–Toma, tienes que comer –articuló el hombre de forma huraña.
Me incorporé lentamente mientras cogía con dificultad el cuenco de sopa que me había puesto encima de la mesita de café que dividía la estancia.
–Gracias –me atreví a decir en apenas un susurro.
Sentí como el olor calaba en mi estómago, por lo que cogí la cuchara y me puse a comer. Entretanto, observé más detenidamente al hombre que tenía enfrente. Era bastante alto y sobre sus hombros descansaba una impoluta túnica que caía hasta sus pies, dándole un aire de elegancia y soberbia. Su rostro era pálido, casi blanquecino, sus ojos eran profundos y de un color negro azabache que hacía juego con su cabello y con su túnica. El pelo largo, liso y un tanto grasiento, le caía a ambos lados de la cara a la altura de las sienes. Una majestuosa y aguileña nariz ponía el broche final a aquel rostro.
–¿Qué estas mirando? –espetó con desdén.
–Yo... me preguntaba… ¿qué ha pasado? Ha dicho que usted me salvó…
Una sonrisa burlona se dibujó en su rostro como si lo que acabase de decir fuera un chiste
–No estaba dentro de mis planes, créeme.
Apuré las últimas cucharadas que quedaban de mi sopa, estaba deliciosa. Sentí como el calor de aquel caldo me calentaba los huesos.
–¿Qué fue lo que ocurrió, entonces?
Frunció el ceño constatando que todo aquel asunto le daba especial pereza.
–Te encontré en el bosque oscuro, tu corazón casi había dejado de latir y tu respiración era casi inexistente. Habías perdido mucha sangre, tu cuerpo estaba lleno de contusiones y brechas a causa de la multitud de maleficios que te echaron para poder entrar en tu cabeza.
–¿Qué? –increpé, desconcertada.
–Oh… –susurró entre murmullos mientras entrecerraba los ojos con pesadez. –No tengo tiempo de atender tus asuntos ni de aguantar un ataque de histeria cuando te cuente algunas de las cosas que no recuerdas.
–¿Usted me conoce?
–Por supuesto que no –se bufó como si aquel dato fuese totalmente imposible. –Jamás te había visto, lo único que sé con seguridad es que corre magia por tus venas. Si fueras una simple muggle no hubieses sido capaz de soportar esa tortura.
–¿Magia? ¿Cómo que magia? ¿Qué quiere decir?
–Quiero decir que eres una bruja y no sé qué habrás hecho o visto para que te dejaran así. Te han borrado la memoria por completo. Seguramente serías conocedora de alguna información importante y te la han sacado por la fuerza. Lo que no entiendo es cómo has conseguido sobrevivir, cualquier persona habría muerto antes de que yo te encontrara.
–¿Me está diciendo que existe la magia? –pregunté atónita. Si me encontrase en mejores condiciones creo que hubiese sido difícil detener mis carcajadas.
El hombre agitó las manos y al instante los troncos que descansaban totalmente calcinados sobre la chimenea empezaron a arder con fuerza.
–¿Todavía sigues sin creer que existe la magia? ¿Es que acaso las criaturas que has visto ahí fuera no son lo suficientemente sobrenaturales para ti?
Temerosa, miré como el fuego ardía mientras me paraba a pensar en todo lo que había pasado desde que desperté en aquella cueva. Intenté ordenar mis ideas. ¿Todo aquello era verdad? ¿Cómo era posible?
–¿Qué son esas criaturas? –pregunté al recordar el incidente con el pájaro.
–Lo que ha estado a punto de matarte es un hipogrifo, son bestias salvajes a las que uno solo debe acercarse si sabe cómo tratarlas. Su tarea es proteger esta casa y a mí de los intrusos.
–¿Y la otra? ¿La de los ojos negros?
–Esa es… –pronunció dubitativo mientras sopesaba si era buena idea darme aquella información. –Un Demiguise, son bestias más afables, aunque si se lo proponen pueden ser igualmente letales.
Asentí intentando asimilar todo aquello.
–¿Reconoces esto? –preguntó sacándome de mis reflexiones.
–Si… es un palo –respondí confusa ante aquella pregunta.
Torció el gesto malhumorado. Apenas conocía a aquel hombre, pero se veía a la legua que la paciencia no era una de sus cualidades.
–Esto, imprudente desmemoriada, es tu varita. La recogí del suelo la noche en que te atacaron –informó mientras me la tendía. –Cógela, tal vez después seas capaz de abrir un poco tu mente.
–¿Y qué hago con ella?
–¡Tan solo cógela!
Dudosa, agarré la varita por lo que parecía la empuñadura y al instante lo sentí. Una corriente inexplicable de energía inundó mi cuerpo al entrar en contacto con ella.
–¿Lo ves? Todas las varitas escogen a su dueño, estableciéndose una extraordinaria conexión. Cuando dispongas del conocimiento y de la habilidad, podrás utilizarla para hacer magia.
Asombrada y emocionada ante aquella situación, decidí agitarla con cuidado, aunque al instante comprendí que no había sido una buena idea. Un haz de luz salió de la punta de la varita para estrellarse estrepitosamente contra uno de las teteras que descansaba sobre el mueble.
–¡He dicho coger, no agitar! ¿Es que acaso quieres que nos matemos? –gritó malhumorado mientras me la arrancaba de las manos.
Guardó mi varita en lo que pareció el bolsillo interno de su túnica para acto seguido sacar una nueva, mucho más robusta y con diferentes grabados en la empuñadura.
–¡Reparo! –exclamó.
Al instante, todos los pequeños trozos de porcelana comenzaron a flotar por el aire para colocarse uno a uno en el lugar en el que le correspondían, dándole nuevamente forma a la tetera.
–Te pido expresamente que no toques nada. Nadie debe saber que estás aquí. Podrás quedarte hasta que te recuperes, pero después te irás. Ahora tengo que marcharme, no salgas de la casa –concluyó amenazante.
–Gracias –susurré arrepentida de mi pequeño estropicio.
–Si quieres sobrevivir ahí fuera, te aconsejo que empieces a leer –informó mientras señalaba una estantería repleta de libros. –No sé si alguna vez recuperarás tu memoria, asique más te vale que aprendas rápido, de lo contrario, estarás perdida.
Continuará...
