LA FLOR DE LA MUERTE

Capítulo 2: Aclarando las cosas

Sin embargo, la búsqueda de ese tal Nicos no fue fácil. Para empezar, en Regent Street había más de un salón de juego. Preguntaron en todos, y en ninguno había ningún Nicos. Eso era frustrante… Govert, quien había sido el que al principio estaba tan seguro de que ya lo tenían, tuvo ganas de tirar la toalla. ¿Les habría engañado Lily? No lo creía. La chiquilla había parecido honesta, pero…

―Esto es imposible―se quejó, cruzado de brazos. Habían entrado ya a todos los salones de juegos y, tras salir del último, había encendido un puro de mala gana.

―No digas eso, hombre. Ya verás cómo le acabamos encontrando―dijo Antonio con una sonrisa, poniéndole una mano en el hombro. Como respuesta, Govert le echó el humo del puro en la cara. Al ver que tosía e intentaba echar el humo con la mano, el rubio sonrió de lado―. Muy gracioso. Ahora aparca tu negatividad y ayúdame a encontrar a Nicos.

Unos hombres que estaban en la puerta del salón se giraron a mirarles al escuchar el nombre, y uno de ellos se acercó al par de detectives.

―¿Nicos? ¿Conocen a Nicos?

Antonio se giró y negó con la cabeza, aunque aprovechando esa oportunidad empezó a conversar con el hombre.

―Le estamos buscando. ¿Tú si le conoces?

―¡Por supuesto! ¿Y quién no?

Antonio sonrió, pensando rápido en todo lo que quería preguntarle sin que sospecharan que eran detectives.

―Y… suele frecuentar este salón, ¿cierto?

―Sí. Aunque hoy dudo que venga. Al parecer su hermana ha avisado esta mañana diciendo que estaba enfermo con resaca y no iba a venir.

Govert miró de reojo a Antonio, sorprendido por eso, pero el hispano no le estaba mirando. Tenía toda su atención centrada en ese otro hombre.

―¿Mañana vendrá?

―Posiblemente. Aunque quién sabe… En teoría debe de venir, ya que le encanta el juego.

―Está bien―asintió Antonio, sacando un trozo de papel y un lápiz del bolsillo interior de su chaqueta y escribiendo el nombre del local―. Pues muchas gracias.

―Adiós―dijo secamente Govert tomando a su compañero del brazo y tirando de él, antes de que pudieran preguntarles que quiénes eran y porqué buscaban a Nicos―. Mañana hay que estar aquí a primera hora de la mañana, ¿sí?

Antonio asintió, sonriendo. No se podía creer que hubiesen tenido la suerte de que ese hombre se hubiese metido en la conversación… y de hecho, parecía que no mentía. No había caído en que seguramente Nicos tendría resaca esa mañana, después de la supuesta borrachera de la noche anterior.

Como habían acordado, se encontraron a la mañana siguiente delante del salón de juego, el cual estaba bastante lleno aquel día. Antonio y Govert entraron a él echándose una mirada significativa. El primero iba relajado aparentemente, aunque por dentro estaba alerta. Por su parte, Govert se sentía incómodo en aquel ambiente, y quería acabar cuanto antes.

―¿Cómo encontramos a ese tipo?―le susurró Govert a su compañero al oído, mirando a la gente, la mayoría hombres―. Hoy parece que no está el hombre que nos habló de él ayer, ¿qué hacemos?

―No creo que sea difícil si preguntamos por él―respondió Antonio, caminando hacia la pequeña barra de bar que había en el centro del establecimiento―. ¡Perdone!―exclamó al barman, quien en ese momento estaba ocupado sirviendo una bebida a un hombre que parecía borracho. Cuando terminó, se giró al moreno y se acercó a él―. Estaba buscando a un tal Nicos Klerides. Suele frecuentar este lugar, ¿le suena?

El barman frunció el ceño.

―¿Buscan a Nicos? Me parece que hoy viene... aunque no sé a qué hora. Es muy imprevisible. Un día puede venir a las cinco en punto de la tarde y al siguiente venir a las once menos diez de la noche...―el hombre se calló, echando una rápida mirada por encima del hombro de Antonio, cuando de repente sus cejas se alzaron―.¡Anda! Están de suerte. Ahí está―dijo señalando hacia una esquina en la que había mesas de billar―. Es el bajito de la chaqueta roja, el que está jugando con el palo con las manos.

Antonio y Govert dirigieron sus miradas hacia donde había indicado el barman, y asintieron.

―Está bien. ¡Muchas gracias!―exclamó Antonio, yendo con Govert hasta las mesas de billar.

―Buenos días―saludó el moreno, atrayendo la atención de todos los presentes, que eran unos cinco, antes de que volviesen a centrar su atención en el juego―. Venimos buscando a Nicos Klerides.

El mencionado sintió un escalofrío que fue captado por el ojo observador de Govert. Sin embargo, no alzó la cabeza ni dio ninguna señal de que fuese él la persona a la que buscaban.

―¿No se encuentra aquí?―preguntó Antonio arrugando la nariz, clavando su mirada en el hombre, quien miró a sus compañeros, que le miraban disimuladamente.

―Soy yo―dijo finalmente, suspirando. Dejó el palo apartado con los demás en una caja y se acercó a los detectives―. ¿Quiénes sois?

―Somos los detectives Fernández y Van der Leden―respondió el moreno, mirándole con suspicacia.

Nicos frunció el ceño, cruzándose de brazos.

―Bien. ¿Y qué quieren de mí?

―Saber qué hizo la otra noche.

El ceño del hombre se frunció más.

―¿Por qué? ¿Qué ha ocurrido?

―Ha muerto Heracles Karpusi. Ayer fue encontrado muerto en su habitación―respondió el español, observando con curiosidad la reacción de Nicos.

El hombre soltó un suspiro y cerró los ojos.

―Yo sabía que esto acabaría pasando...―murmuró, sin abrir los ojos.

Govert frunció el ceño.

―¿El qué?

Nicos abrió los ojos y en ellos ambos detectives pudieron ver tristeza.

―Sobredosis. Eso es por lo que ha muerto.

Antonio alzó las cejas, sabiendo que esa no era la causa de la muerte, pero le dejó hablar.

―¿Sobredosis?―preguntó Govert con curiosidad.

―Exacto. La otra noche... vinimos aquí, aunque también fuimos a otros lugares de la ciudad, y acabamos yendo a su hotel. Allí bebimos demasiado, sobre todo él... le dije que parara, pero no me quiso hacer caso... Yo apenas recuerdo cómo llegué a mi casa. Solo sé que lo último que recuerdo son risas por parte de ambos, en la habitación del hotel, y todo dando vueltas a nuestro alrededor.

Govert y Antonio se miraron.

―Siento contradecirte, Nicos―dijo Antonio, bajo la atenta mirada de Govert y el mismo Nicos―. Pero Heracles ha sido asesinado.

―¿Ah, sí?―preguntó Nicos, con cierta incredulidad.

―Hemos encontrado pruebas que lo demuestran.

Nicos frunció el ceño.

―No puede ser... ¿Qué han encontrado?

―La más evidente ha sido la ventana. Estaba abierta de par en par, y en el alféizar se podían ver las huellas de unos zapatos en la nieve.

Nicos hizo una mueca.

―Entonces realmente ha sido asesinado...―murmuró.

―¿Sabes si Heracles conocía a más personas en Londres? Porque por ahora todo indica que tú eres el asesino―soltó Antonio con rudeza.

―Heracles tenía una amante―respondió Nicos, ignorando lo último―. Se llamaba Elizabetha, y solían quedar en Hyde Park cada tarde. Me la presentó una vez, y por lo que vi ella tenía más interés en él, que él en ella.

―¿Elizabetha...?

―Héderváry. Era húngara, y tampoco residía en Londres. Estaba pasando todo el mes en la ciudad, así que supongo que debe de seguir aquí―Nicos se encogió de hombros―. Si quieren localizarla pueden ir esta tarde sobre las cuatro a Hyde Park, a la puerta de Marble Arch. Es una mujer joven, de melena castaña y ondulada, con unos vivaces ojos verdes. Es fácil de reconocer.

Antonio asintió, mientras Govert, quien había sacado un trozo de papel y un lápiz de su bolsillo, apuntaba la descripción de la mujer.

―Muchas gracias―dijo Antonio, recibiendo un asentimiento de cabeza por parte del otro hombre―. ¿Cómo podemos contactar contigo por si necesitamos otra entrevista?

―¿Les apunto mi dirección?―preguntó, mirando el trozo de papel en manos de Govert, quien le dio la vuelta y se lo entregó, al igual que el lápiz. Nicos escribió con letra bastante cuidada su dirección en un espacio en blanco de la hoja, antes de entregársela de nuevo al detective.

―Bien. Estamos en contacto, pues―dijo Antonio, haciendo una última reverencia a Nicos y girándose para salir del salón de juego seguido por Govert, quien había guardado en el bolsillo interno de su abrigo el papel.

―¿Y bien?―preguntó Govert una vez hubieron salido.

―Ahora... nos queda esperar―dijo Antonio, mirando la hora en su reloj de bolsillo―. Apenas son las doce y media. Hasta las cuatro... Nos queda tiempo.

Govert asintió.

―¿Qué te parece ir a comer y luego dar un paseo?

El cambio de expresión de Antonio fue sorprendente. Pasó de estar completamente tranquilo a tener una sonrisa amplia en su rostro.

―¡Sí! ¡Vamos!

Govert sonrió muy levemente, y empujó a Antonio (con poca fuerza) hacia el carruaje, en el que se subieron tras indicarle al cochero que les llevase de vuelta a Scotland Yard.

―¿Qué te ha parecido este tipo?―preguntó Govert.

―Mmm... Parecía demasiado tranquilo como para haberle matado. Aunque tampoco es que estuviese muy afectado por la muerte de Heracles.

―Eso da que pensar...

―Lo sé. A ver si las cosas van mejor luego, con Elizabetha.

Govert asintió, mirando por la ventana. La conversación murió ahí. A pesar de que Antonio era el más hablador de los dos, solía mantenerse callado cuando se trataba de resolver crímenes.

El camino hasta Scotland Yard no se hizo muy largo para ninguno, y Govert no tardó en verse explicándole a su jefe sobre lo que Antonio y él habían averiguado.

―Mm―Arthur Kirkland, el jefe de Antonio y Govert que siempre estaba histérico, frunció el ceño. A pesar de ser joven, se comportaba como un viejo enfurruñado todo el tiempo―. Por lo que contáis parece que el Nicos ese es el asesino... ¿De verdad pensáis ir a encontraros con esa Elizabetha?

Ambos detectives se miraron de reojo antes de asentir con la cabeza.

―¡Idiotas!―exclamó Arthur, dando un golpe en la mesa de su escritorio con el puño cerrado―. ¿Y si no existe y no es más que una excusa para manteneros entretenidos mientras él huye?

―Nos ha dado su dirección. Además, en el salón de juego lo conocen varias personas. No sería muy difícil de localizar.

Fue Antonio quien respondió, sin molestarse en contestar al insulto de su jefe. No es como que no estuviera acostumbrado.

Arthur rodó los ojos.

―En fin. Pues hablad con la Elizabetha esa, si es que realmente existe, y ya me contáis.

Antonio y Govert asintieron con la cabeza, antes de que Arthur les echara de allí.

―Bueno, ¿entonces comemos en el restaurante ese que tanto te gusta que está por aquí?

Govert asintió, sin prestarle mucha atención, mirando a los lados.

―¿Qué pasa? ¿Qué miras?―preguntó Antonio, mirando también alrededor.

―Ven―dijo Govert con sequedad, tomando al moreno del brazo y entrando en la primera habitación que encontró. Era un despacho vacío, perteneciente a alguien del rango de Arthur seguramente, y tras cerrar la puerta echó el pestillo.

―¿Qué pasa?―repitió Antonio, mirando con curiosidad a Govert. Este soltó un bufido, girándose a su compañero.

―No me vengas con qué pasa, Antonio―gruñó el más alto, frunciendo el ceño, acercándose peligrosamente al otro.

Antonio tragó saliva con dificultad, entendiendo a qué se refería.

―Ya te he dicho muchas veces que aquí no, Gov―

―¡Cállate!―bramó el otro hombre, acorralándole contra la pared. Colocó las manos a cada lado de la cabeza de Antonio, impidiéndole escapar―. ¿Cuál es tu decisión final?

Antonio le miró a los ojos con temor. No era de Govert de quien estaba asustado. Le conocía muy bien, y sabía perfectamente que bajo esa fachada de tipo duro el holandés era realmente un trozo de pan.

―Govert, ya sabes que lo que ambos queremos es imposible―

―No me vengas con imbecilidades, Antonio. Ya sabes que encontraríamos la forma de que la gente no sospechara...

Antonio suspiró, cerrando los ojos.

―Además, está tu hermana―murmuró, abriendo los ojos y clavando la mirada en los de Govert.

―¿La quieres?

―Es una buena mujer... Pero no la amo. No de la misma manera en la que te amo a ti―respondió sin apartar la mirada, sonrojándose levemente.

Govert también se sonrojó, contagiado por el moreno.

―¿Entonces por qué le pediste matrimonio?―preguntó con reproche el rubio.

―Es la única manera en la que podemos estar cerca sin que nadie sospeche, ¿es que no te das cuenta?

―Joder, Antonio―Govert apretó los ojos, soltando un bufido―. Esa es una idea genial menos por el hecho de que no quiero que mi hermana sufra. La quiero mucho, pero no puedo verla sufrir...

―¿Sufrir? Pero si no está sufriendo.

―Está segura de que le amas y está muy emocionada por vuestra boda. No quiero que viva engañada.

Antonio tragó saliva con dificultad.

―Tienes que romper el compromiso, Antonio.

El nombrado asintió levemente, apartando la vista al suelo.

―Está bien. Buscaré el momento oportuno y lo haré.

Govert asintió también, bajando por fin los brazos de la pared.

―Bien, eso espero. No te olvides que también hay que buscar una solución para lo nuestro―dijo señalándose a sí mismo y a él.

―Lo sé. ¿Sabes? Podríamos vivir juntos... Como compañeros de trabajo que somos…

―Imposible. Así sí que sospecharían―Govert negó con la cabeza, quitando el pestillo y abriendo la puerta―. Apresúrate y vamos a comer.

Antonio asintió, siguiéndole.

Salieron de Scotland Yard y se dirigieron al restaurante que Antonio había mencionado anteriormente. El tema de conversación fue el asesinato, ya que ninguno de los dos se atrevía a hablar de su relación en público. Tras casi una hora de comida y otra de paseo, Antonio y Govert volvieron a la sede de Scotland Yard pidiendo un carruaje que les llevase a Hyde Park, lo que no les resultó difícil de conseguir. El carruaje les dejó justo delante de la puerta de Marble Arch, donde se encontraban varias personas.

―¿Quién crees que es Elizabetha?―preguntó Antonio en un susurro a su compañero, al ver que nadie se correspondía con la descripción que le habían dado―. Parece que aún no ha llegado.

―O que Nicos nos ha engañado.

Antonio frunció el ceño, recordando las palabras de Arthur. ¿Y si su jefe tenía razón? ¿Y si Nicos les había dado una pista falsa? Sin embargo, Antonio se vio sacado de sus pensamientos cuando Govert le zarandeó del hombro, señalándole discretamente a una persona.

―¡Mira! ¡Es ella!

Una joven cuyo aspecto encajaba con la descripción de Nicos se acercó a la puerta. Iba sonriendo levemente, y se paró junto a la puerta, enfrente de donde estaban Govert y Antonio. Los detectives se echaron una mirada y Antonio se dirigió hacia ella, seguido por Govert.

―Buenas tardes, señorita―dijo Antonio, haciéndole una reverencia.

―Buenas tardes―la joven le miró de reojo, antes de girarse hacia él. Parecía contenta, y Antonio hasta se sintió mal por lo que tenía que contarle.

―¿Podemos hablar?

―No, estoy esperando a alguien.

―Será un momento de nada, muy rápido. Por favor―insistió Antonio.

La chica soltó un suspiro, cediendo.

―Está bien, pero que no dure más de cinco minutos.

Antonio asintió, y le propuso entrar al parque y sentarse en un banco.

―Verás, yo soy el detective Antonio Fernández, y este es mi compañero Govert Van der Leden―explicó el hispano sentándose en el banco junto con la joven. Govert se sentó del otro lado de Elizabetha, quien se tensó visiblemente al escuchar que eran detectives.

―¿Y qué quieren de mí?―preguntó la joven directa, escrutando a Antonio con la mirada.

―¿Conoces a un tal Heracles Karpusi?―preguntó suave el moreno, viendo como Elizabetha asentía con la cabeza.

―¿Qué pasa con él? ¿Ha hecho algo... fuera de la ley y le estáis investigando? No se puede negar que es bastante excéntrico, pero... Bueno, aunque ayer no vino, estoy segura que hoy vendrá y―

―Elizabetha―la cortó Antonio, poniéndole una mano en la pierna. Govert le fulminó con la mirada, harto de reprenderle siempre por lo mismo. No podía simplemente tomar tanta confianza con todo el mundo, menos si era una persona a la que había conocido no hacía ni diez minutos―. El caso es lo que le han hecho a él, en vez de qué ha hecho.

Elizabetha se tensó más aún, a la espera de que Antonio hablase.

―Heracles... ―Antonio se vio incapaz de terminar la frase. ¿Cómo podía hacerlo si tenía a la amante (bueno, viuda) ahí, sonriente, esperando a su amado...? Fue Govert quien le ayudó, concluyendo él la frase.

―Ha sido asesinado.