LA FLOR DE LA MUERTE
Capítulo 3: Conclusiones erróneas
Lo malo del trabajo de Antonio siempre era ese tipo de cosas: Contar la muerte de algún familiar o amigo a los sospechosos a los que tenía que interrogar. Había visto ya de todo, y a veces se le desmayaba gente, generalmente mujeres. Sin embargo, no fue ese el caso de Elizabetha. La mujer se quedó en una especie de shock al escuchar la noticia.
—¿E...Está bien?—preguntó Govert poniéndole suavemente una mano en el hombro.
—N-No puede ser... si antes de ayer le vi y estaba perfecto.
—Ha sido asesinado, señorita, no ha muerto de causa natural. Por muy perfecto que el otro día estuviera, le envenenaron y se lo cargaron—razonó con rudeza Govert.
Antonio apretó los ojos ante las duras palabras de su compañero.
—El caso es... si podrías contarnos sobre la relación que mantenías con él.
—Él...—Elizabetha tomó aire, limpiándose disimuladamente las lágrimas que habían comenzado a caer de sus ojos—. Le conocí hará cosa de un mes, cuando llegó aquí. Me lo presentó mi primo, y fue él quien me animó para que acabásemos juntos. Un par de citas y yo ya estaba completamente enamorada.
—¿Vives en Londres?—la interrumpió Antonio, quien estaba tomando algunas notas.
—Sí. Siempre he estado aquí—asintió la joven—. Y bueno, yo a él también le gusté... y comenzamos a salir. Era todo perfecto. Por las tardes quedábamos aquí, en Hyde Park; por las noches... cada día era distinto. Un día bien podíamos ir a cenar al restaurante más caro de todo Londres mientras que al siguiente podíamos estar en un salón de juego de Whitechapel...
Antonio asintió, apuntando rápidamente lo que consideraba más importante de lo que Elizabetha iba diciendo. Sin embargo, se dio cuenta de que había algo que no encajaba. Según Nicos, Elizabetha no vivía en Londres, sino que al igual que Heracles, simplemente estaba de paso por la capital del Imperio Británico. Frunció el ceño pero no dijo nada.
—¿Y... sabe si Heracles conocía a alguien más aparte de usted y Nicos?
Elizabetha asintió, pasándose una mano por el ojo.
—Al parecer conoció a mi primo en Francia, cuando ambos vivían allí.
Antonio frunció el ceño. Miró a Govert, quien también tenía su mirada puesta en él. Duró muy poco, pero ese intercambio de miradas fue significativo.
—¿Y se llevaban bien?
—Qué va. Heracles me contó una vez que mi primo le odiaba por una cosa que había hecho en el pasado, pero cuando le pregunté a él, me dijo que no le odiaba. Simplemente era alguien indiferente.
—Está bien. ¿Crees que podríamos hablar con tu primo?
—Mmm… Sadik no suele querer hablar con la gente así como así, y menos con detectives y gentes de ley. No prometo nada, pero lo intentaré.
—Necesitamos verle cuanto antes—aclaró Govert.
—Bueno...—Elizabetha se quedó pensativa—, quizás si vienen ahora puedan hablar con él. Seguro que está en casa.
Antonio asintió, conforme con la idea, al igual que Govert.
El camino a casa de Elizabetha fue corto. Antonio se sorprendió de la colaboración por parte de Elizabetha. Normalmente, los sospechosos con los que trataba eran todos reticentes a dejar que un detective entrase en su casa. Sin embargo, Elizabetha parecía encantada de que tanto él como Govert fuesen a su casa.
—¡Ya he llegado!—exclamó la joven una vez la puerta de la casa fue abierta por una sirvienta. No recibió ninguna contestación.
—Debe de estar arriba, en su habitación—explicó ella mientras se quitaba el abrigo con la ayuda de la misma sirvienta que les había abierto—. Iré por él.
Y acto y seguido Elizabetha se dirigió a las escaleras que había enfrente de la puerta, perdiéndose al llegar arriba y girar a la izquierda, llamando a su primo.
—¿Qué piensas de esto?—susurró Govert a su compañero, aprovechando que estaban solos.
—Luego te cuento—murmuró Antonio, tenso.
—¿Por qué no ahora?
—Porque los sirvientes nos escuchan—respondió, mirando de reojo a los sirvientes, que no eran muchos, pero que eran una molestia para hablar sobre el caso.
—Tienes razón—repuso Govert, momentos antes de que Elizabetha hiciese acto de presencia, bajando por las escaleras. Tras ella iba un hombre más mayor que ella, con pintas de estar por casa y un puro en la boca.
—Este es mi primo, Sadik—dijo Elizabetha cuando llegaron a la altura de los detectives.
—Buenas tardes. Somos los detectives Fernández y Van der Leden y quisiéramos hablar con usted―dijo Govert extendiendo una mano al hombre.
Sadik les miró con los ojos entrecerrados, soltando el humo del puro en la cara del hispano, obviando la mano que Govert le ofrecía.
—Espero que sea rápido, porque tengo cosas que hacer.
Govert fulminó con la mirada al hombre al ver que le soltaba el humo a Antonio.
—Un poco más de respeto, ¿eh?—advirtió, mirándole con furia.
Sadik se encogió de hombros, pero no se disculpó ni nada. En vez de eso se dirigió hacia el salón, esperando que le siguieran. Elizabetha les hizo una señal con la cabeza indicándoles que fuesen tras él, y los dos detectives así lo hicieron.
—Así que quieren interrogarme...—dijo Sadik, dejándose caer en una butaca. Antonio y Govert se sentaron enfrente de él, en un sofá, y sacaron sus libretillas, preparados para tomar notas.
—¿Sabe que Heracles Karpusi ha sido asesinado?—preguntó Antonio, mirando al hombre a los ojos, sin querer perderse su reacción―. Le conocía, Elizabetha nos ha contado, así que no intente mentirnos.
Sadik alzó una ceja, con incredulidad.
—¿Ya lo han matado? Estaban tardando...
—¿A qué se refiere?—preguntó Govert, frunciendo el ceño.
—Era un pobre diablo que solo sabía meterse en problemas. Siempre tenía moratones en la cara, y más de una vez le han partido el labio. Sólo sabía meterse en peleas, y al parecer era algo que le gustaba.
—¿Le gustaba... meterse en peleas y tenía moratones?—preguntó Antonio, alzando una ceja ahora él.
—Sí. Fue algo que empezó a gustarle cuando llegó a Londres—explicó Sadik, dándole una profunda calada al puro—. También comenzó a beber como si no hubiera mañana...
—Parece que sabe usted mucho sobre Heracles—carraspeó Govert, mirándole acusatoriamente.
—Cuando vimos el cadáver no tenía nada en la cara. Y el labio no estaba roto ni mucho menos—añadió Antonio.
Sadik les miró en silencio, dándole otra calada al puro.
—La verdad es que no le he visto en Londres. Era Nicos quien me contaba sobre esto.
—¡Vaya, entonces conoces también a Nicos!—exclamó Antonio con sorpresa, anotando rápidamente en la libreta.
—Se podría decir que era... mi socio—dijo con desgana el hombre.
—¿Y... de qué conocías a Heracles?—preguntó el hispano con curiosidad.
—Le conocí hace muchos años en París... él trabajaba para una familia con la que yo trataba.
Antonio arrugó el ceño, escribiendo frenético en su cuaderno.
—¿Entonces él era un sirviente?
Sadik asintió.
—¿Y hablaron alguna que otra vez?
—Alguna que otra vez...—murmuró el hombre, enigmático.
—¿Y... qué estaba haciendo la noche del jueves, cuando ocurrió el asesinato?
—¿El jueves?—Preguntó pensativo, mesándose la barbilla—. ¡Ah! Fue la subasta... Elizabetha y yo fuimos a una subasta en Regent Street. Estuvimos ahí hasta las doce y media, más o menos. Luego volvimos a casa sobre la una de la mañana y ambos nos fuimos a nuestras respectivas habitaciones. Recuerdo que esa noche caí dormido como un tronco, ya que durante la subasta estuve bebiendo un vino muy fuerte...
Antonio frunció el ceño, sin dejar de tomar notas.
—De acuerdo. Elizabetha ha dicho antes que estabas de paso aquí. ¿Hasta cuándo piensas estar en Londres?
—No lo sé. Quizás me vaya en unos días, quien sabe... Depende de si me reclaman en otra parte.
—Usted no se va a ninguna parte hasta que este crimen se resuelva—sentenció Govert, mirando amenazadoramente a Sadik, quien no se inmutó.
—Lo que tú digas, pero cuando vuelvas aquí y no me encuentres no te quejes de que no te avisé.
Antonio se levantó entonces, mirando a los otros dos hombres antes de salir de la habitación.
—¿Elizabetha?—llamó a la dueña de la casa, quien no tardó en aparecer por una amplia puerta que daba a lo que parecía ser la cocina.
—¿Algún problema?
—Necesitamos que Sadik no se vaya de Londres hasta que el caso esté resuelto—pidió Antonio en un susurro.
Elizabetha hizo una mueca, mirando hacia el salón. Vio que Govert también se había puesto en pie y se dirigía hacia ellos, con los brazos cruzados. Sadik, por su parte, se había quedado en el salón.
—Él es muy independiente. No puedo prometer nada, pero puedo intentarlo.
—No, no lo intentes, haz que se quede. Le necesitamos.
—Escuche—le cortó Elizabetha, poniéndole una mano en el brazo—. Sé que necesitan investigar y encontrar al culpable, pero estoy más que segura que mi primo no fue quien mató a Heracles. Apenas se conocían, y mucho menos se hablaban, y la noche del asesinato la pasó conmigo...
—La entiendo, pero le necesitamos aquí. Hasta que se resuelva el caso—sentenció Antonio, antes de hacerle una seña a Govert para que salieran.
—Tiene coartada—dijo Govert con fastidio, una vez que hubieron salido. Se dirigieron a paso rápido hacia Scotland Yard, esperando que las nubes negras que se habían ido formando a lo largo del día no estallasen en una lluvia.
—Pero está cogida con pinzas, apenas se sostiene. Dice que estuvo con Elizabetha hasta la una y media, pero después pudo haberse ido de casa e ir a matar a Heracles… De hecho, físicamente es quien más se parece al perfil del asesino que saqué de la huella, ¿recuerdas?
Govert asintió, frunciendo el ceño.
—¿Entonces?
—Estoy seguro de que es él, lo que nos faltan son pruebas… También está Nicos. Dijo que Elizabetha no vivía en Londres, pero no es así.
—Es verdad… No había caído en eso.
—Yo sí, y eso da que pensar. De hecho se ha vuelto más sospechoso… Y Sadik le conoce. Esos dos están compinchados, te lo digo yo.
—Pero no tenemos pruebas físicas para inculparles.
—Lo sé—murmuró Antonio, frustrado.
Llegaron a Scotland Yard y no tardaron en estar sentados en el despacho de su jefe contándole sobre Sadik y lo nuevo que habían averiguado. Antonio presentó su teoría de que, tras haber llegado a la casa, había esperado un rato y después había salido silenciosamente hacia el hotel y había cometido el asesinato.
—Te faltan pruebas para poder acusarlo, Fernández—murmuró Arthur llevándose una mano a la frente—. Pero parece que ya le tienes. Quédate si quieres un rato aquí, pensando en alguna posible salida para esto.
Antonio asintió, levantándose de su asiento, a la vez que Govert.
—Y que Van der Leden te haga compañía. Él también tiene un buen pensamiento deductivo que podría ayudarte bastante.
El rubio asintió también, antes de abandonar el despacho de Kirkland.
—Ven.
Antonio le tomó del brazo con decisión y comenzó a andar en dirección a su despacho.
—Puedes soltarme, ¿sabes? No me voy a perder.
Sin embargo, el hispano le siguió agarrando. Una vez hubieron entrado en el despacho, cerró la puerta y se sentó en una silla, llevándose una mano a la cara.
—No tengo ni idea de qué hacer, Govert. Tenemos ya todo, pero no podemos demostrar que fue él… ¿Qué hacemos?
Govert suspiró, dejándose caer en la silla que había al lado de su compañero. Tampoco él sabía qué hacer, pero tenían que pensar algo.
Después de unas arduas horas de trabajo que no terminaba en nada concreto, Antonio dio una patada a la papelera, harto de todo.
—¡Me voy a mi casa! ¡No puedo más!
—Yo tampoco. Es imposible resolver esto…
—¡Vámonos!—Exclamó Antonio tomando su abrigo, colgado en el perchero que había en una esquina.
Sin embargo, no había terminado de ponérselo cuando de repente alguien abrió la puerta del despacho dando un golpe contra la pared.
—¡Se ha ido!
Una histérica Elizabetha estaba de pie junto a Arthur, quien parecía más histérico que ella.
—¿Qué?—preguntó Antonio, ya bastante saturado con tanta investigación.
—¡Sadik! ¡No está, ha desaparecido después de dejar esto!
Elizabetha le tendía una hoja de papel doblada por la mitad. Antonio la tomó, abriéndola, y junto a Govert comenzó a leer.
Eli, me vuelvo a Izmir. Ha habido problemas con mi hermano. Se ha metido en un lío y me necesita ahora. No sé cuándo podré volver.
-Sadik
—¡No!—exclamó Govert, llevándose las manos a la cabeza.
Antonio, sin embargo, fue quien se mantuvo en más calma.
—¿Cuándo has encontrado esto?
—Salí esta tarde un momento y cuando volví la nota estaba encima de mi cama—explicó Elizabetha, prácticamente temblando—. ¿Creéis que…?
—Ha sido él, y no hay ninguna duda—sentenció Antonio, ajustándose su abrigo—. Arthur.
El rubio, a quien estaba a punto de darle un ataque de nervios, le miró, expectante.
—Llama a un grupo no muy grande de policías para que nos ayuden a atrapar a Sadik.
Arthur asintió, girándose y comenzando a dar órdenes a diestro y siniestro.
—Govert, tú ven conmigo.
Antonio le tomó del brazo y comenzaron a correr en dirección a las caballerizas.
—¿Tienes algún plan, Antonio?
El hispano había dado órdenes de que prepararan dos carros, y no tardaron en estar listos.
―Sí―respondió el moreno girándose―. Solo espero que funcione.
Govert asintió, seguro de que el plan, fuese cual fuese, funcionaría.
Cuando Arthur volvió, acompañado de cuatro hombres más, subieron por fin a los carruajes. Antonio gritó a los cocheros que les llevaran al embarcadero de Westminster.
―¿Allí? ¿Por qué?―preguntó Govert, sin entender la lógica de su compañero.
―Si quiere volver a Izmir, en el caso de que sea cierto, irá por mar. Y la única manera de que lo haga es yendo desde el embarcadero de Westminster hasta el puerto, donde podría tomar un barco que le llevase de vuelta a Turquía―explicó Antonio, con emoción en la voz.
Arthur asintió, entendiendo a la perfección el plan de Antonio.
―¿Y si no está?
―Cuento con que esté.
―¿No tienes un plan B?
Antonio no respondió nada, sino que se limitó a mirar por la ventana. La oscuridad era ya total, y pocas personas quedaban por las calles a esas horas.
―Vale, el plan es el siguiente―dijo finalmente el hispano, atrayendo la atención de su jefe y la de su compañero―. Cuando lleguemos, intentemos ser lo más discretos posibles―Arthur y Govert asintieron, permitiéndole a Antonio continuar―. Sin embargo, Sadik es un hombre fuerte y en el caso de que se ponga violento necesitaríamos a varios hombres para derribarlo.
―Bueno, ese no es problema para nosotros―intervino Arthur, sonriendo con superioridad―. Somos suficientes para eso.
Antonio no estaba tan seguro, pero decidió no decir nada.
Cuando finalmente el carruaje se paró, cerca del embarcadero, Antonio les recordó a los otros dos que fueran silenciosos.
―Hay que avisar a los demás del plan, ¿sí?―murmuró Antonio, antes de bajar del carruaje.
Arthur asintió, diciendo que él lo haría.
―Vamos―susurró Antonio a Govert, una vez este hubo bajado.
Sin llamar mucho la atención, los dos hombres se dirigieron al embarcadero, donde no había casi nadie.
―¿Crees que se haya ido ya?―preguntó Govert en un susurro a Antonio, quien negó con la cabeza.
―Si se fuese rápido levantaría sospechas, ¿no? Y creo que eso es lo que menos le interesa…
―Cierto…
Como Antonio había previsto, Sadik estaba ahí, hablando con unos hombres, antes de subir a una lancha. Nada más verlo, Govert frunció el ceño, y tuvo el impulso de actuar en ese momento, y arrestarlo sin contemplaciones. Sin embargo, Antonio, conociendo el carácter de su compañero, siempre tan impulsivo, lo agarró con cierta fuerza del brazo. Govert le miró, y Antonio le hizo un gesto con la cabeza, negando, indicando que aún no era el momento.
―¿Entonces?
―Espera y verás―le sonrió Antonio, confiado.
Girándose, el hispano pudo ver que tanto Arthur como el resto de policías se encontraban a una distancia considerable del embarcadero, para pasar desapercibidos hasta que Antonio le indicara.
―Todo está listo. Ahora―le susurró Antonio al más alto―. Recuerda, no vayas a saco a no ser que él te dé motivos.
Govert asintió, aunque internamente sabía que no le haría caso.
―Buenas noches―dijo Antonio, una vez se hubieron acercado lo suficiente.
Todos los hombres le miraron, y ambos detectives se dieron cuenta de que Nicos también se encontraba ahí. Bien, otra pieza que encajaba al fin en ese rompecabezas.
―¿Serían tan amables de venir?―preguntó Govert, con impaciencia, pero sin perder las formas.
La mayor parte de los hombres asintieron, acercándose. Nicos, dudoso, miró a Sadik, quien apretó los ojos, sabiéndose en una encrucijada. Finalmente, terminó por acercarse junto con su socio.
―¿Qué ocurre?―preguntaron algunos de los hombres. Sin embargo, los detectives tenían su atención centrada en los dos culpables.
―¿Podríamos hablar con esos dos señores de ahí?―preguntó Govert, tenso, viendo como Sadik y Nicos se quedaban a cierta distancia.
En el momento en el que los hombres se giraron, fue cuando, de improvisto, Sadik y Nicos comenzaron a correr con todas sus fuerzas, escapando de ellos.
―¡Que no escapen!―chilló Antonio, comenzando a correr tras ellos.
Govert, siguiendo a Antonio, miró hacia Arthur y los demás policías, y al ver que estaban impasibles, hablando y riéndose, se le cayó el alma a los pies.
―¡Arthur!
El nombrado al escuchar su nombre dejó de reírse de golpe, antes de observar la escena y gritar a todos que corrieran, persiguiendo a los fugitivos.
Sin embargo, Sadik y Nicos le llevaban ventaja a todos (bueno, menos a Antonio, aunque éste iba solo y poco iba a poder hacer). En un momento dado, Nicos se paró de golpe y encaró a Antonio, a quien le soltó un puñetazo cuando le alcanzó, pero el hispano fue más rápido de reflejos y le esquivó, siguiendo a Sadik, sin quererlo perder de vista.
No tardaron en dejar atrás a Nicos, quien quiso enfrentarse solo a Govert, pero al ver que este no venía solo, comenzó de nuevo a correr en dirección a Sadik. Pero no solo había perdido de vista a su aliado, sino que los policías corrían realmente rápido y no tardaron en atraparlo.
―Quedaros un par vigilando a este―ordenó Govert, mientras Nicos era esposado―. Y que el resto venga conmigo a ayudar a Antonio.
Todos asintieron, y salieron todos corriendo de nuevo, aunque les costó cogerles la pista de nuevo a los otros dos, a quienes apenas veían ya.
Mientras tanto, Antonio cada vez iba perdiendo a Sadik más de vista. Siguió persiguiéndolo, y cuando creía que no podría seguir durante mucho más, se sorprendió al ver que el hombre entraba en el Puente de la Torre, actualmente en construcción, lo que se convertía en una jaula para el turco, ya que no podría escapar por ninguna parte.
Sonriendo de lado, Antonio continuó la persecución, hasta que llegó al puente. Aprovechó para tomar varias bocanadas de aire antes de entrar en la estructura. No sabía si el turco habría decidido subir hasta arriba del todo o le estaría esperando en algún rincón, escondido, para pillarle por sorpresa y atacarle. Se adentró con precaución, y para su alivio, no se encontró a Sadik hasta en final. El turco estaba parado frente a los tabiques, sin saber cómo continuar.
―¡Alto ahí!―exclamó Antonio, sacando una pistola y apuntando con ella al mayor.
Éste no se giró de inmediato, sino que se tomó su tiempo en encarar a Antonio.
―¡Levanta las manos!
Sadik alzó una ceja, sin intención alguna de hacer lo que le ordenaban.
―No irás a matarme si no lo hago, ¿no?―sonrió con chulería Sadik, metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón―. No querrás quedarte sin un asesino que te explique cómo y porqué hizo lo que hizo, ¿verdad?
Antonio frunció el ceño, sin decir nada, aunque tomando nota mentalmente de que Sadik se había delatado y ya le tenían.
Con lo que no contaba era con que Sadik se fuese acercando poco a poco a él, como si no se hubiese dado cuenta de que tenía una pistola y le estaba apuntando.
―¡No te acerques más!―gritó Antonio, intentando que no le temblara la voz. Nunca había estado en una situación parecida, y no sabía bien cómo actuar. Sin embargo, de lo que estaba seguro era de que tenía que mantenerse calmado y con la mente fría.
―¿Y si no quiero?―se rio el turco, acercándose más hasta Antonio.
―¡He dicho que te pares!―gritó de nuevo Antonio, sin saber qué hacer. Como había dicho Sadik, no podía dispararle, ya que necesitaban saber sus razones por las que había cometido el crimen. Pero, sobre todo, no podía dispararle ya que él no quería ser también un asesino.
Contrario contra todo pronóstico, Sadik continuó acercándose, hasta que la boca del arma pegó contra el pecho del asesino.
―¿Y ahora?―preguntó Sadik, enigmático. Antonio levantó el arma en un rápido movimiento, dispuesto a darle en la nuca y dejarlo inconsciente. Sin embargo, el otro hombre fue más rápido y en un abrir y cerrar de ojos, en un forcejeo, le quitó el arma al detective, quien se quedó en blanco, sin saber qué demonios había pasado―. Ahora es mi turno, Fernández.
El apellido del hispano lo escupió prácticamente, perdiendo todo rastro de sonrisa en su rostro y poniéndose repentinamente serio.
―Devuélveme el arma, Sadik.
Aunque Antonio no quisiese admitirlo, en esos momentos sentía miedo. La voz le había temblado levemente al principio de la frase, pero no por ello se mostró asustado, sino que quiso parecer más seguro de lo que estaba. Internamente deseaba que Govert y los demás no tardasen en llegar.
―Como desees―respondió Sadik, antes de apretar el gatillo.
Govert había visto como Antonio se adentraba en el puente en construcción, y al ver la altura del puente sintió que se le iban todas las fuerzas. ¿En serio el maldtio psicópata de Sadik había sido tan estúpido como para subir a puente no terminado? Por no hablar de todos los escalones que había que subir para llegar arriba, donde se le cerraba totalmente el paso.
—¡No te quedes parado!—exclamó Arthur después de ver a Govert quedarse mirando el puente y dar un leve paso atrás—. ¡Corre!
El rubio asintió y entró junto a su jefe y el resto de policías en el puente. Lo más difícil fue subir todas esas escaleras, que parecían no acabarse nunca, pero cuando oyó un disparo comenzó a subir más rápido, asustado, con un mal presentimiento. Esperaba que ese tiro no lo hubiese recibido Antonio...
Arthur, quien le llevaba ventaja a todos, desapareció de su vista poco después y , ayudado por varios más, acabó por derribar a Sadik, quitándole la pistola y tirándole al suelo. Cuando Govert llegó por fin arriba, se quedó en shock al ver a Antonio tumbado en el suelo, temblando. Con el corazón latiéndole a cien por hora se acercó a él en pocas zancadas y se arrodilló a su lado.
—¡Antonio! Oh dios mío, ¿qué ha pasado?—preguntó viendo como la parte del hombro izquierdo del hispano estaba llena de sangre, y gradualmente ésta se iba extendiendo. Le rodeó con los brazos y lo alzó en volandas, girándose a Arthur.
—Me ha disparado—consiguió articular el moreno, agarrándose al cuello de la camisa de Govert, sintiéndose muy débil.
—¡Llévatelo!—exclamó Arthur al ver el estado en el que se encontraba Antonio—. Llévatelo al primer hospital que te encuentres.
Y así hizo. Con Antonio en brazos, Govert bajó las escaleras corriendo, sin preocuparse mucho por caer. Lo único que le preocupaba en esos momentos era que alguien curase a Antonio, que le salvara. Mientras corría, le iba pidiendo al español que aguantase, que eso no era nada, que saldría de esa...
Lo último que Antonio dijo antes de caer en la inconsciencia fue apenas un susurro, un soplo de aire contra el cuello de su amante, murmurando un sincero "te amo".
