13/09/2015
Clasificación: T
Género: Humor
Resumen: Harry sabía que le había prometido a su esposa que tendría todo bajo control… pero un niño con un brazo roto, otro con una severa reacción alérgica, y su mejor amigo desmayado por la ebriedad era más de lo que podía controlar.
Capítulo 2: Un día sin madres.
—Hermione, se irán sólo unas horas, no unos años —intentó razonar Harry.
Ella la ignoró olímpicamente mientras continuaba besando los rostros de sus hijos, cosa que había hecho los últimos minutos. Hasta cierto punto, Harry la entendía, no estaba acostumbrada a alejarse de ellos por lo que seguramente estaba llenada de preocupación y ansiedad… pero, ¡él era su padre, por Merlín! No era que no pudiera lidiar con ellos por unas horas.
Ron, a su lado, parecía pensar lo mismo que él, pues sólo miraba cómo Luna hacía lo mismo con los gemelos con cierto fastidio.
—Se les hará tarde —presionó Ron.
Aquello logró que ambas madres dieran los abrazos y besos finales antes de erguirse. Aun no entendían cómo las habían convencido de separarse ellos… oh, claro, les habían regalado una ida al spa mágico más prestigiado con el paquete más extendido y costoso. Pero aun así…
—Quiero que me llames si pasa cualquier cosa —le dijo Hermione a Harry con seriedad—. Cualquiera, Harry. Recuerda que Lily tiene que tomarse su medicina y James es alérgico a…
—Al melocotón —completó Harry con un deje de irritación—. Lo sé, Herms, no es que me vaya a poner a hacerle un coctel de frutas —ironizó, rodando los ojos.
Desde el día anterior le había estado recordando cosas tan básicas como esas e inclusive había apuntado los números de emergencia en el refrigerador, como si él se tratara de una niñera de segunda en lugar de su propio padre.
Hermione debió presentir sus pensamientos, ya que su expresión se relajó y lo abrazó con fuerza, envolviendo sus brazos alrededor de su cuello.
—Lo siento —se disculpó contra su oído para que nadie más la escuchara.
Harry suspiró y le correspondió el abrazo como respuesta.
—Sé que no debería decirte estas cosas… sólo… estoy paranoica —admitió—. Cuídalos, ¿vale?—al sentir a Harry asentir, continuó—. Te amo.
—Te amo también —respondió Harry, dando por terminado el abrazo y sonriendo.
A su lado, Ron y Luna estaban finalizando una escena similar. Hermione y Luna intercambiaron una mirada significativa y, después de besar rápidamente a sus respectivos maridos, se posicionaron en la chimenea, listas para desaparecerse.
Harry tomó en brazos a la pequeña Lily, quien parecía a punto de soltarse llorando, mientras los demás niños también se amontonaban alrededor, despidiéndose con la mano.
Tate y Alice, los mellizos de Ron de ocho años, no parecían ni un poco tristes, quizá porque tenían los genes Weasley; eran idénticos exteriormente, tenían las mismas facciones picaras que a Harry le recordaban a los originales gemelos Weasley, Fred y George, y sólo se diferenciaban porque Tate era rubio como su madre mientras que Alice tenía el cabello pellirrojo. James, por su parte, sí parecía afligido aunque Harry sabía que nunca lo admitiría.
Las madres imitaron el gesto unos segundos antes de que Luna, comprendiendo que si se tardaban más tiempo Lily terminaría por llorar y Hermione iría a arrebatársela a Harry de los brazos, las desapareció.
Apenas el humo verde de los polvos flu se vio disuelto, los presentes sintieron el alivio embargándolos.
—Muy bien, tropa —comenzó Harry, girándose a los niños—. Sus madres volverán en la noche, así que no quiero problemas, ¿entendido?—todos asintieron efusivamente—. Pueden ir a jugar y Ron y yo estaremos aquí si nos necesitan.
Y aquellas fueron las palabras mágicas, fue cuestión de segundos para que los niños corrieran en dirección a las alcobas. Incluso Lily se revolvió en los brazos de Harry hasta que éste la puso en el suelo y se apresuró a correr tras ellos, olvidando su anterior tristeza.
—No queremos ninguna sorpresa —gritó Ron.
Ambos hombres se dejaron caer con pesadez en el sofá, soltando un quejido. Estaban exhaustos sin razón aparente.
—Pensé que nunca se irían —soltó Ron con alivio antes de ponerse de pie.
Harry frunció el entrecejo al ver que se dirigía a la mochila infantil de Alice. Era muy temprano para darles merienda, sin embargo Ron se echó de nuevo junto a él mientras buscaba fervientemente algo dentro de esta.
— ¿Escondiste alcohol en las mochilas de tus propios hijos?—dijo Harry con incredulidad al verlo sacar una botella de hidromiel y otra que no reconoció.
— ¿Qué más podía hacer?—preguntó casi con indignación—. Dudaba mucho que tú tuvieras —continuó con clara burla.
— ¿Bromeas? ¡Hermione me mataría!
Esa había sido una pelea bastante grande. Hermione quiso deshacerse de todo el alcohol en la casa, sólo lo dejaba comprar cervezas muggles de vez en cuando, pero la colección de Harry de vinos y whiskeys se había ido al carajo tan pronto como llegó James. ¿Dónde los había escondido su esposa? Hasta el día de hoy, no tenía ni idea.
—Por eso mismo le hemos comprado esos condenados masajes, Harry —le recordó Ron—. Luna sólo me deja beber el alcohol que hace su padre, ¿lo recuerdas? La infusión de guardirraiz.
Harry frunció la nariz con desagrado y un estremecimiento lo recorrió ante el mero recuerdo. Era asquerosa, y probablemente prefería morir de deshidratación antes que tomarla, así que entendía a Ron.
Harry tomó la copa, ya llena con alcohol, que levitó hacia él. Ambos amigos brindaron antes de dar el primer sorbo y sintieron como esta les inundaba la garganta y pecho, haciéndoles soltar un suspiro de complacencia.
—Juro que no me importaría volver a gastar todo mi salario para mandar a Luna al spa si puedo volver a hacer esto —dijo Ron antes de tomar otro trago.
—Oye, ¿qué es eso?—preguntó sin poder contenerse y señaló la botella negra que Ron había traído.
—Me lo regaló Fred por mi cumpleaños, dijo que era un whiskey muy raro.
Harry asintió y encendió el televisor mágico, sintonizando el juego de Quidditch de los Chudley Cannons que estaba a punto de comenzar… y el cual había sido el motivo para el "repentino" regalo a sus esposas. Querían disfrutarlo en paz por primera vez en años.
—No entiendo por qué no confían en nosotros —comentó Harry mientras subía los pies a la mesa—. Esto es pan comido.
—Y que lo digas —secundó Ron, imitándolo.
El tiempo pasó sin ningún incidente, de hecho a duras penas se escuchaban los niños, hasta que llegó la pequeña Lily. Tenía los ojos rojizos y la nariz irritada debido al resfrío y abrazaba con fuerza su peluche de ciervo.
—Hey, princesa, ¿qué pasa?—preguntó Harry, sentándola en su regazo rápidamente.
—Mami dice que tengo que tomar mi poción para sentirme mejor —explicó y estornudó varias veces.
Los medicamentos. Maldición, lo había olvidado. Bueno… Hermione no se enteraría.
—Lo sé —mintió y se puso de pie, dejándola en el sofá.
Fue rápidamente a las pociones que Hermione guardaba, bajo millones de hechizos de seguridad claro está, en una gaveta de la cocina. Casi rueda los ojos al ver que había colocado un post-it sobre una en específico, el cual decía con su pulcra letra "esta es"… una parte de él lo agradeció, pero tampoco admitiría eso.
—De acuerdo, amor, abre grande —pidió cuando vertió el líquido sobre una cuchara.
Pero Lily no hizo ademán de obedecerlo.
— ¿Qué pasa?
—Sabe feo —dijo y tapo su boca con el peluche.
— ¿Qué? Claro que no, sabe bien —mintió de nuevo.
—Tu primero, papi —pidió con infantilismo—. Pruébala para ver si sabe bien.
— ¡Anotación! ¡Oh, sí!—gritó Ron, quien no había despegado los ojos de la pantalla, antes de que Harry pudiera responder y se puso de pie con emoción.
—… y tío Ron también —agregó la niña.
—Quiere que probemos su medicina para ver si no sabe mal —explicó Harry ante la mirada confundida de su amigo.
—Oh, claro, princesa —cedió como el que o quiere la cosa y apareció una cuchara que llenó con medicina.
La niña miraba con interés como su padre y su tío, ambos de pie frente a ella, intercambiaron una mirada antes de llevarse sus respectivas cucharas a la boca.
— ¡Rayos!—soltó Ron con una expresión de repugnancia—. ¡Demonios, Harry! ¿Qué es eso?
Acto seguido se empinó su copa de hidromiel sobre los labios, intentando borrar el mal sabor que le había dejado la mentada poción. Harry, por su parte, estaba tan asqueado que a duras penas contuvo el impulso de vomitar, hacía tanto que no probaba un medicamento que había olvidado que sabían cómo a veneno. Sin embargo, al recordar que su pequeña lo estaba viendo, escondió su asco tras una sonrisa, pero sólo logró hacer una mueca cómica.
— ¿Lo ves, amor? Deliciosa. ¿No es así, Ron?—preguntó, dándole repetidos codazos a su amigo quien parecía haber olvidado el motivo por el cual hicieron aquello.
Ron, comprendiendo, se enderezó, haciendo la misma expresión que Harry.
—Sí, deliciosa. Es lo que estaba diciendo, ¿qué es eso que sabe tan bien?—salvó.
La niña sonrió y asintió. Aún era muy pequeña para haber notado las pésimas actuaciones de ambos hombres, porque que se tomó la medicina que su padre le ofreció sin chistar y, para sorpresa de ambos, Lily ni siquiera se inmutó.
— ¡Gracias, papi!—dijo como si nada antes de irse.
Harry y Ron se vieron con confusión pero, concordando en silencio aquel sería un tema tabú a partir de ese momento, se volvieron a sentar en el sillón, llenando nuevamente sus copas.
—Me debes una —gruñó Ron.
No había pasado más de media hora antes de que aparecieran todos sus hijos. Los mellizos escalaron a los brazos de Ron rápidamente mientras que James sólo se sentó en el brazo del sofá, viendo la televisión.
—Tenemos hambre —dijeron los mellizos al unísono.
Harry estaba a punto de ponerse de pie e ir al refrigerador para ver qué había dejado su esposa como merienda, pero la mano de Ron lo detuvo.
—Yo me encargo de esta, Luna les empacó unas cosas —tranquilizó.
Ron se puso a buscar esta vez en la mochila de Tate, y sacó emparedados y unos vasos infantiles. Le dio uno de cada uno a sus hijos y a Lily antes de lanzarle los suyos a James, quien los atrapó sin problema.
Los mellizos y Lily desaparecieron apenas su objetivo estuvo completo, pero James continuó viendo la tele distraídamente.
— ¿Estás bien con eso, campeón?—preguntó Harry al ver que le daba un sorbo a la bebida y fruncía el entrecejo.
—Sí, nunca lo había probado, pero sabe bien —se encogió de hombros antes de irse.
—Eso los mantendrá ocupados unas horas —dijo Ron con satisfacción.
Pero Ron estuvo muy equivocado.
A los veinte minutos, aparecieron los tres mayores y, para su sorpresa, llevaban puestos un uniforme de Quidditch y tenían sus pequeñas escobas en las manos. A Harry le resultó gracioso que James tuviera puesto unos googles y un casco, ocultando su rostro. Seguramente él jugaría de guardián.
— ¿Dónde está tu hermana?—le preguntó.
—Se quedó dormida —respondió James—. ¿Podemos ir afuera a jugar?
Ron y Harry intercambiaron una mirada. Generalmente uno de ellos los vigilaba.
—Sólo a un metro de altura —cedió Ron, entendiendo que ninguno de ellos querría ir.
Los niños comenzaron a quejarse.
—Hey, un metro o nada.
Aunque a regañadientes, los niños le dieron sus escobas y él las embrujó para que se quedaran a la altura establecida.
—Oh, vamos, Harry, ¿qué les puede pasar a un metro?—preguntó al ver la mirada recriminatoria que este le echaba cuando sus hijos salieron—. ¿Rasparse la rodilla?
—O romperse todos los dientes —repuso él.
—Bueno… son de leche.
Harry quiso reír ante aquella respuesta pero, coincidiendo que un metro era bastante bajo y que irían a verlos cada cierto tiempo, lo dejó pasar y fue a revisar a su hija rápidamente. Lily se había quedado dormida en el suelo, por lo que la cargó hasta su cama y notó que ya no tenía calentura.
Mientras volvía a la sala de estar y se sentaba, una idea cruzó su mente que lo hizo girar a ver a Ron con pánico en los ojos.
—Ron —el aludido hizo un sonido de entendimiento—, la medicina tenía somníferos, por eso Lily se ha dormido tan rápido… ¿no creerás que…?
Ron bufó, sin apartar los ojos del televisor.
—Somos adultos, Harry, ni siquiera toda la poción podría noquearnos —respondió con seguridad y Harry se encogió de hombros y se puso cómodo en el sofá.
Pero, una vez más, Ron estuvo equivocado. Muy equivocado.
De lo siguiente que Harry tuvo conciencia fue de un gran estruendo. Sintió el pánico embargarlo pero vio con alivio que sólo había sido el televisor, donde estaban celebrando la victoria del Puddlemere United contra los Chudley Canon…
¿La victoria? ¡Carajo!
Se puso de pie rápidamente, entendiendo que se había dormido por una hora, y vio a Ron echó un ovillo en el sofá, roncando sonoramente. Lo golpeó con una almohada, haciendo que se levantara exaltado.
— ¿Qué…? ¿Qué pasa, Luna?—preguntó somnoliento. Su vista se posó sobre el televisor—. Joder, perdieron los Chudley…
No pudo terminar la oración debido a que Harry le estrelló la almohada en el rostro tan fuerte que lo devolvió al sofá.
— ¿Pero qué carajo, Harry?—preguntó indignado, sobándose la nariz.
— ¡Dijiste que no nos quedaríamos dormidos!—recriminó.
— ¿Y yo qué voy a saber? ¡No soy sanador!—se defendió—. Además, los niños están bien, nos hubieran buscado si algo pasaba y hubiéramos despertado.
Aquello tranquilizó a Harry, quien se dejó caer en el sofá con pesadez. Sin embargo, ese movimiento lo hizo notar algo que hasta el momento había pasado por alto y un sudor frío lo recorrió.
—Ron… no tengo mi varita.
— ¿Cómo que no tienes tu…?—se calló repentinamente.
Ambos abrieron los ojos como platos.
— ¡Los niños!—gritaron al unísono y se echaron a correr.
Para su terror, no los vieron por ninguna parte del patio.
— ¡Alice! ¡Tate!—gritó Ron con todas sus fuerzas.
— ¡James!—lo siguió Harry.
— ¡Eh, Harry, aquí están sus rodilleras!
Harry corrió como endemoniado tras de Ron, y ambos irrumpieron el pequeño cobertizo. Y ahí estaban, pero no pudieron siquiera respirar con tranquilidad, de hecho, encontrarlos sólo confirmó sus peores temores de que algo había sucedido.
Tate estaba sobre la mesa, acostado, mientras que Alice y James estaban a su alrededor. Lo preocupante era el brazo derecho de Tate, el cual estaba en una posición imposible, a no ser que…
— ¿Qué pasó?—gritó Ron con terror, yendo con su hijo.
—Me estrellé, papá —respondió Tate como el que no quiere la cosa—. Me dolía mucho, pero James lo arregló.
Lo que sea que haya hecho James, definitivamente no arregló el brazo roto.
—Usé un hechizo para quitarle el dolor —explicó el niño, enseñándole una varita.
Harry le quitó su varita rápidamente. Debió haberlo leído en algún libro de Hermione… definitivamente tenía los genes Granger corriendo por él, pero antes de que pudiera gritarle, Ron dijo con terror:
—Por Merlín, está roto, tenemos que llevarlo adentro.
Ron cargó a Tate en sus brazos y, para no perder tiempo, Harry hizo lo mismo con Alice y James, este último seguía teniendo el casco pero no se molestó en preguntarle el motivo. Entraron con velocidad alucinante y soltaron a los niños, recostando a Tate en el sofá y ordenándole que no se moviera.
— ¡Perdieron los Chudley!—se lamentó el niño, ignorando su brazo torcido.
De tal palo…
—Le llamaré a Hermione —sentenció Harry, yendo hacia el teléfono.
Ron prácticamente lo derribó.
— ¿Has perdido la razón? ¡Luna me matará!—dijo con pánico.
— ¡Tiene el brazo roto!—le recordó Harry con miedo—. ¿Qué sugieres? ¿Que vayamos al hospital y que regresemos antes de que lleguen y finjamos que nada sucedió?
Apenas terminó de hablar, ambos hombres se quedaron en silencio unos segundos, meditando la idea.
—Iré por Lily —sentenció Harry.
—Yo alistaré a los mellizos.
James siguió a su padre y ambos llegaron al cuarto de Lily rápidamente. Para su sorpresa, la niña ya estaba despierta, jugando en su casa de muñecas.
—Lily, cielo, necesito que te alistes, iremos a un lugar —Lily no hizo preguntas, quizá viendo la urgencia de su padre, y fue a buscar su peluche—. James, quítate ese casco.
El niño lo obedeció y, después de batallar unos segundos, finalmente se quitó todo lo que tenía tapando su rostro. Harry jadeó mientras retrocedía por mero reflejo, tropezando con las muñecas de su hija y cayendo al suelo.
James tenía la cara y los labios hinchados en exageración. Sus ojos verdes apenas eran visibles debido a la inflamación, sin mencionar que estaba de un color sonrosado. Era como si le hubiera picado un panal de abejas en la cara.
—Harry, ¿por qué te tardas…? ¡Castigo de dios!
Ron, quien acababa de entrar por la puerta, también retrocedió con sorpresa al ver a James mientras abría los ojos con terror.
—Ron —lo llamó Harry con espanto.
—Harry —lo llamó de vuelta en el mismo estado.
Esa escena fue condenadamente parecida a cuando ambos estaban en el bosque prohibido frente a Aragog, a punto de ser devorados por arañas, y lo cierto era que sentían el mismo miedo que entonces.
—La bebida que le diste a James, de pura casualidad, no era de…
—Melocotón —completó Ron con pánico.
Ambos padres intercambiaron una mirada cargada de miedo, como si estuvieran a punto de soltarse llorando, antes de que Harry se pusiera pie como un resorte.
—Necesitamos ir a San Mungo, ¡ahora!
—Oh, por Merlín, necesito un trago para mis nervios —dijo Ron.
Harry no pudo decirle nada antes de que se fuera. Fue hacia su hinchado hijo y lo cargó con rapidez, extendiéndole la mano a Lily quien la tomó sin dudar. Cuando llegaron a la sala, vio extrañado cómo Ron estaba de pie inmóvil, sosteniendo la botella negra que le habían regalado.
— ¿Qué haces, Ron? Carga a Tate para poder…
—No me digas qué hacer, ¡hip!
La quijada de Harry casi toca el suelo de la incredulidad. Ron hipaba y se escuchaba como si estuviera… ¿ebrio?
—Ron, dame la botella —pidió.
—Sabes, Hady, odio a mi jefe, ¡hip!—comenzó, caminando con dificultad hacia él—. Se cree superior y yo, ¡hip!, soy Don Weasley, ¡hip!
Harry le arrebató la botella a Ron mientras él seguía con su discurso. Para su sorpresa, ésta ya no era completamente negra como antes, sino que unas pulcras letras blancas comenzaron a aparecer.
"Whiskey de bromistas" rezaba de encabezado y abajo, con letras más pequeñas, decía "Un solo sorbo te pone ebrio. Genial para reuniones familiares o fiestas"
—George —susurró con odio, apretando la botella.
Harry puso a James en el sillón para ir con Ron, tomándolo de los hombros. Él tenía los ojos entrecerrados y una sonrisa risueña en sus labios, como si estuviera en otra realidad.
—Ron, escúchame —comenzó—. Tenemos que ir al hospital, ¿recuerdas?
— ¿Por qué, hip, Luna va a tener a los gemelos?—preguntó.
— ¿Qué…? No, no, Tate se rompió el brazo y James tuvo una reacción alérgica.
— ¿Quién les hizo eso?—preguntó Ron con molestia—. ¡Los mataré! ¡Hip! ¿Dónde, hip, están?
Antes de que Harry pudiera hacer algo, Ron se puso a dar golpes al aire, sin embargo aquello pareció hacerle daño, ya que se detuvo abruptamente y se sostuvo del borde del sillón que estaba libre.
—Hady… creo que voy a vomitar.
Y, esta vez, Ron no se equivocó.
— ¡Iugh!—soltaron los niños al unísono.
Incluso Harry se giró a otro lado para no verlo. Después de unos cuantos segundos, se escuchó un sonido seco.
—Debes estar bromeando —dijo Harry al ver a un inconsciente Ron tirado en el suelo.
Se acercó a él y lo zarandeó, pero Ron sólo roncaba sonoramente y ni siquiera se movía.
Lo pateó con suavidad mientras decía algo parecido a "mejor amigo de pacotilla" antes de girarse a los niños.
Bien, tenía que llevar solo a cuatro niños, uno con el brazo roto y otro con una reacción alérgica severa… no podía ser tan difícil.
La aparición estaba descartada, ni de chiste podía sostenerlos a todos al mismo tiempo y le daba pavor que uno de ellos se soltara. Por lo que sólo quedaba…
—Polvos flu, polvos flu —musitaba mientras buscaba en cada rincón de la casa.
Sobre la chimenea, en la cocina, los gabinetes del baño, los joyeros de su esposa, nada. A la mitad de su desesperación incluso buscó en las cenizas de la chimenea, esperanzado de que quedaran unos granos intactos, pero no.
— ¿Qué buscas, papi?—preguntó su hija cuando él estaba agachado, viendo abajo del lavabo.
—Unos polvos verdes —respondió rápidamente.
— ¿Cómo los que usaron mami y tía Luna? Yo sé dónde hay.
Harry, al escuchar aquello, salió para verla rápidamente, con los ojos desorbitados.
—En el callejón Diagon, mami dijo que tenías que ir por más porque ya no teníamos.
Y fue con esas palabras que el gran Harry Potter se dio por vencido.
No podía ir a comprar más y dejar a los niños solos; tampoco podía llevarlos a todos al hospital y en definitiva no dejaría a Lily y a Alice solas, ya que un Ron inconsciente no contaba. Así que sólo quedaba una alternativa.
Harry se acercó al teléfono, dispuesto a llamarle a su esposa, rogarle por ayuda y recibir su castigo como un hombre. Sabía que había prometido que lo tendría bajo control… pero un niño con un brazo roto, otro con una severa reacción alérgica, y su mejor amigo desmayado por la ebriedad en la sala era más de lo que podía controlar.
Sus dedos titubearon. Hermione lo mataría, lo remataria y le haría rogar que Voldemort volviera ya que él tendría más misericordia de su alma, sin mencionar que bajo ningún motivo los dejarían cuidar solos a sus hijos. Pero, ¿qué más podía hacer?
Entonces una idea se le ocurrió. No era brillante… pero era mejor que dos esposas histéricas… así que fue al refrigerador, buscando entre los números que Hermione había apuntado uno en específico.
—Son unos imbéciles.
Harry quiso negarlo, pero ahora no tenía nada, y mira que nada, con qué defenderse. Se limitó a mirar como el rostro de su hijo volvía lentamente a la normalidad.
— ¿Estarán bien?—preguntó con preocupación.
—Sí. Ya le arreglé el brazo a Tate, y la poción que le di a James tardará unos minutos en librar la alergia —explicó el hombre—. Mi más gran problema fue ese —continuó señalando a sus espaldas.
Y ahí estaba Ron, roncando cómodamente sobre el otro sofá.
—Tenía tanto alcohol en su sistema que tuve que usar todo mi repertorio de pócimas anti-ebriedad —chasqueó la lengua con desaprobación—, pero estará bien cuando despierte en unas horas —Ron soltó un ronquido especialmente fuerte—… o mañana.
Harry suspiró con alivio. Ya todo parecía estar en orden.
— ¿Cuánto es?—preguntó mientras hacía el ademán de sacar su cartera, pero Draco lo detuvo.
—Somos familia, indeseable —respondió entre dientes y los ojos de Harry centellaron ante el tan conocido insulto.
—Aun así, serpiente, sería de mal gusto no pagarte.
Ambos intercambiaron una mirada amarga. Lo cierto era que nadie pensó que algo bueno saldría del matrimonio de Draco Malfoy con Ginevra Weasley, ni siquiera Harry. Pero Draco había cambiado y, aunque no se podían considerar cercanos o siquiera amigos, se llevaba mejor con él que en los años escolares, principalmente porque todos los hermanos Weasley lo odiaban y sentía un poco de lástima por el chico.
Sin embargo, Draco había dejado su jornada en San Mungo para acudir en su rescate, y aquel era un gesto que apreciaba infinitamente.
—Agradéceme manteniéndolos con vida —respondió con una sonrisa.
Harry, después de unos segundos de silencio y dudar si debía decir aquello, dijo:
—Oye, Draco, ¿sería mucho pedir que…?
— ¿Que no le diga a Ginny porque quieren salvar sus pellejos de la furia de sus esposas ante tremenda metida de pata?—Harry asintió—. Me la debes, Potter.
—No lo olvidaré —dijo, acompañándolo a la chimenea.
—Oh, no dejaré que lo hagan —aseguró con una sonrisa peligrosa—. ¿Sabes? Aun no entiendo cómo pudieron arruinarlo así.
Ni siquiera él lo entendía.
—Saludos a Ginny y a Scorpius.
Draco asintió y, sin decir una palabra más, el sanador desapareció entre humo verde.
Harry se dejó caer con pesadez sobre el sofá. Todos estaban con vida y ya había limpiado la casa, por lo que no había más por hacer. Vio casi con miedo como los cuatro niños se ponían frente a él.
— ¿Podemos ir…?
—No —cortó rápidamente—. ¿Qué les parece si se quedan unos minutos aquí conmigo, a ver un partido de Quidditch?
Los niños, a quienes generalmente se les prohibía ver la televisión, les pareció una idea magnifica y se acomodaron. Lily en los brazos de su padre y James junto a ellos, mientras que los mellizos optaron por sentarse arriba de Ron. Harry seguía molesto con él, por lo que no les dijo nada.
— ¿Saben lo que les dirán a sus madres, cierto?
—Sí —respondieron al unísono.
— ¿Qué?
—Jugamos dentro de la casa, comimos bien, y nada sucedió —respondieron de nuevo, monocordes.
Harry asintió y suspiró con tranquilidad. Todo estaría bien.
Aun no entendía cómo tantas cosas pudieron salir mal en tan poco tiempo, es decir estaba seguro que todo lo que había pasado ese día había sido en contra de toda probabilidad. Y, más raro todavía, que a pesar de lo que pasó la última vez que lo hizo, Harry se quedó dormido.
Sintió cómo lo zarandeaban.
—Harry.
Se levantó exaltado y se hubiera puesto de pie si un peso sobre él no se lo hubiera impedido.
— ¡Harry! Tranquilo.
—Hermione, ¡los niños…!
Hermione señaló a su regazo y Harry se dio cuenta que Lily estaba dormida sobre él mientras que James estaba recargado sobre su hombro. Vio también que Luna estaba con su familia, los mellizos acurrucados sobre el cuerpo aun inconsciente de Ron.
—Ayúdame a llevarlos a la cama.
Harry obedeció y tomó a James mientras Hermione se encargaba de Lily. Al volver, vieron que Luna intentaba cargar a ambos gemelos, por lo que Harry se apresuró a ayudarle con ambos.
—Gracias, Harry, nunca es fácil levantarlo —dijo Luna.
Acto seguido lo zarandeó por lo que parecieron minutos hasta que Ron finalmente reaccionó y, tal como Harry, lo hizo exaltado. Se puso de pie cómo un resorte, viendo a su alrededor, y Harry rogó porque no vomitara de nuevo.
— ¡Oh, por Merlín! ¡Vamos a San Mungo!
— ¿Qué? ¿Por qué iríamos a San Mungo?—preguntó Luna, desconcertada.
— ¿Qué por qué? ¿¡Que por qué!?—preguntó como loco y los ojos desorbitados.
Fue entonces cuando notó las vibras asesinas que Harry le mandaba, quien al tener los gemelos en brazos no pudo hacerle señas. Se acercó rápidamente a él y tomó la mano de Tate anteriormente rota y la movió, sorprendido.
—Oh, ¡te amo, hermano! —dijo con la voz cargada de alivio y plantó un beso en su mejilla.
— ¿Qué te picó, Ron?—preguntó Harry, haciéndose el desentendido mientras se alejaba de él—. ¿Soñaste algo?—presionó, lanzándole la clara indirecta.
— ¿Qué si soñé…?
Entonces Ron recayó en la presencia de las dos mujeres, quienes los miraban con recelo.
—Sí… sí, un sueño muy loco —mintió—, pero no los aburriré con mis sueños. ¿Cómo les fue?
—Bien —respondió Luna.
Acto seguido comenzaron a relatar lo que habían hecho, pero Ron seguía viendo a todos lados con incredulidad. Se veía confundido, y Harry no lo culpaba, después de todo ni siquiera debía recordar lo ebrio que se puso.
Después de unos minutos Ron y su familia se fueron. Harry sólo quería irse a dormir, había sido un día traído del infierno pero, antes de que pudiera siquiera dar un paso, Hermione lo aventó hacia el sofá y se colocó a horcajadas sobre él.
El beso que le dio a continuación le hizo olvidar hasta su propio nombre.
—Lamento haber dudado de ti —le dijo, juntando su frente con la de él y viendo con satisfacción como a su esposo le tomaba unos segundos volver a la realidad.
—Te dije que sería fácil —se jactó después de bufar.
Hermione sonrió. Lo cierto era que Harry a veces se comportaba como un tercer hijo, y ni hablar de Ron, por lo que imaginó que la casa estaría en llamas o algo parecido… pero en lugar de eso los había encontrado a todos durmiendo plácidamente y lo demás estaba… maravillosamente en orden.
Era un gran padre y en definitiva merecía una recompensa por haberle hecho pasar tan mal rato con sus dudas y paranoia.
Los labios de Hermione comenzaron a vagar por el cuello de Harry, plantando besos y mordiscos que lo hicieron tensarse y morder su labio para evitar hacer algún sonido.
— ¿Sabes? Nunca te agradecí por ese viaje al spa —comentó seductoramente.
Se separó de Harry y, ante la mirada lujuriosa de este, se quitó la blusa lentamente, quedando en sujetador. Él se estremeció antes de volver a besarla, esta vez con más pasión, mientras sus manos recorrían la piel descubierta.
Pero, como si Merlín odiara a Harry Potter más que a nada, el teléfono de Hermione sonó.
—No contestes —pidió él mientras besaba el cuello de su esposa.
Hermione gimió y pareció que iba a hacerle caso, sin embargo repentinamente jaló su cabello para apartarlo y él le echó una mirada inconforme.
—Será rápido, cariño, quizá sea Luna para decirme que olvidó algo —se excusó—. ¿Bueno?
A pesar de eso, Harry continuó con sus administraciones.
— ¿Ginny?
Ese nombre lo congeló. Se apartó de Hermione y la vio con los ojos como platos.
¿Podía ser que…? No, no, debía ser mera casualidad… Draco no se hubiera atrevido.
— ¿Los niños? ¿Qué pasa con ellos?—preguntó Hermione con confusión.
Esa inmunda serpiente rastrera. Lo encontraría, lo torturaría y lo…
— ¿Qué ellos qué?
El grito de su esposa detuvo todas sus amenazas mentales. Hermione se puso de pie y tomó la blusa del suelo, apretándola contra ella para cubrir su piel expuesta. La mirada envenenada que le echó a Harry le hizo entender que, a pesar de todos sus esfuerzos, sí moriría ese día.
—Gracias por decirme, Ginny… no, tú dile a Luna, por favor… Oh, no te preocupes, te aseguro que lo haré.
Lo que sea que planeaba hacer Hermione, definitivamente lo involucraba a él gritando por clemencia… y no de una manera placentera. Apenas ella colgó el teléfono, Harry se puso de pie y comenzó a caminar de espaldas, alzando las manos cono barreras mientras se alejaba de ella.
—Amor, cielo, puedo explicarlo… te juro que puedo…
— ¡Harry James Potter!
