Llevaba más de dos días sola en aquella pequeña casa y apenas me había movido del salón. Todas las habitaciones estaban cerradas bajo llave excepto un pequeño aseo al fondo del pasillo y la cocina, que compartía pared con el salón. Me encontraba mucho mejor, las heridas no habían sanado del todo pero anímicamente me sentía perfecta, por lo que había empleado la mayor parte de mi tiempo en documentarme.
Empecé con un par de tomos sobre historia de la magia. Al principio todo aquello me parecía surrealista y en ocasiones estuve a punto de parar, pero cuanto más leía más sentido cobraba todo. Al terminar, un libro con tapas de piel roja captó mi atención: "Defensa contra las artes oscuras. Preparatorio TIMOS: Volumen II. Colegio Hogwarts de magia y hechicería. S.S."
Hojeé las primeras páginas, pero no entendía nada de lo que ponía, así que lo dejé en su sitio para cambiarlo por otro. En la estantería superior había varios tomos de encantamientos y decidí escoger el que ponía "Nivel principiante". Comencé a leer curiosa, un sinfín de hechizos cubrían sus páginas, todos ellos acompañados de una breve descripción. Sentí deseos de tener mi propia varita para probarlos.
Antes de coger un nuevo tomo, reparé en la colección que descansaba sobre la chimenea. Eran todos cuadernos de pociones. Tanto las tapas como las hojas estaban más desgastadas que el resto de los libros que había visto hasta el momento. En la parte inferior izquierda aparecía en todos ellos las siglas S.S.
Me senté en el sofá de la estancia para comenzar a leerlos cuando escuché como la puerta de la casa se abría. De la misma forma que se había ido, el hombre de la túnica entró sigiloso, pero esta vez su rostro destilaba cansancio. Desabrochó el corchete de la capa para colgarla detrás de la puerta mientras me observaba sin articular palabra. Entonces cruzó el salón en dos zancadas hasta llegar a mi lado.
–Esto es demasiado complicado para ti –atajó mientras me quitaba el libro de las manos. –Hay otras cosas que debes leer antes –informó a la vez que me entregaba otro mucho más gordo.
Miré el título de aquel libro tan pesado mientras él abandonaba la habitación: "Riesgos de la magia". Sentí una punzada de decepción, aquel tenía pinta de ser mucho más aburrido que los anteriores. Me senté y comencé con mi nueva lectura. Al poco rato escuché como corría el agua de la ducha e instintivamente me levanté.
Algunas de las habitaciones que permanecían bajo llave ahora estaban entreabiertas y sentí una extraña curiosidad. Mis pies caminaron solos por el pasillo hasta llegar a una de las puertas. Abrí con cuidado, comprobando como una enorme mesa de roble repleta de libros descansaba en el medio de la habitación, recreando una especie de despacho. La estantería de uno de los muebles que estaba situado al final del pequeño cuarto se encontraba repleta de viejos pergaminos amontonados unos encima de otros.
–¿Quién eres tú? –preguntó una voz desde una esquina de la habitación.
Di un pequeño respingo, no podía creerlo. La voz provenía de un hombre atrapado en el interior de un cuadro. Asustada, salí rápidamente de allí, dando inevitablemente un pequeño portazo.
Decidí probar suerte en la siguiente habitación, no sabía exactamente lo que estaba buscando, pero sentía la necesidad de descubrir qué más cosas se encontraban allí. Abrí la puerta que daba a un dormitorio principal donde una amplia cama con dosel de madera dividía la estancia. No había nada más allí, salvo un ropero y una pequeña mesa en la que descansaban un montón de cartas. Me acerqué hasta ella y desdoble una con cuidado:
"Estimado profesor Snape.
Espero que todo esté transcurriendo con normalidad, me he quedado un tanto preocupada tras su última carta. Por favor, manténgame al tanto de todo lo que ocurra.
Un saludo,
McGonagall"
–¿CÓMO TE ATREVES A ENTRAR AQUÍ SIN MI PERMISO? –gritó el hombre de la túnica negra desde el umbral de la puerta.
Ahogué un pequeño grito y la carta resbaló de mis manos. A pesar de separarnos unos cuantos metros noté como sus pupilas se dilataban y su cara adquiría un gesto de horror.
–¿QUÉ HAS ESTADO HACIENDO? ¿HAS HUSMEADO EN MIS COSAS?
–Yo… lo siento, ha sido un error, le estaba buscando y… –intenté justificarme a través de una pequeña mentira, ya que la inmensidad de su enfado me estaba asustando.
–¿CUÁNTO HAS LEIDO? –gritó mientras recogía la carta y me agarraba con fuerza del antebrazo para sacarme de la habitación.
–Nada… una señora le preguntaba si todo iba bien –tartamudeé temerosa de su reacción.
–¿ALGO MÁS? ¡NO ME MIENTAS!
–No… disculpe, señor Snape, no era mi intención. Lo siento mucho.
Su expresión de enfado aumentó, levantó la carta y releyó las primeras líneas.
–No deberías conocer mi nombre –informó enfurecido.
Caminó por el pasillo hasta llegar a unas pequeñas escaleras que habían pasado totalmente desapercibidas para mí hasta aquel momento y me arrastró por ellas sin miramientos hasta llegar a un pequeño cuarto. Encendió la luz, un montón de cajas se acumulaban en una esquina mientras que una cama medio destartalada cubría el espacio que quedaba en la habitación.
–Acostúmbrate a esto, pues no podrás volver a salir de esta casa –dijo a modo de despedida antes de cerrar la puerta con un sonoro portazo.
Continuará...
