Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es GeekChic12, yo sólo traduzco.

Gracias a mi maravillosa Isa por la corrección del capítulo.


Capítulo 9: Bubis y Enchiladas

—Entonces… eres mi jodido novio —susurro, inclinándome para juntar mi frente con la suya.

—Sí —susurra en respuesta Edward.

—¿Eso significa que ya puedo besarte?

—Sí.

Cerrando la distancia entre nuestras bocas, nuestros cálidos alientos se mezclan juntos en el aire frío, y quiero poder recordar este momento para siempre. Mis labios se encuentran con los suyos, suave y lento, y una vez más su mandíbula actúa como imán con mis manos. Sus grandes manos se posan en mis muslos y me queman a través de la mezclilla. Le saco suaves gemidos al jugar y acariciar sus labios con mi lengua, pero no empujo para entrar. Sé que no tiene experiencia.

Quiero educarlo.

Aunque iré tan lento como él lo necesite.

—Eres muy buena en esto —dice luego de separarnos para recuperar el aliento.

Me río.

—Gracias. Escucha, lamento lo del beso de antes. Quiero decir, no me arrepiento del beso en sí mismo porque llevaba una eternidad queriendo hacer eso, pero lamento que te haya molestado, y…

—Yo sólo lamento que no haya sido mi primer beso —dice, y nunca antes me había sentido tan feliz en mi vida por ser interrumpida.

En esta ocasión él lo inicia, acercándose para besarme más. Sus manos aprietan rítmicamente mis muslos.

—Puedes tocarme, Edward.

—¿En tus pechos?

—Sí —respondo riéndome—. Puedes tocarme donde quieras.

Nunca le diría eso a cualquier chico, pero la idea de que este chico me toque me tiene ardiendo y palpitando con deseo.

Edward estira sus largas piernas y yo pongo las mías debajo de mí para darle espacio. Moviéndome hacia adelante con las rodillas, tomo su mano y la pongo sobre mi pecho.

—Oh, vaya. No se siente para nada como una bolsa de arena.

Me suelto riendo.

—Sí, no es muy parecido. En definitiva, Steve Carrell se equivocó con eso.

Lo aprieta y juega, y su otra mano se dirige a mi otro pecho.

—Voy a tocar mucho estos, Bella, para que lo sepas.

Se me escapa un gemido cuando sus pulgares rozan mis pezones.

—Con confianza, cariño.


Luego de que Edward disfrutara un poco de acción con las bubis y después de que yo metí la lengua en su boca, hablamos para conocernos un poco más. Me hace preguntas como si estuviera usando una lista en su mente. Aprendemos los cumpleaños y las canciones favoritas del otro. Descubro que él ya tiene dieciocho y que cumplirá diecinueve un día después de Navidad. Lo retrasaron en el jardín de niños porque su dificultad para comunicarse fue confundida con problemas de aprendizaje.

—¿Entonces ya tenías dieciocho cuando esa pu-quiero decir, Chelsea, te tomo las fotos?

—Sí.

—Maldición. Me preguntaba por qué el estado no presento cargos contra ella, pero no sabía si era algo automático o no.

Edward se encoge de hombros.

—No sé. Intento no pensar mucho en eso.

Sentada a su lado, me recargo en su hombro y le doy un apretón a su mano.

—Lo comprendo.

Me cuenta sobre su hermano mayor, Jasper, que va a UDub. Me hace más preguntas, hay unas en las que sí tengo que pensar de verdad, por ejemplo, cuál es mi flor favorita. Nadie me había preguntado eso antes.

Luego de unos besos más castos, finalmente decidimos regresar a la casa. Pronto se meterá el sol y estamos muy metidos en el bosque.

Esme nos sonríe cuando entramos tomados de la mano, y veo por mi visión periférica que le asiente, de manera no muy sutil, a Edward.

—Bella, ¿quieres quedarte a cenar? Voy a hacer enchiladas.

—Oh, claro. Gracias. Sólo le mandaré un mensaje a mi mamá para avisarle. —Me acerco al lugar donde dejé mi bolsa cuando llegué y veo que Edward se acerca a su mamá en la cocina. Hablan en voz baja entre ellos por un momento, y luego ella se pone de puntillas para abrazarlo. La deja colgarse de su cuello y susurrarle algo en el oído, mientras él le soba de manera ligera la espalda; es lo más lindo del mundo.

A mamá le parece bien que me quede a cenar. Al parecer, conoció a Esme el mes pasado en Thriftway y piensa que es encantadora. Supongo que no hablaron de sus hijos porque no se dio cuenta de que Esme era la mamá de mi chico guapo de la pista de patinaje.

Es un mundo pequeño.

Bueno, más bien pueblo pequeño.

La puerta de enfrente se abre cuando estoy metiendo el celular de regreso en la bolsa.

—Es, ¿de quién es ese cacharro oxidado que está en el camino...? —El hombre rubio se detiene de golpe cuando me ve tapándome la boca con una mano intentando contener la risa—. Oh. Hola. —Sonríe—. Perdón. ¿Tu cacharro oxidado?

Asiento sonriéndole y alzando mi mano a modo de saludo.

—Hola. Soy Bella.

Agranda los ojos ligeramente.

—Ohhhh. Oh. Bella. Bien. Hola. Soy el papá de Edward. Carlisle. Gusto en conocerte —dice asintiendo.

Oh, Dios. Es casi tan lindo como Edward.

—Gusto en conocerlo también.

—¿Eso qué huelo son enchiladas?

Asintió, y sigo riéndome un poco.

—Ahh, las favoritas de Edward. Tiene sentido. ¿Vas a quedarte?

—¿Carlisle? —dice Esme apareciendo por la esquina de la cocina limpiándose las manos en un trapo—. Hola cariño. ¿Cómo estuvo la tarde? ¿La oficina sobrevivió sin mí?

Es entonces cuando me doy cuenta de que trastorné el día entero de esta familia, y la culpa que antes había reemplazado con determinación regresa de golpe, llenándome hasta el tope.

—Oh. Sí, todo bien. No te preocupes —le responde—. ¿Edward está bien? —Me ve brevemente, no creo que fuera su intención hacerlo, pero aún así se siente como un golpe en el estómago.

Esme sonríe y me relajo un poco.

—Sí. Está perfecto. Me está ayudando con la cena.

—Oh —interrumpo—. ¿Hay algo que yo pueda hacer para ayudar? Soy un poco desastrosa en la cocina, pero me encantaría ayudar si puedo.

—Por supuesto que sí, cariño. Estaba a punto de preparar un pico de gallo*. Te enseñaré qué debes hacer.

Carlisle me sonríe y la culpa se va dejando un cálido alivio. No puedo soportar el pensar que no les agrado a los papás de Edward.

Cuando entro en la cocina veo a Edward tarareando felizmente mientras hace enchiladas y menea la salsa, me encanta aprender todas estas cosas nuevas de él. Poniéndome a su lado, le pregunto:

—¿Te gusta cocinar?

Agacha la cabeza mientras rocía una tortilla con queso rallado, agregándole después pollo desmenuzado.

—Sí.

—Me ha ayudado desde que tenía cinco años —dice Esme, entrando de nuevo a la cocina y dirigiéndose al refrigerador para sacar los ingredientes del pico de gallo—. Aquí tienes, Bella. Sólo corta en cuadritos esto, y te diré qué hacer a partir de allí, ¿de acuerdo? —Me da un cuchillo y paso saliva.

—Um. Bien. Un gran cuchillo terrorífico. No hay problema.

Se ríe entre dientes.

—Sólo aleja los dedos y estarás bien.

—De acuerdo. No cortarme los dedos. Entendido.

Edward deja de menear en la estufa y me mira con los ojos llenos de miedo. Justo entonces Esme se ríe de nuevo y él la mira, su preocupación también se disuelve en risas.

Le frunzo el ceño jugando.

—Ya está bien, Risitas. Es suficiente. Tú tienes el trabajo fácil allí.

Sus mejillas se sonrojan y dice:

—No pretendía hacerte enojar. Podemos cambiar de puestos si quieres.

—Oh, Edward. Sólo estaba jugando. No me hiciste enojar. Y estaré bien. Probablemente arruinaré la salsa y luego tendríamos que ordenar pizza, y… no. Estaré bien. —Agito el cuchillo hacia él para demostrarle qué tan bien estoy, y éste se me resbala de las manos, cayendo sobre la tabla para cortar con un golpe seco, mandando a volar los vegetales—. Oh, jo-quiero decir, oops.

—De acuerdo, ¿por qué no vas a poner la mesa, Bella? —dice Esme, alejándome de la tabla para cortar y el cuchillo de la muerte.

—Bien. Lo siento. Desastre, ¿recuerdan? —le sonrío con timidez.

—No pasa nada. Te mostraré dónde está todo.


Luego de una cena deliciosa donde Edward y yo nos sonrojamos y nos sonreímos el uno al otro mientras Carlisle y Esme pretendían no darse cuenta, Edward me acompaña a mi camioneta.

—¿Te veré mañana en el almuerzo? —le pregunto.

—Sí.

Suspiro mientras sus dedos juegan con los míos.

—Te extrañaré.

—Yo también te extrañaré, Bella. ¿Puedo besarte de nuevo?

—Por favor, hazlo.

Sus labios bajan a los míos, y es dulce, suave, es él. Un día espero abrir un lado más salvaje de él, pero por ahora esto es perfecto.

Suspirando de nuevo, finalmente me alejo para subirme a mi camioneta. Nuestras manos siguen entrelazadas, y dejo que mis brazos se estiren todo lo posible antes de soltarlo.

—¿Tienes tu celular en el bolsillo?

—Sí —responde sacándolo.

—Supongo que ya que eres mi jodido novio, probablemente deberíamos tener el número del otro. —Le guiño y él asiente con una sonrisa.

—Definitivamente. Sí.


*Los picos de gallo son un acompañamiento habitual de muchos platillos mexicanos. La variedad más común de esta ensalada es una mezcla de tomate, cebolla y chiles jalapeños picados, cuyos colores corresponden a los colores de la bandera de México, por lo cual también se le llama ensalada mexicana o ensalada bandera.


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