La mañana transcurría con una extraña lentitud. Aburrida y sin saber muy bien qué hacer, comencé a revolver entre las cosas de Snape. En cualquier otra ocasión me hubiese sentido mal por invadir su intimidad, pero estaba tan molesta con él que ese remordimiento pasó a un segundo plano.

Salí de la pequeña sala de estar para colarme por una escalinata que bajaba al piso inferior. Una larga mesa de madera se colocaba en la parte central de una lúgubre sala que únicamente estaba iluminada por unas pequeñas antorchas colocadas sobre los muros de piedra que delimitaban un extraño laboratorio.

No me costó mucho adivinar qué clase de asignatura impartía Severus en el colegio. Las estanterías estaban repletas de libros sobre pociones y los pequeños armarios acristalados que estaban anclados a la pared contenían especies de ingredientes de difícil localización.

Husmeé con cuidado intentando dejarlo todo como estaba. Me fascinaba la cantidad de botes que había y las múltiples posibilidades que cada uno ofrecía. Me enfrasqué en la lectura de algunos de los libros que por allí andaban. La experta caligrafía de Snape aparecía en la mayoría de las páginas, cumplimentando las recetas con algunas anotaciones. Un enorme caldero burbujeante se colocaba sobre un pequeño fogón al final de la mesa. De él salía un extraño líquido violáceo del cual decidí alejarme.

Abrí los cajones de una robusta cómoda que se colocaba en uno de los extremos de la habitación. En ella descansaban todos los utensilios necesarios para la elaboración de las pociones: medidores, destiladores, tubos de ensayo de diferentes formas… todo ello colocado y ordenado con especial cuidado.

Abrí un pequeño armario en el lado opuesto, numerosos tarros de barro con etiquetas se sucedían unos tras otros. Bajo ellos, un pequeño baúl de madera cerrado con correas de cuero ocupaba el último estante. Lo cogí con cuidado y lo deposité sobre la mesa. Noté un ligero movimiento en su interior.

–Alohomora –pronuncié intrigada acompañando mis palabras con un ligero toque de varita.

El baúl se abrió un par de centímetros y de él empezó a salir un humo espeso que comenzó a cubrir el suelo. Me acerqué con cautela, arrepintiéndome de mi estúpida curiosidad, pero de pronto el humo cogió forma y poco a poco se fue formando la figura de un hombre. Grité horrorizada al comprobar que era un mortífago. Retrocedí unos cuantos pasos mientras elevaba mi varita.

–¡EXPELLIARMUS! –chillé intentando que el temblor de mi mano no influyese en mi hechizo.

–¡INCENDIO! –exclamé de nuevo al ver que no lo había desarmado.

Aterrorizada, conjuré un par de hechizos más, pero ninguno surgía efecto, lo único que conseguía era hacerlo retroceder un par de pasos.

El miedo me invadió, no sabía qué más hacer, estaba perdida. Vi como el mortífago levantaba su mano empuñando su varita dispuesto a matarme.

–¡ATRÁS! –gritó la voz de Snape a mis espaldas, interponiéndose entre mi agresor y yo.

El mortífago se disolvió para convertirse al instante en un hombre de pelo cobrizo. Sus ojos azules enmarcados por unas gafas de forma circular no dejaban de observarlo. El muchacho movió el pelo de su frente para dejar a la vista una pequeña cicatriz en forma de rayo que adquiría cada vez un tono más rojizo. De pronto, sus hermosos ojos azules se rasgaron tiñéndose de un desagradable y demoníaco color verdoso.

–¡Riddikulus! –conjuró Severus sin dejar de apuntarlo.

La figura desapareció pero aquellos ojos verdes se marcaron a fuego en mis retinas y al momento noté como ese calor se extendía de forma incontrolada. Me aovillé en el suelo y comencé a gritar intentando acallar las imágenes y las voces que golpeaban mi mente sin compasión.

–¡Me arde la cabeza! –alcé la voz, desesperada.

No podía ver ni escuchar, apenas podía respirar. Solo sentía fuego, un fuego que recorría todo mi cuerpo y que me estaba consumiendo a una velocidad que era incapaz de soportar.

Continuará...