–Bebe esto, cielo. Te ayudará con el dolor de cabeza.

Sentí unas finas y dulces manos ayudándome a incorporar mi cuerpo a la vez que colocaban un mullido cojín sobre mi espalda.

–¿Profesora McGonagall? –pregunté confusa tratando de enfocar la vista.

–¿Me recuerdas? –respondió sonriente mientras acercaba una pequeña taza a mi boca. –Tómatelo, te sentirás mejor.

Bebí un largo trago de aquel humeante recipiente a la vez que intentaba poner mis pensamientos en orden. Estaba tumbada nuevamente sobre la cama, miré el reloj de la mesilla, eran las once de la mañana.

–Estoy segura de que tienes muchas preguntas, pero tranquila, estamos aquí para ayudarte.

–¿Qué ha ocurrido?

–Nada grave, un pequeño accidente con un boggart, pero por suerte, o por desgracia… –dijo titubeante. –Creo que ha traído tus recuerdos de vuelta.

Me quedé pensativa intentando recordar el incidente, ¿cómo había sido tan estúpida de no reconocer a un simple boggart?

–¿Sabes cuál es tu nombre? –preguntó la profesora mientras me agarraba con dulzura la mano.

–Sí, me llamo Crawford y soy entrenadora de Quidditch profesional. Ahora estoy a cargo de la liga interescol…–me quedé aterrada, ¿cuánto tiempo había pasado desde aquellas? ¿Quién se había hecho cargo de la coordinación?

–No te preocupes por eso, alguien está sustituyéndote temporalmente.

La miré extrañada, ¿temporalmente? ¿Dónde creía la gente que había estado hasta ahora? ¿Es que acaso creían que había muerto?

–¿Recuerdas lo que ocurrió antes de que los mortífagos te persiguieran en el bosque donde estabas malherida? –preguntó Minerva.

–Yo… estaba en la sala anexa al estadio el día en que se celebró la selección escolar de Quidditch –comencé a relatar poniendo en orden los acontecimientos. –Me estaba despidiendo de los representantes de cada casa cuando Harry Potter se acercó a mí. El Ministerio de Deportes Mágicos lo había invitado a la selección por ser antiguo entrenador del equipo de Hogwarts y por haber sido galardonado en su último partido con la Snitch Zafiro. Cuando nos quedamos solos me empezó a contar que el puesto de entrenador del equipo de Hogwarts iba a quedar libre.

Minerva me escuchaba con atención, aunque me daba la impresión de que todo aquello le sonaba, no hice ningún comentario al respecto, ya que siendo la directora de del colegio supuse que estaría al tanto de los futuros cambios que si hiciesen en el equipo.

–¿Y qué ocurrió después? –preguntó intrigada.

–Me ofreció el puesto en vistas al próximo curso. Me incorporaría al finalizar la liga. Yo acepté encantada, para mí era un honor entrenar a un equipo con tanto renombre como el de Hogwarts, cualquier entrenador aceptaría al instante –informé ilusionada al recordarlo. –Todo transcurría con normalidad hasta que nos despedimos… unos segundos después de estrechar mi mano su mirada cambió. Las cuencas de sus ojos se hundieron y sus pupilas adquirieron un color amarillo-verdoso… a los pocos segundos volvieron a su color natural y Harry se despidió con una sincera sonrisa como si nada hubiese ocurrido.

Me estremecí al recordar aquel extraño momento y vi el horror en la cara de la profesora.

–Lo que nos temíamos, Snape… está cogiendo fuerza, ha conseguido manifestarse estando Harry completamente despierto. No intencionadamente, está claro… pero ahora sabemos que es capaz de hacerlo.

¿Snape? rebusqué por la habitación hasta que me encontré con su mirada. No había reparado hasta ese momento en su presencia y él tampoco había hecho intención de manifestarse. Una sensación extraña me invadió al verlo de nuevo. ¿Cómo era posible? ¿Cómo podía estar allí? Él... él tendría que estar muerto.

Miré a la profesora McGonagall horrorizada, intentando encontrar en ella alguna respuesta.

–Te prometo que te explicaremos todo a su debido tiempo –me tranquilizó al ver mi confusión. –¿Qué ocurrió después de que Harry se fuera?

Intenté centrarme en la pregunta de la profesora pero una parte de mi cerebro seguía dándole vueltas a aquello. ¿Era ese el motivo por el que Snape había permanecido oculto todo este tiempo? ¿Por qué en realidad no había muerto? ¿Pero cómo era posible? Nagini había acabado con él, toda la comunidad mágica había acudido a su entierro, su muerte había sido la portada del profeta durante semanas… era imposible, aquello no podía estar sucediendo.

–Acábatelo –susurró McGonagall acercando la taza nuevamente a mis labios.

–Tras despedirnos –comencé a relatar de nuevo haciendo un esfuerzo por apartar de mi mente la cantidad de preguntas que me abordaban. –Regresé a mi despacho. Recuerdo que comencé a redactar a vuelapluma el informe sobre la selección de partidos para enviarlo al Ministerio de deportes antes de volver a casa. Ya estaba anocheciendo cuando un ruido en el rellano me hizo levantarme. Ya era tarde y el edificio estaba vacío, por lo que me extrañó escuchar ajetreo fuera. Cuando abrí la puerta un hombre encapuchado me miraba desde el extremo opuesto del pasillo. Me eché a correr instintivamente y el hombre me siguió. Intenté despistarlo y creía que lo había conseguido cuando me subí al autobús noctámbulo, pero estaba equivocada. Dos hombres más me estaban esperando al llegar a la parada. Corrí hasta la entrada de mi casa con la intención de teletransportarme, ya que mi felpudo es un traslador, pero ni siquiera tuve tiempo de escoger destino. Me situé sobre él y desaparecí, aunque para mí desgracia, ellos también se habían colado en el bucle. Aparecimos en un espeso bosque, intenté esconderme y… bueno, creo que el resto de la historia ya la conocéis –dije mientras dirigía mi mirada hacia Snape.

Minerva permaneció callada durante unos cuantos instantes intentando poner en orden los acontecimientos.

–¿Qué hay de mi familia? –pregunté atemorizada al darme cuenta de que ellos también habrían pasado un infierno.

–Todos están bien, creen que estás en Alaska. Bueno, en realidad, todos lo creíamos.

–¿En Alaska? –dije sorprendida.

–La misma noche en que fuiste atacada llegó un informe al Ministerio en el que se mostraba tu renuncia al cargo de coordinadora. En él explicabas que te habían hecho una oferta en Alaska que no podías rechazar y que urgía tu rápida incorporación.

–Posiblemente los mortífagos que te perseguían aprovecharon que dejaste activa tu vuelapluma para escribir en tu nombre. Al ser tu caligrafía y estar firmado por ti, nadie sospecharía que algo malo te habría sucedido –se atrevió a decir Snape, que hasta ese momento había permanecido callado.

–¿Entonces, mi familia está a salvo? –pregunté de nuevo, aliviada.

–Sí, no debes preocuparte.

Minerva miró a Snape, sabía que ahora llegaba mi ronda de preguntas.

–¿Hay alguna forma de que te convenza para que descanses? Podemos seguir hablando de todo esto mañana.

A la mujer no le hizo falta escuchar mi contestación. Sabía que esa no era una opción para mí.

–Creía que los años te habrían vuelto menos testaruda, pero veo que sigues igual. - Comentó mientras mostraba una dulce sonrisa.

Minerva McGonagall había sido mi profesora de encantamientos durante dos veranos. Mi mejor amiga de la infancia y yo siempre habíamos fantaseado con estudiar magia en el colegio de Hogwarts, pero la empresa de nuestros padres se había ido a pique y tuvimos que mudarnos de ciudad. Cuando íbamos en cuarto curso de otro colegio de magia de la zona, nos enteramos de que Minerva impartía cursos avanzados de encantamientos en Hogwarts durante los meses de verano y, después de mucho suplicarles a nuestros padres, éstos nos habían dejado matricularnos.

–Estoy segura de que tendrás muchas preguntas y creo que la persona que mejor puede resolvértelas es el profesor Snape –informó mientras se levantaba. –Tómatelo con calma.

–Gracias, profesora –Respondí a modo de despedida mientras ésta salía de la habitación, dejándonos solos a Severus y a mí.

Continuará...