Capitulo 4: Oscuridad VS Oscuridad
Voló tanto como pudo sin rumbo fijo, lejos de aquel lugar. Felicia necesitaba ayuda y su misión era encontrarla antes de que fuera demasiado tarde.
No podía llamar a su hermana por teléfono. No sabía como contactar con Makai ya que siempre lo hizo a través de algún demonio. Estaba sola y desorientada, su única esperanza era el cazador de demonios.
Se dirigió hasta el Devil May Cry, subió los escalones de tres en tres y abrió la puerta golpeándola contra la pared. El frío acero de una arma presionó su nuca. Todo su cuerpo empezó a temblar, su miedo podía olerlo cualquier criatura y Dante ya estaba sobre aviso unos minutos antes de que entrara por la puerta.
- Vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí? Un pequeño súcubo... ¿Se te ha perdido algo?
- Ne...Necesito tu ayuda...
- No lo creo. Vuelve a verme cuando uses sujetador...
La pistola dejó de presionar el cuello de Lilith, Dante se acercó a la puerta invitándola a salir. Pero Lilith no podía regresar de vacío, tenia que afrontar esta situación, pero Dante le producía escalofríos.
Estaba parado, con brazo extendido con la mano abierta indicandole el camino de salida, su otro brazo estaba flexionado dando golpecitos en su hombro con la pistola. Desesperándose al ver que la joven no se movía ni un milímetro. Se acercó a ella y con el cañón de ivory levanto la cabeza de la joven. Estaba llorando, mordiéndose su labio inferior. Apretó sus puños y golpeó el pecho de Dante, que ante tal rabieta la agarró de los brazos y la levantó hasta sentarla en la mesa de billar.
El filo dejó de estar en contacto con su cuerpo y Felicia cayó al suelo en medio de un charco de sangre.
-¿Por... qué? -Fueron sus últimas palabras antes de perder el conocimiento.
Su atacante limpió la hoja de la katana con un rápido movimiento mientras se alejaba de la mujer gato, dejándola malherida en el suelo. Con un suspiro de aburrimiento recogió su sombrero, sacudió el polvo y lo colocó en su cabeza.
Un enorme ruido de aleteos llamó su atención y levantó la vista. Una bandada de murciélagos surcaba el cielo. Volaban en una formación demasiado extraña, muy pegados y de vez en cuando varios de ellos abandonaban el grupo y descendían, como si buscasen algo, para regresar de nuevo a la formación. Entonces uno de los murciélagos bajó hasta el callejón donde se encontraban y se acercó aleteando hacia Felicia. Al llegar junto a ella volvió la vista hacia el cielo y lanzó un chillido angustioso. No pasó mucho tiempo antes de que la bandada se lanzase en picado hacia el callejón, deteniéndose a escasos pasos de la malherida mientras el extraño los observaba con interés. El puñado de ratas aladas comenzó a agruparse, formando la silueta de su dueña.
Morrigan emergió del portal de murciélagos, inclinándose al lado de Felicia para comprobar su estado. Intentó reanimarla, pero ésta no parecía reaccionar.
-¿Felicia, qué ha ocurrido? ¿Dónde está Lilith?- dijo mientras apartaba un mechón de pelo de su ensangrentada cara.
El portal de murciélagos se deshizo y la bandada comenzó a girar en torno a Morrigan cada vez más deprisa. Algunos de ellos se unieron al cuerpo de su dueña mientras esa se levantaba con un brillo carmesí en sus ojos.
-Estúpido... Hoy has cometido un grave error. Te aseguro que te arrepentirás de haberme hecho tu enemiga.
Morrigan comenzó a levitar al tiempo que cruzaba sus brazos sobre su pecho y giraba las muñecas preparando sus hechizos. El extraño permaneció inmóvil, desafiante, con una sonrisa arrogante bajo su sombrero. El súcubo inició el ataque convirtiendo tres de sus murciélagos en bolas de energía y lanzándolos a toda velocidad contra el enemigo. Este rechazó dos de ellas con su espada como quien aparta unos insectos, pero la tercera no iba dirigida a él, sino al suelo frente a él y estalló provocando una gran humareda. La onda expansiva había vuelto a tirar el sombrero del atacante, pero eso no pareció importarle. De entre el humo salieron despedidas varias cadenas con puntas afiladas en sus extremos que no tuvo más remedio que esquivar corriendo hacia un lado, tratando de evitar la cortina de humo. Un salto lateral le salvó por los pelos cuando otra cadena surgió del suelo. Sin darle tiempo a respirar, la cadena se deshizo en varios murciélagos, que brillaron durante un instante y se abalanzaron contra él.
Esta vez no trató de desviarlos, sino que se apartó de un salto huyendo de la tremenda explosión, pero Morrigan no tenía previsto darle ni un segundo de aliento, porque apareció de improviso encima suya y se lanzó contra él envolviéndose en sus alas como si fuera un taladro.El hombre lo esquivó e intentó contraatacar mientras Morrigan reajustaba sus alas, pero su mano se vio detenida por la del súcubo a mitad del tajo y Morrigan les envolvió rápidamente a ambos con sus alas formando una pequeña cúpula. A pesar del negro manto que les cubría, un tenue resplandor iluminaba en interior del globo. Ahora Morrigan podía ver perfectamente a su oponente.
-¡¿Tú?! Has ido demasiado lejos, cazademonios.
Su rival no se dignó en responder, de un tirón liberó su mano e impulsándose sobre la propia Morrigan, rompió el globo de oscuridad y aterrizó a un par de metros de distancia, visiblemente agotado. Morrigan volvió a adoptar su postura de combate mientras los restos del globo volvían paulatinamente a formar sus alas. Entonces, por vez primera, el atacante le dirigió la palabra.
-Te había subestimado, Aensland.
-No lo sabes tú bien. -Contestó Morrigan, chasqueando un dedo.
Una expresión de sorpresa cruzo el rostro de su rival cuando descubrió que tenía toda la espalda llena de murciélagos, que con un chillido se iluminaron y estallaron a la vez. Cuando la nube de polvo se disipó, Morrigan comprobó que su adversario había desaparecido. Esto aumentó su ira. Cogió a Felicia en brazos y la transportó a Makai, dejándola en manos de los Lores sin dar ninguna explicación. Salió disparada de palacio regresando a esfera mortal en busca de su hermana.
