Muchas gracias a quien dejó un comentario hace un par de capítulos, siempre es muy gratificante leer opiniones de lectores! Esta historia no es una traducción, fue toda inventada por una amiga aficionada a la escritura y al mundo de Harry Potter. Cuando la leí me enganchó enormemente y me pareció que sería interesante compartirla con más gente (después de pedirle permiso a su creadora).

Gracias también a los que están siguiendo la historia en silencio, sólo espero que la disfrutéis tanto como lo hice yo!

Saludos!

–Colócate detrás de mí y no hagas ruido –informó mientras bajábamos la escalinata. –Los hipogrifos son animales muy soberbios y orgullosos, debes ganarte su aprobación para poder estar aquí sin que te rebane la cabeza.

Hice lo que me aconsejó mientras disfrutaba de como el rocío de la noche calaba sobre mi piel. En el momento en el que nos escuchó bajar, el animal acortó la distancia que nos separaba.

–Estas criaturas poseen un gran sentido del honor, solamente son respetuosas con aquellos que las respetan. Quédate quieta, debes esperar a que él haga el primer movimiento.

Sentí miedo al volver a verlo, no lo recordaba tan grande. Sus ojos aguileños me escrutaban desde la oscuridad de la noche.

–Inclínate –ordenó Snape al ver que el hipogrifo se acercaba.

Tras hacerlo y sin moverme observé por el rabillo del ojo como Buckbeak me correspondía al saludo. El pájaro caminó hasta mi posición para acariciar lentamente mi mejilla con su pico.

–No creas que suele ser tan sencillo. Ha debido de ver bondad en ti, pero ten cuidado si vuelves a encontrarte a otro.

–Parece agradable –respondí mientras le acariciaba el plumaje.

–Eso es porque no has visto la otra cara, créeme. Estas criaturas pueden ser mortales.

–¿Por qué lo dice? ¿Le ha atacado alguna vez? –pregunté interesada.

–Digamos que no tuvimos un buen comienzo. Me ha costado mucho tiempo y esfuerzo ganármelo, pero ya me ha demostrado su lealtad en varias ocasiones.

Sonreí ante aquel comentario mientras veía en aquellos profundos ojos negros que se empeñaban en mostrar antipatía un atisbo de nostalgia.

–Es tarde, debemos entrar –constató mientras echaba un vistazo a los alrededores.

Asentí satisfecha y agradecida, había disfrutado de aquellos instantes de tranquilidad y parecía como si por un instante, Snape hubiese bajado la guardia dejando su sobriedad a un lado.

–Me gustaría recuperar mi varita, he leído mucho, tal y como usted me aconsejó y creo que estoy preparada para empezar a practicar con ella.

Tal vez estaba tentando mi suerte, demasiadas peticiones para un día, pensé.

–Así que crees que ya lo sabes todo –comentó regresando a su aire de prepotencia y burla. –Está bien, mañana lo comprobaremos.

Me desperté ansiosa a la mañana siguiente, mucho más temprano que habitualmente.

–¡Buenos días, Elda! –dije nada más entrar en la cocina.

–¡Buenos días, señorita! Qué bien se la ve hoy, me alegro de que se esté acostumbrando a esta casa, al señor Snape le hace falta que le contagien un poco de entusiasmo.

–¿Ha sido siempre así?

–¿Así cómo?

–Huraño y desconfiado –me atreví a decir.

–Ha habido de todo en su vida, las circunstancias no han ayudado a que sea de otra forma –respondió apesadumbrada. –Tenga paciencia, señorita, para él también está siendo un cambio, lleva demasiados años encerrado solo bajo este techo.

Abandoné la cocina y me dirigí al baño mientras pensaba en lo último que me había dicho Elda. Distraída en mis pensamientos, abrí la puerta. Al levantar la vista me lo encontré allí, de pie, frente a la pileta, estaba empezando a afeitarse, por su espalda resbalaban unas pequeñas gotas de agua que se frenaban en la toalla que llevaba anudada a su cintura. El rubor subió como fuego a mis mejillas, cerré la puerta rápidamente antes de que le diese tiempo de echarme una reprimenda.

Volví al salón sin levantar la mirada del suelo deseando que Snape ya hubiese desayunado, pero ese día la suerte no estaba de mi lado. A los pocos minutos entró en el salón perfectamente vestido y con la apariencia de siempre.

Dio un saludo general al sentarse a la mesa. Elda le devolvió el gesto, pero yo fui incapaz de levantar la mirada del plato. En realidad había sido una tontería, un pequeño malentendido, pero cada vez que lo recordaba mis mejillas enrojecían, dejándome en evidencia.

–¿Preparada? –dijo con una sonrisa sarcástica al terminar el desayuno mientras dejaba a un lado la prensa.

Asentí en silencio, estaba muy nerviosa, quizá no era el mejor momento. Al igual que el día anterior salí de la casa detrás de él. Esta vez Buckbeak ni se inmutó, permaneció acostado sobre la hierba aunque nos seguía con la mirada.

Snape sacó la varita de su capa.

–¡Protego totalum! –exclamó mientras apuntaba al cielo.

Al instante una especie de burbuja empezó a cubrir la casa envolviéndonos en una extraña semiesfera. Me quedé maravillada al ver la magnitud de aquel hechizo

Snape siguió pronunciando aquellas palabras mientras apuntaba a diferentes partes de la cúpula, intercambiando el hechizo de "protego totalum" con "salvio hexia".

–Si alguna vez yo no estuviese aquí, acostúmbrate a hacer esto. Todas las mañanas debe de reforzarse el hechizo o terminaría por desaparecer.

Al cabo de unos segundos la burbuja se volvió totalmente transparente, como si el hechizo se perdiera.

–No ha desaparecido, acércate a la linde y compruébalo. La esfera nos camufla del exterior. De esta forma nadie puede vernos –informó dando respuesta a mis dudas sin necesidad de tener que plantearlas.

–¿Existe un contra hechizo que la elimine?

–Sí, es por eso que este debe reforzarse constantemente para, en caso de ser descubiertos, nos dé tiempo a contraatacar.

–Claro… –respondí un tanto confusa ante la magnitud de todo aquello.

–¿Y bien? Sorpréndeme –dijo con altivez mientras me entregaba mi varita.

Sentí terror, había llegado el momento y ahora sentía que no estaba preparada. Recogí la varita con dedos temblorosos.

–Empezarás con algo sencillo, ¿ves la tabla que está al lado de la escalinata? Pártela

Repase mentalmente la lista de hechizos que había intentado memorizar durante esos días. Agarré con fuerza la varita e, intentando controlar mis nervios, pronuncié:

–¡Diffindo!

La punta de mi varita se encendió durante una fracción de segundo, pero no ocurrió nada más. Una sonora carcajada sonó a mis espaldas. Avergonzada, lo intente de nuevo.

–No conseguirás nada si sigues así –informó con risa burlona mientras se acercaba a mí.

–Debes de entender que la varita es como una prolongación de tu cuerpo, tienes que sentir su energía, comprobar cómo su fuerza fluye por tus venas, sois una única cosa. La magia está en ti, la varita solamente exterioriza tu poder.

–De acuerdo –respondí mientras me colocaba para volver a intentarlo.

–Espera, cógela con suavidad –dijo a la vez que agarraba mi muñeca y la levantaba un palmo más arriba. –Escoge una posición cómoda.

Un escalofrío me recorrió al sentir el contacto de sus fríos dedos sobre mi piel.

–Cierra los ojos, siente como el poder emana de ti. Y cuando notes que lo tienes actúa.

–¡Diffindo! –exclamé con energía.

El hechizo salió propulsado desde la punta de mi varita hasta el centro de la tabla, aunque solo conseguí una pequeña brecha.

–Bien, ahora únicamente te queda practicar –respondió con sorna mientras cogía su varita y lanzaba el mismo hechizo.

La tabla se partió a la mitad con un ligero chasquido y ambos trozos salieron despedidos, cada uno en una dirección.

–Bueno, lo más difícil ya lo había hecho yo –intervine impulsivamente ante aquella muestra de chulería.

Sentí como camuflaba con una mueca la sonrisa que le había generado mi comentario.

–¡Geminio! –articuló a la vez que daba varios golpes de varita.

Las tablas de madera comenzaron a multiplicarse. Me quedaba un duro día de entrenamiento, pero quería poner en práctica muchas de las cosas que había leído.

Continuará...