La mañana los despertó antes de salir el Sol.
Quedaban sombras de la noche, y Hermione y Snape permanecieron en el lecho, abrazados, escuchando llover... Cruzados por las sombras de la reja en la ventana y sus rombos azul nocturno, recorridos por riachuelos que se encontraban y separaban.
Abrazados, presenciaron el paso de la noche húmeda, alegrada por brillos fugaces de las luciérnagas de lluvia, frente al cristal.
—Hermione... -murmuró Snape, aspirando el aroma de los cabellos castaños.
—¿Sí? –ella se estrechó más contra él.
—Han sido... los mejores días de mi vida.
La Gryffndor le acarició el torso desnudo.
—También los míos... Estoy feliz de haber estado contigo esta semana –comentó ella.
Silencio. Hermione se recargó en el tórax de Snape.
—¿A qué hora vuelven? –quiso saber ella- ¿Será como siempre?
—Un poco más tarde. Regresarán a las cinco y media.
Los días solos, terminaban.
—Por fortuna tenemos unas horas –opinó ella.
—Eso pensaba yo -admitió Snape- ¿Qué te gustaría hacer?
—¿Hacer? –jadeó la castaña, al sentir que Snape giraba hacia ella y se colocaba un poco más en alto, apartándole la sábana.
Severus la besó en la boca, arrancándole un suspiro y acariciando bajo la blusa desabrochada, su piel desnuda, que percibió más suave, más sensible desde la última vez... En sus bocas entrelazadas, acariciándose, respiraron un perfume, el aroma de sus cuerpos formando uno solo, invitando a tenerse otra vez...
Al final, en desvarío, jadeantes se miraron a los ojos, recostados frente a frente, acariciándose mutuamente los rostros. Por la ventana se colaba la luz gris clara de la mañana...
Poco más tarde, Hermione, sonriente y un poco pícara, quiso que se ducharan juntos. Snape, formal como era, dudó un segundo, pero no dijo nada y por primera vez supo qué era enjabonar y lavar el cuerpo de su amada y que ella hiciera lo mismo con él.
Secos y vestidos permanecieron unos momentos en la habitación y regalándose un beso, salieron.
—Quisiera terminar el libro que leía en el Patio del Viaducto; me restaban diez páginas –comentó ella al final del almuerzo y salir del Gran Salón.
Fueron al Patio de Transformaciones, donde el gran árbol cubría de la lluvia y a cuyo pie, Hermione finalizó el libro, plácidamente acomodada en el fresco de la mañana salpicada de gotas leves.
Sentado a su lado, Snape no dejaba de vigilar, pero porque cumplía con sus compromisos, pues el peligro había pasado. Aun así se daba tiempo para echar vistazos al rostro de Hermione, encantado con su gesto aplicado. Se dijo que ella debería escribir un libro, prometiéndose ayudarla.
La chica guardaba el finalizado volumen en su túnica, cuando Severus tuvo curiosidad:
—¿Cómo reaccionó Potter cuando le dijiste de lo nuestro?
—¿Cómo reaccionó? Hizo una cara como así –ella mostró las palmas y abrió boca y ojos, como un Huffie asombrado.
Snape sintió necesidad de reír y alzó la cara, soltando dos armoniosas risas.
—Severus... -le dijo ella, maravillada- No te había escuchado reír nunca... No así...
—Eres graciosa –sonrió por incordiarla, poniéndose un dedo frente a la boca y viendo hacia el amplio cuadrado de hierba.
Hermione alzó las cejas, señalándose:
—¿Graciosa? –asintió, sonriendo- ¿Me llamaste graciosa? ¿Te parece que bailo como las de Beauxbatons?
—No, Miss Granger –afirmó él, tomándola de la cintura, con ojos entrecerrados, fascinado, admirando los labios rojos de Hermione-. Usted baila como la más hermosa princesa del más bello relato de hadas.
Se dejó atraer hacia él, que la tocaba con emoción contenida.
—¿Cómo puedes ser tan bella? –la estudió, grave, embelesado– ¿Cómo puede haber alguien tan hermosa como tú?
—¡Severus...! –rio, apenada.
Pasaron el resto del día en las Torres del Norte, donde llegó a ellos la caída del atardecer, de cara al paisaje. El estadio de quidditch estaba sumido en la neblina, que lamía las copas de los árboles, aunque no alcanzaba las torretas del colegio.
—Yo estoy en lo dicho, Severus –afirmó Hermione; al Oeste, la claridad del día se sumía en el horizonte.
—También yo. Quiero mantener lo que dijimos –expresó Snape-, aunque de entrada no pueda ser tan público, por necesidad, pero no me afecta que lo sepa quien desees que lo sepa. Toda pregunta de Dumbledore la responderé como deba. No ocultaré nada, no tengo motivo para hacerlo. Con quien sí deba cuidarme, lo haré.
La Torre del Reloj anunció en campanazos que eran las cinco de la tarde.
—Severus –la castaña suspiró–, ya vienen.
Regresaron caminando hacia el Vestíbulo entre los vitrales humedecidos, para tener los últimos minutos solos, sin saber cuándo los tendrían de nuevo.
Se detuvieron en el Hall, donde empezaron a caminar el primer día.
No pasó mucho hasta que el relativo silencio del castillo se rompió por sonidos de movimientos afuera.
Y Snape se vio un poco inquieto, o -aunque no lo hubiera expresado como Hermione hace rato-, lamentando llegar al final de estos días solo con la castaña. Un sacudimiento debió sentir, porque en arrebato tomó la mano de la sortija de Hermione, llevándola a sus labios y dándole un beso en la palma, a la mirada conmovida de la chica.
—Te amo -dijo él-. Te amo, Hermione.
—Y yo a ti, Severus –le respondió con gesto de certeza y un poco de buscar para él, serenidad.
Entrelazándose los dedos, Hermione escuchó los primeros pasos afuera y voces joviales, acercándose.
—No nos perdamos, Severus –le pidió ella, en los últimos ecos solitarios del castillo–. Que los días comunes no nos hagan olvidarnos.
—No lo haremos.
Las pisadas se dirigían por el gran camino exterior hacia el Vestíbulo, trayendo los ruidos del colegio en todo día de regreso de vacaciones...
La chica habló con el tono que salía al buscar resolver un acertijo:
—Busquemos formas para vernos, o pretextos, es igual para mí, pero si pasan semanas o meses sin poder vernos porque yo esté ayudando a Harry o tú en lo que haces, déjame mensajes, yo te los dejaré, o si no podemos hablar en secreto, hablemos en público, no me importa que el colegio sepa que te amo.
—Tampoco a mí me importa. No son más importantes para mí que tú –y añadió, grave-. Quisiera que lo supieran. Yo sólo pienso en el secreto por lo que conoces, pero si no tengo modo de comunicarme te hablaré en el Gran Salón, interrumpiré una clase para hablarte, si no puedo ser discreto lo diré frente a quien sea, dejaré lo que sea para hallarte. Los prismas. Los prismas nos avisarán si nos necesitamos. Ellos nos guiarán.
La gran puerta se abrió rechinidando y un segundo antes que el primero entrara al Vestíbulo, Hermione y Snape se miraron, despidiéndose, y él abrió la mano, soltándola.
—Hasta pronto, amor mío –susurró Snape.
—¡Hasta pronto! –musitó Hermione- ¡Te amo, te amo...!
La Gyrffindor se adelantó unos pasos hacia dos siluetas oscuras que aparecieron por la galería, fáciles de reconocer por su forma de caminar.
Dumbledore y Minerva con gestos de alivio y afecto fueron rápido hacia Hermione. Con ellos arribaron las risas de los alumnos por la puerta y un primer bloque que entró en conversaciones animadas.
Hermione caminó por el Vestíbulo teniendo al fondo el alto portón de entrada, por donde cruzó el mar de los alumnos que retornaban, con maletas, en desorden, sonriendo y comentando, seguidos de las voces de quienes venían detrás.
A Snape le pareció verla en cámara lenta, caminando y volteando a él con expresión de estupor y de pérdida, en el grupo que los empezaba a rodear.
No haré esto siempre, se dijo ella. No siempre fingiré que no lo tengo.
Mas hoy, sí... Los alumnos y profesores entraban, alejándolos, y le dolió, y a Snape no se le notó en absoluto, pero al verla dar pasos atrás, a los estudiantes entrando al lado de ellos, se rebeló a dejarla ir, odió no estar con ella, odió con el alma volver a la careta del hombre agrio.
Hermione se giró del todo hacia él, acaso para guardarlo en su alma para esa noche... Y McGonagall la estrechó por la espalda, por los hombros, alegre; Dumbledore le obsequió una leve palmada y juntó las manos, sacudiéndolas en agradecimiento hacia Snape, que no se movía en silueta oscura viendo a Hermione, un poco sombrío contemplando sus ojos, rodeado por los alumnos rumbo a sus salas comunes, Snape hablándole mudo en el bullicio, y Hermione viendo a Snape con expresión de añoranza.
Oficialmente, esos días terminaron: un río de alumnos, el resto de los estudiantes, entró al Vestíbulo y su algarabía llenó todo, borrando el rumor del agua, los ecos, con sus risas, pasos, comentarios, breves carreras ocupando el castillo.
Minerva la soltó, luego de felicitarla por estar bien y haber pasado el peligro, yendo a controlar el acceso de los que regresaban, Dumbledore fue a su despacho, y Hermione y Snape quedaron viéndose, separados por el mar de estudiantes, extraviados en un caos de letras sin sentido.
Snape giró sobre sí mismo y de costado, se detuvo.
Con una media sonrisa, inclinó un poco la cabeza, saludando a Hermione. Y casi se diría que le dirigió una breve sonrisa en público.
Dio vuelta brusca, como lo hacía, con un salto de sus cabellos negros y echó a andar, con la capa ondeando, por el corredor entre los aprendices de mago, alejándose.
Sola entre el mar de chicos, Hermione se cubrió los ojos con los dedos, sintiéndose mecida ente los que pasaban, perfectamente sola, ahora que Snape se había ido.
Oyó gritos y saludos de alegría, sintió abrazos, palmadas: Luna y Ginny la sacudían a pequeños saltos. También llegó Harry, feliz, junto con Neville y Luna, quitándose los impermeables.
Hermione se abrazó a Harry, que la estrechó para apoyarla. Él sabía.
—¿Qué ocurre? –preguntó Parvati, que llegó en el tumulto festivo.
—¿Te ofendió el patán? –indagó Ginny, empezando a indignarse.
—No. Estoy bien –les dijo.
Pero soltó a Harry y echó a correr a la salida, con un ondeo de la túnica. ¡... Aire, necesitaba aire!
Las tres se miraron y Luna fue tras ella. Neville estuvo por hacer lo mismo, pero Harry lo retuvo de un brazo.
—Déjalas –dijo-. Es cosa de chicas.
—¡Herms! –exclamó Ron, que llegaba, pero ella lo apartó al salir corriendo.
Hermione llegó al desierto camino exterior bañado de rocío. Corrió hasta el borde y se apoyó en el pretil, respirando con necesidad.
—¡Hermione! –la alcanzó Luna, preocupada, haciendo sonar los charcos al correr- ¿Qué sucede?
Pero Luna sabía ver y lo supo de un vistazo a los ojos de ella.
—Es Snape, ¿verdad? –preguntó dulcemente, sin criticarla.
Recibiendo el relente del agua, Hermione no pudo contenerse y se abrazó a Luna, a la luz del colegio, que revivía.
—¡Lo amo...! –sollozó Hermione, en el rocío- ¡ Lo amo, Luna!
—¡Está bien, Herms! –la abrazó a su vez.
—¡Lo amo tanto... Lo amo tanto que me duele el alma...!
—¿Él no te corresponde?
—¡Él también me ama! –sollozó- ¡No sabes lo que ha hecho por mí! ¡Lo que ha dejado atrás por mí!
Hermione cerró la mano de la sortija, cubriéndola con la otra, arrodillándose, y Luna la siguió, y las nubes se abrieron un poco, dejando ver las estrellas en la noche fría y el vals de los novios separados.
—¡Lo amo... y tengo miedo de perderlo!
—¿Por qué? –Lovegood trató de verle el rostro.
—¡... temo... temo que algo malo le pase! ¡Temo no volver a tenerlo como lo he tenido! ¡Snape es maravilloso y él piensa lo mismo de mí! ¡Luna, somos el uno para el otro! ¡Y yo sé que él también sufre por no verme ahora...! ¡Oh, Luna, me siento tan acongojada...! ¿Qué puede hacer nadie, cuando ve a su amor alejarse? ¿Qué puede hacer cuando lo ve partir, sino sufrir?
Luna abrazó a Hermione, consolándola. Sus demás amigos las veían desde la entrada del colegio.
En su habitación, Snape, sentado en el lecho, tenía en las manos el almohadón donde descansó Hermione con él. Donde ella posó su cabeza hasta esa misma mañana.
Lentamente, llevó el cojín a su rostro, y aspiró el perfume de la castaña.
Y después, abrazó el almohadón contra él.
