Sé que me repito, pero gracias gracias y gracias por comentar! Es lo que me anima a seguir colgando nuevos capítulos! Me alegra mucho de que esté gustando, en muy poco tiempo se resolverán algunos misterios!

Disfruten!

Saludoooos

Estaba corriendo por los pasillos de un viejo edificio intentando escapar, no podía creer lo que acababa de ocurrir. Era imposible, la pesadilla hacía años que había acabado.

¡Ríndete y tendrás una muerte rápida! –exclamó una voz a mis espaldas.

Cinco hombres enmascarados continuaban persiguiéndome. Una maldición me alcanzó y caí al suelo de bruces. El hombre que tenía delante elevó su varita dejando entrever un nítido tatuaje en su brazo izquierdo.

Una luz cegadora inundaba la habitación. Estaba acostada sobre la cama con el pelo enmarañado y con los zapatos todavía puestos. Me incorporé, mi cabeza daba vueltas como si hubiese dormido demasiado tiempo. Rebusqué por la habitación en busca de Snape, pero no estaba por ninguna parte.

Salí de allí confusa, el sol estaba saliendo e iluminaba todo con una luz especial. Entre los árboles, Buckbeak jugueteaba con un pequeño roedor. A su lado, el demiguise me observaba en silencio. No lo había vuelto a ver desde el día en que conocí a Snape. Pero, como de costumbre, sus negros ojos permanecían fijos en mi persona.

Me acerqué poco a poco hasta quedarme a escasos metros. Su pelo brillaba resplandecientemente. Acerqué mi mano y lo acaricié. Era suave y sedoso. Me pregunté si la capa de invisibilidad de Snape se habría tejido con su pelaje. Un sonido nos sobresaltó, el profesor apareció de la nada para caer tendido sobre la basta hierba que rodeaba la tienda. Corrí hacia él a toda prisa.

–¡Déjame! Soy perfectamente capaz de ponerme en pie yo solo –sentenció a la vez que despreciaba mi ayuda y recogía el robusto bastón que descansaba a su lado.

–¿Es eso un traslador? –sabía la respuesta a mi pregunta, pero quería dejar patente que no era tonta y que me estaba dando cuenta de las cosas.

Sin apenas mirarme se introdujo en la tienda, cogió un pergamino de los que descansaban sobre la estantería y comenzó a escribir con urgencia.

–¿Dónde has estado? –me atreví a preguntar mientras ataba el pequeño rollo de papel a la pata de una lechuza.

–Arreglando unos asuntos.

–¿Qué asuntos?

Me miró desafiante, recordándome que si seguía la conversación por aquel camino no llegaríamos a buen puerto. El resto del día permanecimos distantes, cada uno absorto en sus propios pensamientos y sin mencionar ni una sola palabra de lo sucedido en el bosque.

Los días pasaban muy lentamente y Snape estaba más irascible que nunca, apenas podía intercambiar una frase con el sin que la conversación se tornase en desprecio o apatía. Mis sueños no dejaban de sucederse noche tras noche, pero rara vez conseguía recordar lo que ocurría en ellos. Los dolores de cabeza iban y venían, aunque no podía detectar ningún patrón que los desencadenara.

Las salidas del profesor se hacían cada vez más frecuentes y con cada día que transcurría podía ver el miedo más patente en su rostro. Unas semanas más tarde, estaba dando vueltas en mi cama a mitad de la noche cuando unos susurros captaron mi atención, haciéndome despertar. Salí a hurtadillas de la tienda y vi a Snape sentado sobre la hierba casi rozando con la linde de protección con una pequeña hoguera a sus pies. Entré de nuevo, pero esta vez para abrir el baúl donde escondía la capa de invisibilidad y me la puse sobre mi cabeza para acercarme al fuego.

–¡Debes volver! Ahí no estás a salvo, es sólo cuestión de días que den contigo.

–¡Vamos, Minerva! Ningún lugar es seguro, ellos saben que estoy vivo y no pararán hasta matarme.

–¿Y qué hay de la chica? Si venís aquí podré ayudaros, en ningún sitio estaréis a salvo pero, sin duda, el castillo es la mejor de vuestras posibilidades.

–No voy a poner a más gente en peligro.

–¿Y qué has conseguido hasta ahora, Severus?

Sentí como aquellas duras palabras le hacían mella. Me acerqué un poco más hasta que vislumbre el rostro de una mujer entre las llamas.

–Ya no es una suposición, Snape. Él ha vuelto y cada vez es más fuerte, ya sabes lo que debemos hacer. Además, Albus te encomendó esta misión.

–¡Dumbledore me envió a mi propio infierno!

–Confiaba en ti, sabía que solo tú serías capaz de hacerlo. Por el bien de todos no podemos dejar que la historia se repita, el chico debe morir.

–¡No lo permitiré!

–¡No hay otra opción!

–He soportado durante toda mi vida la muerte de Lily y James sobre mis hombros, no permitiré que ahora se sume la de Harry.

–Pero sabíamos que esto podía ocurrir y el chico también lo sabe. Nos hizo jurar que lo detendríamos antes de que fuera demasiado tarde.

Snape movía su cabeza, en busca de una solución.

–He estado trabajando en algo aunque todavía no sé si es posible.

–¿A qué te refieres?

–Creo que podría elaborar una poción que consiguiera separarlo, he estado recolectando algunos de los ingredientes necesarios, pero es muy difícil conseguirlos todos.

–Severus…

–¡Debemos intentarlo!

Permanecieron en silencio durante unos cuantos minutos, sopesando si toda aquella locura tenía algún sentido.

–Si crees que hay una mínima posibilidad, entonces debes de volver al castillo, solo aquí tendrás los utensilios y la seguridad suficientes para ponerlo en marcha.

Snape asintió, colocó sus manos sobre el fuego y éste, al instante, desapareció.

Continuará...