Aterrizamos en lo que parecía un garaje abandonado.
–¿Dónde estamos? –pregunté algo mareada mientras escrutaba mi alrededor.
–Cerca del muelle de Londres. Tenemos que despistarlos, cambiaremos varias veces de ruta hasta llegar a Hogwarts.
–¿Hogwarts?
–Es la escuela de magia en la que solía dar clase. Espero que los muros de ese castillo sean capaces de ocultarnos.
Me quedé pensativa mientras lo observaba a través de la oscuridad de la noche. ¿Debía confiar en él? Quizás había llegado el momento de tomar mi propio camino. Snape apretó mi mano con más fuerza y tiró de mí como si leyese en mi rostro mis intenciones.
–¡Vamos!
Salimos de allí evitando ser vistos y nos dirigimos a una pequeña lonja situada al lado del puerto para adentrarnos en ella. Todo estaba desierto y a oscuras, el olor a pescado se extendía por toda la instalación. Nos acercamos a una de las piscinas donde se acumulaban toneladas de marisco.
–¡Multicorfors! –conjuró Severus apuntando a nuestras ropas, cambiándolas de color y de forma.
Ahora yo llevaba unos vaqueros algo ajustados y una camisa que me caía holgada sobre los hombros. Snape vestía un pantalón gris que hacía juego con un polo oscuro, el cual le daba un aspecto mucho más juvenil. El profesor se subió al borde de la piscina y me instó a que hiciese lo mismo.
–¡Ostendete! –exclamó tras golpear el suelo tres veces con el bastón.
Una escalinata en forma de caracol se abrió en el medio de la piscina, haciendo que los pequeños crustáceos que allí dormitaban se colocasen en los extremos para dejarnos paso.
Snape emprendió la marcha y yo le seguí. Bajamos peldaños y peldaños hasta que al fin llegamos a una especie de trastienda. Severus separó una estantería repleta de cachivaches viejos que tapaba la pared para dar entrada a un pequeño túnel cuyo final no se lograba otear.
Caminamos durante horas hasta que nos situamos sobre una pequeña trampilla. La abrimos con facilidad y nos escabullimos por ella. Era una especie de conducto de ventilación. Tras el breve recorrido aparecimos en los lavabos de lo que parecía un bar.
El profesor sacó un pequeño monedero de su bolsillo y tras un toque de varita éste se convirtió en el viejo saco que Snape había bautizado tiempo atrás como "plan B". De su interior sacó dos frascos.
–Bébetelo de un sorbo –informó mientras descorchaba la pequeña botella de cristal.
–¿Qué lleva esto? –pregunté asqueada al ver una maraña de pelos en su interior.
–Mejor no preguntes… –respondió mientras se llevaba el suyo a la boca.
Copié su gesto y me lo bebí de un trago, intentando mitigar las arcadas que luchaban por salir de mi garganta. Cinco minutos después y tras una sensación de mareo que no me gustaría tener que volver a experimentar, descubrí que nuestra apariencia había cambiado. Ahora Snape era un muchacho de unos 27 años con un gusto musical muy definido, o al menos, eso era lo que sus ropajes daban a entender. Yo tenía el pelo cobrizo y no estaba muy convencida de la comodidad que una falda tubo podía proporcionarme.
Salimos del lavabo y nos sentamos en una de las mesas más apartadas. El local estaba poco concurrido y una estilizada camarera se acercó para atendernos.
–¿Qué desean? –inquirió coqueta sin apartar la mirada de Snape.
Sentí una pequeña muesca de celos, aunque era algo totalmente estúpido ya que aquella ni siquiera era nuestra apariencia real.
–Dos cafés, por favor.
La camarera se fue contoneando sus caderas aunque no consiguió captar la atención que pretendía.
–Guarda tu varita, este es un barrio muggle –susurró el ahora joven rockero sin apenas mover los labios.
Le hice caso al instante y permanecí quieta hasta que la camarera nos trajo las consumiciones. No me atrevía a mirarlo a la cara, ahora que parecía que de alguna forma estábamos a salvo, todo lo que había pasado comenzó a amontonarse en mi cabeza. Comencé a juguetear con mis dedos intentando disipar mi nerviosismo.
–Pregúntame –informó con sequedad.
Elevé la vista para enfrentarme a sus ojos. Me miraba impasible, pero podía atisbarse en ellos cierto temor.
–¿Qué significa ese tatuaje?
Snape agachó la cabeza, avergonzado.
–Este es el recuerdo del error más grande que cometí en mi vida –respondió sincero.
Esperé un par de segundos a que continuara.
–Digamos que pertenecí a un grupo… oscuro. Yo en aquel tiempo estaba consumido por la ira y me pareció la salida más fácil.
–¿Quiénes son ellos?
–Mortífagos –susurró esperando que aquella palabra causase algún tipo de reacción en mí.
–¿Y por qué te persiguen? –pregunté temerosa de su respuesta.
Snape se recostó sobre la silla mientras pasaba nervioso sus dedos por las sienes.
–Oh vamos, me has dicho que preguntara –ataqué incómoda.
–Lo sé, es solo que…
–¿Cómo esperas que confíe en ti si nunca contestas a mis preguntas? ¿Por qué no acabamos con toda esta estupidez y me cuentas que es lo que está pasando?
Por primera vez vi a Severus perdido, el gesto de su cara reflejaba el intenso debate que se estaba produciendo en su interior.
–¿Qué ocurre? ¿Por qué no quieres contármelo? ¿Es que acaso crees que podría traicionarte?
Snape me miró como si acabase de decir una estupidez.
–Creo que no soy la persona más adecuada para hacerlo –dijo al fin.
–¿Ah, no? ¿Y quién lo hará? Solo te conozco a ti –respondí enojada.
–Tú misma lo recordarás.
–¿Y si eso nunca ocurre?
–Ocurrirá –constató con serenidad.
–¿Cómo puedes estar tan seguro?
–Porque he estado observándote todas las noches mientras dormías. Cuando estás inconsciente tu cabeza no deja de trabajar. Es sólo cuestión de tiempo que encuentres el detonante y, cuando lo hagas, todos tus recuerdos volverán.
–¿El detonante? –pregunté sin entender a qué se refería.
–La causa por la que tus recuerdos fueron borrados.
Me quedé callada durante unos instantes, intentando asimilar aquella nueva información. Solo había algo que no lograba entender.
–¿Por qué eres tan reacio a contármelo?
Snape me miró y en su rostro vi un fugaz atisbo de vergüenza.
–Soy una persona muy egoísta y lo más seguro es que te relatase los hechos a mi manera, sin darte la opción de juzgar libremente qué acciones han sido las correctas. No he sido, ni de lejos, un buen hombre y no quiero tener la oportunidad de convencerte de lo contrario –respondió sin apartar la vista de su café.
Me quedé un tanto sorprendida ante aquel acto de sinceridad e inconscientemente estiré mi mano, no sé si para agarrar la suya, cuando noté que mis dedos comenzaban a adquirir una textura gelatinosa.
–Vámonos, se está pasando el efecto de la poción –informó él al darse cuenta de lo que estaba ocurriendo.
Salimos del bar y caminamos a través de unos cuantos callejones hasta llegar a una robusta casa cercada por una pequeña alambrada. Ambos la saltamos con facilidad y atravesamos el pequeño camino de piedras que decoraba el jardín hasta adentrarnos en la casa.
–¿Dónde estamos? –pregunté mientras observaba los retratos que colgaban sobre las paredes.
Es la casa muggle de uno de los trabajadores del ministerio mágico. Su chimenea está ligada a nuestro mundo –respondió mientras cogía un tarro de finos polvos.
–Mete la mano y agarra un buen puñado, son polvos flu.
Hice lo que me ordenó sin enterarme muy bien de nada de lo que estábamos haciendo. Él hizo lo mismo mientras me agarraba del brazo para que me introdujese en la chimenea. Lo miré confusa aunque, la verdad, después de todos aquellos viajes ya no había nada que lograse sorprenderme
–A la de tres, repite conmigo: Hosmeade. Después tira con fuerza los polvos flu al suelo de la chimenea.
Procesé la información lo mejor que pude mientras él rodeaba mi cintura con su brazo estrechándome con fuerza. Fuimos absorbidos al unísono como si hubiésemos sido impulsados por un cañón.
Hundí mi cara en su pecho y cerré los ojos deseando que aquel trayecto acabase pronto. No sé cómo llevaría este estilo de viajes en mi vida anterior, pero ahora era algo que detestaba
Nos escabullimos por las calles de aquel pequeño pueblo bajo la capa de invisibilidad hasta llegar a un lago. Me quedé fascinada ante la belleza del lugar, todo brillaba con una especial armonía. A lo lejos unas gruesas torretas estilizaban el majestuoso castillo
Tras un encantamiento casco-burbuja que yo misma me vi capacitada para realizar, nos sumergimos bajo sus aguas hasta alcanzar uno de los robustos muros de Hogwarts.
Nos hicimos paso a través del alcantarillado hasta llegar a un pasadizo que Snape abrió después de tocar varias piedras siguiendo un patrón numérico
–¿Ya hemos llegado? –pregunté exhausta tras escalar por una pequeña trampilla hasta una sala de estar.
–Sí –respondió Severus mientras cerraba la puertecilla a mi paso y colocaba la alfombra sobre ella para cubrirla.
–¿Dónde estamos? –pregunté intentando mitigar el frío que calaba mis huesos.
–Estos son mis aposentos –Respondió mientras miraba a su alrededor. –Está todo tal cual lo dejé –informó con un ligero toque de añoranza.
Se acercó hasta uno de los extremos de la habitación para abrir un baúl de madera de roble.
–El servicio está al fondo a la derecha, quizás te apetezca darte un baño –informó mientras me tendía un par de toallas.
Las recogí agradecida y me introduje en el amplio aseo. Abrí el grifo y dejé que la bañera se llenase mientras me quitaba la ropa.
Continuará...
