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Ustedes son los mejores *llora de felicidad mientras les arroja galletas a todos sus lectores*

Me da un poco de pena ponerles este cap en agradecimiento jejeje (el otro nombre de este capítulo es "todo se va a la mierda")

Se acercan días oscuros...

19 páginas y 6,900 palabras para ustedes :D


Capítulo 8. Un gris amanecer

Algunas cosas simplemente no pueden anticiparse, nadie puede predecir cuándo será un mal día. No podemos prever el momento que ocurrirá algo que nos haga sentir miedo, que pueda sacudir el núcleo de nuestro ser y brinde inseguridad de perder todo aquello que sostiene nuestra felicidad.

Y los peores días son aquellos que no lo parecen.

El mundo sería menos cruel si avisara la llegada de esas circunstancias.

Si el cielo tuviera un color triste y grisáceo, si cayera sobre nosotros en la forma de una lluvia rala y fina con una tonada de melancolía en cada diminuta gota. Si el sol desapareciera entre las nubes, como si tampoco quisiera mostrar su rostro y alumbrar la tierra, tener un día de descanso y aislarse de la vista de todos que aprovechan de su calor.

Pero no, los días malos inician con un sol resplandeciente y un cielo despejado. Ligeras nubes de algodón pueden apreciarse a la distancia. El viento hace bailar las hojas de los árboles y las flores muestras orgullosas sus brillantes colores que opacan cualquier otra planta de belleza inferior.

Por eso es cruel, toma por sorpresa a las personas que pensaron que sería solo "otro buen día".

La Legión aún no regresaba.

Ocurrió cuando se acercó al río para calmar su sed. Le había dicho a Marco un "ya regreso, espérame aquí", no quería que lo acompañara, estaba sediento pero también quería usar el baño, definitivamente no había nada que al titán le interesara ver. Ya frente al río, hundió sus manos en el agua para lavarse la cara y llenar su cántaro para el resto de la tarde. Sintió la fresca humedad en su rostro y tenía los ojos cerrados.

Escuchó un ruido.

Los pasos se detuvieron detrás de él, demasiado livianos para ser los de Marco.

Más sonidos a sus espaldas, de dos en dos, no era un animal, era otro humano.

Jean sintió su cuerpo congelarse.

Ser optimista no estaba en su naturaleza, y estaba seguro que ya habrían dicho su nombre si pertenecieran a la Legión.

Se giró para ver a un hombre tras él, cruzado de brazos, mostraba orgulloso el símbolo del unicornio de la Policía Militar.

—Hola, soldado —saludó el hombre.

Jean portaba su uniforme, así que lo habían identificado, no sería sabio mentir.

—La Legión de Reconocimiento tiene jurisdicción sobre este lugar —dijo.

—Solo estábamos patrullando, siempre hacemos…

—No hay que darle explicaciones a este tipo —escupió otro soldado al lado contrario de ellos.

Jean giró su cabeza, había cuatro soldados a su alrededor. Lo tenían rodeado. Automáticamente sus manos buscaron las cuchillas de su equipo de maniobras; antes que las tocara, uno de los tipos le apuntó con su bayoneta.

—Ni siquiera lo pienses, chico.

Mierda.

—Di tu nombre, soldado —preguntó el último.

No tenía otra opción. Si actuaba como si fuera culpable de algo, daría esa misma impresión. No era necesario ponerse nervioso ante la visita de la otra división militar.

—Jean Kirschtein —dijo sin titubear, miró a uno de los soldados escribir su nombre en una pequeña libreta.

—El titán de allá, ¿te obedece? —le preguntaron con cautela.

Pensó por un momento en contestar con un "¿Cuál titán?", pero hacerse el listo no funcionaría en este caso. Debía elegir con cuidado sus palabras, lo sabía muy bien, pero ¿qué podía decir?

—No controlo a los titanes —respondió.

—Esa no fue la pregunta que te hicimos. No quieras pasarte con nosotros, Kirschtein.

Quería correr hacia Marco, decirle que huyera sin mirar atrás. Pensó por un momento en hacerlo, aún si eso significara problemas para él. Sintió que alguien lo tomaba de las muñecas desde atrás.

—¿Qué es esto? —preguntó alarmado, dejó caer el cántaro al suelo—. No he hecho nada ilegal, no pueden arrestarme. —Conocía las leyes, las había estudiado en las tropas de Reclutamiento.

—Te hemos estado observando —comentó el hombre que le colocaba las esposas tras su espalda—. Ese titán te protege, ¿verdad? O tú le das órdenes y él las sigue.

—Estoy diciendo que no controlo a ese titán —negó otra vez, quería maldecir e insultarlo pero se controlaba por contener su furia. Debía pensar con la cabeza fría, por Marco.

Los cuatro soldados se callaron por un momento.

Uno de ellos peinó su propio cabello hacia atrás y dijo con un tono arrogante.

—Alguna reacción lograremos con esto.

Aun si intentara luchar, no podría contra cuatro soldados. Ellos ataron sus manos y lo montaron al caballo del mismo hombre arrogante de antes. El hombre se sentó detrás de él, golpeó al animal con las riendas y lo echó a correr hacia el interior del bosque.

Se dirigían hacia Marco.

Jean se retorció hacia los lados con el fin de desequilibrar la montura y hacerlos caer. El soldado lo tomó por el cuello de su camisa y le susurró al oído.

—¿Quieres una bala en esa cabecita tuya?

—¡Vete al diablo! —le contestó, girando su cabeza para escupirle. Por todo el movimiento de la cabalgada, no apuntó bien a la cara, pero consiguió que le cayera en el hombro al repugnante hombre.

Antes de darse cuenta de que estaba actuando como no debía, sintió un golpe en su cabeza. Quizás el hombre le había dado con su codo, porque dolió y mucho; quiso llevarse las manos al sitio del golpe pero estaban atadas. Jean dejó de retorcerse y se enfocó en mantenerse lúcido. No podía seguir actuando con rebeldía, pero le era difícil contenerse.

Avistó a Marco a lo lejos, y con toda su alma deseó que nada de eso fuera real.

Jean escuchó un disparo a su derecha, movió su cabeza para ver a uno de los soldados disparándole a Marco.

Saben que eso no hará nada, están llamando su atención.

Y el titán los siguió con la mirada, sus ojos se abrieron al darse cuenta de lo que ocurría. Comenzó a levantarse cuando reconoció a Jean, lucía muy asustado.

—¡No vengas! ¡Es una tramp…! —Un nuevo disparo calló su voz.

El titán se había erguido y se acercaba a ellos.

—¡Retirada! —ordenó el hombre que cabalgaba con Jean.

Quieren guiarlo, ¿a dónde?

—¡No! ¡Corre en otra dirección! —gritó con todas sus fuerzas, esperando desesperadamente ser escuchado.

—¡Calla de una puta vez! —El soldado tomó las riendas y las estiró frente a Jean, haló de ellas metiéndolas en su boca para dificultarle el habla. El castaño sintió sus comisuras lacerarse y su cabeza fue forzada hacia atrás, impactando con el pecho del hombre.

¡¿Cómo carajo soportan esto los caballos?!

Sintió en su boca en sabor de su propia sangre.

Escuchó sonidos sordos y potentes tras ellos, Marco estaba persiguiéndolos.

Las riendas seguían en la boca de Jean, y sentía el sabor de las cuerdas en su lengua; sintió ganas de vomitar.

Cabalgaron de esa forma por unos minutos, los demás soldados se separaron del líder. Jean sabía que eso significaba que algo importante estaba por suceder.

Entonces lo vio.

Duró apenas un segundo, fue una visión borrosa a su lado. Sintió como si el tiempo se detuviera al momento de observar los cañones; eran de esos que lanzaban cientos de cables capaces de atravesar la gruesa piel de cualquier titán.

Los sobrepasó y luego escuchó las múltiples explosiones de esos cables salir disparados, Jean aún estaba atrapado con las cuerdas que apenas y lo dejaban respirar. No pudo ver hacia atrás, solamente escuchar un fuerte aullido de impotencia.

El soldado relajó el sostén que tenía sobre Jean y usó las riendas para frenar al caballo. Una vez que dejó de correr, el castaño se arrojó de la bestia, cayó sobre su hombro. Dolió, pero no lo detuvo. Se giró y corrió hacia Marco, lo más rápido que pudo. Se tropezó un par de veces al intentar apresurarse, perdía el equilibrio al no tener sus brazos libres, su hombro dolía, su boca dolía y su cabeza también; pero nada importaba, debía llegar a él.

Y ahí estaba, en cuatro, su piel atravesada en todas partes por esos malditos cables, no podía moverse. Más cables fueron disparados y Marco cayó postrado ante la Policía Militar. ¿Cuándo habían aprendido a capturar titanes?

—No… —susurró Jean dolido, su voz apenas era audible para sí mismo. Verlo de esa manera, incapaz de hacer algo. Se sintió inútil al no poder hacer nada por él, inservible al no poder ayudarlo —. Lo siento tanto...

Marco levantó su mirada, cuando lo vio cerca de él se tranquilizó un poco, pero Jean podía ver el miedo en sus ojos.

—Amigo, saldremos de esto, ¿de acuerdo? El comandante volverá y hablará con ellos, les explicará todo y las cosas volverán a la normalidad. Solo tienes que aguantar un poco más.

—¡Aléjate de él! —gritó un soldado de la Policía Militar.

—Está asustado —explicó Jean intentando excusarse.

El soldado se acercó a él y empujó su hombro.

—¡Que te alejes!

—¿Y qué voy a hacer? ¡Está atado! —atacó Jean.

—Ustedes los soldados de la maldita Legión… —comenzó el soldado líder con todo amenazante—. ¡Deberían aprender un poco de obediencia! —Cuando terminó de gritar le propinó un puñetazo a Jean en el ojo izquierdo.

El castaño retrocedió, y al momento escuchó un rugido muy fuerte.

Se giró para ver con su ojo bueno a Marco, que tenía las palmas sobre el césped y extendía sus brazos para levantarse. Uno por uno, los cables reventaban del estiramiento excesivo, el titán estaba rompiendo con sus ataduras.

Los hombres retrocedieron, unos corrieron de él.

—¡Está liberándose! —gritaron varios soldados al unísono, sus miradas eran de terror.

—¡Marco, no! ¡No lo hagas! —gritó Jean mientras corría hacia él, la dirección contraria de los hombres—. Por favor, no lo empeores. —estaba esposado aún, no podía agitar sus brazos para llamar su atención.

Si querían tener una oportunidad para ser aceptados, si quería demostrar que Marco no era peligroso, que era amigable y gentil con los humanos, no podía mostrar una actitud agresiva. Cualquier cosa que dijeran o que hicieran sería notificada a las autoridades, no debían alimentar cualquier falsa sospecha de que ellos eran sus enemigos. Ante todo, no debía causarles daño a los soldados; asustarlos acabaría por condenar a toda la Legión, no podía ser egoísta ahora.

Marco le puso atención y miró a Jean.

—¿Confías en mí? —le preguntó.

El titán asintió.

—No luches, amigo. Termina de romper esas ataduras y yo les diré que iremos voluntariamente con ellos.

El titán acercó una mano a la cara del humano, tocó con la punta de su dedo la mitad izquierda de su rostro, el ojo que Jean no podía volver a abrir, se inflamaba con los minutos. Estaba seguro que en unas horas se le pondría morado.

—Está bien, no duele tanto —le dijo en voz baja. Por la expresión de Marco, supo que no le creyó.

Los soldados de la Policía Militar estaban boquiabiertos a lo lejos, sus expresiones eran de horror; algunos se habían quedado congelados en el mismo lugar, otros habían huido de ahí. Desde lejos le gritaron a Jean.

—¿Cuáles son tus intenciones? —dijo uno de ellos.

Jean se volteó para hablarles.

—Los acompañaremos a donde quieren llevarnos. No aten al titán, él y yo colaboraremos sin causarles problemas. —Tragó en seco y volvió a hablar—. Tienen mi palabra que estarán a salvo.

Por un momento, nadie dijo nada. El silencio suele ser más ruidoso en esos casos.

—¡De nada nos sirve tu palabra! —exclamó uno después.

—No tenemos otra opción —le contestó el líder del escuadrón—. Bien, Kirschtein. Si intentas algo raro, terminarás muerto —sentenció. Sería casi imposible para ellos acabar con un gigante sin morir primero, Jean era su blanco más factible.

—Marco, no mates a nadie —le pidió Jean. No creía que realmente lo hiciera, pero quería asegurarse que comprendiera que ambos caminaban por una cuerda muy floja. El titán asintió.

Llevaron una plataforma muy larga que normalmente se utilizaba para movilizar provisiones entre las murallas Rose y Sina; era de madera y tenía ruedas debajo de ella. Amarraban caballos en un extremo para que cargaran con los abastecimientos. Debía medir unos doce metros de largo, y unos seis de ancho.

Habían venido preparados.

Le indicaron a Jean lo que tenía que hacer. La plataforma serviría como transporte para Marco, de esa manera podría ser llevado a uno de los campamentos de la Policía Militar sin ser visto por civiles curiosos. Varias mantas se encargarían de cubrirlo y los caballos tirarían de la plataforma hasta su destino.

Jean le explicó todo eso al titán, lentamente mirándolo asentir.

Marco era muy alto para la estructura de madera, tuvo que doblar sus rodillas y agachar su cabeza para caber en ella. Las mantas lo cubrieron.

—Iré con él —les dijo Jean.

Lo miraron extrañados y con desconfianza.

—No lo harás, debo tenerte enfrente si quiero dispararte —contestó el mismo tipo de antes.

No hubo nada más que hacer, si rezongaba en contra de eso nadie lo escucharía; quizás hasta volverían a golpearlo. Lo que él quisiera no importaba para ninguno de ellos. Se despidió de Marco, prometiéndole que lo vería al llegar, que no se iría de ahí sin él, no lo dejaría solo.

—Te veo después —le dijo para tranquilizarlo—. No tengas miedo, ¿de acuerdo? —Quería decir muchas otras cosas pero se sentía observado.

—CUÍ… DATE.

Escuchó jadeos de exclamación.

—Ha-ha-habla… —tartamudeó un soldado mientras señalaba al gigante.

—¿Qué diablos está pasando aquí? —preguntó otro.

—No revelaré información hasta que la Legión de Reconocimiento esté de regreso. Prometí que colaboraría, y eso es lo que estoy haciendo —dijo Jean firmemente.

No quisieron desatarlo, así que lo montaron en el caballo de antes, por delante del líder de escuadrón. Jean comenzó a sentir calambres en sus brazos, y su espalda dolía por el extraño ángulo al que era forzado.

El viaje duró horas.


Cuando por fin llegaron, Jean ya no podía sentir sus manos.

Fue llevado a través de unas puertas oscuras y perdió de vista a los soldados que escoltaban a Marco.

—¿A dónde lo llevan? —La ansiedad comenzó a embargar al castaño.

—Cállate, chico —fue la respuesta que obtuvo—. No me obligues a golpear otra vez esa joven cara que tienes.

Cerró los ojos sintiéndose impotente, estaba tan frustrado. Se repitió a sí mismo que debía tranquilizarse, una y otra vez. No parecía funcionarle.

Alterarme no cambiará nada. No soy un traidor, no debo actuar como si estoy nervioso. No hemos hecho nada malo.

Fue llevado a unas mazmorras donde le quitaron las esposas para encadenarlo en medio de una celda, sus muñecas dolían por el contacto del hierro y su sudor. Las cadenas eran un poco largas, lo suficiente para limitar sus movimientos a las esquinas, en una había una pequeña y dura litera; y en la otra esquina podía usar la fosa séptica para sus necesidades fisiológicas.

Jean se sentó en la cama, le pareció que estaba hecha de ladrillos.

Estaba tan cansado, no sabía la hora que era. No se dio cuenta de cuando se quedó dormido.

Despertó como si acabara de tener una pesadilla, jadeando e intentando controlar su respiración. Recordó dónde estaba y todo lo que había pasado, sintió un nudo en su garganta cuando comprobó que todo había sido real. Miró a su alrededor.

Frente a él había un hombre sentado en una silla de madera, mirándolo desde afuera de la celda con la mano sosteniendo su barbilla. A cada lado de él estaban de pie dos soldados con sus bayonetas, como si estuvieran protegiéndolo. No era un soldado más de la Policía Militar, Jean miró con mayor atención. En medio de su pecho descansaba una corbata de cordón con una piedra color rojo sangre.

—Me conoces —afirmó el hombre cuando notó la mirada del chico sobre él.

—Comandante Nile Dok —fue la respuesta de Jean.

—Y tú eres Jean Kirschtein.

—Si me hubiera unido a la Policía Militar, usted habría sido mi comandante. —Y ahí iba de nuevo, hablando sin pensar. ¿Por qué siempre le pasaba esto? Su cabeza dolía y podía sentir su propio pulso.

—Qué tierno —contestó el mayor sin cambiar su expresión—. Ahora, ¿vas a decirme todo lo que sabes del titán que encontramos contigo?

Jean pensó con cuidado lo siguiente que diría.

—No quiero decir nada hasta que venga el comandante Erwin Smith. —Miró al pelinegro entornar los ojos, así que agregó muy despacio—. Juré proteger a la humanidad y pelear por ella, y eso es lo que haré aun si me cuesta la vida. Es lo que la Legión de Reconocimiento hace. Ninguna de nuestras acciones tiene un objetivo diferente a esos.

—Niño, no me impresionas —le contestó el hombre con una expresión aburrida—. Ya he oído eso antes, y de la boca de traidores.

Jean cerró su boca y apretó sus dientes.

Mantuvo el contacto visual por unos minutos.

El comandante Dok se levantó de la silla y se limpió los pantalones blancos, sin mirar a Jean continuó hablando.

—Supongo que quedarme aquí es una pérdida de valioso tiempo si no vas a decir nada útil —comenzó—. Podríamos torturarte, pero ¿qué caso tiene cuando están otros que pueden respondernos lo que queremos saber? Esperaremos a que venga tu comandante en caballo blanco a rescatarte.

El castaño se mantenía rechinando los dientes, y controlando su lengua para no explotar.

Antes de irse, Dok se acercó a los barrotes de la celda para susurrarle.

—Erwin puede venir y sacarte de aquí, o bien puede tomar tu lugar en esta asquerosa celda —dijo con una sonrisa.

Si estaba haciendo una mala broma o hablaba en serio, Jean no lo supo.


Jean se había mantenido ocupado contando todo a su alrededor. Sabía que le tomaba cinco pasos atravesar su celda para llegar al baño y cinco para regresar a su cama; le tomaba tres llegar hasta la puerta metálica frente a él y otros tres pasos para regresar. Contó los barrotes de su celda, los ladrillos que conformaban los muros que lo aprisionaban, contó los resortes oxidados de la cama debajo de él, visibles a través de las sábanas. No podía dormir y la ansiedad se estaba apoderando de él. Sintió que se volvería loco.

Escuchó un sonido agudo que se coló entre los muros, se repitió unas cuantas veces, parecía un aullido.

—Kirschtein —lo llamó un soldado que se acercó a su celda—. Vendrás con nosotros.

No le estaban haciendo una pregunta, así que no dijo nada. Se limitó a ver cómo le quitaban las cadenas y caminó cuando lo guiaron por los pasillos. Lo llevaron a un salón muy grande y ahí lo vio: acostado en el suelo, atado con cables que atravesaban su piel; una vez más atrapado sin la libertad para moverse.

—¡Les dije que colaboraríamos! —le gritó a los hombres que lo habían llevado ahí.

—Está insoportable, los soldados tienen que cubrir sus oídos por los ruidos que hace. Haz algo —le ordenó el que lo había sacado de su celda.

—¡Suéltenlo entonces! —le respondió Jean. Estaba harto de esto, no soportaba ver a Marco sufrir más.

—Tú no me das órdenes —gruñó el hombre—. Ahora, vas a callar a este monstruo o te silenciamos a ti para siempre.

Otra amenaza, Jean se estaba acostumbrando.

No iba a pelear cuando sabía que no tenía posibilidades de ganar, se dio la vuelta y corrió hacia Marco.

—Ey, aquí estoy —le dijo en voz suave al ponerse frente a su cara, como el otro no podía moverse se aseguró de que lo viera—. Estos imbéciles están molestos porque haces ruido.

—JEAN… —dijo el titán y se tranquilizó visiblemente.

—Aquí estoy —repitió en el tono más dulce que pudo hacer, dadas las circunstancias—. ¿Estabas preocupado?

—SII…

Así que Marco había estado llamándolo todo este tiempo, asustado al ser llamado monstruo por los tipos que lo habían encarcelado.

—Te dije que me quedaría contigo, ¿no? —le recordó, se dedicó a darle pequeñas caricias en la punta de la nariz—. No te dejaré solo, no me creas tan malo —dijo y se acercó más a él, asegurándose que lo mirara a los ojos—. Estoy contigo, Marco.

Y era cierto, todo a su alrededor pareció desvanecerse. Solo quedaban ellos dos y nadie más. Utilizó sus manos para acariciarlo y topó sus labios en la frente del gigante.

—Voy a protegerte, te lo prometo.

Se alejó para no ser quemado por el calor del titán.

La mano de Marco se movió y la hundió en el cemento sin dificultad.

"TE A..."

—Está bien, sé lo que quieres decir —susurró para interrumpirlo, sabía que si el titán se movía demasiado, los estúpidos soldados podrían pensar que estaba intentando escapar. Debían portarse bien.

Jean quiso responderle, de verdad que lo hizo. Pero no quería que la primera vez que lo dijera comenzara con un "yo también"; era un pensamiento infantil, pero le pareció que sería de mal gusto. Marco merecía algo mejor que eso.

—Te lo diré cuando salgamos de aquí. —No supo si Marco entendió a lo que se refería, pero un calabozo donde ambos eran prisioneros no parecía el lugar idóneo para revelarle sus sentimientos. Se sintió culpable por no haberlo hecho antes; aunque el pensamiento de volver a ver la luz del sol para decirle como se sentía, traía una pequeña luz de esperanza.

—Kirschtein —su burbuja de irrealidad fue explotada por la voz de la Policía Militar.

Jean se dio la vuelta y notó que el hombre lo miraba con una expresión rara. Se preguntó por un segundo qué tanto de su conversación con Marco había escuchado. Acompañó a los hombres de regreso a su celda y se despidió de su amigo con la mirada.


Se preguntó si había sido un error no decirle lo que sentía.

En una celda de la Policía Militar, donde el tiempo parecía detenerse, Jean tuvo mucho tiempo para pensar.

Recordó haber conocido a un chico pecoso en las tropas de reclutamiento, que se acercó a él y se presentó como Marco Bodt. Jean no había tenido interés en decirle su propio nombre, no cuando Keith Shadis le había obligado a él y a otros más a decirlo frente a todo el ciclo ciento cuatro, para después intimidarlos y avergonzarlos sin la menor provocación.

"Eso fue muy informal. No quiero que sea así como aprenda el nombre de los demás" le había dicho el chico de las pecas. Jean pensó que era un tipo extraño, pero igual le dijo como se llamaba, resignado.

"Es un placer conocerte, Jean Kirschtein".

Poco a poco comenzó a charlar con él, a conocerlo mejor. Se enteró que vivía solo con su madre y su hermanita menor, le dijo que los extrañaba mucho pero que sabía que estaba ahí para hacer cosas importantes. Bodt quería unirse a la Policía Militar, Jean también quería hacerlo, pero por razones diferentes y menos altruistas.

Cuando conoció a Marco le pareció que era una persona fácil de pisotear y nada interesante. Su única competencia en la categoría de bondad era Christa Lenz, e iban empatados. "San Marco" y "Santa Christa", esos debieron ser sus nombres. No eran la clase de personas que llamaran su atención.

Luego miró un poco mejor y se sorprendió de lo que descubrió.

En una ocasión, Sasha Braus estaba preguntándole a todos los reclutas si tenían comida que les había sobrado. Eso era imposible, apenas les daban alimento suficiente para tener energía y soportar el esfuerzo que sus músculos hacían diariamente. Nadie le iba a dar de su cena, o eso fue lo que él pensó.

"A mí me sobró un poco de sopa" le había dicho el pecoso a la chica patata. Jean había quedado boquiabierto por unos segundos, pero no dijo nada y solo miró la escena.

Sasha agradeció con lágrimas en sus ojos y devoró la comida como si alguien se la fuera a quitar.

Jean tenía su mejilla apoyada en una mano y observó a Bodt. Era un tipo alto y con una buena capa muscular, alguien de ese tamaño necesitaba comer más que el resto; no podía regalar su comida a otros tan fácilmente.

Aún le faltaba un poco para terminar de comer, así que extendió su plato a su amigo. Él lo miró extrañado.

"Aún estamos en crecimiento y eres un tipo grande. No seas tan irresponsable" le dijo Jean, estaba seguro que el otro debía ser un tonto si no pensaba en sí mismo de vez en cuando. Lo hacía preocuparse por él cuando solo debía verlo como su competencia, igual que al resto de sus compañeros.

El pecoso aceptó los vegetales y usó su tenedor para comer. Cuando tragó el último bocado, le dijo.

"Tal vez no lo parezcas a simple vista, pero eres una muy buena persona".

Nadie le había dicho eso nunca, esa fue la primera vez.

Aun así, no terminó de confiar en Marco Bodt.

Hablaba con él, preguntándose si realmente era tan bueno como aparentaba. Dudaba de eso cada vez que conversaban.

Jean todo el tiempo vistió sus defectos a la luz del sol, aunque intentara contenerlos, estos salían de él como una fuente grande e impetuosa.

Bodt no era así.

La cercanía a él le hizo darse cuenta que el chico de las pecas guardaba sus defectos en la oscuridad, solamente cerca de él mismo, lejos de cualquier par de ojos curiosos.

Daba de su comida a los demás porque eso sería lo que su madre haría si estuviera ahí, se esforzaba en dar una buena impresión a las personas a su alrededor para que pensaran que él valía la pena como soldado y amigo. Estaba pendiente de ser agradable y amable todo el tiempo, no creía en las peleas y cedía fácilmente cuando alguien buscaba luchar contra él. Obedecía a los superiores con una sonrisa y hacía cualquier cosa que le ordenaran sin protestar.

"No vienes aquí a impresionar a nadie" le dijo en una ocasión Jean cuando estuvo solo con él, una noche que el sueño no les ayudaba a dormir a ninguno de los dos.

"Te equivocas" le contestó. "Si queremos entrar en la Policía Militar y que otros se fijen en nosotros, debemos dar una buena impresión".

"No me importa lo que piensen de mí, mientras sea hábil en lo que hago" había dicho Jean, ese era su objetivo: ser el mejor.

"Eso es fácil para ti decirlo, no todos somos tan buenos y rápidos" Marco lució irritado cuando dijo eso. Era extraño ver el entrecejo fruncido en el par de ojos oscuros.

"¿No te cansas de fingir?" fue la pregunta que le hizo esa noche, su amigo no le contestó.

Al día siguiente, al finalizar el entrenamiento Marco lo tomó de la mano y lo llevó hacia un lado de la cabaña donde dormían, sin decirle nada lo guió y lo presionó contra la pared. Se le acercó al rostro para hablarle muy rápido.

"No finjo cuando hago cosas por otros, ¿nunca te has puesto a pensar que la gente normal no es tan egoísta como tú?" no le gritó, pero claramente el chico de pecas estaba molesto.

"La gente tampoco es tan buena" fue su objeción.

"A veces eres un idiota".

Ante eso, Jean abrió los ojos y sonrió.

"No sabía que podías insultar".

"No voy a darte el gusto de pelear contigo" le contestó el otro.

"Hazlo, sé que me lo merezco". No sabía por qué estaba presionando los botones de su amigo, pero no podía parar.

El pecoso golpeó la pared con su puño en exasperación. No era una persona agresiva así que no se enfrentaría físicamente a él. Solo se quedó ahí respirando y controlándose.

"No quiero causarle problemas a mi madre" dijo en un susurro cansado.

Toda su vida Marco había actuado como el único hombre en el hogar del que venía, su madre había trabajado mucho para mantenerlo a él y a su hermana menor; y ahora ella lucía mucho mayor para la edad que tenía. En agradecimiento a su abnegación, él siempre fue el hijo bueno, no necesitó disciplina ni castigos, con su comportamiento quiso corresponder lo que ella había hecho por sus hijos. Pero a veces sacrificarse por otros lo dejaba exhausto, poner a los demás por delante de él lo cansaba. Y él pensaba que eso estaba mal, creía que ser bueno significaba priorizar a los demás y quitarse valor a sí mismo.

Jean iba a presionar un botón más, iba a preguntarle por algún complejo de Edipo que el chico pudiera tener, pero en su lugar Marco gritó.

"¡Mierda, una araña!"

Jean se giró para ver al arácnido correr y esconderse, en ese lado del campamento había más insectos que personas. Se rio muy fuerte.

"¿Dices palabrotas?"

"¡No! Yo… es solo que… pues, odio las arañas" el chico desvió la mirada, debajo de las pecas, podía ver el color oscuro de su sonrojo.

"Marco, conmigo puedes decir lo que quieras. No te limites" le dijo, y le dio una palmada en el hombro.

Esa noche, cuando todos estaban dormidos, Marco lo agitó en su cama para despertarlo.

"Jean, gracias por ser como eres".

Fueron unas palabras extrañas. Bodt no lo había dicho para parecer una buena persona, ni para hacerlo sentirse bien consigo mismo. Lo había dicho con sinceridad, ya que con él no tenía que trabajar para causarle una buena impresión. Jean había visto a través de él, y no le había resultado difícil.

Aun así, nadie lo superaba a él. Marco era la mejor persona que había conocido jamás; el solo hecho de esforzarse para ser un buen ejemplo lo demostraba. Marco amaba a su madre y hermana lo suficiente como para nunca haber sido un chico problemático. Se había unido a las Tropas de Reclutamiento para hacer una diferencia, y era capaz de dar la vida por personas que juntas no formaban ni la mitad de lo que él valía. Y quizás él no lo sabía.

Jean siempre pensó que la chica que su mejor amigo decidiera amar sería la persona más afortunada del mundo… y lo había elegido a él entre cualquiera, ¿por qué? Jean no tenía ni idea.

El dolor de perderlo lo hundió a una profundidad inmensurable, ajena a cualquier angustia que hubiera sentido antes. Hubiera preferido que cien soldados perdieran la vida, todos menos él. Supo de la muerte de Thomas, de Mina y de otros chicos con los que muchas veces entrenó, que tenían sueños con su futuro y vida, que murieron antes de empezar a vivir. Sintió pena por esas muertes, tristemente guardó luto por sus compañeros; pero no lloró por ellos ni cerca de como lo hizo por Marco. Nada se comparó a ver los restos del cadáver de su mejor amigo yaciendo en el suelo, con la mirada perdida y la mitad de su rostro faltando. Fue una imagen desastrosa que jamás olvidaría, aún aparecía en sus pesadillas.

Amaba a Marco.

No estaba seguro de la diferencia entre los tipos de amor que existían. Solo sabía que Marco era la persona más importante para él, y lo extrañó demasiado esos meses que no lo tuvo, que no pudo verlo y saludarlo como solía hacerlo cada día.

Vio a Hannah después de la muerte de Franz, fue testigo de cómo la depresión la envolvió como un cruel capullo. Entonces decidió que no habría campo para el amor para un soldado como él, y se dispuso hacer algo no egoísta como elegir la división militar donde marcaría una diferencia. No volvería a sufrir la pérdida de un ser querido, tampoco lastimaría con su muerte a alguien que lo amara a él. No le deseaba eso a nadie más.

Pero fue un mal plan, destinado a fallar desde el momento en el que hizo amigos.

Se encariñó de todos ellos, y ahora no podía dormir preguntándose si estarían bien.

Y se enamoró de Marco. El chico extraño de las pecas que se convirtió en su mejor amigo. El tipo que lo había aceptado por lo que Jean era, que nunca le había pedido o exigido que cambiara. El muchacho que había logrado liberarse con él, que en ocasiones podía pensar en él mismo antes que en los demás, y eso estaba bien para Jean. Marco era bueno porque así era su naturaleza, y era mejor porque era lo suficientemente modesto como para creer que se esforzaba para serlo.

Cuando él se enojaba y había estado a punto de cometer una estupidez, era el otro quien lo calmaba; simplemente lo conocía mejor que nadie. Le encantaba tener a alguien con una personalidad completamente opuesta a la suya, se complementaban perfectamente. Marco lo hacía una mejor persona, sus inseguridades se esfumaban cuando se apoyaba en él como si fuera una roca inmovible.

No tenía otra opción más que amarlo, siempre lo había hecho. Con sus numerosas virtudes y esos defectos que no muchas personas conocían. No era un chico perfecto, tampoco era un santo; era normal, una agradable y divertida persona que a veces se olvidaba de complacerse a sí mismo por convencer a otros de que él valía la pena. Antes lo amó como amigo, pero los sentimientos cambian, evolucionan a algo más fuerte, tanto que hace que el pecho se sienta muy pequeño en comparación. Maldijo el tiempo que tardó en darse cuenta.

Se lo diría, todo eso. Saldrían de ahí y le diría esas dos palabras que apenas envolvían lo que sentía por él.

Se hizo esa promesa, ninguno de los dos partiría de este mundo antes de que le pudiera decir que lo amaba.


Jean estaba acurrucado en la cama, tenía el rostro cubierto por sus brazos; no había otro ruido aparte de su propia respiración. Sus inspiraciones y espiraciones eran los únicos sonidos que llenaban su celda. Intentaba no pensar en nada más que eso, y fallaba miserablemente.

Preocupación, miedo y enojo eran los sentimientos que predominaban en él. No podía hacer nada para huir de ellos.

Escuchó una puerta metálica abrirse y levantó la mirada. Quizás le traían la comida del día que le correspondía.

—¿Jean…? —escuchó la familiar voz llamarlo.

—¡Comandante! —dijo con mayor emoción de la necesaria. Jamás se había alegrado tanto de ver al rubio, hasta tenía ganas de abrazarlo. Se levantó y torpemente caminó hacia él, luego hizo el saludo militar.

El líder colocó ambas manos en los hombros del castaño, le instó a que se calmara. ¿Qué pinta tenía Jean para necesitar tranquilizarse?

—Estamos de regreso, Jean. Nos haremos cargo de todo. ¿Tienes idea de dónde está Marco? —le preguntó.

—Más o menos —admitió—, está rodeado de muros para impedir que le dé la luz del sol, y lo han atravesado con cables que lo anclan al suelo de cemento para que no se mueva.

Alguien que estaba detrás de Erwin se acercó a Jean y lo tomó de las manos.

—Has sido muy valiente, cuidaste muy bien de Marco —felicitó Hanji, él se sintió extrañado por las palabras—. Nos han dicho que no hubo rebeldía o problemas por tu parte, y eso apoya mucho a nuestra causa. Recuerda Jean, que no somos enemigos de la humanidad.

Esas palabras eran las que se había repetido mentalmente una y otra vez, era un alivio que todo el autocontrol que difícilmente pudo lograr había servido para algo bueno al final.

Al otro lado de él se acercó el sargento Levi.

—Apestas, Kirschtein. Ven conmigo, necesitas un baño después de dos días aquí.

¿Ese era el tiempo que había pasado encerrado? Jean estaba seguro que era más, lo había sentido eterno. La luz no era visible y nunca tuvo idea cuando era día o noche.

Cuando salió de su celda miró a los soldados de la Policía Militar que lo observaban, murmuraban entre ellos algo ininteligible.

—No puedo dejar a Marco —les dijo a sus líderes. Hanji lo miró con algo parecido a simpatía.

—Jean, no puedes ayudarlo desde aquí; ninguno de nosotros podría.

—¿Qué harás aquí de todas formas? —Preguntó Levi, lucía irritado—. Estar encerrado y encadenado no te da la oportunidad de hacer algo por nadie. Solo les quitarás comida a estos cerdos, que es un punto positivo pero al final no vale nada. Esa actitud no nos sirve a nosotros ni a tu amigo. Madura de una vez y haz tu trabajo.

El sargento siempre había sido un hombre franco y práctico con sus palabras.

—Ven con nosotros —dijo Erwin, era una orden que sonó como una sugerencia—. Vamos a hablar sobre las medidas que tomará la Legión de Reconocimiento, sé que querrás estar presente.

Parecía que lo estaba intentando convencer, pero Jean sabía que no le estaba permitida otra opción. Aun así asintió, como si fuera necesario estar de acuerdo para obedecer.

Cuando salió vio la luz del sol sobre él, que ya había pasado su punto más alto sobre el cielo y pronto iniciaría la tarde para dar fin a ese día.

Una persona corrió hacia él y se puso enfrente, estaba muy agitada y su coleta se movía de lado a lado cuando hablaba con avidez.

—¡Jean! ¿Cómo está Marco? ¿Está bien? ¿Tú estás bien? Cuando llegamos no los vimos y nos preocupamos. ¿Tienes hambre? Traje un poco de comida, no me imagino cuánto tiempo estuviste ahí sin comer —dijo Sasha mientras sacaba un pan de un saco que cargaba, para metérselo en la boca y casi hacerlo atragantarse con él.

Jean quiso hablar, quiso preguntarle por los demás pero no pudo. Abrió sus ojos y apartó las manos de la chica de su boca, para masticar y tragar todo ese gran bocado. Mientras tanto, ella siguió haciendo preguntas.

—Sasha, dale un respiro —intervino Mikasa, que detuvo las manos de la otra chica, que ya estaban listas para atacar al castaño con más pan—. ¿Estás bien?

—Mikasa —reconoció Jean. Ella estaba viva y Sasha también, giró su cabeza en múltiples direcciones para buscar al resto de los chicos.

—Te ves horrible —escuchó a Eren comentar a su lado, se volteó para verlo. Sonrió al comprobar que estaba bien, aunque fuera ese idiota.

Pero antes de poder hablar con todos ellos, debía buscar a cada uno. Quería comprobar que habían regresado en una sola pieza.

—Deberías descansar un poco —le sugirió Armin mientras se acercaba al pequeño grupo que se había formado.

En lugar de contestar, Jean le puso la mano en el hombro y le sonrió. Lo miró por unos segundos, y luego continuó buscando a los que faltaban.

—¿Y Connie? —preguntó.

—¡Yo! —escuchó el grito del chico sin cabello. Connie se acercó a él y le dio una palmada en el hombro—. Ha sido el infierno aquí, ¿verdad? —inquirió con preocupación.

—Las misiones tampoco son pan comido —le contestó Jean mientras señalaba una laceración que tenía su amigo en la sien. No se imaginaba por lo que sus compañeros habían pasado estos cuatro días.

—Come más pan —ofreció Sasha al escuchar esa palabra.

A pesar de volverse a ver y actuar amigables, hacer ligeras bromas y sonreír, algo había cambiado. Todos estaban tensos, preocupados por su otro amigo que era un titán, que había sido capturado y encerrado lejos de ellos. No era el ambiente de siempre, la ansiedad los rodeaba en un abrazo invisible.

Jean los contó y se dio cuenta que faltaba alguien.

—¿Dónde está Historia?

La calma momentánea que acababa de experimentar se esfumó en menos de un segundo.

—¡Jean! —escuchó la exclamación de la fina voz femenina.

La rubia iba con la cabellera húmeda y usando una toalla para secarse. Se apresuró en llegar hacia ellos.

—Lo siento, fui a mojar mi cara. No soportaba el calor —se disculpó con vergüenza.

—La saliva de titán es terrible, sientes que te estas quemando. Ya me ha pasado —comentó Armin, a manera de explicar lo que Historia decía.

—¿Casi te comen? —le preguntó Jean.

—Estoy bien, ahora. Pero estuve muy asustada —le respondió la chica con sinceridad.

—Así que todos regresaron vivos. —Fue más un comentario que una pregunta por su parte.

Los chicos evadieron su mirada, desviaron sus ojos al suelo, a un lado, y a cualquier parte menos a él.

—Hubo faltas, Jean —dijo Eren suavemente.

—Fuimos afortunados —completó Connie.

Claro, eso siempre iba a ocurrir. Nunca estaban a salvo de los titanes, ni fuera del muro ni dentro de él.

—Jean, cuando regresamos y nos dimos cuenta de lo que había pasado contigo y Marco nos preocupamos mucho. —Historia cambió el tema, la conversación ahora giraba en torno a él. Todos asintieron y comenzaron a preguntarle por Marco, por lo que había sucedido y si estaban bien o no.

Jean les respondió, todo lo que le preguntaron. Se tomó su tiempo y explicó con detalles cuando vieron a la Policía Militar, cuando fueron capturados, él y Marco. También la manera en la que su amigo se encontraba detenido con cientos de cables atravesándole el cuerpo. Y por último, cuando el comandante Nile Dok se acercó a su celda.

Eren estaba callado, sus ojos lucían sombríos.

—Lo conoces, ¿verdad? —le preguntó al chico. Eren solo se limitó a asentir, su ceño no estaba fruncido como siempre. Él sabía la clase de hombre que era Nile y la clase de decisiones que tomaba.

Esas no eran buenas noticias para Marco.

Jean se alejó de ellos y les dijo que debía irse para hablar con Erwin Smith. No tenía idea de cómo iban a salir de este embrollo, pero el comandante era la persona en quien caía toda la carga de idear un plan que significara un futuro para Marco.


Una linda personita me hizo un bello dibujito... :D Muchísimas gracias, linda. No debiste. :')

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¿Quieres regalarme otro review? Me alegrarás mucho el día. Aunque me digas que me odias, o que compartes mis raros headcanons... simplemente saber de ustedes a través de unos cuantos párrafos significa mucho para mí.

Así como yo les digo como me siento cuando escribo, también me encanta saber como se sienten ustedes al leerlo.