Tras haber pasado la noche en vela en aquella lúgubre habitación, me atreví a subir nuevamente al salón.

–Buenos días –saludé al verlo.

No obtuve respuesta, tan solo una fugaz mirada que al instante volvió al periódico que estaba hojeando mientras se comía una tostada.

–Hola, preciosa, ¿qué quiere para desayunar? –dijo una gangosa voz a mis espaldas.

Me giré automáticamente para descubrir quién más había allí. Una pequeña criatura de menos de un metro de altura y con una nariz y unas orejas extremadamente grandes me hacía señas desde la cocina.

–¿Quién eres? –pregunté inocente.

–Mi nombre es Elda y soy una elfina doméstica. Llevo sirviendo en esta casa desde hace más de 50 años.

–Hola Elda, me gustaría decirte mi nombre, pero no lo recuerdo.

–Tranquila señorita, no se preocupe, el señor me ha puesto al tanto –me informó a la vez que sonreía con dulzura. –¿Y bien? ¿Qué quiere que le prepare?

–No te molestes Elda, yo misma puedo hacerlo.

–De eso nada, éste es mi trabajo, estoy aquí para servirle al señor y ahora a usted.

–¿Cuándo has llegado?

–En realidad… he estado siempre aquí –comentó avergonzada. –Pero me mantuve oculta hasta que el señor me permitió conocerla.

Miré hacia el salón extrañada y vi como Snape torcía el gesto fingiendo que no había estado pendiente de la conversación.

–¿Sabe qué? Vaya a sentarse. Estoy segura de que le gustará lo que voy a prepararle.

Sonreí a Elda a modo de agradecimiento y volví al salón para sentarme en el extremo opuesto de la mesa.

–Quería disculparme de nuevo por lo que sucedió ayer. Le prometo que no volverá a pasar –articulé intentando disimular mi nerviosismo.

–No necesito tus disculpas –espetó sin levantar la mirada del plato.

Me quedé en silencio mirándome las manos deseando no haber salido de lo que ahora era mi cuarto.

–No vuelvas a fisgonear entre mis cosas –dijo al cabo de unos minutos.

Levanté la mirada y me encontré con sus ojos. A simple vista parecían austeros, pero si se miraban con detenimiento transmitían un ligero aire de tristeza.

–¿Por qué no quería que supiese su nombre? –pregunté sin percatarme de que las palabras salieran solas de mi boca.

–Porque nadie puede saber que sigo vivo.

–Pero, ¿y su familia? ¿También cree que está muerto?

Mi propia pregunta me hizo reflexionar. ¿Que había de mí? ¿Tendría familia? ¿Me estarían buscando? No me había parado a pensar en aquello y sentí como un nudo se formaba en mi estómago.

–No la tengo –respondió secamente.

–¿Ha hecho algo malo? ¿Lo están buscando?

–No es algo que haya hecho, es algo que debo hacer.

–¿Y por qué no puede saberse?

–¡Basta de preguntas! No tengo porque darte explicaciones, mocosa entrometida.

Elda entró en ese mismo instante en el salón con un delicioso bizcocho de chocolate.

–Si no le gusta puedo prepararle otra cosa, señorita –informó la elfina mientras recogía los platos vacíos que estaban sobre la mesa.

–Es perfecto, muchas gracias.

Comencé a comer aquel delicioso desayuno mientras el silencio se apoderaba del salón. Todavía no había acabado el bizcocho cuando Snape se levantó.

–Úntalo sobre las heridas, con esto acabarán de cerrar –dijo mientras me entregaba un pequeño bote morado que acababa de sacar de su bolsillo. –Y tómate una cucharada de este otro preparado antes de acostarte.

–¿Hay algo que pueda hacer? Me gustaría ayudar –dije antes de que abandonase el salón.

–Empieza ayudándote a ti misma, sin magia no servirás para nada y yo no tengo tiempo para ser tu niñera – constató mientras señalaba nuevamente la estantería.

Me quedé allí de pie durante un par de minutos. No recordaba nada de mi vida anterior, ni siquiera mi nombre, era una bruja que no tenía ni idea de hacer magia y estaba viviendo en una casa cuyo dueño me odiaba por descubrir su nombre y de la que no podía salir. Aunque pensándolo bien, tampoco tenía a donde ir ni a quién acudir.

–Señorita, ¿en qué piensa? –preguntó la elfina poniéndose a mi lado.

–¿La magia podría ayudarme a recuperar la memoria?

–Depende de la magia que hayan empleado con usted –respondió mientras acariciaba cariñosamente mi mano.

Cogí el tomo que Snape me había recomendado y empecé a leer sin descanso, si había la mínima posibilidad de que la magia me devolviese mis recuerdos, no cesaría en intentarlo.

Poco a poco los días fueron pasando y cada vez era más experta, aunque todavía no había puesto en práctica nada de lo que aparecía en aquellos fascinantes libros. Empecé a sentirme más cómoda en la casa gracias a Elda, que me daba conversación y consejos cuando lo necesitaba. Por el contrario, la relación con Snape era prácticamente nula. Todos los días después de desayunar se encerraba en su despacho y no salía hasta bien entrada la tarde. Algunas noches escuchaba desde mi cama como cogía su capa para escaparse un par de horas.

Mi cuarto era mucho más acogedor gracias a la ayuda de la elfina, que me había ayudado con las cajas y con un ligero toque de magia le había dado algo de color. Mis heridas se habían cerrado en su totalidad, aunque Snape insistía en que siguiese tomando el preparado.

Una mañana después de comer me quedé embobada mirando por la ventana como Buckbeak se deshacía de un pequeño ratón de campo que había pasado por allí. Necesitaba abandonar aquellas cuatro paredes, había pasado demasiados días encerrada y quería sentir la brisa sobre mi piel aunque solo fuese unos segundos.

Me sentí tentada a salir, pero no estaba segura de que el hipogrifo mantuviese las distancias.

–¿Puedo pasar? –pregunté tras petar en la puerta del despacho de Snape.

–Entra –respondió al cabo de unos segundos. – ¿Qué quieres? –dijo sin levantar la vista de los papeles.

–Me gustaría tomar un poco de aire fresco.

–Está bien. Abre la ventana –respondió sin inmutarse.

–Me refería a si podría salir de la casa unos minutos.

Me miró sin una pizca de expresividad en su rostro para acto seguido volver la vista a sus papeles.

–Siento haberlo molestado –dije mientras abría nuevamente la puerta del despacho.

Sentí como suspiraba a mis espaldas y dejaba la pluma que tenía en la mano.

–¿Podrás esperar hasta que anochezca, para que sea más seguro?

–Claro que sí –respondí emocionada.

Me apuré a salir del despacho por miedo a que cambiase de parecer y me apoltroné en la ventana esperando ansiosa a que el sol bajase.

Continuará...