En el cómodo y viejo sillón en La Madriguera, Hermione cavilaba con la mejilla en una mano, al lado de los animados Harry, Ginny, Ron y su novia.
No los escuchaba mucho, excepto como un rumor chispeante y fluido, dominado por la alegre sonrisa de Harry.
Estaban en las vacaciones de verano. Los días se presentaban mayormente soleados, con su ambiente acogedor propicio a los buenos pensamientos.
Los buenos pensamientos la tenían en términos armoniosos con Ron. Al cabo de varios esfuerzos su exnovio pudo comprender que ella era una chica. Eso le sirvió para respetar los sentimientos de Hermione y tener más recursos al acercarse a una alumna más afín a él. Poco antes del verano les presentó a Hannah Abbott como su novia. La castaña y Harry sólo tuvieron simpatía y afecto hacia Hannah.
Otros no tenían tan buenos pensamientos, pero su maldad proporcionaba un efecto beneficioso. Voldemort se tomaba la relación de Snape con Hermione como una diversión bastante oscura de quien creía su pupilo; aunque no dejaba de reprocharle que se interesara por una sangre sucia, aquello le servía también para burlarse de Snape y hacer comentarios sobre el favor que Severus hacía a aquellos seres inmundos. No se enteró por Draco, sino por un chismorreo de Zabini, por lo que Snape durante un tiempo asumió el compromiso de indagar en la Gryffindor para pasar información, siempre inexacta.
Aun así era tan poco lo que se veían Hermione y Severus, tan escaso el posible efecto positivo y la nada de tiempo que ese capricho quitaba a Snape, que el Señor Tenebroso optó por desoír las quejas de Bellatrix y pasar a los temas importantes. Él no daba tanta importancia a Hermione.
—Es una vil sangre sucia y la criada del asqueroso Potter -sonrió Voldemort-, dejemos que el fiel Severus se divierta.
Voldermort no se daba cuenta que desdeñando la iniciativa del hoy preso Rabastan, había perdido una buena posibilidad de ganar. Pero él creía que nadie estaba a su altura en la visión de los hechos, por lo que si decía que Granger no tenía peso en los sucesos, así debía ser. Ella no era más que el juguetito del fiel Severus.
El colegio había alcanzado un grado de indiferencia sobre la relación de Hermione y Snape. La noticia primero impactó, pues si bien McGonagall quiso aplicar el Obliviate a la clase entera, una vez en el salón se desanimó con doliente suspiro: Vector iría con el chismorreo, pues cierta sonrisa discreta y aritmántica le hizo entender con pasmo, que Vector no veía mal lo de Severus. ¿Tendría algún secreto?
escena en el salón dio origen a hablillas y suspicacias, pero también a gran admiración, sin olvidar que nadie dijo nada que la castaña o el profesor supieran, pues se impuso silencio por puro miedo a Snape. Hermione captaba que algunos la veían de reojo y otros con romanticismo. No faltó quien le tuviera envidia.
Dumbledore no pasó de ver a Snape por encima de los anteojos.
—¿Todo bien, estimado profesor Snape?
—Todo bien, señor director.
—Dichoso tú.
Con respecto a las críticas por la mala fama de Snape, Ron apoyó a Hermione aunque no estaba tan convencido y fue a quien le tomó más tiempo aceptar que Snape no estaba contra ellos. La castaña nunca supo que la defensa más férrea fue de Harry. Cierto magullón en el ojo se justificó como un accidente en el entrenamiento de quidditch, aunque Draco también debió sufrir un percance similar. Con los amigos más dudosos, Harry zanjó la cuestión con su veta Slytherin, pues les dijo que quien ponía en duda a Hermione, lo ponía en duda a él.
Al cabo de un tiempo, el tema se relegó de la comunidad estudiantil, pues las urgencias de cuidar la vida eran más importantes y a cada cual le convenía atender sus asuntos y no meterse en los temas de otros.
Snape permaneció inmutable, a decir verdad más dictatorial, pues su actitud era la de "me importa poco lo que sepan sobre mí, se hará lo que yo diga". En lo personal le sirvió para dejar de verse como la víctima propiciatoria de la cruzada contra Voldemort. Un poder un poco oscuro, pero no se podía esperar algo distinto de él. Además, Dumbledore se hizo de la vista gorda pues Severus se volvía más indispensable para él.
Y Hermione pensó que de eso último le había hablado Snape. Oyendo en la sala, la plática de sus amigos a lo lejos, la risa suave de Hannah, los manoteos de Ron, las risitas de Ginny y el gesto animado de Harry, la castaña se repitió que Dumbledore tenía un problema grave... Gravísimo. Snape no le dijo la naturaleza del problema; ella no le preguntó pues no interferían en los asuntos mutuos, pero todo indicaba que el desenlace sería terrible para el director... y también para Severus.
Del asunto hablaron antes de la salida de las vacaciones de verano. La mañana de irse en el tren, continuaron tratando el tema. Era un factor imprevisto. Ese problema podía mover los acuerdos tomados por los dos.
Eran días soleados de agosto... Hermione habría querido pasar un con Snape, no en Hogwarts y no por el qué dirán, sino porque deseaba verlo libremente, tal vez en el Valle de Godric, por lo menos unas horas. Más no parecía posible verse. El mes iniciaba, sin noticias. Su prisma en el anillo no había brillado.
Ginny llegó con una bandeja de bebidas refrescantes. Hermione tomó la suya con una sonrisa, viendo a sus demás amigos en alegre conversación. Y la castaña recordó que la última vez que viera a Snape fue en la estación de tren, antes de viajar al mundo muggle... Esa mañana, Hermione caminó por el atestado andén arrastrando su maleta con ruedas, entre otros alumnos al lado de la locomotora negra-roja que echaba humo por la chimenea, lista a salir...
La situación en Hogwarts iba a ponerse verdaderamente mal y Snape a correr el peor peligro, así como ella. Por eso habría deseado despedirse de Snape en el andén. Lo próximo a suceder con Dumbledore, por sí horrible –ella sospechaba qué era, con escalofríos-, podría llevar a Severus y a ella a separarse por más tiempo. Tal vez de una manera más radical. La parte buena era que Harry podría saber la verdad, aunque ella se la revelara más tarde.
Ron, que le hablaba poco, aunque bien, había subido a la locomotora, y Harry en la escalinata tendió la mano a Hermione, que miraba atrás por el andén desolado, por la plataforma reluciente y vacía pues todos habían abordado, ella buscando entre los cristales de oficinas con trabajadores, las bancas desocupadas y la columna de vapor del tren, más rápida, a punto de salir.
—¡Hermione! –la apresuró sin alzar la voz- ¡Ven!
Ella le tendió la maleta, que Harry llevó dentro; la chica subió los escalones cuando la locomotora arrancó, ella todavía viendo al andén, melancólica, buscando a Snape.
"En la decisión que tomamos de hacer público lo nuestro, hay otra decisión, sólo tuya", le explicó ella, la noche anterior, cuando se vieron en el Patio Cuadrado, "decirme hasta dónde estás dispuesto a llegar conmigo cuando se ponga peor para ti".
"Y para ti", acotó él.
Hermione dio unos pasos torno, contemplando el paisaje y la arquitectura.
"¡Oh, Severus! ¡Entre estos muros he vivido las horas más felices de mi vida!", suspiró, viendo hacia las torres del castillo nocturno. "¡En este lugar fue donde conversamos la primera vez, los días de lluvia!" El viento era fresco bajo las serenas estrellas sobre Hogwarts, que también brillaban claras por encima del Gran Salón. "¡Y cerca de aquí hablamos frente al vitral!, y allá...", señaló "¡Allá fue cuando nos dimos cuenta que estábamos enamorados uno del otro, y donde bailamos aquella noche!" Lo tomó de los brazos, y Severus admiró las facciones de ella.
"¿Esto puede desaparecer, Severus, esto puede ser olvidado?", lo interrogó Hermione. "Sí, lo será, nosotros nos iremos", asintió. "Nos iremos y nadie sabrá lo que fuimos, lo que hicimos, lo que soñamos, lo que amamos. Pero esta es nuestra hora, amor mío, esta es la hora donde ocupamos el escenario. Es la hora donde debemos actuar."
Snape le acarició el rostro y respondió:
"Es grave, Hermione, lo que deberé hacer es muy grave. No pensé jamás que me vería obligado a hacerlo. Seré escarnecido y odiado. Me dices que aun así estarás conmigo, pero... tal vez yo también tenga el derecho de pedirte que no andes ese camino conmigo. Que no inviertas tu hora en esto."
Ella asintió para no entrar en una discusión, pero no soltó prenda:
"Ve a verme un día en este verano", dijo Hermione. "Mañana que salga el tren, o cualquier otro de las vacaciones. Búscame. Te esperaré y te diré mi decisión. Me dirás la tuya."
Hermione sabía su decisión. Por eso recorrió el andén vacío lo más lento que pudo, y lo abordó al último de los alumnos de Hogwarts. Esperando a Snape.
Hermione entró al vagón, el vehículo cerró sus puertas, arrancó y se alejó cobrando velocidad, avanzando por los rieles, dejando atrás la estación solitaria.
Hermione no vio, nadie vio, la oscura silueta al lado de una columna de hierro, viendo partir el tren, con la capa removida por una taciturna corriente de ventisca.
La castaña visitó a sus padres y estuvo varios días con ellos. Aceptó una invitación de su madre a acompañarlos a un corto viaje a Birmingham, que Hermione consideró era el último que podría hacer con ellos, por lo menos en su etapa de Hogwarts.
Saboreó esos días en casa. Ocupar su habitación, bajar a comer, conversar con ellos. Al mismo tiempo sentía ese placer un poco doloroso de alejarse. El de estar en casa, pero dejar de estar. El placer de sus padres por sentarse frente al televisor, para ella era un gusto donde no se acomodaba, pero que le traía el sabor de días antiguos. Era un poco despedirse. Mucho había sucedido que la alejaba del cuadro. Vivía la emoción de pensar en su vida y eso la llevaba a renunciar el sentir la casa familiar como un faro.
También sus graves responsabilidades la hacían ver de forma diferente, con respecto a que su presencia podría ser un peligro para sus papás. Y estaba Snape. Eso era un revuelo completo en su mundo. Hermione se daba cuenta que a su joven edad había adoptado la forma de ser del mundo mágico, con la madurez anticipada exigida por una sociedad de tipo medieval... Y de resolverse con bien la presente crisis, ella querría estar con Snape, volar, escribir su propia historia... Sí, los días dorados de la inocencia habían quedado atrás.
Sus padres vieron la sortija con la piedra verde... Le preguntaron con su interés curioso por el mundo mágico, si tenía algún significado especial. Hermione recordó que sus amigas le pedían ver el anillo de cuando en vez, que pese a las explicaciones de ella no podían evitar asociarla con una argolla de compromiso... Les habló de Snape, les dijo cómo la protegió en las vacaciones y al ver a su hija enamorada, ellos no añadieron más. Relaciones como la suya tampoco eran raras en el mundo muggle. ¿Y si era un compromiso?
—Es el compromiso de amarse –explicó ella, en la sala de casa, a sus atentos padres, cerrando la mano y mirando la sortija en el anular de su puño-. Es el compromiso de estar juntos en el peor momento que podamos tener. El compromiso de hablar desde nuestras almas. Sí, lo amo. Para Severus, mis sentimientos por él son lo mejor que le ha sucedido.
Sus padres le respondieron con besos en la frente... Y más tarde Hermione se paró frente a la ventana abierta de su habitación, rodeada por el cortinaje sedoso agitado por la ventisca estival... Silenciosa, evocaba la imagen de Snape, lo llamaba en reclamo mudo, ella, la nueva reina de Troya en posesión de su corona de romance con el mago sombrío... En la frontera de dos mundos, la castñana evocaba encantamientos, atendía la amplia vía de Heathgate... En la tarde soleada escuchó las campanadas de la cercana iglesia de St. Jude, resonando en cristal de bronce, sin que llamaran a quien Hermione deseaba... Surcando el cielo azul de nubes claras, las campanas vibraron en tono grave, pero no con el sonido de la voz de Snape diciéndole que la amaba... ¿Acaso las campanas podrían llevar el mensaje de ella, en vuelo de hipogrifos, hasta el hombre de que Hermione Granger estaba enamorada? ¿Cuánto tardaría en llegar a él ese mensaje? ¿Cuánto, para que él respondiera?
Pocos días después habló sus padres sobre la invitación que le hicieron los señores Weasley para pasar con ellos, Harry y los demás, el resto del verano. A sus padres les fue buena idea ver animarse a su hija y al cabo de una despedida con palabras de cariño y breves lágrimas, le dijeron hasta pronto. Ambos notaban que su hija había madurado; supieron que era la última vez que la tenían con ellos tanto tiempo y de este modo, pero no le dijeron nada de eso, sino que le desearon buen viaje y le dieron regalos para los señores Weasley.
Así fue como esta noche, Hermione estaba en la sala de La Madriguera, oyendo las conversaciones.
Sonriente, Harry le dijo en voz baja:
—¡Anímate, Herms! ¡Si lo estás esperando, vendrá tarde o temprano! ¡Participa de la conversación!
—Sí, Harry –le sonrió, amable, pasando la velada con ellos.
A la mañana siguiente, en el desayuno, entre los demás en la bulliciosa mesa, anunció que saldría.
—¿Adónde irás, niña? -le preguntó Molly.
—Al Norte, señora Weasley.
—¿Volverás? –quiso saber Harry.
—Seguro –asintió la castaña.
—¡Es una lástima –terció Ginny-, hoy llegan Fred y Charlie!
—Creo que Hermione regresará a tiempo para verlos –opinó Hannah, a quien en parte le era buena idea que Hermione se alejara unos días, para que Ron no la tuviera cerca.
Hermione no oyó eso último. Pensaba a dónde iría.
Al mediodía siguiente llegó a un gran árbol a la orilla de un río de pesada corriente. Iba a esperar.
Atrás, se levantaba el bloque de casas monótonas, idénticamente abatidas, de la población de tejados grises.
La castaña se detuvo al pie de la corriente, donde lentas, aguas casi estancadas al pie del terreno donde se levantana el árbol se removían, con pereza, tan grises como los ladrillos de Cokeworth.
Hermione, rodeada de tréboles, conocía la historia del lugar. También las experiencias de Snape justo donde estaba ahora. Él no le ocultaba nada. Le había contado cuánto le dolió.
Imperceptiblemente, un hombre de negro se detuvo al lado de ella, también de cara al río.
Sin verlo, la chica sonrió levemente.
Ambos quedaron a la orilla del agua, con el árbol proyectándose al cielo de blancas nubes sobre sus cabezas.
—Cuando me hablaste de este lugar –comentó Hermione-, pensé que era un buen sitio para algún día, vernos y borrar los restos del pasado.
Snape, de atuendo negro nuevo, mismo modelo y mancuernillas de piedra verde, asintió.
—Es un buen sitio para iniciar una vida –comentó él–. Para decir adiós y bienvenidas.
—¿Te duele todavía venir?
—Me dolió. Por mucho tiempo no pude volver. Es la primera vez que regreso en muchos años. Pero ya no tengo cargas -miró a lo alto-. No, ya no las tengo.
Las ruinas del molino, abandonado cuando llegó al Revolución Industrial, se caía lentamente a no mucha distancia, sobrela hierba amarillenta.
—Yo pensaba que no tengo ataduras –sonrió ella, con un poco de formalidad-. El pasado feliz es pasado, así como mis temores. Y aunque el futuro es incierto, he decidido que estaré contigo en tus momentos más difíciles, y no te ocultaré los míos.
—Tienes razón –asintió él-. Tambié yo he pensado bastante. Tú me has enseñado el camino. No seré un necio. Mis últimas dudas, por el flagelo terrible, el peor para mí a la fecha que me significa una petición de Dumbledore, han desaparecido.
—¿Entonces?
—Entonces, claro –se encogió de hombros-. No necesitas ir por mí. Estoy contigo, Hermione y contigo me quedaré. Nos acompañaremos en las horas oscuras. En cuanto a aquel... pequeño inconveniente –se refería al peligro contra su vida–, estoy seguro que será resuelto. Lucharé para vivir.
Los días de lluvia habían pasado. El sol clareaba en el cielo azul vivaz, surcado de nubes blancas.
—Lo resolveremos –afirmó ella, sonriendo suavemente.
Ella lo salvaría. Él la salvaría. Los futuros alternos aciagos no ocurrirían porque habían decidido actuar para que no sucedieran... Para ellos, vendrían otras nubes, otras lluvias, otros soles, mañanas y atardeceres. Estaban juntos para hablar ese lenguaje hecho de palabras o de silencios, de miradas o de manos, de la calidez que todo significa. Habían encontrado al amor de su vida, el que vuelve a la lluvia susurro de secretos y al viento, promesas de noches juntos.
—Hay algunos tréboles –comentó ella, viendo la hierba.
—Oh, ¿sí?
Se tomaron de la mano, y los tréboles cambiaron... Ninguno usó la varita, posiblemente fue la magia liberada del lugar... Magia que había permanecido encerrada, liberada por lo que acababan de decirse... Los tréboles cambiaron, pues en ese sitio ya no habitaba el pasado... Habitaba el presente y por ello los tréboles mutaron su color encendiéndose en rojos y dorados, en verdes y plateados que despertaron, en los colores de Gryffindor, de Slytherin, y los tréboles aletearon convertidos en mariposas de magia que echaron a volar.
El río que corrió con más fuerza, removiendo las aguas estancadas en espirales que se desataron... Hermione y Snape contemplaron esos cambios, juntos al cabo de intuirse, de tenerse, de separarse y de recuperarse... Nadie dijo nunca que el amor fuera perfecto. Pero era una suma perfecta. El amor es esa operación mágica donde uno más uno, es igual a un infinito.
La tierra se abrió, levemente, en varios puntos, y de ella brotaron rosas... Rojos pétalos crecieron, desenvolviéndose, y Hermione las observó maravillada.
Snape la llevó de la mano por la orilla del río de Cokeworth en su correr.
Y al pie de la ribera nacieron otras rosas en la hierba, y en el árbol aparecieron hojas verdes desde nuevas ramas, creciendo aceleradas, y un golpe de viento acompañó las mariposas que se alejaban, que Hermione, sonriente, saludó agitando una la mano, para después inclinase y recoger pétalos suetlos, con sonrisa esplendente como la tarde... El cielo azul claro y las nubes de plata eran mar e islas a la luz del tiempo, de los tiempos que los enamorados comparten, porque cuando dos se aman ellos son sus relojes, y su Linterna Mágica, y sus castillos, y sus puentes donde ríen y sus promesas bajo la lluvia. Snape amó el gesto alegre y dulce de Hermione en boca y ojos. Él no perdería a Hermione, ella no lo perdería a él, así tuviera que crear nuevos hechizos, o vivir los eternos como el amor.
Hermione alzó un nutrido grupo de pétalos en sus brazos y, extendiéndolos, sonriendo los lanzó al aire, dejándolos abrirse en abanico carmesí, a la luz del Sol.
Las alas rojas de las rosas revolotearon contra el Sol y se posaron, grácilmente, en la corriente.
Ella lo tomó de las manos, sonriéndole.
—Te adoro –le susurró Severus Snape.
—¡Yo también te adoro! –le respondió Hermione Granger.
—Tenme en tu corazón. Yo te tendré en el mío. Y cuando mañana anochezca nos encontraremos
—¿En la lluvia, mi amor?
—En la lluvia, amada mía. En la lluvia besando nuestros besos.
Para confirmar su pacto se abrazaron, y su beso en los labios se reflejó en el río bañado de pétalos, y el espejo de agua mostró la imagen de los dos acariciándose, ondulante con el reflejo del Sol.
Hermione y Snape, abrazados y besándose, comenzaron a valsar, girando, girando... girando entre las rosas, entre las rosas en el agua...
* End *
Gracias por sus lecturas, votos y comentarios, espero que la historia les gustara. Y me estoy damdo cuenta que hoy es el cumpleaños de Herms. Que este capítulo sea entonces un tributo para ella y sus admiradores.
Un abrazo para todos ustedes y que cuando llueva, también los acompañe el amor.
