Adolecer
Pocas veces he visto a Peeta con una mirada desquiciada en sus ojos, y mayormente tales situaciones se dieron mientras estaba bajo el dominio del veneno de restrevispulas. Hoy, sin embargo, su semblante conlleva tal mirada y debo esforzarme por mantener la compostura y ahogar las carcajadas que insisten en salir de mis labios.
-¿¡QUÉ TÚ, QUÉ!? –Grita con molestia e incredulidad. Nuestra hermosa hija, de dieciséis años, lo contempla como si estuviese reaccionando de forma incoherente. Mi princesa se dispone a responderle.
-Que tengo…
-¡NO TE ATREVAS A REPETIRLO! – Exclama mi chico del pan mientras se pasa una mano por los cabellos rubio ceniza, un tanto encanecidos, y camina de un lado a otro en la poca distancia que le permite el pasillo.
-¿Y por qué no?- pregunta ella con el ceño fruncido, desafiante y dispuesta a todo.- ¡Ni que hubiese revivido a Snow, papá!- alega con fuerza. Su posición y firmeza no le pasan por desapercibidas a mi diente de león, son las mismas posturas que me caracterizan y que tanto le han hecho renegar en mi tiempo de juventud. Por lo visto no he logrado que ganase el carácter de su padre en lugar del mío…- ¡Tengo novio!- pronuncia elevando su voz y las pupilas de Peeta se entierran en ella como si fuesen dos cuchillas afiladas dispuestas a destrozarlo todo- ¿Cual es el problema? – Inquiere indignada- Mamá y tú iniciaron su relación a mi edad- gruñe.
-No metas a nuestra relación en esto.- espeta con rudeza mi esposo, haciendo que su flequillo se sacuda con vehemencia en el acto- Bien sabes que las circunstancias eran muy diferentes para nosotros en ese entonces.- Nuestra hija rueda los ojos y cruza sus brazos como si estuviese limitándose a tolerar esa conversación. Mi diente de león me lanza una mirada severa. Es idéntica a mí.
En su infancia, la niña, fue una copia idéntica de su padre en cuanto a personalidad concierne. Su dulzura carecía de límites y la bella imagen que representaba su carita se asemejaba mucho a la que poseíamos Prim y yo cuando mi progenitor aún vivía. Los hoyuelos en su sonrisa fueron desapareciendo conforme pasaba el tiempo. No porque los hubiese perdido, sino porque dejó de sonreír bastante. Empezó a fruncir el ceño a menudo y dejó de ponerle tanta atención al niño y sus juegos. Antes eran compañeros inseparables, a pesar de la diferencia de géneros, fue un cambio brusco para él también. De hecho nos impactó a todos más que a ella. Poco a poco fuimos amoldándonos a su nueva personalidad y ella igual. Las oportunidades en las que se la veía simpática o risueña se limitaban a las tardes con sus amigas o a los instantes en los cuales se hallaba sumida en una de esas novelas de literatura romántica antigua que siempre, hasta el día de hoy, le regalaba Effie. Comenzaron las cartitas secretas en los buzones y las canciones de ritmos abominables que espantaban a los sinsajos de mi ventana. El niño se desilusionó mucho cuando vio que las aves no volvían. Se molestó tanto que, una tarde, mientras mi hija se hallaba en el parque con sus amigas, le destruyó el reproductor de sonido hasta reducirlo a cenizas. Literalmente. Lo incendió en el parque. Fue la primera verdadera pelea entre hermanos que presenciamos con Peeta y no fue nada agradable. El dolor regresa a mi corazón siempre que recuerdo el modo en que, mi pequeño rubiecito, buscaba golpear a su hermana, a penas si podía contenerlo. Por parte de ella, escuché la sarta de groserías más grande y destructora que pudiese imaginar. Se profesaban odio. Odio en su más puro y tóxico estado. Temí tanto que las cosas fuesen así lo que nos quedaba de vida… Todo mejoró para bien luego de unas cuantas semanas, aunque ninguno de los dos volvió a intentar recomponer la unión antaño. El niño buscó sus propios amigos y, a pesar de las muestras de cariño que tenían el uno para con el otro, supe que algo se había marchado para siempre de su vínculo. La niña se aisló considerablemente de nosotros, en especial de Peeta. Aún recuerdo esos instantes en los que, para ella, su padre era su mundo y añoro esa conexión de azul Mellark que tantas emociones me generaba. Me resigné a apreciarla solo algunas veces cada cierto lapso de tiempo, y me dediqué por completo al cuidado de mis nuevos hijos. Porque así lo sentía en el fondo. Los habían cambiado. Las muñecas de mi hija fueron a parar al sótano y con mi chico del pan solo nos negábamos a creer que la estábamos perdiendo. ¡Lo hacíamos todo!, pero el sarcasmo y la ironía, que muy bien reconocía- y reconozco- yo, eran lo único que guardaba para nosotros nuestra hija. Empecé a preguntarme si eso era una treta del destino por no saber entender a mi madre y juzgarla tanto. Aun rememoro la noche en la que la llamé por teléfono llorando y rogándole que me perdonara por todo lo que le hice sufrir. En ese momento entendía perfectamente el dolor del rechazo. El rechazo de una hija hacia su madre. Peeta estuvo ahí para mí en esa ocasión y, tras tranquilizarme, se encerró en la habitación con la niña por un largo rato. Jamás supe que sucedió esa fecha, solo sé que todo mejoro un poco desde entonces. El día en que la encontré probándose uno de mis sujetadores, y mirándose con decepción, supe que había perdido a mi niñita, que estaba frente a una adolescente.
-¡Entiende que ya no soy tu princesita, Papá!- suelta mi hija- ¡El cuento de la Reina de las nieves ya no me gusta y las muñecas no me divierten!- Peeta junta sus cejas con ira y le señala sus brazos.
-Relaja esa postura, mocosa, y más te vale bajar la voz- gruñe- Soy tu padre, no uno de tus estúpidos amigos. A mí me hablas con respeto, ¿Te quedó claro?- Mi hija se muerde el labio exasperada y rueda los ojos- ¿TE QUEDÓ CLARO?- exclama elevando su voz.
-¡SI!-Grita en respuesta.
-¡No me grites, Mellark! ¡Esto harto de tu estúpida actitud rebelde! Conmigo no funcionará muchachita- me mira- No esta vez. – bajo la cabeza un poco apenada, sé que tengo la culpa de que lleve dentro de sí todo ese fuego de revolución. No se lo he heredado en la sangre, pero sí en el pensamiento. -¡Estas castigada!
-¿Castigada? ¿Por tener novio? – Se ríe sínicamente- Eres todo un príncipe Hans, papá- alega con sarcasmo haciendo alusión al cuento que tanto disfrutaba de niña- un verdadero villano. –La mano de Peeta se cierra en torno a su muñeca y ella jadea asustada- ¡Suéltame!
-Eres una irrespetuosa…- murmura enfadado. Me llevo una mano a la boca, sin saber qué hacer exactamente.
-Peeta…- susurro, interfiriendo por primera vez en la conversación. Me ignora- Peeta, por favor- le ruego- por favor, suéltala… - empiezo a temblar de miedo y me acerco a ambos- Peeta…
-¡Lárgate, Katniss!- Me grita y retrocedo unos cuantos pasos, aunque ni por lejos planeo marcharme. Peeta regresa su contemplación a mi hija y ella lo examina aterrada- ¡Voy a enseñarte a respetarme! – le dice sacudiéndola bruscamente.
-¡Peeta, basta!- digo jaloneándolo. Él me dedica la más fría de las miradas… no… no es fría. Está... Ida…- ¡Peeta, no!- alcanzo a decir cuando lo veo tomar impulso. Me arroja de un empujón hasta la otra pared y siento como mi cuerpo choca contra la superficie dura del muro. Ahogo un jadeo de dolor al sentir una punzada en mi cabeza, y los gritos de forcejeos entre mi hija y su padre retumban, entrecortándose, por toda mi mente. Me dejo caer lentamente al suelo. Confundida. Incapaz de moverme. Levanto mis ojos desorbitados y veo como mi diente de león grita y zamarrea a mi bebe con brutalidad. Entonces algo más sucede, un pequeño borrón aparece a toda velocidad y empuja, tomándolo por la cintura, con un tacle, a Peeta. En medio de mi desorden mental, alcanzo a distinguir las doradas hebras de un niño precioso. Trato de enfocar toda mi atención en la escena que cobra vida con intrepidez. Mi chico del pan, confundido, lleva sus manos a su cabeza y se deja empujar por mi pequeño campeón hasta una habitación cercana que reconozco como el cuarto de juegos que Effie mandó a construir para los hermanitos. Antes de cerrar la puerta de caoba, vislumbro como el menudo cuerpecito empuja una silla dentro de la pieza. Tan pronto como termina esa labor, corre hasta mi lado y me toma el rostro entre sus pequeñas y pálidas manos, escrutándome con sus vidriosos ojos grises. Me empuja con suavidad hasta recostarme sobre sus rodillas para luego acariciarme el cabello mientras entona una melodía suave, con su voz agraciada, que reconozco a la perfección.
En lo más profundo del prado, allí, bajo el sauce,
Hay un lecho de hierba, una almohada verde suave;
Recuéstate en ella y cierra los ojos sin miedo,
el sol ya salió y se encuentra en el cielo.
Este sol te protege y te da calor.
Las margaritas te cuidan y te dan amor,
Tus sueños son dulces y se harán realidad
Y mi amor por ti aquí perdurará.
En lo más profundo del prado, bien oculta,
Hay una capa de hojas, un rayo de luna.
Olvida tus penas y calma tu alma,
Pues por la mañana todo estará en calma.
Este sol te protege y te da calor,
Las margaritas te cuidan y te dan amor.
Tus sueños son dulces y se harán realidad
Y mi amor por ti aquí perdurará.
Sonrío repleta de paz y cierro los ojos en un parpadeo pausado. Estiro mi mano y acaricio el dulce rostro pulcro, de ángel afligido, que posee el niño. Él me regresa la caricia. Mi cabeza se reordena poco a poco y la giro un par de grados hasta toparme con la imagen sollozante de mi hija, temblando abruptamente y contemplándome con arrepentimiento. Se arrastra un poco hasta donde me encuentro y pretende mimarme al igual que su hermano menor, pero este le aparta la mano con ira y la extermina con la mirada.
-¡LÁRGATE!- Le grita lleno de odio- ¡Eres una egoísta! ¡Solo piensas en ti misma!
-¡Cierra la boca! ¡No es mi culpa que papá reaccione de un modo tan estúpido solo porque tengo novio!- replica mi hija. Intento detenerlos, pero ninguno me pone atención.
-¡Eso es porque tu noviecito es un idiota niño rico que solo gusta de llamar la atención! – Espeta- Dentro de unos meses, cuando seas tan estúpida como para acostarte con él, te dejará y esparcirá por todos lados que fue el primero en dormir con la hija de Peeta y Katniss Mellark.
-¡Vuelve con tus muñecos! ¡Eres un estúpido niño! ¡No entiendes nada!- se defiende agitando su cabello moreno en el acto- ¿Qué sabes del amor de verdad?
-¡Más que tú! ¡Yo se reconocerlo cuando lo tengo en frente!
-¡Ya quisieras!- se ríe sarcásticamente mi hija- ¿Dónde está principito? ¿Así que ahora tienes un amor de verdad?
-¡Sí!- exclama mi hijo- ¡AQUÍ ESTÁ!- Protesta con fuerza señalándome, al borde del llanto. Extiende su índice hacia la habitación donde encerró a Peeta- ¡Y en ese cuarto también! – lo escucho llorar e intento consolarlo pero las fuerzas me abandonan y lo acompaño en su aflicción. Al oír cómo me quiebro sentimentalmente, me aparta el cabello del rostro y besa mi frente perlada de sudor. -¿Es qué no lo ves?- La niña guarda silencio y oye las palabras de su hermano- Ellos lo hacen todo por ti. Si papá te hizo ese desplante, fue para protegerte. No quieren que te hagan daño. – Su ceño vuelve a fruncirse- ¡Pero eres una estúpida que, al contrario de lo que debería ser, se vuelve más idiota con la edad!- la mira acusadoramente- ¡Eras más madura cuando tenías diez años, por todos los cielos! – Sus ojos grises se entrecierran- Espero jamás ser como tú, prefiero suicidarme a dañar a nuestros padres de esta manera.- En ningún momento sus manos detienen su mimar para conmigo- Aquí tienes lo que causa tu estúpido enamoramiento adolescente- reprocha- tienes a papá consumido por el secuestro y a…- su voz vuelve a romperse y tras unos minutos, que me parecen eternos, vuelve a hablar- podría haberla matado… - Por primera vez en toda su conversación, la niña baja la mirada avergonzada.- Deberías largarte. – Escupe con asco- si tanto te molesta que te controlen, si no puedes ser capaz de brindar aunque sea una mínima muestra de afecto, lo mejor es que te vayas. Ellos estarán mejor sin ti- La veo meditar esa posibilidad y con las pocas fuerzas que me quedan le tomo la mano que mantiene reposada en el suelo.
-N…o.- pronuncio con dificultad. Soy consciente de cómo sus ojos, azules y preciosos, se cristalizan antes de darle rienda suelta a su llanto. En medio de las convulsiones que le producen los sollozos, se acuesta a mi lado y esconde su cabeza en el hueco de mi cuello. Yo procuro acariciarla para brindarle consuelo, pero no funciona -Prin…ci…pe…- llamo a mi hijo por el apodo que le he dado de bebé al ser su hermana la princesa en nuestras vidas- Los… necesito…- alego- a ambos…- un jadeo brota de mi garganta y se aglomera en mi pecho- no… me… dejen… - lo veo negar mientras realiza un puchero y vierte sus lágrimas sobre mi cuerpo- gracias…- le susurro- mi… diente… de... león- el se ríe sin dejar de llorar.
-Creí que ese era papá…- me dice.
- De… un… diente… de… león… puede… nacer… otro… - le sonrío- mi… pequeño… esperanzador… - él asiente y luego junta nuestras frentes cariñosamente- No… peleen…- continuo- quiéranse… mucho… -debo hacer una pausa para respirar- son… lo… más… importante… que… su… padre… y… yo… tenemos… - observo como ambos se miran reacios a realizar lo que les pido- dejen… de… matarse… con… la… mirada… por…
-¡Katniss!- Escucho la voz de Peeta seguida de un golpe fuerte que identifico como la puerta siendo brutalmente abierta. Los pasos presurosos de mi esposo resuenan en la estancia y no tardo en verlo a mi lado, apartando a mi hija y tomándome de en brazos de nuestro pequeño.- ¿Qué te he hecho?- se pregunta más a si mismo que a mí- Katniss…- susurra mientras sus ojos se empañan por las lágrimas.
-Shh…- digo elevando mis manos para acariciar su cabello rubio encanecido- estoy… bien…
-¡Claro que no!- exclama- ¡Mírate! ¡Escúchate!- no me esfuerzo por negar lo evidente. El dirige su atención a mi pequeño rubiecito- ¿Puedes llamar a un doctor?- le pregunta. Mi hijo asiente y sale corriendo de la habitación. – Katniss… lo lamento… no sé…
-No… fue... tu… culpa… - aseguro- no… eras… tú… - me besa los labios castamente y acuna mi cuerpo entre sus brazos mientras se sienta contra la pared – El… niño… - susurro.
-Lo sé…- replica- es muy valiente. Tiene coraje. Igual que tu.- Niego mientras poso una mano sobre su pecho.
-Es dulce. Y noble.-hablo siendo capaz de formular más de una palabra sin cortarme- igual que tu. – Cierro mis fanales para luego volverlos a abrir rápidamente- ¿Estas… bien?- le pregunto y él asiente.
-Aunque no puedo decir lo mismo de la silla y gran parte de la sala de juegos- baja la cabeza, vilipendiado, y yo acaricio su barbilla, donde la barba nunca ha vuelto a crecer a causa de la manipulación que ha tenido el Capitolio sobre su cuerpo. – Lo arreglaré en cuanto pueda… - me promete y le sonrío con esfuerzo.
-¡Papá!- dice mi pequeño entrando nuevamente en el pequeño pasillo- Están enviando una ambulancia. – Mi diente de león se pone de pie, sin soltarme, y me carga hasta el sillón de la sala de estar cercana a la puerta de entrada. Me recuesta y acomoda el cojín azul que lleva bordado el nombre del niño. Acto seguido, se voltea y abraza a nuestro rubiecito con énfasis.
-Eres maravilloso…- le susurra- nunca cambies, enano…- mi hijo se aprieta más contra su cuero y niega como promesa- De no ser por ti no sé lo que hubiese hecho…
-Tú no habrías hecho nada, papá… - corrige mi esperanzador.
-Te quiero, campeón…
-Y yo a ti…- Miro anonadada la hermosa escena frente a mí, la cual es interrumpida por el sonido aéreo de una sirena.- Es la ambulancia…- alega mi pequeño. Peeta asiente y se dirige hasta la puerta para abrirles a los enfermeros. La niña se cruza en su camino.
-Papá…
-Ya hablaremos luego- espeta secamente, sin dignarse a mirarla.
-Pero…- Peeta la examina fríamente y con la decepción implícita en sus orbes cerúleos. No hacen falta palabras, mi hija sabe que debe guardar silencio.
Mientras los enfermeros me cargan en la ambulancia y Peeta termina de dejarle los niños a Haymitch, solo soy capaz de pensar en que deseo que no se extralimite cuando tenga que hablar con mi hija. Sé que necesita que la corrijamos, pero puedo entender su rebeldía. Yo he sido así.
Mi esposo sube al vehículo y toma mi mano mientras se sienta en un banquillo del aerodeslizador. A medida que ambulancia se eleva, mis ojos admiran por última vez el rostro de mi pequeño hijo, pegado al cuerpo de su abuelo, el cual lo abraza con una sola extremidad. No logro ver a la niña.
Suspiro agotada, al fin y al cabo, nadie dijo que tener hijos fuera a ser fácil.
Nota de autor:
¡Aliniss is back!
Lamento haberme tardado, realmente he estado muy ocupada últimamente. Entre los problemas que me aquejaron recientemente y los finales en la escuela no he tenido tiempo de nada. A duras penas he podido hacer el tercer capitulo de MAO (Para el fandom Helsa) y ahora este capitulo de Experimentados (mi amado fandom Evellark)
En fin, ¿Cómo han estado? ¿Qué me cuentan? ¿Les ha gustado la entrega?
Ha sido una viñeta llena de problemas. Al iniciarla tenía planeada hacerla cómica, pero me salió algo totalmente diferente. Saben que los celos paternos muchas veces pueden ser graciosos, más por todo ese tema de los novios, pero me dije: hey! es hija de Katniss, debe ser una adolescente rebelde y Peeta tiene que lidiar con el secuestro. No podía ser muy cómica. La idea quedó plasmada al inicio de la redacción igualmente, puesto que hice que Katniss pensara que Peeta no iba a irse de las ramas y que la situación iba a ser más sencilla. En realidad lo que la arruinó fueron las actitudes de la señorita. Eso lo sacó de las casillas al papito jaajaj
SON LAS 12:17 MIENTRAS ESCRIBO ESTO, HOY SE ESTRENA SINSAJO EN ARGENTINA! DIOOOS NO PUEDO ESPERAR A VERLA. AUNQUE NO PUEDO IR HOY PORQUE TENGO QUE ESTUDIAR PARA EL VIERNES GRRRR
¡NO IMPORTA! IRÉ EL SÁBADO!
YA TENGO MIS ENTRADAS.
Espero que sigan bien y que la suerte esté siempre de su lado.
Los quiere,
Aliniss
*Aliniss is gone*
