Hermione y Snape se pusieron de pie tomándose de una mano, en un corredor de Hogwarts iluminado por una mañana nublada, filtrada en una de las grandes ventanas.

Era el corredor del primer piso, cerca del Patio de Transformaciones. Agua tranquila corría al otro lado de los vitrales.

Hagrid estaba a unos pasos, bocarriba, todavía inconsciente, respirando sin agitación. Y pensando qué hacer con él, escucharon pasos acercándose, unos más ligeros que otros, todos rápidos, de tres personas que Hermione y Snape, soltándose, reconocieron conforme la luz grisácea de la mañana los reveló, preocupados y veloces.

Primero llegó Dumbledore extendiendo los brazos hacia ellos, seguido por un Shacklebolt de ropa colorida, muy serio y...

—¡Harry! –rio Hermione, corriendo hacia él.

El chico se apresuraba tenso, pero sonriente y se dieron un abrazo en tanto los demás se reunían.

Snape explicó la situación con media voz a los otros dos magos, que no daban crédito y a ratos miraban al inconsciente Hagrid, honrosamente apoyado contra una columna por Dumbledore, quien hizo algunas preguntas a Snape; Schacklebolt repitió lo que ya había explicado a Albus y al cabo de intercambiar impresiones, tanto el auror como el director salieron velozmente, llevándose al semigigante.

El otro encuentro no terminó tan pronto: un vistazo a los amigos en discusión y Severus los dejó hablando, pues lo hacían con talante grave, así como con la negativa de un ruborizado y furioso Gryffindor a mirarlo.

Como no podía alejarse mucho de Hermione, Snape optó por ser discreto y salió al Patio Cuadrado, protegido con el Impervius hasta colocarse en otro grupo de arcos para dejarlos hablar, pero sin dejarla sola. Dudaba que Potter fuera de gran ayuda si había otro problema.

Listo a actuar, los atendía discretamente a ratos, ellos borrosos a través del ventanal, gesticulando, moviendo las manos hacia ellos y a otros lados, sin dejar de verse, Harry parando, alejándose y regresando para continuar, Hermione paciente pese a las exasperaciones de su amigo, volviendo a hablar con él, y la castaña con ocasional vehemencia.

Snape se dispuso a pasar tiempo e hizo bien, porque aquella conversación se prolongó; no quiso interrumpirla por Hermione, pues evidentemente ella necesitaba tratar temas importantes relacionados con Hagrid y con la misión del trío.

Al cabo de una hora llegó el mediodía húmedo; el cristal bañado por la llovizna mostró borrosamente a Harry dando un paso atrás, como tratando de alejarse, pero Hermione lo detuvo con un abrazo, que su amigo devolvió asintiendo; luedo se alejó.

Snape regresó al umbral, cruzando el patio; no había dejado de llover imperceptiblemente. Escocia en esta época del año ve caer el cielo sobre sí. Snape reparó en los charcos esparcidos por la hierba, saltando con las gotas que los tocaban, cuando Hermione apareció en el umbral, apoyada en un marco, diciéndole con cariño como si lo echara de menos por esta hora de no verlo:

—Hola...

Snape fue a ella cruzando el patio, yendo de atender la hierba encharcada a la sonrisa coqueta de Granger y su apoyarse en el umbral.

—Miss Granger.

—No me digas que vas de vuelta con eso –rio ella, amable, sin perder su sonrisa, extendiendo la mano hacia él–. Discúlpame por hacerte esperar tanto, pero... ahora te cuento.

Hermione le apretó la palma con calidez y confianza que tocó la respiración de Snape, conmocionándola.

—No espere nada –afirmó él– ¿Todo bien?

—Ajá –le sonrió ella, tirando de su mano, llevándolo de vuelta al corredor.

Lo tomó por las dos manos, pidiéndole trasladarse a otra parte del castillo.

Con un pase de Snape aparecieron en el corredor del tercer piso, con sus sucesivas ventanas de cristales levemente enrejados, empotrados en amplios nichos intercalados por cuadros, armaduras y otras piezas históricas, que se alejaban bajo los arcos redondos.

Hermione se sentó en uno de esos grandes nichos, a la luz nebulosa de la tarde, acompañada por el siseo de la lluvia.

De pie, Snape se recargó de costado en la orilla de la bóveda, en cuyo fondo cercano se hallaba el cristal y así cada ventana, en ambas direcciones, dejando pasar la luz.

—Me informaron que Tonks y Shacklebolt atraparon al que planificó el ataque contra ti –le anunció Snape.

Ella no manifestó conmoción, pero sí curiosidad.

—¿Quién fue? –preguntó ella, reflexiva.

—Rabastan Lestrange –comento él–. Fue idea suya solamente. Por ello no supe nada por otras vías. Creyó rendir un servicio y sometió a Hagrid. Ya se buscaba a Lestrange por otras causas imperdonables. Desde hoy, está recluido en Azakabán.

La chica lo sondeó:

—¿Entonces, podemos irnos?

—Dumbledore me ha pedido que permanezcamos en el colegio hasta mañana en la noche –él se encogió de hombros–. Haciendo cuentas, entre lo que llevamos en Hogwarts más el desfase en el tiempo por ir al pasado, han transcurrido casi cinco días.

—No entiendo –se extrañó ella–, si ya lo tienen, ¿por qué debemos seguir en el castillo?

—Los esclavos con iniciativa no sirven –Snape sonrió torcidamente–. Se defienden diciendo que actúan para servir mejor a su amo, pero no existen para eso. Se espera que no piensen excepto para cumplir mejor con sus órdenes. Voldemort debe tildar de torpe a Rabastan. Se le está interrogando para saber si tuvo más ideas geniales. Hagrid podrá decir lo que sabe, cuando se restableca. Filch ha sido puesto en libertad.

Hermione lo pensó:

—Parece ser que este asunto se resolvió en parte.

—Yo diría que sí –asintió el–. Incluso diría que está resuelto. El Lestrange no es de grandes ideas.

—De acuerdo –asintió la castaña, tomándolo de la mano, emocionada–, ¡gracias por lo que has hecho por mí! Te debo...

—No me debes nada.

Ella asintió:

—Y yo debo contarte.

El la soltó, tranquilo, pero con la leve desazón de sentir que, ya sin peligro, deberían alejarse mutuamente.

La castaña recogió las piernas, cubriéndoselas con la falda, acomodándose al sentarse dentro del asiento improvisado del nicho donde cabrían tres personas. Volteando hacia el ancho cristal empañado, dijo sin más, sonriendo:

—Hablé con Harry sobre ti y sobre mí.

Por la impresión que recibió con esas palabras, a Snape se le olvidó decir lo que fuera.

Hermione veía el vitral iluminado por la tarde fría, en la intimidad del corredor, en tono sereno y amable, complacido, al decir:

—Le conté lo sucedido con el pobre Hagrid y respondí a sus preguntas. Nada llamativo en eso, excepto, claro, su estar sorprendido por tus cuidados... Entonces me preguntó si tenía problemas con Ron. No quise mentirle, ¿para qué? ¿Notaste que Dumbledore se dio cuenta que nos tomábamos de la mano? –rio, divertida.

Snape asintió, colocándose un puño en la cintura. Ser descubierto por Dumbledore era de las treinta mil situaciones que no le inquietaban. Ella siguió:

—Harry no me creía cuando le dije que terminé con Ron. Yo le expliqué que se puede amar, pero que otras veces quieres amar y por eso forzas a alguien a que cumpla con tu necesidad. O te engañas pensando que cumples con lo que él necesita. Como no es la persona correcta, chocas y te reconcilias, parece que tienes una relación, pero no es así. Es la costumbre de discutir. Estar al lado no siempre significa estar juntos.

Snape lo dijo, paladeando la expresión, pero con voz grave:

—Tú yo estamos... juntos.

Lo pensó para volverlo a saborear: Granger y yo... juntos...

La castaña asintió, examinándose las manos, sin darse cuenta de lo que pasó por la mente de Snape; sus labios estaban un poco más rojos por el frío del pasillo:

—... tú yo estamos juntos, así exactamente, y entonces me preguntó: "¿Ya no estás enamorada de Ron?" "No, Harry, creo que no estuve enamorada de él. Como te dije confundí un hábito con el amor", por lo cual él quiso saber más, es comprensible, somos como hermanos y me dijo muy extrañado: "¿Hay alguien más, Herms, estás enamorada de alguien más?" Y yo no vi por qué ocultarle la verdad –se apartó un mechón rebelde–, yo no tengo nada que ocultar –miró a Severus a los ojos, con tono convencido–, y le respondí: "Yo estoy enamorada de Snape."

Pese a lo sucedido últimamente, Snape se asombró. ¿Hermione estaba asumiendo públicamente sus sentimientos? ¿Por qué el mundo se sentía de cabeza repentinamente?

La chica siguió hablando en el mismo tono, llevando la mirada por las facciones de Severus, quien sentía sus barreras desplomarse: Yo estoy enamorada de Snape... No podía decirse que él lo desconociera, pero escucharlo de ella fue distinto. Lo hizo sentir más real. Escucharlo de ella, lo sacudió.

—Hermione Granger... –la interrumpió, él, asimilando la frase– ¿Sabes lo que me acabas de decir?

—... claro que lo sé, mi amor –asintió ella, extrañada, tomándole una mano, mirándola, siguiendo con lo suyo, con ese tono casi desenfadado–, yo estoy enamorada de ti, ¡qué preguntas haces! Te quiero, te amo, eres lo mejor que me ha ocurrido, y al principio creí que Harry se marcharía, pero seguimos hablando, bueno, qué te digo, está conmocionado, no lo culpes, lo tuyo y lo mío...

¡Lo tuyo y lo mío...! Otro estremecimiento recorrió a Severus pues, al ella exponerle sus sentimientos de esa manera y seguramente sin darse cuenta, Hermione Granger terminó de atar los lazos que los unían.

Snape no pudo seguir de pie... Ellos podían haber hecho lo que hicieron hasta hoy, pero que Hermione lo asumiera de ese modo, era... era un aceptar un riesgo... Hermione se arriesgaba por él...

Se sentó al lado de la castaña, dejando su palma entre las manos de la chica, que con ambas le oprimía y acariciaba los dedos, atendiéndolos con cariñosa naturalidad... Dijo más, pero él no oyó bien, con respecto a cómo manejó el shock de Potter.

Y así, con una mano acariciada por ella, en el pasillo del tercer piso, contemplando las pestañas de Hermione, la curva de su boca bermellón, en el murmullo de la llovizna Severus Snape terminó de atar su vida a la de Hermione Granger.

Ella calló un momento, acariciando la mano de él, sosteniéndola en una palma, recorriéndola con la otra. Y en ese nicho de un corredor de Hogwarts acariciado por la lluvia, Hermione y Snape se volvieron una pareja... Habían bailado un vals de encuentros y desencuentros, de arrebatos y de dolores, y llegaban a este punto con la cercanía íntima de quienes se hablan también sin palabras, habiéndose mostrado de todas las formas que uno era importante para el otro, sin importar lo accidentado que pudiera ser...

Así como el cielo se abrió, Snape abrió la mano, soltando sus temores y recibiendo el juego de los dedos de Hermione en los suyos... Snape tomó las manos de ella y las acarició con delicadeza, y sintió que era así, como una promesa muda, por estar con Hermione, por la combinación exacta de sus formas de ser.

Con otra persona podría hacer lo mismo, pero nunca sería igual.

—... Honestamente le costó un poco, mucho, creo yo –dijo Hermione–, debe seguir en pasmo porque es un cambio radical en sus impresiones sobre ti, yo lo hice por cariño hacia él, pero, ¿sabes, mi amor? Si él no te acepta me va a doler, pero yo te elegiré a ti –posó en su propia mejilla, la mano de Snape–, bueno, sí, no lo abandonaré, pero tampoco dejaré que nada me separe de ti, sólo que tú quieras, pero creo que no querrás, no, no creo, porque si me amas debes pensar como yo, que este día y medio que nos resta solos es muy poco tiempo, ojalá fuera el inicio de las vacaciones, haber empezado así como estamos ahora, pero, qué hacer, señor necio...

El alud cariñoso de las reflexiones de Hermione fue un suave relámpago que cruzó a Snape en la brizna de, porque no sintió que hubiera otro sitio donde él quisiera estar. Excepto ahí, tocando una mejilla de Hermione. En cualquier otro nicho de la vida diferente a éste, la luz no sería la misma, ni sería igual de fresca la inagotable lluvia.

Snape deseó que todo mundo supiera que estar junto a Hermione era... perfecto... El sitio correcto, la persona adecuada, las caricias perfectas para él y las palabras justas.

Es magia de una sola vez en la vida, pensó.

Las antorchas del castillo se encendieron tempranamente. Las teas brillosas se proyectaron en río por el corredor, pero con la influencia de la tarde gris crearon un contraste de frío y calidez.

—Y eso fue lo que le dije... ah... también... –añadió– Le dije que lo que siento por ti no era nuevo para mí. Le dije... –se sonrojó un poco– que descubrí hace tiempo sentir mucho por ti. Un día del año pasado yo comencé a buscarte con la mirada y después a... esperarte... y al verte me emocionaba y entonces un día me prometí que lo sabrías, porque... sentía que te ocurría igual conmigo... –la mirada marrón fuego de Hermione se clavó en los ojos de él– ¿Es cierto, o estoy equivocada? Quiero pensar que sí, que la vez que nos encontramos en la escalera nos dijimos esto mismo.

Snape pensó en todas las veces que no dijo sus sentires, ni para bien, ni para mal, ni para mejor, sino siempre callando para peor y cómo eso lo acosó por años. No debía volver a hacerlo.

La tomó por los dedos:

—Estas en lo cierto –asintió–. De siempre nos hemos dicho que nos amamos. Al inicio me era difícil aceptarlo, pero buscaba verte, cuando no me veías. Los sentimientos se acumularon en mí hasta invadirme de pies a cabeza. Te volviste totalmente importante para mí, hasta dar un vuelco a mi vida. Te amo –y al decirlo, su corazón se inflamó–. Te amo, te amo desde hace mucho, Hermione Granger...

—¿Me amas? –ella cobró un acento melancólico.

Snape descubrió que declararlo lo hacía sentir más enamorado, y que rendirse por amor era una victoria.

—Te amo, te adoro, eres mi sueño –insistió él– Te juro que sin ti no soy. Mi vida está tan llena de ti que sin ti no viviría. En mi corazón, siempre te espero.

Hermione oprimió la mano de él ambas palmas, y la atrajo hacia sí.

—¡Yo también, Severus, cuando te espero! –confesó ella, con un leve brillo en los ojos– ¡Cuando te espero, sueño contigo!

"¡Cuando te espero, mi amor!", añadió, desde su limpio corazón. "¡Cuando te espero, el tiempo se detiene, del cielo no cae lluvia, y la Luna acompaña mi esperanza! ¡Los relojes no significan nada, tal vez una promesa, la de verte otra vez!"

Snape la besó en las mejillas, varias veces en sus labios ansiosos, el beso abarcó su boca y en esa caricia dulce, sonrojada, Snape ya no tuvo sitio a dónde ir... No tuvo más qué desear, excepto a Hermione...

Se besaron, sentados en la bóveda. Snape le acarició los brazos, ella lo tomó por los hombros, acariciándose repetidamente, hasta quedar con las cabezas bajas y los dedos entralazados.

Sin doltarla de una mano, Snape llevó otra al interior de su saco.

—Lo olvidaba... Cuando Jane Austen se despidió de nosotros y nos abrazó –comentó él–, me dio esta caja.

Le mostró una pequeña caja nagra, de nácar.

—Qué mujer tan especial –opinó la castaña-. Me di cuenta que le gustaste a Cassandra.

—No me di cuenta -indagó, biscando abrir el objeto-. ¿Te molestó?

—No, ¿por qué? –sonrió ella–. Tú eres mío.

Snape abrió la caja ambas manos.

—La señorita Austen es muy inteligente –añadió Snape–, creo que se dio cuenta de lo nuestro. O es posible que seamos evidentes.

Al ver el contenido, Hermione se sorprendió.

—Mientras te esperaba en el patio –explicó él–, le engarcé mi trozo de prisma.

Snape tomó una mano de Hermione, y en el dedo anular poco a poco le deslizó un anillo.

—¡Severus...! –susurró Hermione.

Ella cerró la mano, regalando a Snape una mirada de amor y un poco de conmoción.

—Estaré para ti, Hermione –prometió él–. Mientras quieras el anillo, lo lleves en la mano o lo tengas contigo, seré de ti.

La castaña lo tomó del rostro, besándolo en los labios.

Ella recordó y buscó en su bolsillo.

—¡Oh, Cassandra me hizo un regalo... debieron ponerse de acuerdo cuando las dejamos solas...!

Lo ocultó en su mano, le añadió su trozo de prisma y con un pase Transformo, lo tendió a Snape: una cadena donde el prisma quedó engastado. Y se lo colocó, quedando bajo la casaca.

—¿Estamos casados? –preguntó la castaña, viéndose el adorno en el dedo.

Snape sonrió torcidamente, cínico:

—No tan rápido, chicuela -y añadió con falso desdén-. Te estoy jurando amor eterno, nada más.

—¡Nada más! –rio ella, saltando al suelo.

Hermione lo tomó de la mano, luciendo la sortija en su dedo.

—¡Te amo! -le sonrió ella- ¿Sabes que me siento donde debo estar? ¡Iría a cualquier lugar, al fin del mundo, pero contigo! ¡Severus, te amo!

—Yo te amo a ti... Hermione –respondió Snape, en su adusta profundidad.

Hermione caminó veloz llevando a Severus del brazo.

—Dime, ¿tienes hambre? Yo, la verdad...

—También -sonrió.

Andando, ella lo estudió con curiosidad, y le preguntó:

—¿Qué haremos esta noche?

Snape la admiró de arriba abajo:

—Creo que lo sabremos.

Se alejaron por el corredor, lleno de los breves ecos de la voz de Hermione, en el apagado rumor del agua.

¿Por qué, pensó Severus, me siento reconciliado con la vida? No pudo explicárselo. Podía ser que ahora amaba la vida a través de alguien más. O tal vez la respuesta de Snape era distinta.

La respuesta era que, al encontrar el amor, es la vida quien nos ama... a través de otra persona.