya sin trazas de herida, ni de dolor, comentó:
—Creo saber lo que ocurre… ¿de qué sonríes? –con curiosidad la miró sentada en la cama; ella traía de nuevo el uniforme, pero con una gorra crochet.
—Me gusta verte sólo con camisa.
—Oh… -no supo qué responder- Como te aclaraba, creo saber qué pasa.
—Dime -asintió.
—Tus zapatos, esos zapatos bajos que traes ahora, ¿son los mismos de cuando te intoxicaron?
—No, los cambié.
—Conjúralos.
—¿Los zapatos? –se extrañó.
Snape alzó una ceja.
—Pareces nueva, Granger, ¿sabes dónde están?
—Claro.
—Entonces conjúralos.
Snape a su vez conjuró algunas sustancias de su despacho. Para extrañeza de Hermione, él tomó los zapatos que ella usó el día del envenenamiento y bañó las suelas con un líquido que produjo con mezclas.
Para sorpresa de la castaña, en una de las suelas apareció una mancha azul redonda.
Snape asintió:
—Yo tenía más razón de la que pensaba. No te pudieron intoxicar antes de quedarte en Hogwarts. Ni con los alimentos de esa mañana. Esta mancha azul es la prueba: el veneno pasó a través de la suela.
—¿Cómo? –la afirmación le generó varias preguntas.
—Exacto. ¿Cómo? Nadie entró a la Torre de Gryffindor, ni a la cocina. Hay que liberar a Filch. Sólo existe una respuesta para esta manda: colocaron el veneno en el suelo, sabiendo que pasarías por ahí.
Ella lo razonó:
—Peo eso significa que, quien haya sido, sabía no sólo que iríamos por ahí, sino también donde pisaría yo… exactamente.
Añadió:
—¡Ahora me preocupa Hagrid!
—No te preocupes demasiado, es obvio que Hagrid no interesa a nuestro enemigo.
Hermione asintió, todavía inquieta por el semigigante, y continuó pensando:
—Quien nos ha atacado sabía exactamente lo que haríamos, por lo menos en esos dos momentos, para saber dónde pisaría y cuando bajamos al Vestíbulo.
Snape asintió, seguro de lo que aventuraba:
—Así es, lo sabía exactamente. ¿Notaste que no oímos caer a los soldados? Unos están a nivel bajo, pero son estatuas acomodadas a lo largo de la pared hasta el techo. Deben pesar unos trescientos kilos, pero hubo cero ruidos, es decir, ya habían bajado cuando llegamos. Nos emboscaron. Y nuestro atacante también sabía que saldríamos del castillo, por eso tenía afuera al troll. ¿Cómo pudo saber dónde colocar todo?
—Porque lo vio. Lo vio antes que lo hiciéramos.
—¿Fue Adivinación? Tú sabes que no es una ciencia exacta como Pociones o Aritmancia.
La respuesta fue armándose en la mente de Hermione y conjeturó:
—De ser adivinación, habría visto que te traje a la Sala de Menesteres y nos habría interceptado en la entrada. Pero es obvio que logra lo que hace por tener un conocimiento de los tiempos.
—¿Eso significa…? Estás a un paso de saberlo.
La castaña se puso en pie y concluyó:
— Ve lo que hacemos, y va al pasado para emboscarnos. Va al pasado. ¡Tiene un giratiempo!
Snape asintió:
—Vio donde pisaste y regresó minutos al pasado, para dejar el veneno en el suelo y que pasara través de tus zapatos. Luego nos vio bajar al Vestíbulo, y regresó a cuando estábamos pisos arriba, para hacer bajar a los soldados. Nos vio salir del castillo y regresó en el tiempo, para ingresar al troll. Por eso cada hecho tuvo un intervalo, como si nuestro enemigo no pudiera actuar de inmediato. Él demora en hacer los ajustes que necesita. Por ejemplo, llamar a los dementores.
—Es peligroso.
—Lo es, es un buen adversario, pero tiene un grado de torpeza. Nuestro atacante no sabe manejar bien el giratiempo o nos habría matado en cualquier momento. Es más, no quiere atacarnos abiertamente.
Snape volteó a la puerta.
—Ahora, por ejemplo, está trabajando. Estando nosotros en la Sala de Menesteres no puede entrar. De seguro ha debido regresar varias veces en el tiempo para detenerte cuando me metiste aquí. Pero conforme pasan las horas pierde la oportunidad. Como sabes los giratiempos tienen alcance limitado. Y es que, aunque sepa que entramos, ubicar el segundo exacto cuando eso pasó no es sencillo.
—Severus… profesor…. –Hermione tenía una duda desde hace rato- ¿Tú sabías que hace años usé un giratiempo?
—Para lo mismo que lo usó Crouch. Claro -respondió él, sin poner mucha atención-. Siempre he sabido lo que hacen tú y tus amigos.
La confianza que Hermione le tenía, era por sospechar y más que eso, por estar convencida que Snape no era lo que creía Harry, Ron y tantos otros. Por eso se enamoró de él.
—Y te quedaste con el crédito aquella vez que nos salvaste…
—Porque eso se espera de mí. Pero les di coartada. Ahora, volviendo al tema –Snape reflexionaba-. Ese… sujeto debe estar tratado de ubicarnos en otros momentos, pero el tiempo cambia constantemente. No puede atacarnos cada que lo desee. Y aun si pudiera volver hasta anoche, todo cambio que haga ahora, lo haría crear ramificaciones de sucesos hasta el infinito y se perdería en ello. Es decir, que si modifica lo que ya modificó, él se perdería en un universo distinto al nuestro.
—Esa debe ser la razón de que no sea tan eficaz-aventuró ella-. Tiene poco tiempo para pensar y actuar, sin salirse de la cadena de sucesos donde estamos. En otra cadena de sucesos posiblemente ya nos haya matado –aseguró, asombrada.
—Pero no en ésta, donde pertenecemos –Snape se sobó la frente-. Su problema es que debe esperar a que salgamos. Debemos movernos rápido y contraatacar de manera que le quitemos la iniciativa, lo que ha sido su ventaja.
—Me parece bien –aseveró Hermione, grave-. No me gusta la perspectiva de esconderme hasta que los demás vuelvan de vacaciones.
—Ni a mí. Pero debemos salir con una sorpresa. Imagina esto: si salimos y aparecemos en cualquier otro punto del castillo, volveremos a las emboscadas. Pero si simplemente abrimos la puerta, como no quiere atacarnos de frente, regresará en el tiempo para dejarnos una sorpresa. Ahí lo atrapamos.
—¿Cómo?
—¿Recuerdas la Linterna Mágica?
—¿La que buscaste en tu despacho cuando te hacías el serio para no hablarme?
—Esa. Se me ocurrió que podíamos recibir ataques invisibles. La Linterna tiene ese uso, solamente no funciona con la Capa de Invisibilidad.
—Sorpréndeme –a Hermione le gustaba verlo pensando.
Snape señaló a la puerta.
—La Linterna Mágica hará visible la trayectoria en el tiempo de nuestro atacante. Podremos verlo. La Linterna no permite viajar en el tiempo, pero sí andar el túnel abierto en el tiempo.
Hermione afirmó, muy seria:
—Debemos hacerlo. Y dices que no me preocupe por él, pero también temo por Hagri…
Snape dio vuelta con tal rapidez y caminó hacia ella, que la castaña se intimidó un poco por eso y cuando el añadió:
—Debemos contraatacar como el rayo.
Hermione lo vio llegar con cara de sorprendida, pero más cuando él la tomó por la cintura y la alzó para quedar cara a cara.
El profesor le plantó un beso en la boca que cerró los ojos de la castaña, quien no atinó a hacer algo diferente a besarlo a su vez.
Hermione se ruborizó. El beso le pareció tan bueno y envolvente que se le olvidó de qué hablaban.
Snape le besaba con sed y necesidad, como una presión sufrida que ya no hubiera podido contener.
Moviendo la boca contra la de ella, y el rostro, la tomaba de la cintura. Hermione no supo cómo, pero estaba recostada en la cama, tratando de hablar entre los besos de Snape.
—Severus, mh… cómo…. mh…. se te ocurr…. mh…
El abrazo de Snape la ciñó más en su calidez y firmeza. Ella trataba de abrir los ojos, pero no podía, perdida en el beso ávido.
Él se apartó y quedaron cara a cara, Snapeen cuatro manos sobre ella, quien rodeada por sus rizos sobre la almohada, jadeó para recuperar el aire, al preguntar:
—¿… no me estás diciendo que debemos contraatacar como el rayo…?
—Exactamente. Pero me estaba volviendo loco de no besarte.
Volvió a acariciarla. Hermione se volvió a perder en el beso y Snape quiso verla, porque de cerca se maravillaba más con la belleza de la chica. Con los labios de uno y otro apretándose, Snape aspiró el aroma de la piel rosa de Hermione, admiró las diminutas pecas en su rostro, sus largas pestañas y se perdió en su forma aplicada de besarlo a su vez.
El cabello de Snape rozó a la chica cuando él, intenso, le susurró en los labios:
—Te amo, te necesito, Hermione...
Ella lo tomó del rostro, adolorida.
—¡Y yo a ti…! ¡Es lo que he estado diciéndote…!
Severus viajaba la mirada por las facciones de Hermione. En el rostro de él había amor, deseo, añoranza, la paz tempestuosa del que vive una pasión al expresarle:
—Sin ti, no vivo… No soy yo desde que no te tengo…. No dejo de pensarte… No puedo… No puedo vivir extrañándote…. No puedo, amor mío… Te has vuelto… Te has vuelto mi vida…. Yo… Nunca amé… Lo creí, pero… Viví el amor desde que llegaste tú… Eres… mi tesoro…
Hermione lo rodeó con los brazos y volvieron a fundirse en un largo beso, que creció hasta volverse suspiros, gemidos. A tientas llevaron las manos a los botones de la ropa del otro.
Y así el amanecer llegó, clareando las nubes. En el castillo de magia, suaves cortinas de lluvia pasearon por los patios solitarios, resbalaron en murmullo por las torres de ventanas con biombos cerrados, arrancaron ecos de llovizna en las aulas vacías, golpeteron los acristalados invernaderos, humedecieron los pisos superiores y las cimas de las torres del callado Hogwarts.
En el lecho, abrazados, trenzados lado a lado, Hermione y Severus se miraban a los ojos, jadeando, recuperándose.
—Siento… como si nunca te hubieras alejado de mí… -suspiró Snape.
—Nunca me he ido… amor mío –ella lo besó, delicadamente.
