A Jean Austen, de quien este 2015 se cumplen 200 años de la publicación de Emma.
El bloque de casas de varios niveles en la larga calle, oscura pese a las farolas de gas, mostraba brillos de velas tras cristales, en una llovizna constante.
Hermione pensó que éste era un mundo más oscuro que el mágico, pues la invención de la luz eléctrica en Inglaterra estaba a 79 años en el futuro. Y no sería Bath donde una casa contara por primera vez con esa clase de iluminación, sino Northumberland. La chica pensaba en esto lejanamente, pues le inquietaba andar por ahí llevando al pobre Hagrid en calidad de bulto, ya que encontrar Bath no fue tan difícil como hallar la casa de los Austen. Pero como Snape sabía que Jane Austen había sido Ravenclaw con residencia en esta ciudad, y Hermione conocía el nombre de calle, Sydney Place, la ubicaron entre los dos. Hermione se dio cuenta que en realidad estaban en 1801. Es difícil viajar en el tiempo.
Al no tener idea de dónde estaba Jean dentro del bloque de construcciones, Snape se comunicó con ella por medio del pensamiento; sabía que la encontraría en casa, porque Granger y él salieron a una época del año paralela, y las vacaciones de Semana Mayor se remontaban de menos al 1600.
—¿Has leído alguna de sus obras? –preguntó Snape después de presentarse cautelosamente y conversar un rato con Jean; el hechizo los protegía del rocío de la noche-. Creo que hacía eso que los muggles llaman teatro.
—Dramaturga no, era... es novelista –corrigió Hermione; las sombras los protegían bien; no había perros guardianes-. No leo novelas, no tengo tiempo, pero todo muggle inglés conoce a Jean Austen. Bien, escribirá una obra de teatro, pero su trabajo es en prosa. Creo que todavía no escribe sus grandes obras... ¿es alumna de Hogwarts?
—Es profesora –aclaró él, viendo hacia las ventanas de arriba.
Cuando la escritora les dio permiso, ella les abrió la puerta. Snape y Hermione entraron a una sala iluminada por el candelabro que Jean encendió con magia. Hija de muggles, seleccionada para la Casa de Ravenclaw por su gran inteligencia y talento en las artes.
Estaban también su padre y hermana Cassandra, la cual era muggle, pero que quería tanto a Jean que nunca tuvo problema por no poseer magia. La familia debió cambiarse de ropa para recibirlos, pues el señor Austen levaba traje y botas altas, pero el sombrero en la mano; Cassandra vestía un largo atuendo recto rosa pálido, zapatos bajos de calle y una cofia, como Jean, aunque ésta usaba un vestido blanco con cuello alto de encaje.
Jean los recibió, luego de explicar a su familia que los recién llegados pertenecían al instituto mágico y que estarían pocas horas. Reunidos de pie en la sala, a Hermione le sorprendieron los graves y profundos ojos verdes de la escritora, de veinticinco años de edad, de cara cuadrada, cabellos negros como los de Snape, rizados como los de ella, asomando por la cofia. Dominaban el cuadro su nariz recta y sus labios delgados.
—Buenas noches en nombre de mi familia –dijo Jean Austen-. Profesor Snape. Miss Granger.
Snape hizo las cortesías verbales e inclinaciones. La ropa de ambos, si bien extraña para la época, no lo era exageradamente. Hermione hizo lo mismo.
—Miss Austen, es un honor conocerla –añadió la castaña- Mi madre... es admiradora de usted. Me llamo Jean por usted.
—Es un honor saberlo –sonrió levemente la escritora-. Pido a usted agradezca a su señora madre, ¿cómo se llama ella?
—Rose.
—A la señora Rose.
Ver a Hagrid fue un poco más impresionante para el papá y la hermana de Jean, pero ésta no se inmutó: con la varita trasladó al pobre semigigante inconsciente, a una de las otras cinco habitaciones superiores de la residencia.
Les llevaron té. Snape decidió estar en la sala, donde conversó con Cassandra. El padre lo permitió luego de estudiar detenidamente al profesor. Pensó que aquel sujeto vivía en su mundo y no representaba peligro, además, se dijo, era preceptor del castillo, con lo cual se retiró a dormir pues los magos le aburrían por incomprensibles. Cassandra nunca había visto a un Slytherin, sólo Ravenclaw, y Snape le pareció un hombre muy interesante con el que ella conversó animadamente.
Hermione acompañó a Jean a su habitación-estudio. Se dio cuenta del sitio tan modesto donde trabajaba ella: una silla frente a una pequeña mesa de madera, de doce lados, con tintero y pluma. Punto. Sobre ella y otros muebles descansaban pilas de folios de papel, escritos, anotados y corregidos. Ella practicaba, y aunque tenía obras escritas de más joven, todavía pasarían casi quince años antes que le publicaran su primera novela. Jean trabajaba afanosamente en ese escritorio donde plasmaría algunas obras que representarían la transición a la novela romántica; es decir, era una precursora de su siglo.
Jean Austen era un parca para hablar, al contrario de cómo se expresaba en sus escritos. Hermione captó en ella cierta timidez y el talante de quien no le gusta demasiado salir de casa. Pero su conversación era sostenida y su vocabulario era amplio, prueba de ser gran y dedicada lectora.
Hermione se enteró que ser escritora en estos años era más difícil que para los hombres. Aunque las novelas románticas eran asiduamente consumidas, el que sus autoras y público fueran mayoritariamente mujeres, las hacían parecer poco serias a la crítica masculina. No obstante, el oficio de escritoras daba a muchas, recursos nada desdeñables como la libertad económica.
Jean, aunque no escribía por dinero, le habló en su voz cálida de Fanny Burnbey, quien compró una casa con pagos de su obra Carmilla, y de Charlotte Brontë, quien en un pago por Jane Eyre recibió casi diez veces lo que ganaba dando clases durante un mes. Hermione pensó que ésas eras chicas pujantes con talento, pues muchas habían empezado como escritoras a los catorce años de edad... Hermione recordó que vendría Mary Shelley y otras autoras que llevarían la novela romántica escrita por mujeres al reconocimiento de la crítica, por su originalidad, riqueza de detalles y profundidad psicológica de sus personajes. Hermione quiso conocer la forma de pensar de la autora de Orgullo y Prejuicio.
—Considero importante tomar decisiones de vida en la juventud temprana –afirmó Jean- ya que, con esa base, existe la oportunidad, por ejemplo en el arte literario, de desarrollar las capacidades plenamente hacia la vida adulta. Usted es joven, Miss Granger, pero es muy posible que haya vivido la mitad de su vida. Por otra parte, tiene usted la mirada de una mujer muy inteligente. Me extraña no verla en casa, pero tengo claro que usted es partícipe de la idea que acabo de expresarle.
La castaña recordó que en este tiempo, la expectativa de vida no era muy grande. La escritora que tenía enfrente entraría a la historia de la literatura con una obra creada antes de los 41 años de edad.
Además, Jean defendería su forma de vida. Soltera de por vida, por azares de la fortuna y por decisión, mantener su estatus y trabajar en su obra la haría objeto de habladurías a nivel social.
—¡Mi querido padre se preocupa por mi futuro! –suspiró Jean- Y, sin embargo, ¡también en ese sentido he tomado decisiones! ¿Cómo podría yo seguir cultivando el arte, de contraer nupcias? Tal vez en su época sea diferente, Miss Granger, pero en la mía, el matrimonio significa colocarse bajo la tutela del varón. Dudo encontrar a un caballero que me entendiera; probablemente me impediría escribir, así que entre el amor y el arte, ¡elijo el arte!
Fue lo más vehemente que le escuchó decir. Hermione pensó que Jean Austen pertenecía a la línea de chicas que sentaban las bases para que a futuro fuera normal ver sin prejuicios, la obra de escritoras. Esta noche, Jean se preparaba para escribir Sensatez y Sentimientos.
Pasaron dos horas conversando, hasta que Hermione le pidió permiso para salir.
—Me ha dado mucho gusto conversar con usted, Miss Austen.
—El gusto ha sido mío –le sonrió-. Si se marchan, por favor, asegúrense de darnos la tranquilidad de saber que se encuentran favorablemente.
Snape y Hermione salieron a la amplia acera de la residencia Austen; de ser vistos no llamarían la atención. Cassandra les prestó paraguas, para disimular; se veía muy impresionada por Snape, pero trató de ocultarlo ante Hermione.
Pese a lo llamativo de la circunstancia, curiosamente por un buen rato quedaron sumidos en sus propios pensamientos. Halos en torno a las farolas de gas revelaban partículas de agua al caer.
La mole en sombra de una iglesia se levantaba a su derecha, al final de Sydney Place. Snape llevaba el paraguas como un bastón; Hermione se cubría con él. Al cabo de un rato, compartió con Severus el curso de sus pensamientos:
—Para Jean Austed es el presente y la plenitud de su vida. Para nosotros, ella ha muerto y es un pasado lejano.
El viento removió la cabellera ensortijada de Hermione, gravemente pensativa.
—¿Es así, amor mío? -preguntó ella, conmovida al haber escuchado la postura existencial de Jane Austen, pensando también en ellos mismos- ¿Vinimos a soñar que vivimos? ¿Sólo venimos a creer que estamos?
Con la espalda muy recta, el mismo viento agitó los cabellos negros de Snape. La calle se extendía, y él consideró:
—Pude haber algo de cierto en lo que dices. Estamos tan poco tiempo en el mundo, que muchas veces viene la pregunta de si se está, o se sueña que se está.
El rumor de la llovizna los acompañaba.
—Mi mente se resiste, lo confieso –sonrió ella, con extrañeza-. La muerte no me causa tanto temor como la idea de que mi mente se extinga. Mi mente se mantiene igual o crece, pero alrededor todo cambia, mi cuerpo también lo hará. Soy un testigo de cómo todo decae, incluida yo, pero mi mente no cambia, al contrario. Y puedo penar en futuros o pasados lejanos, o en infinitos, y descubro con sorpresa que yo no duraré tanto.
Charcos en la acera latían con los golpes del rocío.
—Tal es nuestra condición –determinó Snape-. Todo pasa, y cada cual tiene sólo un momento, y seremos olvidados, y vendrán otros. Tuve ideas semejantes a la tuyas al conversar con Miss Cassandra. Ellas nos han aceptado más fácilmente. Es porque no conocen el futuro. Somos un mito para ellas.
La castaña asintió:
—Te confieso que he llegado a pensar en preguntarme si esto es una oportunidad.
—¿Oportunidad? –quiso saber él.
Hermione se dijo que siempre podía hablar con Snape. Siempre se entendían. Con él podía cruzar más que dos palabras, muchas, y él la comprendería. Podía confiarle sus dudas, sus intereses, como ahora, una inquietud. Volvió a preguntarse cómo fue que pudieron estar lejos por esos meses. Cómo ella se alejó, cómo él no fue tras ella. Y volvió a pensar que fueron los temores de cada cual. Pero volver a estar era recuperar el tiempo perdido.
—Sí. Oportunidad de vivir –Hermione se encogió de hombros, con leve sonrisa melancólica-. Dejar todo, Severus, quedarnos aquí. En Bath. No sé... ¿No sería agradable abandonar tantos problemas, tantas congojas, liberarse de las cargas? ¿No tendríamos derecho a renunciar a lo que hemos elegido? No por elegirlo no podemos cambiar de opinión.
El viento les trajo algo de rocío.
—Y vivir una vida diferente –murmuro él, a su vez, pues la idea pareció complacerle.
—No digo que lo hagamos, pero... -a ella no le parecía tan mala idea, por lo menos fantasearla- Huir. Tú y yo, Severus. Escondernos, cortar, olvidar. No me sentiría cobarde. Elegiría para mí. Como Jean Austen ha elegido su vida. Pensar que en nuestro mundo podrán arreglárselas sin nosotros, y escapar tú y yo en el tiempo... Poner nuestro amor por encima de lo demás. Preferir defendernos, en vez de defender a otros. Volvernos un recuerdo para ellos, hasta que un día, cuando sean ancianos, Harry y Ron encuentren nuestros borrosos sepulcros en un camposanto otoñal, y sepan que morimos antes de nacer.
Él reflexionó, considerando seriamente la situación.
—El problema es que cada ser está encadenado a su red de sucesos –comentó-. Pertenece a una línea del tiempo, está envuelto en una red por sus actos y su relación con los actos de otros, con los lugares, con la memoria que comparte con otras personas. Si no ha roto su unión con esa cadena, aunque esté en otra época, es atraído por su red como una malla elástica. Como la Linterna está apagada ya no hay Vértice, por lo que nuestra red nos atraerá. Ahora lo hace, aunque no lo percibamos.
Ella aventuró:
—¿Y si quedáramos en un punto medio?
—¿Cómo sería? –la idea de romper con todo, atrajo a Snape; su mirada pareció un poco sorprendida; asombrada de ver otro mundo y de sí mismo, por considerarlo.
—¿Por qué no podemos regresar con la Linterna? -preguntó ella- ¿Encenderla y regresar por el Vértice? Debe seguir abierto, ¿no?
—Sí, pero es extremadamente peligroso. Podemos salir a un tiempo alterno. El Vértice fue seguro en tanto cazamos a Hagrid, ya que fuimos por el camino que él abrió. Pero como ya no usa le giratiempo, la Luz del Tiempo puede ser diferente, el camino puede haber cambiado así sea mínimamente. No recomiendo ir por ahí.
—De acuerdo, pero, ¿y si encendemos la Linterna, sin entrar al Vértice? ¿No sería una suerte de equilibrio, mantener una frontera, una separación? ¿Hacer que sólo regrese nuestro amigo? Mejor todavía: ¿si rompemos la Linterna Mágica? Creo que la Linterna es el lazo principal con nuestra malla. ¿Estoy equivocada o me la diste para asegurarte que en el peor de los casos, yo pueda regresar?
Snape dio un paso adelante, viendo a lo lejos, a las residencias y los amplios parajes de Bath. Hermione quedó un poco atrás, protegida con el paraguas.
—Claro que te la di por tu seguridad –admitió él-. Pensé que nuestro enemigo era más poderoso que el buen Hagrid, al que enviaron como sacrificable. Voldemort está labrando su propia muerte a punta de torpezas. Desde que nos quedamos juntos decidí anteponer mi vida para protegerte y por eso te di la Linterna, para que si yo moría o me perdía, tú regresaras. Te has dado cuenta de esa y las demás implicaciones. Es imposible ocultarte lo que sea.
—¿Y qué opinas? –la castaña volvió a su punto; dudaba, pero si Severus estaba de acuerdo en tratar de quedarse, ella lo haría.
Y Hermione no le dijo todo. Una de sus inquietudes en la tranquilidad de Bath, fue una realidad que no había pensado y no era posible que Dumbledore no la anticipara, desde años atrás: la casi certeza que Snape podía morir. Ella llevaba un rato con esa alarma creciendo, al escuchar a Jean Austen hablar de las decisiones: En el fragor de lo que pasa, nadie tiene mucho tiempo para pensar en lo obvio. ¿A dónde conducían las decisiones de Severus?
Hermione no pensó en sí misma, pero se le hizo obvio como nunca que Snape corría el riesgo de morir, tanto como Harry, y un peligro más constante que el de Harry, porque Snape convivía con Voldemort. La madeja se estrechaba cada vez más; Severus podía verse en un nudo cuando todo se revelara para Voldemort, porque ese momento llegaría. Debía llegar de vencer Harry, y Voldemort tendría qué verse en alguna encrucijada donde Severus saldría a la luz. Él también debía saberlo. Y si Dumbledore podía con toda conciencia sacrificar a Severus, ella, Hermione Granger, no.
Contempló el perfil aguileño de Snape, por donde cruzó una leve sonrisa hacia el cielo de Bath.
—La idea es... hermosa –admitió él- Silenciarnos, huir donde no pueden encontrarnos... Afectaríamos los sucesos en nuestra época al no darles nuestro apoyo, pero no crearíamos paradojas para ellos... Es tentador... Ser anónimos, quedarnos juntos, evitando el peligro de que uno de los dos muera, o ambos. Vivir el uno para el otro... Es una vida completamente diferente, es hermosa –se regocijó, era evidente que lo veía pasar ante sus ojos, y por segundos su mirada se hizo diferente a todos los días; fue un Severus Snape sin tormentas, dichoso-. Yo, vivir para ti, Hermione Granger, vivir... para ti. Para amarte, en el tiempo que tengamos. Verte y saberte, en horas de paz. La idea alegra mi corazón. Ver pasar las mañanas, juntos, tú y yo. Vivir en una casa como esa.
—O en una cabaña, no importa –Hermione jugaba con la idea; no estaba decidida.
Snape en verdad se veía tentado. Era posible lo que ella decía. Lo pensó unos minutos.
—Es una cuestión de qué hacer con el tiempo –concluyó él.
Snape la tomó de la mano, yendo unos pasos allá y le señaló las estrellas, brillos que dominarían la vida de ellos dos y de los vivos en esta hora sobre la Tierra, y las horas que vendrían, miles de vidas, miles de millones de horas, que para esos astros eran menos que un segundo.
—La pregunta es, Hermione Granger, ¡oh, Gryffindor de cabellos ensortijados...! –dijo Snape- ¿Qué harás tú con el tiempo que tienes? En la época que sea, como la bruja poetisa de Bath, te irás del mundo. Así que la pregunta es: ¿cómo será tu pasar por el mundo? Cómo usarás tu tiempo es la cuestión más importante de tu vida. Es la decisión sobre todas las cosas. Lo que ves, la lluvia, los astos no pueden decidir; pero tú, sí. Para ti, nada de esto tiene sentido por sí mismo, excepto el que tú le das. Así, ¿qué sentido le darás, cómo usarás tu tiempo? ¿Será para amar o para odiar? ¿Usarás tu tiempo para destruir o para construir?¿Para entender o no entender? Todos cruzamos la misma noche rumbo a la misma nada; de tus manos escaparán los pétalos y de tus ojos huirán los amaneceres; tu mirada se cerrará a la belleza y algún día pensarás en el misterio del escenario de la vida, ¿por qué fue, para qué fue? Y cuando todo desaparezca para ti, irás a un lugar que tal vez no sea un lugar, que tal vez sea la nada, del que nadie sabe si se regresa. Por eso la única verdad es lo que decides que signifique esto. Podemos escapar de todo, menos de nosotros mismos. Admitirás el hecho de no tener respuestas, si al final del camino tienes lo único que importa: haber estado de acuerdo contigo misma. No haberte traicionado. Haberte sido fiel.
Ella apretó la mano de Severus.
—El sentido que tenemos –lo pensó.
Al cabo de un rato tomó el disco, pasándolo entre sus dedos delgados.
—Si lo rompo nos quedaremos en esta época, pero tendremos la pregunta de si con eso, nos traicionamos.
—¡Piénsalo, Granger! –susurró Snape, en el rocío- También sería triste. Quien viva al final, quedará solo... Solo, con sus recuerdos... Un extranjero... No quiero pensar en ti andando sola por estas aceras, sin pertenecer del todo, sin poder estar, ni poder regresar, ni poder alcanzarme en el tiempo, porque morirás mucho antes que yo vuelva.
Hermione suspiró, mirando al cielo.
—Debemos regresar.
Sintió la mano de Snape estrechar más la suya, lo que la hizo voltear a él:
—Pero te prometo lo siguiente -le aseguró Severus-: estaré para ti. No te abandonaré en el peligro. Intentaré salvar lo que tenemos.
Las facciones de Hermione se llenaron de determinación, de compromiso:
—Yo también te lo prometo –susurró.
Sopló un viento más fuerte, pero cuando pasó el rocío, el paisaje siguió siendo impreciso. Un poco desenfocado.
—¿Lo ves borroso? –la interrogó él- Estamos regresando, no sé si a nuestro tiempo, pero ha comenzado. Por lo que sé, tomará una media hora volver al Sendero del Tiempo.
—Debemos despedirnos de la bruja poetisa –comentó ella.
Snape la tomó de los hombros, llevado por un sacudimiento. Tenían unos minutos.
—¡Déjame contemplarte a esta Luna, de un tiempo desaparecido para nosotros! –admiró los iris marrón de ella, la mirada profunda, llena de emoción-. ¿Sabes, Gryffindor? En esta época o en otra, en cualquier viaje por el tiempo y aunque yo agotara los siglos, nunca encontraría a nadie más maravillosa, que tú, Hermione Granger. Te amaré hasta que el tiempo se agote y los soles se apaguen. Te amaré hasta el final de la luz del tiempo. Hasta la última vuelta de los relojes de arena, la última gota de la clepsidra, la última noche del mundo. Mi amor por ti es el mayor sentido de mi vida.
La castaña le posó una mano en el rostro. La lluvia mojaba menos.
—Mi amor por ti es el sentido de la mía.
Snape le respondió con un dulce beso, en los labios, bajo la lluvia y musitó:
—Tú eres la bruja poetisa...
