Snape daba vueltas en el lecho.
No lograba dormir. Eran las tres y media de la mañana. Era el cuarto día de no conciliar el sueño y llenarse de ansiedad.
Lo acompañaba el siseo de la inclemencia afuera, pues aunque habían transcurrido dos semanas desde el reinicio de clases, a la temporada de agua le faltaba para finalizar.
Y no le había ocurrido, pero desnudo del tórax hacia arriba, el roce de las sábanas de lino le sugería el roce cuerpo de Hermione... Revivía los besos con ella, los abrazos entregados de ella y a la vez, tomándolo. Este mal era cruel.
Qué terrible es esto.
Descubría que la ausencia es una puñalada. Lo había sentido desde la tarde del final de las vacaciones, pero los días aumentaron su pesar. Hermione le hacía falta... Le hacía falta su voz armoniosa, el tono de leve formalidad cuando reía, el contacto de sus ojos profundos, cada palabra que pronunciaba... A Snape le faltaban los pequeños cuadros de ella como su concentración al leer, su gesto etéreo al pensar, sus ojos al sonreír, incluso sus silencios al ver a lo lejos.
Y no era solamente el extrañarla. Era perder la perspectiva de cada minuto, cuando estaba junto a ella. Juntos era sentirse sin ataduras. Juntos eran más fuertes, indudablemente más plenos. Una comunión de pensamientos y sentimientos. Snape concluía que su vida no era la misma sin estar junto a la Gryffindor. Hermione le hacía enorme falta.
De estar sin esconderse, sería distinto, la ausencia no sería esta separación.
La vuelta de las vacaciones era el inicio de la temporada de caza, donde comenzaba la vorágine; la tranquilidad lograda en pocos días de asueto se esfumaba en segundos. Él mismo había pasado minutos difíciles al explicar al Señor Tenebroso que, ante la falta de información, tuvo que defender a Granger para no caer en la sospecha de Dumbledore.
-No me convences mucho, Severus -sonrió Voldemort-, siempre pueden ocurrir descuidos.
-Por órdenes suyas, señor, yo cometería incluso errores. Lamentablemente no las tuve.
-Lo sé, mi fiel Severus. Por fortuna tu falta no fue grave, la idea de Rabastan no me complació.
Como siempre, el halago a la vanidad de Voldemort funcionaba bien.
Snape sentó bruscamente en la cama, puso los codos en las rodillas y su cabello quedó en corto velo oscuro... Llevaba rato pensando que, de armarse un lío porque aquel idiota desnarizado supiera lo de Hermione, igualmente la defendería. Rabastan no andaba desencaminado en su concepto de eliminar a lugartenientes del cabecilla. Pensó que podría ver otras formas de acabar antes con el muy maldito. Sin saber, pero motivado por haber encontrado el amor, Severus dio un paso vital para impedir su propio final. Era un camino que lo llevaría a pensar en su supervivencia. A comprender que su vida era valiosa, que era importante para sí mismo y para otra persona.
Aquello era una perspectiva a mediano plazo. Lo que le incumbía ahora y urgentemente, era que los mensajes intercambiados con Hermione no le eran suficientes... No bastaban, cuando su necesidad era verla, oírla, tocarla... Y él tampoco había podido escribirle mucho debido a los llamados de Voldemort y al sabotaje de varios de sus designios.
En esas semanas había visto a la Gryffindor una sola vez: en un corredor del cuarto piso, a mitad de la noche.
Ocultos en la oscuridad de un tramo sin antorchas hablaron a susurros. Ella llevaba abrigo y bufanda para cubrirse del fresco de la ininterrumpida brizna:
-¿Cómo estás? -le preguntó Hermione, intranquila, tratando de distinguir sus facciones en la penumbra- ¡Te extraño demasiado...!
-Estoy igual que tú -afirmó Snape-. No puedo... reprimir mi necesidad de verte.
-¿Por qué deberías reprimirla? -se extrañó.
Él lo reconsideró:
-Puse mal el énfasis. Quise decir que tengo una gran necesidad de verte, y me cuesta manejarla... No he podido tener más tiempo, discúlpame.
-¡Eso es igual conmigo...! -suspiró ella, hastiada- ¡No puedo abandonar a Harry ni a Ron en este momento, pero pienso en ti! ¡Yo...!
Escucharon los pasos de McGonagall acercándose por la galería. Rápidos, Hermione y Snape se dieron un beso en los labios y cada cual se alejó por su camino.
Esta madrugada, Snape en su postura de sentenciado que planifica la fuga una noche antes, se rebeló a la idea de pasar el tiempo extrañando, sin poder hablar. A escondidas como si los malos secretos no fueran de otros. Y tenía presente sus palabras de cómo actuar en caso de que esto sucediera, de que hubiera motivos muy justificados para amargarse la vida en su relación con Hermione. Sus palabras de qué haría para evitar eso.
No estás pensando claro, consideró en seguida. Espera, no es una situación tan grave como para hacerlo público.
Pasados otros largos días, en clase de Aritmancia, apoyando una mejilla en mano, la castaña escribía sin mucho interés, el dictado de Vector.
Y estaba de malas. Iba para tres semanas sin ver a Snape.
Comunicándose como acordaron sabía dónde estaba, pero la distancia aumentaba su necesidad de él. No sólo la distancia, sino el estar ocultos y eso contribuir al dolor de la ausencia. Para decirlo, claramente necesitaba verlo porque lo amaba y porque lo deseaba. Escribiendo a disgusto se dijo que debía oírlo y besarlo... debía... resopló por lo bajo y movió la cabeza con mayor hartazgo, pues mientras Snape se adaptaba a la flagelación, para Hermione era causa de creciente exaspero.
No oírse, no tocarse y sentir que de verlo, no podía hacer nada, le dolía e incordiaba. Necesitaba hablar con él sin esconderse, en vez de ser como ahora, como si tuvieran algún mal que pusiera en riesgo la vida de los otros. La verdad es que había otros peligros mortales para los demás. Hoy, era si como todos pudieran quererse menos ellos dos. Como si los únicos que pudiera actuar abiertamente fueran los malvados. ¿Por qué renunciar al sitio de su amor por Snape? La chica se rebelaba. Escribiendo, pensaba en todo menos en aritmancia. Y al ser la fuente de su cariño, curiosamente Snape se volvía un eje de sus reproches. Poco más y culpaba de la guerra, a su enamorado profesor.
-Por lo tanto -dictaba Vector-, el amplificador de la derivada terciaria...
La profesora se interrumpió al abrirse la puerta del salón de clases.
El silencio se hizo más denso, pero Hermione siguió escribiendo la frase inconclusa de Vector, sin atender un discreto manotazo de Parvati en su espalda. No tenía grandes deseos de atender.
Cuando vio de reojo el paso de la alta silueta negra, se detuvo y alzó el rostro.
Aflojó la mano en la que llevaba la pluma, desconcertada, viendo a Snape acercarse a Vector.
El resto de los alumnos también lo atendía, si bien muchos a su pesar. La llegada de Snape a un salón que no fuera el suyo, era rarísimo y no presagiaba algo bueno.
Hermione vio de soslayo a Luna, quien la apoyaba además de Parvati y Ginny, a quien no molestaba que la castaña hubiera terminado con Ron. Podría decirse que la aceptación de Ron por ese hecho en buena medida se debía al lavado de cerebro dado por su hermana.
Con Snape en el salón de aritmancia, las miradas interrogantes de sus amigas se encontraron con el gesto de desconcierto de Hermione.
Se dedicó a analizar la expresión de Snape, pero a los pocos segundos entendió que él estaba ahí exclusivamente para hablar con Vector. No era nada especial. Al mismo tiempo se coló en su ánimo el notar haber alcanzado un estatus especial con sus amigas por su relación con Snape. Ella era la alumna que tenía de novio a un profesor. ¡Y a quién! Además se había enterado que Snape no era tan odiado, que atraía a varias estudiantes.
Habían hablado muy poco del tema, fue escuchada para ser exactos, sobre los temores que la oprimían. Abrazos, consejos y más que nada, presencia. Pero nunca pensó que la situación la colocara en nivel especial, por encima del promedio. Por una mezcla de lo interesante y lo prohibido. No dejaba de ser extraño para ella que contara con ese apoyo solidario.
No pudo atender demasiado a sus queridas amigas. Su interés estaba al frente de la clase. Snape -le pareció más guapo que antes-, estaba de pie, serio, de impecable negro; los vivos blancos de su camisa, resaltaban; hablaba en voz muy baja con Vector, cuya expresión no mostraba tensión.
Ver de nuevo a Snape a la luz del día, no en su clase, no a escondidas por la noche, le agradó y eso la intranquilizó. ¿Qué hace aquí?, se molestó un poco por sentirse inquieta, por querer tocarlo.
Hermione se mordió el labio inferior, por dentro, de deseo y freno. Retomó la pluma para escribir la última frase de Vector.
Snape se despidió de la profesora y regresó sobre sus pasos, entre la fila de alumnos en sus pupitres, que evitaban verlo al pasar.
Intranquila, Hermione bufó, cubriéndose frente y ojos con una mano, escribiendo más rápido.
Soltó con nerviosismo la pluma y se tocó con el pulgar, el anillo que llevaba en el dedo.
Snape pasó junto a ella y Hermione se levantó:
Fue al mismo tiempo que Snape se detuvo:
-¡TE AMO...! -se dijeron volteando el uno al otro, sobre las cabezas de los alumnos.
Saltos y sobresaltos, caras rojas como tomate, frascos de tinta estrellados contra el suelo, tirados por codazos en caras de estupefacción. Vector puso los ojos como platos rodeados por el murmullo atónito de la clase.
Hermione y Snape se dijeron casi superponiéndose lo que llevaban semanas sin poder decirse de viva voz. Los estudiantes azorados veían a uno y otro.
-Severus, quiero decirte que te extraño demasiado. Que tengo enormes deseos de verte.
-Yo quiero decirte que no puedo estar así, Hermione, te necesito -afirmó Severus.
-También quiero que sepas que estoy en desacuerdo en seguir callando lo nuestro.
-Coincido contigo. No tenemos ninguna necesidad.
En Snape se formó una leve sonrisa sombría entre el creciente murmullo de asombro en torno a ellos. Alumnos se veían entre sí y otros a la profesora. Snape, ¿lo había hecho a propósito? ¿Llegó al aula para saber si Granger sería capaz de revelarlo? ¿O acudió al aula para revelarlo él?
Como si Hogwarts fuera a desplomarse dejando únicamente los cimientos, Snape añadió:
-Y quiero que sepas que te amo más que nunca.
-Yo te amo más, mi vida -respondió Hermione.
-¿Señorita Granger? -Vector dudó.
Pero Hermione y Snape sólo tenían ojos el uno para el otro. Les había ganado el deseo al mismo tiempo. Ya era suficiente de esconderse.
Chicas ruborizadas se cubrían la boca con las palmas, acompañadas por el cuchicheo de la clase cuando Snape cruzó entre los pupitres, observado por todos y cada uno, plumas en mano, paralizados, siguiéndolo con la mirada, en tanto los dos seguían hablando y Hermione daba pasos hacia él.
-Te amo. ¿Cuál es el problema? -afirmó la castaña- Que el mundo piense que no debe ser, es problema del mundo.
-Tú me importas más que el resto del planeta.
-No voy a dejar de vivir por cuidar los juicios de otros.
-Yo paso por encima de ellos.
Luna, sin perder detalle, tomó nerviosa la mano de Ginny.
-... La va a besar -susurró, emocionada- La va a besar...
La chica Weasley adelantó la cabeza con pasmada cara al verlos yendo el uno al otro
Se hizo un silencio cuando Snape tomó suavemente a Hermione del mentón. otros no pudieron reprimirse:
-... El mundo se va a acabar... Snape está enamorado... Está enamorado de Granger...
Al acercarse fue como decir: No me importa el mundo y lo serio que se pueda ver.
Inclinándose un poco... Severus la besó en los labios.
La Gryffindor le devolvió el beso, apretando su boca contra la de él.
Por la forma de cerrar los ojos de ambos al besarse, por el modo de acariciar mutuamente sus labios, lo que todo vieron fue cuánto se amaban.
Alguien suspiró. Algunas chicas se embelesaron con Snape y Granger besándose como un par de novios. Merlín en un sidecar. Neville caía de la silla. Por una vez Ron abrió la boca sin tener comida adentro. Ginny se ruborizó ante ese beso deseoso. Harry se rascaba la cabeza con extraña sonrisa, puesto a prueba como nunca al reacomodar su mundo de esta manera brutal y romántica. Llevaba semanas de reconsiderar su vida y a Snape, por apoyar a Hermione. Por su parte los Slytherin creían estar soñando mal. Pansy hizo cara de asco, pero Draco se juró no decir media palabra al Señor Tenebroso, so pena de ser muerto por mentiroso. Parvati, analítica, pensó: No me había fijado que hacen bonita pareja.
Y fue así porque Hermione y Snape pensaron que la vida se trata de si te atreves o no; de si eres capaz de saltar sobre el miedo o no; de si eres capaz de fabricar tus cielos y cometas y compartirlos con quien también sepa soñar. No se necesita tener la rosa, para aspirar el perfume de las flores.
Snape se alzó y anunció con la misma voz con que intimidaba en clase.
-Lo que quiera saberse, se me preguntará directamente.
Hermione volteó a la profesora.
-¿Puedo salir, profesora?
Con los puños en las caderas, una azorada Vector respondió:
-¡Miss Granger...! ¡Creo... que no podría impedírselo...! ¡Vaya usted, hija!
McGonagall entró como maldición imperdonable al despacho del director.
-¡Severus! ¡Digo... Albus...!
Dumbledore se levantó al verla tan asustada.
-¡Minerva! ¿Qué ocurre?
-Snape... -se le atragantaban las palabras, señalando con ambos índices repetidamente hacia la puerta y siguió:
-Oí, oí... Snape, Miss Granger... Salón de aritmancia... beso, beso...
-¿Pides beso, Minerva? ¡Qué atrevida! -se indignó- ¿Olvidaste que hace cincuenta años te dije que no me gustan las mu...?
-... no, no yo, tonto de remate... tu Snape... beso...
-¿Qué me bese Snape? -lo consideró- No lo había pensado, pero...
-¡Tu profesor Snape! -tronó, saltando herida en el recato- ¡Tu alumna Granger! ¡Se besaron en el salón de Aritmancia! ¡Albus!
Le contó la historia con horror e indignación, pidiendo para Snape cada castigo administrativo y lo demás posible.
Si bien Dumbledore por fin entendió y cayó en su asiento, aturdido, también era buen político. Hizo gesto de no tan rápido, señoras y señores. Snape era ni más ni menos que su mejor agente. El mejor mago que tenía. Su garante, su as bajo la manga, la espada, la serpiente aferrada a la actividad de los mortífagos y de su amo. ¿Reprenderlo, castigarlo, perder su invaluable apoyo? ¡Por supuesto que desde luego que no!
-Mucho me temo que si me ponen a elegir, querida Minerva -negó con la cabeza-, apoyaré a Severus.
-¿Cómo?
-Por el bien de la Orden del Fénix, profesora McGonagall -se levantó-. No me puedo permitir prescindir de él. Creo que el estimado Severus nos ha puesto en una posición donde nos tiene en sus manos. Total, que se casen en cuanto Miss Granger se gradúe.
-¡Qué rápido decidiste! -exclamó, crispada.
-Alta política, Minerva, lo siento.
Al salir del aula, Severus le apretó la mano. Acababan de poner Hogwarts de cabeza.
-Ya no podía esperar...
-¡Yo tampoco! -dijo ella, con alivio, yendo a él con los brazos extendidos.
-¿Sabes que me estoy muriendo de deseo? -resopló Snape abrazándola.
-¡No sé si más que yo...!
Esto se llamaba hacer saltar el mundo.
Snape la apretó contra él, acariciando los labios de Hermione con tal necesidad que la cabeza de la chica se movió de un lado a otro.
Minerva llegó corriendo al salón, entrando varita en mano.
-Pensará aplicarles un Obliviate -él abrazó a la chica.
Hermione se apoyó en el tórax de Snape. Se acercaba mayo, y la lluvia finalizaba.
-¡Espero que no! -rio la castaña.
