Capitulo 2: Un beso de buenas noches

Morrigan voló hasta casa de Lilith. Una vez tocado el suelo de la terraza, volvió a su forma humana entrando en el salón. Aparentemente no había nadie allí. Recorrió toda la casa en busca de su hermana y Felicia. Completamente desocupado.

Se encogió de hombros y abrió un portal para regresar a Makai. Posiblemente alertarían de la intrusión de las bestias en el mundo terrenal para ver quien había invocado a esos seres.

Cruzó el palacio infernal hasta llegar a la sala de reuniones con la corazonada de que las encontrarí ahí. Y ahí estaban, sentadas con cara de cansancio, hablando de lo ocurrido esa noche con los Lores.

-¡Majestad...! ¿¡Pero es que ha perdido la cordura!? ¿Cómo se le ocurre intentar...? ¿En qué pensaba cuando...? –El sabio anciano estaba demasiado alterado para expresarle todo lo que pensaba a Morrigan-

-Lo que trata de decirle, Alteza, es que el joven demonio que hace unas horas quería convertir en su presa, es uno de los hijos de Sparda.

-Ya lo sabia… por eso es que lo quiero. –Una risa malévola se manifestó en la cara de Morrigan-

-No tienes remedio... No puedes imaginarte el gran peligro que corres acercándote a ese... ese... ¡SEMI-DEMONIO! –Felicia regañaba a Morrigan como si fuese su hermana mayor-

-Si... como con Demetri... No hay ser del sexo opuesto que pueda conmigo. ¿Me oís todos? ¡¡NINGUNO!! Y menos un semi-demonio... Que sea hijo del gran Sparda no significa que sea tan fuerte como él. Y partiendo de la base de que no es un demonio completo, muy peligroso no puede ser...

Majestad... él solo derrotó a Mundus hace unos pocos años... No es inexperto… y la caza de demonios es un arte para él, lleva muchos años exterminando a los de nuestra especie.

-Hablando de demonios... – Morrigan se sentó en el trono que presidía la mesa- ¿No os han contado estas dos histéricas la visita que tuvimos en la fiesta?

-Estamos al corriente de todo. Investigaremos sobre el causante de la invocación. Ha tenido que ser desde el plano terrenal. Aquí no tenemos constancia de ninguna actividad anormal.

-Anormal...-Morrigan apartó su larga melena descubriendo la espalda y tapando ambos hombros, dejando caer sus manos suavemente en los reposabrazos del trono- En Makai todo es anormal...-dijo con una amplia sonrisa y arqueando una ceja-

-Makai no es como el mundo mortal – explicó uno de los Lores a Morrigan- Se rige por otras normas, por otro código. Debería pasar más tiempo en su reino si algún día piensa ocupar el trono.

-Tal vez debería... pero si pasara más tiempo aquí no podría atender mis asuntos en la tierra... Fin de la junta. Me voy a descansar.

-Majestad... respecto al asunto del descendiente de Sparda...

-No me acercaré a él en un radio de un kilómetro... si eso os hace felices... Fin de la junta...

Morrigan desocupó el trono y salió de la sala, subió las escaleras y se encerró en su habitación.

Ella es la heredera al trono del Makai, el mundo de los demonios. Tras varios milenios del reinado de Mundus, el clan Aensland tras la desaparición de Sparda, se encargó de custodiar el equilibrio entre los dos mundos. Los únicos descendientes directos de este clan eran Morrigan y Lilith.

Ella no era un demonio con ansias de poder. No le preocupaba ni lo más mínimo tener que dirigir un aluvión de demonios y tener que vigilarlos constantemente como hacían sus antecesores. Contaba con la ayuda de los Lores, expertos guerreros demonios con más de mil años de experiencia. Debido a su edad, aunque fueran demonios extremadamente poderosos, hacía siglos que abandonaron las armas, se limitaban a mantener el equilibrio.

Morrigan, solo era una diablesa juguetona que pensaba que la eternidad era para disfrutar y divertirse; y en el mundo terrenal, los olores, sabores, habitantes, y demás experiencias eran más atractivas, por lo cual, era su lugar predilecto.


Caminó hasta su oficina. Subió las escaleras y dejó en la silla de su habitación el abrigo y el arnés con sus pistolas. Se tumbó en la cama boca arriba, con los ojos cerrados y los brazos colgando por los laterales de la cama. Su mente cavilaba de donde salieron esos demonios y por qué atacaron en medio de una discoteca, en vez de hacerlo en un callejón oscuro. Los demonios, normalmente, no se dejaban ver por un número tan elevado de humanos. Era un procedimiento extraño...

Se incorporó de un salto y se quitó la ropa, fue a la nevera y sacó una cerveza, entró al cuarto de baño y se pegó una buena ducha fría. Era su ritual particular cuando regresaba de la caza de demonios. Agarró una toalla limpia y retiró el exceso de agua de su pelo, se la colgó del cuello y se dirigió a su habitación.

Había una presencia extraña, la luz no funcionaba y la persiana estaba completamente bajada, sabía que alguien estaba delante de suyo, sentado en el escritorio.

-Vaya, vaya... Pero si el cazador se ha quedado desarmado... ¿No decías que siempre ibas armado por precaución, mi amor?

Esa voz era inconfundible y eso que para esas cosas es un completo desastre. Una media sonrisa aparecio en sus labios, cerró la puerta y se apoyó contra ella. Sin decir nada. Esperando algún movimiento de la mujer diablo.

Morrigan levantó la persiana hasta arriba, dejando entrar la claridad de la luz de la farola que había junto a la ventana, iluminando levemente la habitación. Podía ver a Dante, que estaba frente a ella completamente desnudo, apoyado en la puerta.

-¿Y bien, qué haces a estas horas en mi casa? ¿No puedes dormir?

Morrigan cruzó las piernas y ladeó su cabeza. El vaivén de su pierna estaba poniendo nervioso a Dante que no oía respuesta alguna del súcubo.

Dante tiró la toalla encima de Morrigan y cuando esta la quitó de su cara, estaba a escasos centímetros de ella, apuntándola en la cabeza con una de sus pistolas.

-No me gusta que me desvelen cuando quiero dormir. Y tú, no eres un motivo de fuerza mayor para romper mis costumbres.

-Relájate Dantito, solo he venido para hablar contigo... Será mejor que apartes ese trasto de mi linda cabeza antes de que te deje inútil.

El rostro de Morrigan era imparcial, Dante apartó la pistola y guardó una mayor distancia con Morrigan sin soltar el arma, examinado cada mínimo movimiento.

Morrigan se levantó y recorrió la habitación, hasta detenerse en la puerta dando la espalda a Dante. Él seguía de pie, observando a Morrigan. No era un demonio normal y corriente, pero era un demonio al fin y al cabo.

Abrió la puerta y salió de la habitación, dejando a Dante solo. Este cogió unos pantalones y se los puso. Sujetó sus pistolas en la cintura del pantalón y siguió a Morrigan.

Fuera de la habitación. Ella ya se había acomodado en el sofá. Estaba tumbada de lado, apoyada sobre unos de sus brazos mirando como Dante se acercaba y se sentaba en el suelo delante de ella.

-Esta bien... La primera impresión que da mi casa es la de acogedora, pero tú tienes mucha cara para colarte en ella, no saludar correctamente al anfitrión y para colmo, teniendo el privilegio de verme desnudo, no ser capaz de decirme nada bonito...

-Morrigan sonrió y se puso de rodillas en el sofá, acercando su cara a la Dante, rozando su nariz con la de ella, frotándola suavemente hacia arriba y hacia abajo.

-Lo nuestro es imposible y tú lo sabes...- hizo una breve pausa mientras su mirada se perdía en la inmensidad de esos ojos azules, segundos después se tumbaba boca arriba en el sofá contemplando su manicura- Sólo he venido para darte un beso de buenas noches... Y de paso, decirte que esos minotauros fueron invocados por alguien de este mundo, no del mío...

-Acepto tu beso de buenas noches, pero no entiendo por qué me revelas información...

Morrigan miró a Dante arqueando una ceja, incorporándose apoyada sobre su brazo.

-No me gusta que esos bichos destrocen mi paraíso, y tú, pareces aburrido...

-No cuela preciosa...

Dante estiró sus piernas y apoyó su cuerpo sobre sus brazos dejando las dos pistolas más a la vista. Una sonrisa picaresca se esbozo en sus labios.

Morrigan se puso de pie y pasó por encima de las piernas de Dante, se acercó a la puerta para abrirla. Ya era casi de día, giró sobre ella misma y se apoyó contra el marco.

-Tu compañía es un placer, pero es hora de que regrese antes de que me echen de menos... ¿Aún quieres ese beso de buenas noches... o mejor... de buenos días...?

Dante se levanto del suelo y con andares chulescos se acercó a Morrigan, apoyando su codo contra la pared e inclinándose hacia ella. Morrigan recorrió con un dedo su torso desnudo hasta llegar al comienzo del pantalón, acercando sus labios al cuerpo de Dante, podía notar su respiración contra su frente. Las manos expertas de Morrigan recorrieron su pecho aferrándose a su cuello. Sus rostros se rozaban y sus miradas conectaron por un instante antes de que Morrigan se abalanzara contra los labios de Dante devorándolos a pequeños mordiscos que a Dante le resultaron placenteros.

Morrigan atrapó suavemente entre sus dientes el labio inferior del semidemonio arrancándole un gruñido de placer. Notó la calidez de sus manos colarse por debajo de su blusa cuando adoptó su forma demoníaca y se esfumó entre los brazos de Dante convirtiéndose en un puñado de murciélagos que desaparecieron a toda velocidad por la puerta. Dante avanzo unos pasos para cerrar la puerta. Esa maldita mujer había conseguido quitarle el sueño. Subió hacia su habitación y se tiró sobre la cama con la esperanza de dormir algunas horas, antes de que su estómago le despertara.

Morrigan regresó a Makai, se dejó caer en la cama y se sonrió a ella misma. Se quitó la ropa y se introdujo bajo sus sabanas, dejando la mente casi en blanco. El único pensamiento que rondaba en su cabeza era Dante.