Volvieron a la residencia, y en la sala se despidieron de Jane y de Cassandra, quienes lamentando no verlos al otro día, los abrazaron y besaron.

Prometieron darles sus saludos y agradecimientos a su papá, y luego de desearles buen viaje, al bajar a Hagrid y colocarlo en un sofá, un viento o la ilusión de viento, abrió la puerta, borrando la sala mientras Snape, Hermione y ellas se despedían, agitando la mano.

Hermione, Snape y Hagrid aparecieron al aire libre en una hora de luz de tarde, en un sitio amplio semejante a un claro de bosque, donde corría niebla o un éter vaporoso que atravesaba la campiña.

Permanecieron de pie contemplando los alrededores, aunque a unos metros ya no se veía, excepto árboles sacudidos por la ventisca, dispersos.

Hagrid, que había quedado recargado contra un árbol, se esfumó.

—Él regresa primero, porque fue el primero en salir de nuestra época, por usar el giratiempo –aclaró Snape-. Llegaremos con segundos de diferencia; ya no puede emboscarnos. Habrá que buscar curarlo y evitarle ir a Azkabán.

Hermione lo tomó por un brazo; lado a lado estudiaron su alrededor: el paraje desolado, los árboles batiendo. Estaban en el Vértice, pero no se veía, dirigiéndose a su época atravesando este punto intermedio... Hoy, ya no existía Jean Austen. Hacía mucho había sido sepultada... Y frente a ellos cruzaron escenas imprecisas de personas y lugares, sin saberse de qué se trataba. La razón era que como el Vértice se estrechaba, dejaba pasar menos Luz del Tiempo y eso volvía borroso aquel paisaje.

De pronto, la castaña se vio sola. Sorprendida buscó a Snape a un lado y otro, segura que él estaba ahí, pues ambos viajaban con la luz de la Linterna; flotaba arena intangible que no le permitía ver bien, como si estuviera dentro de un reloj de arena en movimiento.

De ese manto emergió un sitio que ella conocía: rieles, un andén, asientos a lo largo, la estructura de una estación.

La estación 9 3/4, la reconoció.

Llevada por una fuerza dúctil e irresistible, su perspectiva cambió hasta colocarse sobre el andén.

Examinando probó a caminar, notando que podía avanzar sin ser vista... La costumbre la hizo evitar a los viajantes para no chocar con ellos, pero los traspasaba. Quiso saber la razón de estar ahí, por lo que buscando a Snape avanzó hasta darse cuenta que la locomotora estaba en las vías, con alumnos subiendo.

¿Es otro día del pasado?, se extrañó, ¿es cuando los demás se fueron de vacaciones? Pero el cielo no está nublado...

¿Y dónde estaba Severus? Más que interesada en saber dónde estaba ella, se dedicó a buscar a él en esa inusual forma incorpórea, hasta darse cuenta que no se encontraba en el pasado... Debía ser uno de esos rebotes de que le habló Snape. Uno que conducía al futuro.

Se detuvo al ver a una persona. Era...

Era ella... En el andén, al lado de Ron... Ambos cerca de Ginny, con Harry...

Se veían... diferentes... No mucho, pero sí notó el paso de los años en la complexión, como si fueran mayores que hoy, diez años o más...

Despedían a unos niños en el Expresso de Hogwarts.

Pasmada, Hermione se vio de adulta, abrazando a una niña que debía ir a su primer curso en el colegio.

—Te quiero, Rose, hija –se oyó decir.

Se maravilló y enterneció al ver a la niña. ¿Su hija? ¡Rose, como su mamá! No sabía a quién ver de los cuatro, pero se percató que el aspecto de Ron era muy descuidado, con varios kilos de más. Ginny lucía muy bien; Harry... tenía surcos bajo los ojos. Pero, ¿y Snape? No pudo creerlo cuando escuchó el segundo nombre del hijo de su mejor amigo, Severus, y añadir:

—... el hombre más valiente que he conocido.

¿Qué ocurre?, gritó Hermione en su mente. ¿Por qué habla así? ¿Por qué no estoy aquí con Severus? ¿Cuándo ocurre esto?

¿Y dónde está él?

Y pensando en Severus, lo descubrió: ella estaba ahora en Hogwarts, y Snape caminaba sin ver a nadie, era el futuro pues vio al hijo de Harry y Ginny caminando a clases, vestido con túnica. Ella dejó ir al chico para fijarse en Severus... Su mirada era dura, sus labios curvados hacia abajo, en gesto de amargura, caminando recto, como siempre, pero... sus ojos eran fríos, apagados, con una llama de ira o de inconformidad.

Lo vio en otro lugar, desconociendo cómo lograba trasladarse, si era por azar o existía un propósito, aunque sospechó que la sucesión de sitios se debía a rebotes en el tiempo, sin objetivo, y vio a Severus sentado en un sofá en la oscuridad de un estudio de paredes ocupadas por libreros...

Snape tenía un codo en el descansabrazos y en la mano, una imagen a la altura de su cara, una imagen de movimiento que no atendía, pero Hermione sí... y al acercarse vio que era ella con Ron, el día de su boda... Con desdén, Snape lanzó la imagen lejos, con los dedos, y tomando un vaso con la otra mano dio un trago de whiskey de fuego... Hermione oyó sus pensamientos no claramente, sino a fragmentos lejanos, incluso una frase completa: Hoy se casó, la he perdido para siempre. Ya puedes recordarla el resto de tu vida, Severus, el mismo tiempo que ella no te recuerde. Merlín me lleve y esto termine de una vez.

La respiración de Hermione aceleró, de miedo y azoro, de un dolor que subía a su garganta, anudándola, intentando comprender en gritos silenciosos: ¿Qué es esto? ¿Pasó, sucederá, puede ocurrir? ¿Es nuestro futuro o futuros alternos? ¿Cómo...?

La imagen cambió y Hermione se percibió como si flotara, viendo concretarse de las sombras un sitio bien conocido: La Madriguera... Ella se recargaba en Ron, quien le pasaba un brazo por los hombros, sentados en un sofá. Debía ser poco después que la niña se fue al oírse decir:

—Nuestra hija comenzó su vida hoy. Qué extraño es no escucharla reír en la casa.

Ron no respondió, excepto darle palmaditas en un brazo.

—Apenas ayer la vi gateando –Hermione se enjugó una lágrima-, ¡no puedo creer que creciera tan rápido!

Ron solamente asintió.

El silencio se hizo molesto a la Hermione testigo. Conocía eso tan bien. Y la que estaba sentada, igual, pues se exasperó:

—¿No puedes hilar dos palabras? –ella alzó la voz, apartándose de él- ¿Ni siquiera hoy que tu hija se fue? ¿Dos palabras es demasiado para ti?

—¡Vas a comenzar otra vez..! –Ron desaprobó con la cabeza, con total fastidio, soltándola y tomándose la cabeza, agobiado.

La escena se diluyó en los huecos de una red y de ellos emergió otra imagen de sí misma, sollozando, sentada en una cama. Ginny a su lado la abrazaba, pero su cuñada desapareció como un fantasma al lado de una ventana, a cuya luz de la tarde blanquecina la Hermione sentada quedó sola, vestida con otra ropa, como si fuera otra tarde taciturna... Se vio así varias veces, sollozando, siempre sollozando.

La testigo de sí misma captó el sentir de la Hermione sentada, diciéndose que era la misma historia de su niñez al conocer a Ron, la misma de su juventud y de su adultez temprana, y ya no estaba su hija para sentirse acompañada, con propósito. ¿Cómo pudo pensar que Ron cambiaría, por el hecho de casarse? Sintió lo vano de su creencia de que él asumiría el compromiso de ser mejor para ella. Estos años la sostuvo creer que Ron cambiaría, que ella con su amor lo haría mejorar, que Ron en el fondo tenía mucho por dar y ella lograría hacerlo salir... Pero los años pasaron, y la espera agotó la esperanza, y la esperanza se convirtió en verdad árida, simple, sin profundidad: No había más. Nunca lo hubo. Y de frente estaba el tiempo monótono y mudo, la sucesión de los años en el silencio de la mutua incomprensión.

La Hermione testigo, estudiándose, estaba llena de preguntas. ¿Dónde estaba ella?, pensó. Estaba en La Madriguera, pero ¿y ella? ¿La que era hoy? ¿Dónde estaban sus planes? ¿Y su tesón en los años de estudiante? Los sueños, las expectativas sobre sí misma, ¿dónde estaban? ¿Terminó de este modo? ¿Dónde perdió el camino? ¿En verdad era ella, esa otra imagen reflejada en un espejo, tocándose las arrugas bajo los ojos y los sueños frustrados?

Pasó en sucesión las reyertas con Ron, se vio exasperada al reclamarle, abrumada por su incapacidad de comunicarse, por su imposibilidad de mostrar emociones y vio cómo sus propias fallas llevaban a Ron a cerrarse más, a sentirse incomprendido, a salir de casa con un portazo furioso. Pensó que ella también había fallado, había amargado la vida a Ron.

Hermione se vio con canas, con gesto amargo en la boca. Preguntándose. A su pesar, recordando a Víktor Krum. Y guardando un mayor secreto.

Cada diciembre, cuando en La Madriguera se colocaba el árbol de Navidad, que su suegra ponía para complacerla, Hermione se disculpaba y de un armario en el piso de arriba tomaba un arcón con piedras verdes y rojas, y al abrirlo veía sus recuerdos.

Era una cita de minutos, cada año. En la media claridad de la habitación repasaba imágenes de antaño. De un ayer perdido.

Hermione tomó los aretes resplandecientes que usó la noche cuando bailó con Snape, en el Gran Salón, hacía... Hacía casi cuarenta años... El viento del invierno corría tras la ventana, cuando los admiró: los aretes estaban nuevos, relucientes en la penumbra... Sus manos no se veían muy cambiadas al tomar y desplegar el collar de aquella noche, cuyas piedras brillaron con el aire de su felicidad al bailar con Snape, en la dicha de saber que se amaban, sin dudas, dejándose llevar... Y con mayor cuidado alzó una mariposa mágica, de las creadas por Snape esa vez, hoy sin vida, que ella levantara del suelo y cuyas alas delicadas todavía mostraban sus llamativos colores rojo y verde...

Y estaba el disco, la Linterna Mágica... Ella contempló, con las luces de Navidad a través del cristal, sus brillos de cuarzo azul, su llave de otras épocas... pero no podía usar la Linterna pues el camino estaba cerrado, hacía mucho que los giratiempos fueron destruidos... De poder usar la Linterna, pensó, abriría su luz y buscaría a Snape. Tal vez ella hoy, era un poco mayor que él, y Snape adoraría verla...

Y se repitió que con Severus Snape se marcharon todos sus sueños.

Aquel arcón era el guardián de sus anhelos perdidos. De los fragmentos de su vida esfumados no supo cuándo, dándose cuenta de estar perdidos una noche que quiso buscarlos; era el tesoro del recuerdo de horas pasadas, alimentadas con ilusión y verdad. De verdad y pasión en grado perfecto. Tan perfecto, tan crucial, que todavía amaba a Snape... Snape, quien ya no estaba más...

Y entonces, con cuidado, sacó su mayor tesoro, que colocó en una palma: dos pétalos, tan secos y frágiles que se desharían con los dedos... Un par de pétalos de rosa... Ella los había encapsulado invisiblemente con magia, una magia que hacía mucho no aplicaba... Porque sus sueños se los llevó la vida cuando perdió el control de ella, donde pasaba los días escribiendo una obra que nunca vería la luz, porque la escribía para sí. Porque su vida, al irse su hija, fue el golpe demoledor del horizonte, donde se condenó a una medianía.

Tocó apenas los dos pétalos de rosa... Casi transparentes, de color pálido, tenues, delicados en alas de mariposas que volaron para morir con sus más caras ambiciones de ser, de amar, de ser amada, de ser una persona plena. Y se recordó en otra noche: Se vio a sí misma en la ceremonia de los diplomas. Pensó que de regresar no dejaría a Snape irse del Gran Salón. Lo alcanzaría por los pasillos, corriendo en la mañana de su vida para decirle que lo amaba, para pedirle que no se reprimiera. Tampoco lo dejaría irse sin haberlo besado. Lo haría, aunque el colegio y el mismo Snape se escandalizaran.

En ese rato que se concedía cada año, donde recordaba para asegurarse de conservar ese aire el año siguiente, una melodía llegó a ella... ¡El vals, en el Gran Salón...! Se escuchó riendo, volvió a ver la mirada de él. ¡Aquella noche parecía tan cercana...!, se extrañó. ¿Había pasado tanto tiempo? ¡Pero era como si hubiera ocurrido ayer...! ¿Habría alguna forma, más allá de las imágenes de su corazón, de abrir el sendero del tiempo y volver con Snape a aquellas noches lluviosas de las vacaciones? Si pudiera volver a ese tiempo o encontrar a Severus hoy, aunque fuera unos segundos, correría a él para decirle cuánto lo extrañaba, para decirle que la vida entera no fue suficiente para olvidarlo. ¡Preguntarle si todavía la amaba, aunque ella sabía que sí...! Pero los ensueños de amor fallidos son ángeles oscuros, cuyas alas levantan un viento de saetas crueles en nuestras almas. No hay nada más allá de los deseos, únicamente los anhelos en puentes rotos, y el silencio sin final.

Escuchó a Ron llamarla desde la sala de La Madriguera, para que bajara a celebrar con su madre, con Ginny, Harry y Charlie. Al pensar en lo que seguía, ella pensó tomar el arcón y salir a mitad de la noche, para alejarse, para perderse y nunca volver. ¡A donde fuera, no importaría! De cualquier modo en ninguna ciudad brillante encontraría a Snape.

Y pensó que tal vez el amor era una mentira, una bella ilusión que la vida otorga para transitar sobre un abismo para no ver el otro abismo, el del final del camino, y poder llegar a él estando de acuerdo con la nada, a cambio de llevarse algunos rayos de sol. Pero Hermione Granger llevaba dentro de sí la nada anticipada, el dolor de no haber elegido bien y darse cuenta cuando era demasiado tarde. Pensó en quemar los pétalos, bajar y colocar sus cenizas en una copa de vino rojo y beberlo de un trago, deseando que la sangre del amor perdido se mezclara con la suya, esperando que se transformara en veneno y le concediera el don de olvidar o de morir.

Respondió que ya bajaba, y con los pétalos en la mano a Hermione se le escapó un sollozo. Se cubrió los ojos. Todavía amaba a Snape. Su amor por él le estrujó el corazón. Sentirlo tan presente y saberlo inalcanzable, sentir que él no la amaba. ¿Por qué?, se dijo, sintiendo que la pregunta ya no tenía sentido. ¿Por qué siempre tuve qué colocarme en la posición de llorar?

Sin Snape, así como le sucedió a él sin Hermione, todo lo demás fue un simulacro, una mala copia, magia desdibujada, el remedo de un ensueño, una daga clavada por haber perdido a su alma gemela, a la persona con quien mejor se comprendía y con existía magia suavemente. Dolor por haber extraviado al amor de su vida. Al final de sus caminos separados ninguno de los dos tuvo lágrimas suficientes para llorar la pérdida.

La imagen se borró y boquiabierta en sus labios rojos, Hermione se quitó un mechón de la frente que salía de la gorra crochet, cabellos removidos por el viento de las horas que sacudían su túnica, preguntándose, alarmada: ¿Por qué no estoy con Severus? ¿Dónde se encuentra él? ¿Por qué vi ese mal sueño?

Estaba de vuelta en el paraje boscoso. Buscó a Snape con la mirada como tratando de respirar, necesitada de abrazarlo, entre la ventisca impregnada con arena que emborronaba un árbol más allá y el arrancar drástico de sus hojas. ¿Dónde estás?

Fue a un árbol, al vislumbrar la espalda de él y sus cabellos en un manchón oscuro, aunque el viento no los agitaba.

Descubrió que él tenía las manos en la cintura, observando una lápida. Al acercarse para contarle lo visto, preocupada, se sintió tomada de un brazo. Volteó. Era Severus.

Al mirar al árbol donde iba, él ya no estaba. Lo interrogó con la mirada.

—Pueden haber desfases de tiempo –aclaró él, sosteniéndole el brazo-, no tiene importancia, estamos regresando juntos.

—Y... ¿qué veías? –preguntó intranquila, llevando en mente lo anterior.

El viento sopló más fuerte, porque el tiempo aceleraba. Los árboles se doblaban; un rayo de luz dejó ver un camino soleado, solitario, a varios metros. Estaban en un cementerio.

—Es la tumba de mi madre –hizo leve presión para llevarla de ahí-, no tiene interés.

Aunque Snape no la sujetaba con fuerza, ella se zafó de un tirón, más ofendida por la burda excusa que por otro motivo, y abiertamente alarmada.

Molesto, él quedó de pie mientras Hermione fue a la sepultura.

Otro choque de viento y Hermione, azorada, con lágrimas en los ojos, leyó la lápida.

La castaña, con los ojos anegados, estupefacta y llena de dolor giró hacia él:

¡Severus...! –y el grito se sumó al viento, alzando ecos y removiendo las hojas.

—¡Ven, Hermione! –insistió el, tendiéndole la mano- ¡Si estamos cerca, regresaremos de igual modo!

Pero la castaña se sentía clavada al suelo. El vendaval aumentaba; giró de nuevo a la lápida, trastornada, horrorizada:

SEVERUS SNAPE

1960 – 1998

SLYTHERIN

Snape fue a ella y por la espalda, la tomó por los hombros.

—Hemos visto futuros alternos –dijo él-. Esto...

Ella no lo dejó seguir, pues volteó y lo abrazó, angustiada. El miedo del futuro la atenazó. Y más que miedo, fue dolor. Un dolor enorme y desesperación. Su corazón le decía que esto era lo más probable. La mayor parte de los futuros vistos implicaba que él no estaba. No que se hubieran separado. Sino que él no vivía.

¡Severus! –sollozó ella, desconsolada, hundiendo el rostro en el tórax de él, llena del dolor de perderse el uno al otro- ¡Severus, no me digas que vas a irte! ¡Si eso es verdad yo prefiero morir ahora! ¡He visto lo que puede pasar, no quiero eso! ¡Mejor huyamos! ¡Aunque fuera poco tiempo el que estemos juntos! ¡Lo prefiero!

La amarga tristeza de Hermione dolió a Snape más que ninguna herida previa. La rodeó con un brazo, igual con el otro, pero también tomando su cabeza. ¡Dulce Granger!, pensó él. ¿Qué voy a hacer contigo?

—Hermione, no... -pero no supo qué añadir.

Algo en Snape siempre le dijo que él no saldría bien de todo esto. Que terminada la misión no tendría mayor razón para seguir vivo. Y la perspectiva lo consolaba, no era triste, le daba paz en las largas noches amargas de Cokeworth. Pero ahora, Hermione le era lo más preciado e incluso su tono un poco inocente de expresarse, lo enamoraba de ella.

¿Cómo iba a responderle, si ese futuro también a él le era lo más probable? ¿Debía seguir su propia tentación de abandonar? Hoy podía ser relativamente sencillo renunciar porque estaban juntos, pero de perderla de verdad no sería lo mismo. ¿Se debe seguir lo correcto o seguir el corazón? La muerte es lo que sigue, cuando el amor no basta.

El vendaval aumentó. Apenas eran visibles los árboles y la lápida frente a ellos. Se arrodillaron frente a frente, él la tomó por los hombros. El cielo palpitó en el horizonte.

—¡No tengo respuesta! –sacudido por dentro, habló fuerte para hacerse oír- ¿Qué puedo decirte, excepto que si eso es cierto decirte que me perdones, que trates de hacer otra vida? ¡Nada de lo que diga bastará!

Ella le echó los brazos al cuello escondiendo el rostro en un hombro de él. Hojas y arena revoloteaban alrededor.

—¡Tú me has dicho que podemos decidir! –sollozó la castaña- ¡Decide vivir! ¡Decide quedarte conmigo! ¡No tenemos que huir, pero decide estar!

—Hermione, ¡eso no depende de mí!

—¡Depende de lo que decidas! –se apartó de él, volviendo a acomodarse el cabello- ¿Recuerdas? ¡Si no hay un sentido, tampoco hay un destino! ¡No estamos atados a nada! ¡El propósito es lo que tú decidas!

Ella lo tomó por los hombros, sacudiéndolo, de modo que él cayó sentado y ella quedó de rodillas, sujetándolo.

—¡Lo que debes hacer es jurarme que no te dejarás morir! –exigió, vehemente- ¡Tú tienes esa semilla, renuncia a ella! ¡Júrame que no te dejarás llevar por la fatalidad! ¡Júramelo, Severus Snape, júramelo!

Él dudaba. La pulsión por su propio final era fuerte.

De rodillas frente a él, Hermione señaló la lápida:

—¡Decide que esto no será! ¡Decide que estarás conmigo cuando la hora del peligro final se acerque! ¡Decide que contarás conmigo! ¡Decide que no querrás abandonarme! ¡Si no es así, sabe que me condenarás al resto de mi vida, sin perdonarte!

—Hermione...

—¡Alejémonos! –lo tomó de la mano, levantándose- ¡Rechazo ese futuro! ¡Yo lo rechazo! ¡Yo no dejaré que eso sea!

Ella llevó a Snape de la mano en el vendaval terregoso de árboles distantes. Alcanzaron el último que se veía y Severus se sentó, apoyando la espalda en el tronco del sauce y abrazó a Hermione, estrechándola contra él.

Abrazó a Hermione, su cuerpo grácil, su talante indefenso y a la vez combativo. Él recargó la cabeza en el árbol, sintiendo sus propias lágrimas en su garganta, con los ojos secos.

—Nada está escrito, Severus –le dijo ella, secándose los ojos.

El viento se redujo, hasta volverse un soplo apenas perceptible.

Llegó un silencio, la calma, y súbitamente hojas secas cayeron sobre ellos, y éstas se acompañaron de llovizna en el cielo gris. Era el clima de Escocia. Estaban a poco de regresar.

Frente a ellos, cayeron gotas esporádicas haciendo un ruido de golpeteo.

Hermione alzó la cara hacia Snape:

—¿Podemos decidir? ¿Podemos cambiar el mundo con nuestras decisiones?

—Podemos cambiar el mundo con nuestras decisiones –aceptó él, asintiendo- ¿Sabes cuál es mi temor? Temo que acabaré haciendo lo que tú quieras –admiró los ojos de ella, su mirada clara- ¿Te he dicho que te amo? ¿No? ¿Cuánto llevo sin decírtelo?

—Tal vez un siglo –respondió ella-. O unas horas, es lo mismo.

—Te amo.

Ella asintió, con dulce terquedad, aprobando la actitud de él.

—Bien -asintió ella-. Entonces, decidamos que nuestro futuro sea esto.

Y rodeando su nuca con los brazos, lo besó en la boca.