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Saludos!

Una sensación de plenitud y descanso me abordó a la mañana siguiente cuando me desperecé y unas voces al otro lado de la habitación despertaron mi curiosidad.

–Estamos a salvo, no nos han seguido.

–Me alegro, es una buena noticia. Yo llegaré en un par de días, cuando termine el congreso de magia. ¿Estáis en tus aposentos, verdad?

–Sí, gracias por conservarlo todo tal cual lo dejé.

–Sabía que tarde o temprano volverías. Lo he estado pensando Severus y… creo que ha llegado la hora de informar a sus amigos y familiares.

–¡Eso es una locura! Solo conseguiremos sembrar el pánico.

–Pero deben estar alerta, no sabemos el alcance que todo esto está cogiendo, ¿y si tiene más fuerza de la que pensamos?

–No lo creo, Minerva. El Señor Oscuro sólo se aprovecha de las lagunas o estados de inconsciencia del muchacho, sería demasiado arriesgado exponerse, su familia e incluso él mismo se percataría.

–Debemos hablar con él, se lo prometimos.

–Sí, pero cuando consiga ofrecerle una alternativa mejor que la muerte.

Me sentí molesta, la confianza y la camaradería con la que hablaban no hicieron más que recordarme que eso era algo que Snape se negaba a compartir conmigo. Estaba a punto de irrumpir en la habitación cuando las palabras de la mujer me hicieron detenerme.

–¿Qué hay de la chica? ¿Ha habido avances?

–Está recordando algunas cosas, supongo que será cuestión de tiempo que se acuerde de todo.

–¿Sigues creyendo que está relacionada con todo esto?

–Si... –respondió afligido. –No sé en qué forma ni por qué... ojalá esté equivocado, no me gustaría que ella tuviese que lidiar con este infierno.

–Quizás solo haya sido una coincidencia, Severus.

–Antes lo dudaba, pero cuando reconoció mi marca lo supe. La noche en que la encontré... uno de los hombres que la perseguía tenía que ser Lucius.

–¿Cómo lo sabes? ¿Conseguiste verlo?

–No, pero su irritante tono de voz no ha cambiado con el paso de los años –intervino asqueado.

–No puedo creer que después de todo lo que ocurrió, después de todas las vidas que se perdieron durante la guerra, todavía haya gente que lo siga –constató muy seria.

Permanecí callada, oculta tras el marco de la puerta cuando el maullido de un gato negro situado en la estantería de la habitación me sobresaltó. Snape guardó al instante, en el cajón, el espejo a través del cual se estaba comunicando con aquella misteriosa mujer.

Yo salí de la habitación sin apartar la mirada del animal. El profesor permanecía en silencio desde el otro lado de la mesa.

–Buenos días –saludé a la vez que el rubor ascendía por mis mejillas.

Él me devolvió el saludo con un ligero movimiento de cabeza. Su actitud había cambiado con respecto al día anterior. Estaba distante, ausente. Me acerqué hasta su posición pero él, al advertir mis intenciones, se levantó y se colocó la capa sobre los hombros.

–¿Te vas? –pregunté sorprendida.

–Sí, necesito encontrar algunas cosas que me hacen falta –respondió mientras metía la capa de invisibilidad en el pequeño saco y se dirigía hacia la salida.

Su temprana evasión me molestó tanto que decidí ir al grano.

–¿Podemos hablar de que ocurrió ayer?

Sus pasos se congelaron.

–Esperaba que no lo recordaras –dijo sin girarse hacia mí y con la mirada clavada en la puerta. –Es mejor que lo olvides.

–¿Olvidarlo? ¿Cómo quieres que lo olvide? Es más, ¿cómo puedes actuar como si no hubiese ocurrido nada?

–Porque es lo mejor, fue un momento de debilidad, nada más. No volverá a ocurrir –respondió tajante.

–¿Lo mejor para quién?

–¡Lo mejor para ti! –exclamó malhumorado.

–¿Ah, si? ¡Pues al parecer no es a mí a la que le supone un problema! –respondí dejando patente mi desconcierto y mi creciente enfado.

–¡No sabes lo que dices! –dijo con una sonrisa irónica, dispuesto a largarse de allí.

–¿Que se supone que debo saber? ¿Que eres un cobarde? ¡Eso ya lo sé, tú mismo me lo estás demostrando!

–¡Y TU ERES UNA COMPLETA INSENSATA! ¿Cómo puedes sentir el más mínimo afecto por un hombre al que no conoces? Una persona como yo, alguien cargado de ira y de odio... –dijo a la vez que en su rostro se dibujaba una mueca de incomprensión. –¡Por Merlin! ¡Si tuvieses tus recuerdos estoy seguro de que saldrías huyendo de aquí! ¡Sin lugar a dudas, sería lo más inteligente!

–¡No fui yo la que empezó! –increpé devolviendo la pelota a su tejado.

Una sonora risotada se apoderó del profesor.

–¡Oh, vamos! –bufó irónicamente. –¿Qué esperabas? ¿Rosas y corazones? ¡No seas ingenua, lo que ha pasado no ha sido más que un pequeño desliz por mi parte!

–¡Pues lo que yo creo es que tienes miedo! miedo de abrir esa puerta de nuevo y a que vuelvan a hacerte daño –increpé con dureza mientras las lágrimas se asoman a la comisura de mis ojos. –¡Pero por más que revivas esos recuerdos, ella no va a volver! –grité furiosa a la vez que, inconscientemente, mis ojos se detenían en la parte baja de su pecho, donde ahora la ropa tapaba sus cicatrices.

Tardó un par de segundos en reaccionar, pero cuando lo hizo la ira recorrió su semblante. Cruzó la habitación a pasos agigantados y me empujó hasta que mi cuerpo chocó contra la pared.

–¿CÓMO TE ATREVES? –me amenazó colocando su varita a la altura de mi pecho mientras me sujetaba con rudeza.

Permanecimos callados durante unos minutos mientras nuestras miradas se retaban. Finalmente Snape me soltó, no sin antes dirigirme una mueca cargada de desprecio. Instantes después, un fuerte portazo me constató que me había dejado sola en la habitación.

Continuará...