Para agrado de los hambrientos viajeros, la elfina supervisada por Shacklebolt y Dumbledore les envió alimentos a la Sala Común. Hermione no quiso ocupar la silla de algún profesor, pero sí acomodarse frente a Snape en la mesa del podio. Pasadas las movidas últimas horas, hablaron hasta el final, cuando Snape le tocó la nariz con una servilleta, haciéndola reír.

Al caer la tarde caminaron por el Hogwarts solitario, pasando frente a aulas silenciosas... En uno de los puentes superiores, observaron la lluvia caer... Ella con el paraguas, él protegido con el hechizo, sin hablar, lado a lado, pensando.

Superadas las travesías, callaban en el temporal, como gozándose en silencio o compartiéndolo como hacen dos enamorados... Un callar unido, un hablar sin palabras. Una sola , que no apaga la inclemencia de tiempo, sino que la aviva como en ellos: en soplo de estacones que los lanzaba a tomarse de la mano, entrelazando los dedos.

Entrelazando los dedos, y a Hermione le sorprendía la naturalidad con que él la llevaba... Así observaron la arquitectura de Hogwarts desde uno de los puentes al aire libre: contra el cielo en nubarrón y la neblina en el bosque, el velo de gotas sesgadas caía sobre baluartes y alrededor de ambos, sobre las construcciones a diferentes tamaños: las dependencias vacías, las mudas torres grisáceas terminadas en pico, otros puentes, las torres altas, las alas del castillo con sus ventanas de madera cerradas con postigos o de coloridos vitrales, las almenas esquineras y murallas.

Snape pasaba los dedos por la mano de Hermione: la suavidad de su piel, la forma de sus dedos, eran una maravilla para él. Hermione hacía lo mismo o abandonaba su mano en la cuadrada de él. Los encharcamientos saltaban en gotas y ondas entrecruzándose, devolviendo el reflejo en movimiento de ambos.

Así transcurrió la tarde callada, hasta que volvieron dentro y caminaron por los pisos de arriba, por el sexto y el séptimo. Hogwarts en esas condiciones era un museo que valía la pena ver en el arte que guardaba, en los detalles de su decorado en piedra.

La noche cayó en manto que oscureció el cielo sin Luna, ni estrellas, y en la Torre del Reloj sonaron siete campanadas que recorrieron el castillo, anunciando la noche también en los tejados de Hogsmeade, que se regía por el reloj de Hogwarts... Las teas faltantes se encendieron en las galerías del colegio, y Hermione y Snape caminaron en su luz recóndita, por los callados arcos cincelados...

Ocuparon uno de los asientos de roca, cerca de la Torre de Gryffindor. Los vitrales se iluminaban por el destello de lejanos relámpagos.

Hermione se levantó, parándose frente a Snape.

—Sería conveniente descansar –opinó ella.

La noche, la soledad... Ella... Los dos solos...

—¿En verdad quieres dormir? –pregunto Snape, con voz más ronca, debido a otra emoción.

—Depende –le respondió ella, seria-. ¿Vas a dejarme sola esta noche?

—No podría.

Ella sonrió, con aire de convencimiento.

—Así que te gustaría soñar conmigo.

—Soñar, sin dormir.

Snape la abrazó del talle, besándola en una mejilla, y Hermione miró los labios del profesor:

—¿Cómo si fuera la primera vez? –susurró ella.

—Como si lo fuera –prometió él-. Siempre es como la primera vez.

Se besaron dulcemente en la boca. Las nubes se abrieron por unos segundos, mostrando el titilar de las estrellas en lo alto, en sonido de pequeñas campanadas... Las mismas que resonaron en las sienes de Snape al levantarse cuando Hermione extendió el brazo y lo tomó, con la mano donde llevaba el anillo, y giró con sonrisa voluntariosa, satisfecha y amorosa... Llevándolo con ella hacia los castillos que les faltaba conocer...

En otro de los pasajes, Snape tomó a la derecha, conduciendo a su vez a una sorprendida Hermione, quien quiso saber:

—¡Oh! ¿Vamos a...?

—Sí, vamos a.

La expectación creció al volver a abrazarse al pie de las escaleras de la Torre donde estaba la habitación de Snape, rodeados de sombras, pero bañados por la luz de las teas siseantes en las gradas que subían. Snape la cargó con ambos brazos, subiendo por las gradas. A medio camino se besaron de nuevo, pero con un poco más de prisa, y hablaron de ciertas promesas para la noche.

Entraron a la habitación, que Snape cerró con un pase, bajando a Hermione al piso, para hacerla caminar hacia atrás hacia el lecho a toques de besos, en la habitación a oscuras excepto por un pequeño hogar encendido por Snape con magia, acompañados con el crepitar de los leños, Hermione desabotonando la casaca de su profesor y Snape a ella la túnica...

Por una rendija de la cortina, la luz de afuera hecha de relámpagos mudos y de ventanas iluminadas del castillo, se colaba en brillo por la habitación de Snape, que Hermione conocía de pasadas noches.

Mas esta noche era distinta... Esta noche era... como si estuvieran casados... O prometidos...

Besándose y desabotonándose mutuamente, en la mano de Hermione el anillo de piedra mágica brillaba por los reflejos, al abrir la camisa de Snape, dejando ver la roca que él llevaba sobre el firme tórax.

Snape la cargó nuevamente, hasta el lecho, donde terminó de quitarle las prendas, hasta revelar la piel de Hermione, que recorrió con besos, de la cabeza a los pies, arrancando suspiros a la castaña.

Tembloroso, delicadamente Snape colocó bocarriba a una jadeante Hermione, entre las sábanas de lino gris.

La chica dio paso a la tensa excitación de él, que parecía estallas... Snape la recorrió poco a poco, intimamente, lanzando breves gemidos, contemplando la mirada de ella, envuelto en su cálida humedad deseosa... Snape se sintió tensar más y crecer en su placer, lo que ella percibió, desprendiéndole un gemido largo.

Él llegó tan lejos a donde lo llevó su necesidad de estar en ella, y remordiendo levemente el labio inferior de la chica, sin temor, en aquel Snape en el que se convertía por ella, le musitó:

Te amo... Te amo...

Hermione asintió y le respondió lo mismo, jadeante, empezando a moverse al mismo compás, completamente unidos.

La noche se desplazó en el cielo cuando los movimientos de encuentro entre ambos se hicieron más febriles, más urgentes, y los gemidos aumentaron en intensidad, con los dedos entrelazados en el lecho, el anillo y el dije de roca desplazándose entre las sábanas y los besos en la boca removiéndose en la almohada, ambos moviendo la cintura, alejándose sin desprenderse del otro y uniéndose de nuevo con mayor deseo, recorriéndose en el punto de sus cuerpos donde estaban unidos en un beso secreto y total.

Enardecido, Snape llevó las manos a los cabellos de Hermione, despeinándolos, y abrazándola y besándola la hizo rodar por el lecho junto con él, de id y vuelta, sin cesar de unirse y separarse y unirse nuevamente con el deseo de decirse así, aquello para lo que no encontraban palabras.

En el claroscuro, los gemidos de Hermione se volvieron más quebrados, con el rostro encendido apoyado en la almohada, entre sus rizos revueltos por las manos y besos de Snape, quien respondía a cada impetuoso movimiento de ella, al ritmo de sus vehementes palabras al oído de la castaña, en verdad y promesa: "Te amo... Te amo..."

Snape la abrazaba, estrechando su cuerpo, bebiendo su aroma, su respiración cerca de sus labios con ese gesto de deseo.

Hermione sobre él, sacudiéndose atrás y adelante, cubriendo a Snape con la cascada de sus rizos.

Los jadeos de ambos más urgentes, más cálidos, en caricias de respiraciones entremezcladas en suspiros y susurros.

Un aviso de gemidos, cada vez más rápidos, casi lamentos urgentes junto con sus movimientos fusionados, Hermione clavando las uñas en la espalda de Snape, él fascinado al observar las facciones de la castaña.

El aviso de alcanzar el clímax los sacudió de pies a cabeza. Snape la colocó de nuevo bocarriba, tomándola y entregándose a ella en las olas de las sábanas desordenadas, perdido en los labios de Hermione, en sus palabras a media voz, hasta que la tensión se volvió insoportable.

Llegaron de súbito, estallando en un grito compartido en alas de locura, en un grito de ambos que alcanzó la ventaba junto con su vaivén febril, en un gemido prolongado en el clímax mutuo, al mismo tiempo, que se dieron uno al otro jadeando, en extravío de placer y enamoramiento que desató sus cuerpos y a la Luna sobre las nubes, abrazos y palabras trastornados en el temporal de agua que envolvió Hogwarts, pero no más intenso que el abrazo de ellos dos en fuego que llenó sus ojos y sus cuerpos completamente unidos en el clímax de su placer.

Cayeron en el lecho lado a lado, boca contra boca, suspirando de desahogo y vértigo. Jadeando, se recuperaban diciendose aquello para lo cual no existen palabras. Juntos. El amor. No el intento. No esos juegos intermedios que nada significan y que sólo amanecen en un espíritu vacío. Ellos se entregaron entre sí en el navegar de quienes se aman. El amor y la pasión sin medias verdades. En e amor y el deseo de verdad, sin excusa, ni huidas entre sí. Acariciándose, con la mirada perdida de amor y deseo, Hermione y Snape encontraron su linterna mágica y su brillo los deslumbró e hizo os emerger a un mundo que cada cual imaginó en noches solitarias; un mundo que esta noche se les reveló con sus palabras y sus caricias.

Te amo, Severus...

Te amo, Hermione... No supe que era amar hasta que llegaste a mi vida... Y ahora que lo sé, no quiero olvidarlo...

Severus Snape no encontró jamás mayor Misterio que el dibujo de los labios rosas de Hermione, en el horizonte de relámpagos y noche. No conoció hechizo, ni encantamiento más poderosos que escuchar la voz de Hermione, hablándole ansiosa al abrazarlo. Ninguna poción más poderosa que sus besos, ni otro conjuro que el de sus ojos marrones, en luciérnagas de noches mágicas.

Hermione Granger era el amor de su vida: ella de pie frente a él en el pasillo de la tarde nublada, extendiendo los brazos en cruz y haciendo un breve paso de baile, sonriéndole. El fluir de sus palabras y aseveraciones convencidas. Hermione preguntándose por el sentido de la vida a la Luna de otro tiempo. Luces y sombras en los rizos de Hermione por las galerías, gotas de lluvia en sus cabellos.

Y la castaña sabía que Snape era exacto para ella. Con él se explicaba la vida y la pasión.

Eran una combinación perfecta... Podían volver los magos de noches sin cuento, nacer y morir los imperios, arribar los hechiceros con sus cábalas y forjarse nuevos objetos mágicos. Toda esa magia y sus secretos no se acercaban, no rozaban la maravilla de cuando Hermione le dirigía sus ojos profundos, interrogándolo. No serían nunca mayores a la magia de las manos de Hermione tomando las suyas, oprimiéndolas, entrelazando sus dedos, dándose besos casi desesperados para decirse lo que guardaban en lo profundo de sus almas.

Hermione pensó que podía volver a nacer, y cada hora estaría animada por la melodía enigmática de Snape... ¿Cómo podría hacer para guardarlo en el abismo de su corazón? ¿Cuál era el abrazo que debía darle para llevarlo en el arcón de su existencia?

Snape acariciaba el rostro de Hermione dueña de su sangre en forma irremediable. Si como recuerdo lejano, la evocaría frente a los fuegos de sus noches solitarias; si como ser perdido en otra vida, la buscaría en cada país de mito. La buscaría en islas, paisajes y horizontes azul gris, la buscaría por el universo entero. Pero nunca la buscaría en otros labios, jamás en otras bocas, nunca en otra mirada, tampoco en otras manos, ni en voces diferentes. Ella era única y el resto eran cenizas o viento, cenizas o llanto, espejos de deseos que guardan espejismos, pero nunca el Sol de sus palabras y tampoco el Oro alquímico de sus cabellos ensortijados.

Tal vez Snape la amaba como un Slytherin: a la más hermosa, a la única grandiosa, a la que merece que los demás se le arrodillen y por quien sin dudarlo un solo instante, mataría. Y sin embargo, también le conmovían sus pequeños momentos y cómo ella hacía amanecer, al sonreír.

Sonrisa fue lo que la castaña le regaló, acariciando su mentón. Snape le dio un beso en los labios y pensó, al admirar el rostro de la Gryffindor:

(La frescura del viento en tus manos, ¿cómo puedes llegar a mí sin dificultad? Es música en el aire al ritmo de tus cabellos, en la roca del legendario castillo. Soy Severus Snape y recorrí mil noches inagotables de soledad, de tierra infértil, hasta que te anunciaste en las nubes y llegaste a mí por el cielo. Y en los fragmentos de luz por los arcos, me dices que me amas en susurro cerca de mi boca, y me lo dices luego de cada uno de mis besos y cada frase tuya moldea el hierro al rojo de mi amor por ti. Te amo... Eres la respuesta de mis noches. Obséquienme el Sol y cada una de las Lunas y seré Rey del Mundo, pero denme tu voz y tus besos, Hermione, y seré el Príncipe Mestizo por siempre, el tuyo, y esa será mi mayor corona, la más dichosa para mí... Solo por ti, Hermione Granger, solo por ti, solo tú, nadie, Hermione, nadie, nadie más que solamente tú...!)