El mes de agosto pasó con rapidez, para la suerte de Jack. Su pobre lechuza, a la cual había decidido llamar Snowflake, estaba enjaulada, con un enorme candado impidiendo su salida. De resto, el resto de las vacaciones no habían sido tan miserables como había creído. Pudo disfrutar de sus libros, los cuales leyó de cabo a rabo, y cada vez que se quedaba solo en su habitación se ponía su túnica y jugaba a que ya estaba viendo las clases de magia. Cualquiera que lo viera habría creído que actuaba como un estúpido pero ¿quién podía culparlo?

Pero los Bjorgman, cuando una noche abrieron la puerta de su cuarto para pedirle que callara a su bendita lechuza y se lo encontraron con su túnica puesta y blandiendo su varita mágica, entraron en pánico. Eso había sido un par de días después de su cumpleaños, y desde entonces ni siquiera Jamie lo había molestado. Es más, pretendían que no existía y evitaban a toda costa dirigirles la palabra. Sin embargo, cada vez que Jack abría la boca para pedir algo, ellos se lo daban. El albino estaba atónito; no podía creer su suerte.

Cuando finalmente llegó el 1 de septiembre, no tuvo que pedirle a tío Kristoff más de una vez que lo llevara la estación King's Cross. Ralph le había dicho que tenía que dirigirse ahí para tomar el tren rumbo a Hogwarts, a las 11 de la mañana, y también le había dado su boleto de ida. Sin embargo, Jack estaba muy confundido, pues el boleto ponía claramente «Andén 9 y ¾» y, bueno, ese andén no era real… ¿o sí?

Y esa fue la misma pregunta que los Bjorgman le hicieron burlonamente cuando llegaron a la estación. Al ver la cara de confusión de Jack, estallaron en risas y lo dejaron ahí, solo con su baúl y su lechuza, en medio del gentío. Jack frunció el ceño, pensando en que debía de haber un error. Se acercó a un guardia y le preguntó por el andén, pero el hombre lo miró con desprecio, pensando que se trataba de una broma. Jack estaba apunto de ceder a la desesperación cuando…

–… lleno de muggles, como siempre…

Dio un respingo al oír esa palabra, y vio a una familia que caminaba a su lado apresuradamente. El padre era corpulento, casi tan grande como Ralph, y una enorme barba rojiza cubría gran parte de su rostro. La madre era alta y delgada, de cabello castaño y expresión dura, y en cuanto al hijo, este era pequeño y flacucho, de la misma edad de Jack.

El albino se acercó apresuradamente.

–Disculpe –llamó a la señora–. Por favor, ¿podría decirme cómo llegar al andén 9 y ¾? Estoy algo perdido… –preguntó con timidez.

–Claro, cariño. También es el primer año de Hiccup –dijo la mujer, señalando al niño castaño de ojos verdes, quien le dirigió una sonrisa a Jack–. Stoick, muéstrale al muchacho cómo se hace, ¿sí?

El hombre corpulento asintió y se adelantó.

–Será un placer. Presta atención, y cuidado con los muggles. Que no te vean –dijo. Jack asintió, aunque no entendía a qué se refería.

Luego, lo entendió.

Había corrido hacia el muro que separaba al andén 9 del 10 y… había desaparecido. Era como si el muro se lo hubiera tragado.

–Anda, Hicc, tu turno –le dijo la mujer al muchacho castaño. Este asintió y tomó el carrito con sus cosas, antes de repetir lo que había hecho su padre instantes atrás–. Dale tú ahora, corazón. No tengas miedo, aunque te recomiendo que vayas rápido.

Jack asintió, y con el corazón en un puño, se puso frente al muro. Tomó con fuerza el carrito y caminó hacia él, acelerando con cada paso, hasta que comenzó a correr. «Voy a chocar, voy a chocar, voy a chocar», pensaba, pues creía que el muro lo rechazaría, haciéndolo rebotar con todo y carrito. Pero ya era tarde, había perdido el control y no le quedaba otro remedio que seguir adelante.

Cerró los ojos, esperando el golpe.

Pero no pasó nada.

Abrió los ojos y el espectáculo que tenía delante lo dejó boquiabierto. Un enorme tren color escarlata le dio la bienvenida, y en la parte frontal pudo leer en letras doradas «EXPRESO DE HOGWARTS». Sino hubiera visto el reloj que indicaba que faltaban apenas unos minutos para abordar el tren, se habría quedado horas admirando el tren.

Subió y buscó un compartimiento vacío. Desde la ventana pudo ver al niño castaño, Hiccup, despidiéndose de sus padres. Jack no pudo evitar sentir una punzada de envidia. Ese chico tenía a sus padres, quienes además eran magos como él, mientras que Jack… no quería ni pensar en la cara que pondrían los Bjorgman el verano siguiente. Pero en fin, aún faltaba mucho para eso.

–¿Les digo algo? –oyó Jack que le decía Hiccup a través de la ventana.

–¿Qué cosa? –preguntó su padre con curiosidad.

–Creo que el muchacho albino es Jack Frost.

Jack se encogió en su asiento, como queriendo evitar que pudieran verlo por la ventana.

–¿Qué? ¿Estás seguro? –preguntó su madre.

–¡Quiero subir a conocerlo! –exclamó su padre, pero la mujer lo detuvo.

–Ni lo pienses. El pobre debe de estar agobiado. ¡Es una de las personas más famosas en todo el mundo mágico! Además, ya lo conociste en la estación. Suponiendo que sea él, claro está.

Jack se agachó aún más, ahora tapándose la cicatriz con una mano. En eso, el tren se puso en marcha, de modo que Hiccup tuvo que despedirse de sus padres. Jack se incorporó y los vio alejarse a medida que el tren avanzaba. Instantes después, oyó que alguien abría la puerta del compartimiento.

–Esto… hola. –Jack se volteó. Era Hiccup–. ¿Puedo sentarme? El resto del tren está lleno.

–Adelante –dijo Jack con una sonrisa, señalando el asiento del frente.

–Gracias –respondió el niño sentándose. Llevaba con él una rata negra, que dormitaba en sus brazos–. Un placer, soy Hiccup Haddock.

–Soy Jack, Jack Frost.

En ese instante, los ojos de Hiccup se abrieron de tal forma que casi se le caen de las cuencas.

–Sabía que eras tú… de verdad tienes la… ¿la cicatriz? –preguntó bajando la voz. Jack asintió y se apartó el cabello de la frente–. Genial.

Jack rió levemente antes de bajar la mano. Luego miró la rata del castaño con curiosidad.

–Oh, esta es mi rata. Se llama Toothless –dijo, dejando que el animal siguiera roncando en su regazo–. Lo único que hace es dormir.

En ese momento, llegó una bruja gordita que empujaba un carrito lleno de golosinas. Cuando se detuvo y les preguntó si querrían algo, Hiccup se sonrojó antes de decir que ya tenía comida, mientras sacaba un sándwich de aspecto no muy apetitoso. Jack, por su parte, sacó un par de galeones y le pidió a la bruja que le diera un poco de cada cosa. Momentos después, tenían el compartimiento lleno de dulces.

Pasaron las siguientes horas conversando y comiendo, cuando a media tarde, justo cuando Hiccup iba a intentar un hechizo para volver amarilla a su rata, una niña con una esponjosa mata de lo rojizo que le llegaba hasta las rodillas se acercó a ellos.

–Hola, ¿de casualidad han visto un camaleón? Se le perdió a una niña llamada Rapunzel –dijo, y al ver que Hiccup tenía la varita levantada, alzó una ceja–. Oh, estás haciendo magia. Quiero ver.

Hiccup se aclaró la garganta.

–Rayo de sol y mantequilla, vuelvan a esta rata amarilla –dijo mientras agitaba la varita. Naturalmente, nada sucedió.

–Dudo que eso sea un hechizo real –dijo la niña, luego miró a Jack– ¡Oh, por Dios! ¿Tú eres Jack Frost? –preguntó, Jack asintió–. Soy Mérida Dun Broch. ¿Y tú eres…? –preguntó mirando Hiccup.

–Hiccup Haddock –dijo el niño con la boca llena de chocolate.

–Un placer –dijo ella, aunque su rostro reflejaba desagrado–. Será mejor que se pongan las túnicas, pronto llegaremos a Hogwarts.

–¡Mérida, lo encontré! –exclamó una niña rubia entrando al compartimiento. Si bien a Jack y a Hiccup les había sorprendido la longitud del cabello de Mérida, no se comparaba con el de ella. Era tan largo que barría el suelo cuando ella caminaba, literalmente hablando. Tenia un pequeño camaleón apoyado en su hombro y, al igual que la pelirroja, ya tenía puesta la túnica de Hogwarts–. Oh, hola. Soy Rapunzel Solaris –dijo con una sonrisa.

–Vale. Ellos son Jack Frost y Hiccup Haddock –los presentó la pelirroja. Rapunzel jadeó emocionada.

–¡Jack Frost! –exclamó. Jack le sonrió, pero ya estaba comenzando a cansarse de causar siempre la misma reacción. Aunque era mejor que el desprecio de los Bjorgman.

–Sí, y, ehm… ya íbamos a cambiarnos, así que, si no les importa… –comenzó Hiccup. Las niñas entendieron y se marcharon.

Ya había anochecido cuando llegaron a Hogwarts. Se bajaron del tren y lo primero que vieron fue a un hombre que sobresalía por mucho del mar de cabezas. Llevaba una linterna en una de sus manos enormes y llamaba a los de primer año. Jack no tardó en reconocerlo.

–¡Ralph! –exclamó Jack al verlo. Por su parte, Hiccup emitió una exclamación. El guardabosques los saludó emocionado.

–¡Los de primer año, síganme!

Y eso hicieron. Ralph los guió a unos pequeños botes que los llevarían al castillo. En todo el camino hacia la orilla del lago, como no veían prácticamente nada en medio de la penumbra, no dejaban de pisarse unos a otros. Pero los quejidos se detuvieron cuando tuvieron la primera impresión de Hogwarts, a la luz de la luna.

Luego de cruzar el lago, Ralph los dejó con una profesora de aspecto curioso. Tenía el cabello de colores diferentes, y ninguno natural: un mechón era verde, otro azul, otro rosado, otro violeta, y así seguía. Era imposible calcularle la edad, aunque Jack llegó a la conclusión de que tenía unos treinta y tantos.

–Aquí están los niños, profesora McFeather –dijo Ralph. La profesora asintió.

–Gracias, Ralph. Yo los guiaré desde aquí. –Dirigió sus curiosos ojos color fucsia hacia los alumnos–. Buenas noches. A continuación se realizará la Ceremonia de Selección, y se decidirá a qué casa irán. Son cuatro: Gryffindor, Hufflepuff, Ravenclaw y Slytherin. Su casa será como su familia aquí en el colegio, y no hay cambios. Aguarden aquí, por favor.

Apenas la profesora se fue, los murmullos no se hicieron esperar.

–Seguro que iré a Gryffindor –le dijo Hiccup a Jack–. Toda mi familia ha pertenecido ahí.

Jack asintió algo avergonzado. No tenía ni idea de qué casa podría tocarle. No sabía adónde habían pertenecido sus padres. Lo único que tenía claro, era que no quería tocar en Slytherin. En ese momento, a los oídos de Jack llegó una voz conocida.

–Entonces es cierto. –Era el muchacho odioso que se había encontrado en la tienda de túnicas–. Jack Frost ha venido a Hogwarts.

Inevitablemente, la mayoría de los niños soltaron exclamaciones de asombro, mientras que algunos de los que venían de familias muggles no dejaban de preguntar quién era Jack Frost.

–No sé cómo no te reconocí en esa tienda –dijo, poniéndose delante de él–. Wilbur Robinson –se presentó. Luego miró a Hiccup de reojo–. Escucha, Frost, pronto te darás cuenta de que algunas compañías son mejores que otras. No te gustaría terminar con la gente equivocada. Yo te puedo ayudar –dijo ofreciéndole una mano para que se la estrechara.

Jack miró su mano como si fuera un bicho raro antes de mirarlo a los ojos.

–Yo mismo puedo ver a la gente equivocada, muchas gracias –dijo con sarcasmo. Eso no le hizo ni la más mínima gracia a Robinson.

Wilbur iba a responder, pero la profesora McFeather no le dejó hacerlo.

–Ya está todo listo. Síganme.

Las grandes puertas que estaban a las espaldas de la profesora se abrieron, dando paso al Gran Comedor. Jack admiró todo el lugar a medida que avanzaba. Nunca había estado en un sitio tan impresionante en toda su vida.

–El techo no es real –oyó que le decía Mérida a Rapunzel–. Está encantado para reflejar el cielo. Lo leí en La Historia de Hogwarts.

Se acercaron a la mesa de profesores, delante de la cual había un taburete con un sombrero muy viejo y remendado sobre él.

–Cuando los llame, subirán y yo les colocaré el Sombrero Seleccionador, ¿está claro?

Los niños asintieron. Todos estaban nerviosos, excepto, tal vez, Wilbur Robinson.

–Mérida Dun Broch –llamó. La pelirroja contuvo el aire mientras se acercaba al taburete. Se sentó y la profesora le puso el sombrero.

–Sí… bien… muy bien… ¡ya sé! ¡GRYFFINDOR!

La niña se levantó de un salto mientras que la profesora le quitaba el sombrero, y entre brinquitos de emoción se dirigió a la mesa de la casa de Gryffindor, en donde todos aplaudían y vitoreaban.

–Rapunzel Solaris.

La rubia respingó al oír su nombre. Estaba tan emocionada que se notaba que estaba haciendo hasta lo imposible por no ponerse a chillar. Cuando se acercó con algo de torpeza al taburete este casi se cayó. Ella lo sostuvo y se sentó, con las mejillas coloradas.

McFeather le puso el sombrero.

–Vale, ya veo… interesante… sí, está claro… ¡RAVENCLAW!

Rapunzel emitió un chillido y fue corriendo a la mesa de la casa, pero a medio camino tuvo que regresarse porque se le había olvidado devolverle el sombrero a la profesora. Sonrojada hasta las orejas, recibió la cálida bienvenida que le dieron los alumnos de Ravenclaw.

–Wilbur Robinson.

El azabache se acercó al taburete, con una sonrisa de suficiencia que irritó un tanto a Jack. Apenas McFeather le puso el sombrero, este dio su veredicto luego de apenas haberle tocado un pelo.

–¡SLYTHERIN!

Esta vez los vítores provinieron de la mesa verde y plateada.

–No me extraña –le susurró Hiccup a Jack con un tono irónico. Jack sólo se limitó a asentir, recordando que Ralph le había dicho que la mayoría de los magos descarriados venían de Slytherin.

–Hiccup Haddock.

El castaño jadeó. Se acercó temblorosamente al taburete, sonrojándose cada vez más al recordar que todo el Gran Comedor lo estaba observando.

–¡Esta es fácil! –exclamó el sombrero en su oído, haciendo que respingara–. ¡GRYFFINDOR!

Hiccup suspiró aliviado. La profesora le quitó el sombrero y se dirigió a la mesa de Gryffindor. Se sentó cerca de Mérida, ya que era la única a quien conocía.

Por su parte, Jack esperaba que lo llamaran pronto, pero no fue así. Cada vez que la profesora McFeather leía el pergamino, de sus labios brotaba cualquier nombre menos el suyo. Incluso comenzó a preguntarse si lo habían dejado de último a propósito.

Con fastidio y resignación, observó el resto de la selección, ya sin nadie con quien hablar. Mavis Dravulia fue a Slytherin. Violet Parr fue a Ravenclaw (por alguna razón ese apellido le sonaba mucho a Jack, pero no podía ubicarlo). Ted Wiggins fue a Gryffindor. Perita Bell y su hermana Tinker fueron a Hufflepuff. Jack comenzó a sentir que las piernas se le dormían, hasta que…

–Jack Frost.

Y justo como el albino se lo esperaba, los murmullos recorrieron todo el Gran Comedor. Él intentó ignorarlos cuando se sentó en el taburete y le colocaron el sombrero. La voz que habló en sus oídos pudo distraerlo de los comentarios de la gente.

–Hm… no es tan sencillo. Podrías… sí… serías perfecto en… –«Slytherin no, Slytherin no, Slytherin no», susurraba Jack una y otra vez–. ¿Slytherin no? ¿Estás seguro? Harías grandes cosas ahí… sí. Veo astucia, determinación… –«No en Slytherin, no en Slytherin, todo menos Slytherin», repetía Jack con más vehemencia, apretando mucho los ojos–. Si estás tan convencido de eso… más vale que seas ¡GRYFFINDOR!

Jack soltó un suspiro de alivio, y apenas la profesora le quitó el sombrero se dirigió a la mesa de Gryffindor, en donde Hiccup lo recibió con emoción. Mérida le palmeó el hombro mientras le dirigía un «bien hecho». Jack notó que la pelirroja no estaba demasiado contenta, y se dio cuenta del por qué cuando vio a Rapunzel con expresión aburrida en la mesa de Ravenclaw.

Luego miró a la mesa de profesores. En el medio estaba sentado quien sin dudas serías Nicholas North, el director. La profesora McFeather ya se había llevado el taburete y el sombrero, y se apresuró en ocupar el asiento a la derecha del director. A su izquierda se encontraba un profesor de rostro sombrío, como fastidiado. A pesar de lucir medianamente joven, su cabello era de un color gris intenso. Es más, a Jack le pareció que tenía un tono azulado. Estaba conversando con el profesor Ler, quien parecía tenerle miedo.

–Ese es el profesor Bunnymund –le dijo un alumno de quinto año, que se había presentado con el nombre de James Sullivan. Tenía el cabello pintado de azul eléctrico, y al parecer a ningún profesor le importaba–. Ignora su apellido. Créeme que no es nada agradable.

Y Jack tuvo la confirmación a ese comentario en ese mismo momento, pues cuando el profesor Bunnymund posó sus ojos verdes sobre él sintió que la cicatriz comenzaba a arderle levemente. Era algo muy extraño, pues esa cicatriz nunca le había dolido en lo absoluto.

En ese momento, el director North se puso de pie, provocando que en el Gran Comedor reinara un silencio total.

–Antes que nada, quiero darles la bienvenida al colegio Hogwarts –dijo con una sonrisa que apenas se veía entre su larga barba blanca–. Debo recordarles que a los alumnos de primer año no se les permite tener escobas mágicas propias, y el celador Weselton me ha pedido que les recuerde que el bosque en las inmediaciones de la escuela está terminantemente prohibido. Además, tengo que informarles que, hagan lo que hagan, tienen que evitar el tercer piso. A no ser, claro, que quieran sufrir una dolorosa y desagradable muerte. Muchas gracias.

Dicho esto, se sentó nuevamente. El Gran Comedor siguió en silencio por unos momentos, pues ese discurso no había sido para nada motivador, y muchos estudiantes se removían inquietos en sus asientos. El alboroto usual regresó cuando los platos y vasos de plata y oro que yacían sobre las mesas se llenaron de deliciosos manjares y refrescantes bebidas.

–Yo soy mestizo –decía un niño llamado Norman Babcock, también de primer año. Conversaba animadamente con Hiccup–. Mi padre es un muggle y mi madre es una bruja. Mi hermana mayor también es muggle. A la pobre casi le dio un infarto cuando recibí la carta.

–Ya veo –asintió Hiccup antes de tragar el jamón que estaba masticando–. Mis padres son magos, y creo que todos en mi familia lo son. Aunque, según me han dicho, uno de mis tíos es squib. Pobre tipo.

–Yo no veo cual es el problema con eso –comentó Mérida. Jack tenía unas enormes ganas de preguntar qué demonios era eso, pero prefirió seguir escuchando antes de quedar como un idiota–. Es decir, yo soy de familia muggle y…

–Sí, pero una cosa es ser un mago de familia muggle y otra es ser un muggle de familia maga –interrumpió Hiccup–. Tú debes de ser la favorita de la familia –Mérida enrojeció, en realidad no era mentira. A ella la tenían en un pedestal mientras que sus tres hermanos menores casi no obtenían atención paternal. Aunque Mérida estaba segura de que ellos tres eran como ella, y que sus padres no tardarían en notarlo–, pero imagínate venir de una familia maga y no tener ni una gota de sangre mágica. Debe ser duro.

Mérida no dijo nada. Hiccup tenía razón.

Un par de horas más tardes, ya se encaminaban a la sala común de Gryffindor. Los de primer año tenían que seguir al prefecto, un muchacho alto y pelirrojo llamado Alfredo Linguini, para llegar al lugar sin perderse en el camino.

–Eh… bienvenidos la sala común de Gryffindor –dijo el prefecto apenas llegaron. A Jack le pareció casi tan asustadizo como el profesor Ler, cosa que no tenía mucho sentido ya que la marca de la casa de Gryffindor era el valor–. Reúnanse aquí. El dormitorio de los niños está subiendo las escaleras a la izquierda. El de las niñas, lo mismo a la derecha. Sus pertenencias ya están aquí.

Luego de que Jack pasó un buen rato admirando la sala común, se dio cuenta de que en realidad se estaba muriendo de sueño. Entre bostezos se dirigió a las escaleras y fue a la habitación cuya puerta indicaba «Primer curso».

No le extrañó que ya tres de sus compañeros estaban durmiendo. De hecho, los únicos que seguían despiertos eran Hiccup y él.

–Vaya día, ¿eh? –preguntó el castaño en un susurro al verlo entrar.

–El mejor día de mi vida –dijo Jack con una sonrisa–. Luego de haber pasado toda mi vida con los Bjorgman, todo esto es un sueño.

–¿Son muy malos? –preguntó Hiccup con timidez. En el tren, Jack había medio mencionado a sus tíos, pero nunca llegaron a indagar en la conversación. Después de todo, el albino quería olvidarse momentáneamente de cualquier cosa relacionado con ellos y con su odioso primo.

Jack asintió, pero no dijo nada.

La habitación estaba en una penumbra casi total. La única luz que tenían era la de la luna, que ingresaba por las estrechas ventanas, de modo que Jack le costó un poco encontrar su baúl. Cuando lo logró, se dispuso a buscar su pijama, oyendo a Hiccup masticar algo que seguramente sería una rana de chocolate.

–¿Qué? –preguntó el albino al sentir la verde mirada de Hiccup sobre él una vez luego de que se quitó el uniforme y se puso el pantalón de su pijama. Estaba por ponerse la camisa cuando se dio cuenta de que lo estaban mirando–. ¿Sucede algo?

–No, no. Nada –negó Hiccup con rapidez, desviando la mirada algo avergonzado, como si no se hubiera dado cuenta de lo que hacía–. ¡Oh, vaya! North otra vez. No sé cuántas veces me ha salido ya –se quejó al ver la tarjeta que venía con la rana de chocolate–. Toma, quédatela tú si quieres. Me voy a dormir.

Dejó la tarjeta sobre la cama de Jack y se acostó en la suya, tapándose con la sábana hasta la cabeza. Jack terminó de vestirse y guardó su túnica en el baúl como pudo antes de dirigirse a la cama y tomar la tarjeta. La medio vio a la luz de la luna y luego la dejó en la mesilla de noche antes de acostarse.

Sólo esperaba una cosa: que no estuviera devuelta en su alacena al despertar, pues todo era tan irreal como uno de sus sueños más descabellados.