Cuando abrí los ojos estaba tumbada sobre una litera, mis manos y mis pies estaban atados a los barrotes de la cama. Todo mi cuerpo estaba dolorido, como si hubiese corrido una maratón. Varios flashes se pasaron por mi cabeza tan fugazmente que ni siquiera fui capaz de asimilarlos. Tras esto, sentí un pinchazo, y luego ardor. Un ardor intenso que recorría mi mente, dificultándome la visión.
–¿Cómo te encuentras? –preguntó Snape mientras se acercaba al borde de la cama.
–¿Por qué estoy atada? –respondí intentando parecer recuperada.
–Llevas tres días convulsionando.
–¿QUÉ? ¿TRES DÍAS? –exclamé asombrada.
–Sí, al poco rato de escuchar tu nombre te desplomaste en el suelo. Te lancé un hechizo para que te durmieras, pero los flashes continuaron apareciendo, solo que en tus sueños –informó mientras me desataba.
–Quieta, no te levantes –ordenó rápidamente agarrando mis hombros al ver que intentaba incorporarme.
Me deshice de su gesto y me puse en pie. Lo observé durante varios segundos, callada, mientras mis ojos comenzaban a empañarse.
–¿Por qué no me lo dijiste?
–Porque temía que pasara lo que pasó, ¿es que no te das cuenta de lo peligroso que es?
–Me dijiste que no me conocías, ¿cómo es que sabes mi nombre?
Snape entrecerró los ojos y suspiró con cansancio.
–Lo escuché la noche en que te encontré. Los que te hicieron esto no dejaban de gritarlo cuando te buscaban.
–¿Nada más? –pregunté desconfiada.
–Nada más –respondió molesto por mi pregunta.
–Tienes que darme alguna respuesta –dije suplicante. –¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué han incendiado la casa?
–No debes preocuparte por eso, ahora estamos a salvo –intervino dando por finalizada la conversación.
–¿Cómo no voy a preocuparme? Alguien ha querido matarnos, Elda está muerta, si estamos escondidos en el bosque es porque nos está buscando. ¿Por qué nadie puede saber que estás vivo? ¿Qué has hecho?
Las preguntas comenzaron a salir estrepitosamente de mi boca, no aguantaba más aquella situación, necesitaba respuestas, saber qué estábamos haciendo.
–Ya te he dicho que eso no es de tu incumbencia, no tengo por qué darte explicaciones de mi vida. Eres una ingrata desagradecida, de no ser por mí ahora estarías muerta –respondió enojado.
–¡Debiste dejarme allí! Así ahora no tendrías que lamentarte.
–¿Eso es lo que realmente piensas? ¿Qué quieres, morir? ¡ADELANTE, VETE!
Lo miré desafiante, estaba realmente furioso.
–¡FUERA! –exclamó dictatorial.
Volví a salir de la tienda, pero esta vez no eché la vista atrás y noté como una brisa me recorría al cruzar el umbral de protección que Snape había conjurado sobre el pequeño campamento. Corrí hasta camuflarme con la espesura del bosque ignorando el ardor que sentía en mi cabeza.
Caminé durante horas, quería ordenar mis pensamientos y pensar en todo lo que había ocurrido, pero las lágrimas resbalaban por mis mejillas sin descanso. Solo podía pensar en una cosa, y era en él. Cada vez que recordaba su mirada cargada de ira sentía que algo se rompía dentro de mí., ¿por qué me estaba afectando tanto? ¿Por qué con cada paso de distancia que ponía entre nosotros, mi angustia no dejaba de aumentar?
Mi cabeza daba vueltas, no recordaba nada de mi vida anterior y ahora me había quedado sin lo poco que tenía. Estaba totalmente sola en el mundo. Un mundo que apenas conocía ya que no había visto más allá de las cuatro paredes de la casa. Sea como sea, estaré mejor sin él, pensé intentando consolarme.
–Debemos regresar, si es listo, ya no estará aquí.
Me agaché automáticamente al escuchar a aquellas voces murmurar.
–¿Crees que será cierto?
–Sí, él es el único que lo sabe. Dumbledore se lo advirtió antes de morir.
Me elevé unos cuantos centímetros por encima de los helechos. Dos figuras negras ataviadas con una larga túnica negra similar a la que vestía Snape murmuraban cerca del claro del bosque. Sobre la cara llevaban una máscara plateada que escondía la totalidad de sus facciones. Volví a agacharme al ver que uno de ellos miraba en mi dirección.
–¿Qué ocurre? ¿Has visto algo?
Mi corazón comenzó a desbocarse, las pulsaciones vibraron en mi garganta haciendo que el miedo se apoderase de mí. Sentí sus pisadas acercándose y, de pronto, noté como algo tiraba de mí.
–¡No digas ni una sola palabra! No hagas ruido –susurró una voz a la vez que tapaba mi boca y colocaba una manta sobre nosotros.
Asustada, intenté zafarme.
–¡Soy yo, tranquila! –exclamó en un susurro apenas audible, mientras colocaba una de sus manos sobre mi cintura, agarrándome con fuerza.
Comenzamos a caminar de espaldas, alejándonos de allí. Su otra mano seguía tapando mi boca y mi corazón martilleaba sin descanso, pero el hecho de sentir mi espalda sobre su pecho me dio la seguridad necesaria para que mi miedo comenzase a disiparse. Seguimos caminando hasta que nos escondimos tras un árbol. Me colocó de espaldas al tronco, permitiéndome verlo con claridad y su mano fue destapando mi boca poco a poco.
–Habrá sido un animal –dijo uno de los hombres enmascarados.
–No, juraría haber visto… –respondió a la vez que sacaba su varita.
Inconscientemente di un respingo y Snape rápidamente volvió a taparme la boca, por miedo a ser descubiertos Aquellos siniestros hombres continuaban caminando en nuestra dirección. Snape me estrechó contra el árbol intentando cubrir todo mi cuerpo con el suyo.
–Estos bosques están llenos de centauros, quizás haya sido uno. Vámonos, nosotros tampoco debemos llamar la atención –dijo mientras elevaba su varita apuntando al cielo.
El otro hombre, aunque no muy convencido, repitió el gesto de su compañero para, al instante, desaparecer de allí. Nos quedamos en silencio unos segundos más mientras todo volvía a la calma. No me había percatado hasta ese momento de lo cerca que estaban nuestros rostros. Sentía la respiración de Snape acariciando mi cuello. Mi corazón, en lugar de aminorar su marcha, ya que el peligro se había disipado, comenzó a latir con más fuerza haciendo que el rubor subiera incontrolablemente a mis mejillas. Me perdí en eses profundos ojos negros que no me permitían pensar con claridad. La mano de Snape se deslizó con suavidad dejando poco a poco libre mi boca, solo su dedo índice se demoró un instante para perfilar la comisura de mis labios.
Mi respiración se aceleró ante ese gesto y mis labios se entreabrieron en busca de aire. Snape permaneció quieto durante un instante sin alejar su mirada para, poco a poco, irse acercando. Su nariz tocó la mía muy sutilmente pero para mí fue como una descarga de electricidad. Jadee a escasos centímetros de su boca. Cerré los ojos intentando calmarme y entonces lo sentí: su labio inferior rozó con suma delicadeza mi labio superior para después acariciarlo lentamente con su lengua. Noté como todo el bello de mi cuerpo se erizaba ante aquel mínimo contacto. Apreté mi boca contra la suya a la vez que elevaba mis manos para enrollarlas alrededor de su nuca.
–¡No! –exclamó al instante a la vez que se alejaba de mí como si de un mal recuerdo se tratase.
Un sentimiento de miedo y confusión se apoderó de su cara. Yo me quedé quieta, intentando volver a la realidad y sin entender qué acababa de ocurrir. Snape me observó aterrado, para al cabo de dos segundos esquivar mi mirada.
–El bosque no es seguro para nosotros, debemos irnos –informó tras unos minutos, a la vez que emprendía el camino de vuelta.
Sus zancadas comenzaron a hacerse cada vez más grandes por lo que tuve que apresurarme para no perderlo entre la espesura del bosque. Llegué a la tienda exhausta, mis tobillos se habían hinchado y me desplomé sobre una de las sillas mientras un dolor insoportable comenzaba a concentrarse en mi cabeza. Entonces noté cómo mis ojos se cerraban poco a poco siendo incapaz de controlarlos.
Continuará...
